Un oscuro olvido Veintisiete
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Veintisiete

Cuando Maisie se enteró de que su abuelo estaba en casa, organizó un festín e invitó a todos los vecinos a cenar.

Estaba a punto de ponerse el sol, y la casa de su abuelo era una fiesta.

Las conversaciones se elevaban sobre ellos como nubes de humo, pues sus vecinos, los hombres y mujeres que habían ayudado a su abuelo a criarla, estaban sentados a la gran mesa del salón.

El olor de las patatas con romero y el cordero asado hacía que a Emeline le rugiera el estómago.

Se frotó los ojos; tenía la sensación de no haber dormido en una semana.

—¡Emmie! —gritó Corny desde el otro extremo de la mesa. Era un hombre entusiasta de complexión atlética y voz atronadora. Su mujer y él eran los dueños de la bodega de Edgewood—. Ewan está contando unas historias muy raras. ¿No nos lo podrás explicar tú?

Emeline miró a su alrededor y recordó cómo, hacía apenas una semana, no creía en aquellas historias que aquellos mismos vecinos le habían contado durante su infancia.

Historias sobre un rey cruel y su corte de monstruos que ella había considerado poco más que desvaríos, formas de lidiar con las injusticias de la vida.

Pero ahora sí creía en ellas. Y cuando relató a sus vecinos que su yayo se había entregado a sí mismo como diezmo para escapar de la Residencia Páramo, que ella lo había salvado por los pelos de las garras del Rey del Bosque y que este quería que ella fuese la trovadora de su corte, también la creyeron. Sin dudarlo ni por un solo segundo.

Cuando terminó de contar su historia, Anya, la mujer de Corny, se inclinó hacia ella, asomando por delante de su marido. Tenía el pelo rojo y fino delante de los ojos.

—¿Cómo es montar en ascuaballo?

Después de que le contestara, Abel, el padre de Grace, que estaba sentado al otro lado de la mesa, dijo:

—Yo vi un ascuaballo una vez. Estaba comiendo manzanas de los manzanos de mi huerto. Primero pensé que uno de los caballos de Corny estaba pastando donde no le tocaba, pero cuando fui a recogerlo para devolvérselo, el animal me miró y vi que sus ojos eran rojos como el fuego.

Aquello suscitó más preguntas.

—¿Cómo escapaste de la piel de sombra, Emmie?

—¿Has conocido a algún cambiaformas?

Y a las preguntas siguieron más y más historias.

Eshe, la madre de Grace, contó lo que le ocurrió a ella la primera vez que vio una piel de sombra. Había estado merodeando por su casa, pisoteándole las flores del jardín, y se había asomado por todas las ventanas. Ella estaba escondida en la planta de arriba.

Anya relató su último avistamiento de un cambiaformas.

Los coyotes tenían aterrorizados a sus caballos, así que un día, después de atisbar a uno cerca de los establos, había cogido el rifle de Corny y lo había seguido por el bosque.

Cuando por fin lo pilló, lo que encontró no era un coyote, sino un niño con ojos lobunos y una maraña de pelo negro.

Mientras todos iban contando sus historias, Tom estaba apoyado en el respaldo de su silla, callado, con la mirada perdida en su copa de vino.

A Emeline le pareció extraño. Él era el único que había estado en la corte del Rey del Bosque o, al menos, eso les había contado, así que estaba segura de que tendría más historias que contar que ninguno de ellos.

Al final, empezaron la cena y las conversaciones viraron hacia otros temas.

—¡Ewan! —Corny señaló a su abuelo con el tenedor—. ¿Dónde tienes el acordeón? ¿No nos vas a tocar nada?

El anciano se toqueteó el reloj.

—Bah… Qué interés vais a tener en ver tocar a un viejo…

—¡Pues todo el del mundo! —Corny estaba un poco rojo. Emeline se peguntó cuánto vino habría bebido—. ¿Dónde está? Yo voy a buscarlo.

—Después de cenar, Corny —le dijo Anya sin levantar la vista, ya que estaba cortando el cordero.

—¿Qué haces? —le preguntó Corny al abuelo en voz baja—. ¿Por qué te miras el reloj todo el rato?

Encima del anciano había un cuadro enorme de su finca. En él, los viñedos estaban medio escondidos detrás del granero marrón rojizo, y más allá de los campos, se divisaban los bosques.

Su abuelo sacudió la muñeca y luego giró la ruedecita de metal.

—Creo que está roto.

—¿Qué hora marca? —Corny echó un vistazo a su muñeca.

—Las once y media.

—A ver… Marca las siete y media. —Corny hizo un mohín cuando levantó la vista del reloj para mirar a su abuelo, pero enseguida recuperó su radiante sonrisa—. Igual que el mío. ¡No te preocupes! Funciona perfectamente.

Él anciano frunció el ceño preocupado, y estudió la superficie de cristal del reloj. A Emeline se le encogió el corazón, pero Corny ni se inmutó, y tampoco pareció preocuparse en absoluto por su amigo.

En ese momento, a pesar del bullicio de las diferentes conversaciones entre los vecinos, Emeline oyó que alguien llamaba a la puerta. Se puso de pie y fue a ver quién era.

No estaba preparada para ver a la persona que se encontró al abrir.

—¿Joel?

El resplandor de las luces del porche iluminaba a un joven alto y delgado, pero fuerte.

Llevaba unos vaqueros oscuros que se ajustaban a sus piernas tonificadas, y el pelo rubio rapado por los lados, pero más largo por arriba.

Se lo apartó de los ojos. En la entrada, su Volkswagen rojo soltaba algún que otro chasquido mientras el motor se enfriaba después del largo viaje.

—¡Menos mal! ¡Llevo días intentando llamarte!

—Joel la sacó del umbral de un tirón y la abrazó, estrechándola con fuerza.

Con él llegó el olor a café fuerte, a su perfume y a todo lo que le resultaba familiar.

Le recordó que había todo un mundo ahí afuera.

Su mundo. Un mundo al que quería regresar desesperadamente.

—¿Has venido conduciendo desde Montreal? —preguntó ella, escapando de entre sus brazos. Estaban casi en octubre, y su aliento ya formaba pequeñas nubecillas en el aire frío.

—Sí, estaba preocupadísimo. —La examinó con los ojos azul cielo—. Supe que algo no andaba bien en cuanto apareció aquel bicho raro con tu nota.

Emeline se quedó de piedra. «Debe de referirse a Albar».

—¿Estás bien?

Tragó saliva, y con ella el recuerdo del recaudador de diezmos, y asintió.

—No hacía falta que vinieras. Te dije en mi carta que no te preocuparas.

Él se encogió de hombros.

—Quería verte.

Emeline debería haberse alegrado de verle y, en cambio…, no sentía nada. Nada en absoluto.

Él ladeó la cabeza.

—¿Es que no vas a invitarme a pasar?

—Ah, sí. Claro. —Dio un paso atrás para dejarlo entrar—. Estábamos cenando.

Joel la siguió al interior de la casa, se quitó el abrigo, lo dejó en el respaldo de una silla y se quitó los botines de una patada.

—¿Quién era el tipo que me trajo tu nota? Estuvo mirándome fatal todo el rato. No sé qué le hice para caerle tan mal.

—Mira mal a todo el mundo. No le des más vueltas. —Se volvió y lo condujo hasta el comedor. Allí, cogió una silla más, lo presentó y luego fue a buscarle un plato.

Joel parecía estar a punto de continuar con la conversación cuando Corny apareció en la puerta.

—¡Ewan! ¡He encontrado tu acordeón!

—Corny, en serio… —empezó a protestar su mujer, pero se interrumpió al ver que el anciano se levantaba poco a poco de la silla.

Joel se acercó a Emeline y susurró:

—Vaya fiesta, ¿no?

Ella asintió. Las cenas en Edgewood siempre lo eran.

—No sé si me voy a acordar… —se excusó su abuelo mientras cogía las dos gruesas cuerdas rojas que le tendía su amigo.

Corny sostenía el acordeón blanco y plateado, vacilante, sin saber muy bien si el anciano podría aguantar su peso.

—¿Necesitas ayuda?

Ewan negó con la cabeza.

—No, no; estoy bien. —Se colgó las correas de los hombros, de forma que el acordeón quedó frente a su pecho, y fue hacia la salita adyacente al comedor, donde había más espacio.

Allí, con su rebeca gris oscuro y la atención de todo el mundo, descansó la mano derecha en las teclas blancas y negras que recorrían uno de los lados del instrumento. La izquierda la puso sobre los botones plateados del lado opuesto.

Titubeó solo un instante, y luego empezó a tocar. Con los ojos cerrados y la cabeza hacia atrás.

Con las correas de terciopelo rojo colgadas de cada brazo, avanzaba despacio. Movía los dedos con seguridad sobre las teclas, apretando botones mientras abría y cerraba el acordeón, haciendo que el instrumento se alargara y se acortara, con su interior rojo moviéndose como una lengua.

Tocó canción tras canción sin vacilar.

Emeline estaba perpleja. Lo observó sin poder quitarse de la cabeza que hacía apenas unos minutos no había sido capaz de leer la hora en su reloj.

Sin embargo, ahí estaba: aunque debía de hacer años que no cogía el acordeón, acababa de tocar cinco canciones seguidas.

¿Cómo era posible que fuese capaz de hacer eso y no recordase algo que sabía hacer el día anterior?

En la sexta canción, sus dedos empezaron a tropezarse y se le aceleró la respiración. Tocó la misma parte dos veces.

Corny fue junto a él al darse cuenta.

—¡Ewan! ¡Ha sido fantástico!

El anciano se quitó las correas y Corny cogió el pesado instrumento y lo dejó en el suelo.

Luego ayudó a su amigo a volver a la mesa y todos en la sala prorrumpieron en aplausos.

En el rostro de su yayo empezó a dibujarse poco a poco una sonrisa, y finalmente acabó haciendo una reverencia con gesto juguetón.

Joel rodeó los hombros de Emeline con el brazo.

—¿Quieres que nos larguemos de aquí?

Ella lo miró con el ceño fruncido. ¿Cómo iba a querer irse si ella y su abuelo prácticamente acababan de llegar?

Pero, claro, Joel no lo sabía. Y tampoco sabía que disponía de muy poco tiempo para estar con la gente a la que quería.

En su carta, no le había contado nada del Rey del Bosque ni de su corte, así que Joel pensaba que llevaba allí toda la semana y que debía de estar desesperada por escapar.

—Me gustaría quedarme, si no te importa.

—Vamos, Em… No te he visto en una semana. —Deslizó el dorso de los dedos por un lado de su cuello. A ella se le puso la piel de gallina, irritada—. He conducido durante siete horas solo para verte.

«A pesar de que te pedí que no lo hicieras», pensó ella.

—Me gustaría tenerte para mí un ratito. —Cogió la cerveza que ella le había traído de la nevera, de una marca que le gustaba a Corny y a su abuelo, y dio un trago.

Enseguida arrugó la nariz y, tras echarle un vistazo a la lata, la dejó sobre la mesa—.

Dentro de dos días te irás de gira, y entonces a saber cuándo podremos volver a vernos.

¡La gira! Había estado tan centrada en aprenderse las canciones del Mago Cantor que casi se había olvidado de la gira.

En solo unos días, sería la telonera de los Perennials, y no solo compartiría el escenario con ellos, sino que se pasaría casi un mes viajando con el grupo por tres países distintos.

Solo que… no.

Aquello no sucedería nunca. A no ser que se obrase un milagro y encontrase las partituras perdidas del Mago Cantor.

«O eso, o hago lo que Albar me ha propuesto y no vuelvo a la corte del Rey del Bosque nunca más…

y dejo que muera en mi lugar». Un escalofrío se le extendió por todo el cuerpo y notó que se le helaba el corazón.

Tenía que tratar de encontrar las partituras.

Pero ¿por dónde iba a empezar?

Joel la atrajo hacia sí y el olor de su perfume invadió sus sentidos. Normalmente, no le molestaba, pero esa noche le resultaba artificial y sofocante. Además, mientras él la tenía así cogida, con el brazo rodeándole el cuello, se sintió atrapada.

Cerró los ojos y respiró hondo. Sin embargo, cuando exhaló, la sensación permaneció con ella.

«No quiero estar con él», comprendió.

Era lo que le pasaba siempre.

Con todos y cada uno de los hombres con los que había salido.

—Ahora vuelvo —se excusó, abrumada por la necesidad de escapar. Se desenredó de Joel, se levantó de la silla y huyó del comedor abarrotado de gente.

No tenía ningún plan; solo un impulso. Y ese impulso la llevó a la puerta del jardín, donde metió los pies en unas botas de agua que no eran suyas (por su tamaño, debían de ser de Maisie) y se puso un gorro de lana (que, por el olor dulce a tabaco, debía de ser de Tom) y una de las rebecas de su yayo.

Fuera, la noche derramó su frío aliento sobre su piel. Emeline se dirigió a los árboles, que aguardaban bajo el cielo negro, con sus ramas ululando y rozando el viento.

«Emeline —susurraron—, vuelve con nosotros».

Emeline quiso culpar al bosque por su incapacidad de tener una vida normal.

Por tener que llevarse al bosque con ella a cada bolo, cada escenario y cada concierto.

Por no ser capaz de mantener una relación durante demasiado tiempo con chicos majos y normales, ya que rompía con ellos en cuanto querían algo más serio.

En ese momento, mientras contemplaba los árboles oscuros, se preguntó:

«¿Y si no es el bosque? ¿Y si soy yo?».

Se detuvo cuando llegó al hueco en el seto a respirar el aroma a corteza y a pino, a escuchar los gemidos y las llamadas del bosque. Tan distintos de los ruidos discordantes y los olores de la ciudad.

El bosque se alzaba a su alrededor, vasto e impredecible.

Allí, en el sotobosque, bajo los helechos, yacía algo inmenso y sin nombre, algo que se enredaba con las raíces de los viejos árboles, que palpitaba bajo las plantas de sus pies.

Allí, la hambrienta canción de los bosques latía como un corazón. Y la llamaba.

Su poder la aterrorizaba.

«¿Y si me aterroriza porque lo deseo?».

Dio un paso atrás para alejarse de la linde del bosque.

«No».

Emeline se había pasado la infancia entera soñando con grandes ciudades. Con las luces resplandecientes, con su energía vibrante. Siempre había sido presa del embrujo embriagador de la ciudad.

Sí, en ella, los olores y los sonidos eran distintos. Y nunca oscurecía. No de verdad. No lo bastante para ver las estrellas.

Tampoco había nada salvaje en la ciudad.

No había nada libre.

Pero ella era música y aquel era su ambiente.

«Aquí es donde están las oportunidades —le decía a menudo su representante—.

Aquí es donde tienes que estar». Y ella estaba de acuerdo con él.

Edgewood era un pueblucho perdido en mitad de la nada del que nadie conseguía largarse jamás.

Ella era una de las pocas que lo había conseguido.

Entonces ¿por qué se sentía constantemente llamada a volver?