Veintiséis #2
—En las tierras fronterizas —mintió—. Dejadme ir a por ellas. Os las traeré, lo prometo.
El monarca entornó los ojos.
—Dime dónde están y mi recaudador de diezmos irá a buscarlas.
Ella negó con la cabeza.
—Solo yo puedo encontrarlas.
—¿Crees que soy estúpido? ¿Crees que voy a confiar en que regreses?
—En ese caso, obligadla a volver —intervino Albar. Ella lo miró, sorprendida—. Permitidme ser su garantía.
«¿Garantía?».
El rey guardó silencio y los contempló, pensativo. Algunas de las polillas que habían escapado volvieron para posarse con vacilación sobre sus hombros y su cabeza, abriendo y cerrando las alas de nuevo.
—Que así sea. —La voz del monarca había adoptado un matiz letal. Se volvió hacia Emeline y dijo—: Te daré permiso para ir a las tierras fronterizas a buscar las partituras. Y si no vuelves… —Dirigió a Albar una mirada cruel—. Tu garantía pagará el precio de tu desobediencia.
«¿Que pagará el precio?».
—¿Qué significa eso?
—Acepta y punto, Emeline —dijo Albar.
Estaba molesta. No. Necesitaba saber en qué se estaba metiendo exactamente, por si había algún truco.
—¿Qué precio pagará Albar si no regreso?
El Rey del Bosque sonrió.
—Si no regresas, será ejecutado en tu lugar.
Se le cayó el alma a los pies. «¿Ejecutado en mi lugar?».
Negó con la cabeza.
—No. De ningún modo. —¡Ni siquiera sabía dónde estaban las partituras! Era imposible que volviera a tiempo para salvarlo.
—¿Qué otra opción tienes? —dijo Albar—. O morimos todos aquí esta noche o aceptas su oferta.
Emeline miró atrás, a Sable y Corvus, que también estaban rodeados. Habían acudido en su defensa con valentía. No podía permitir que murieran allí.
Pero se negaba a permitir que ejecutaran a Albar en su lugar, así que, como no sabía dónde estaban las partituras, tendría que volver y aceptar que el rey la matara a ella. Tragó saliva y miró a la multitud de cortesanos, buscando a su abuelo. Había una persona más a la que tenía que salvar.
—Está bien. Acepto. —Por fin lo localizó con la mirada. La estaba mirando desde detrás de los setonelas—. Pero solo si mi abuelo viene conmigo. —Se volvió hacia el rey—. Y una vez que salga del bosque, quiero vuestra promesa de que jamás volveréis a tocarlo.
En los ojos del monarca llamearon chispas de fuego negro, pero, fuera cual fuese la ira que ella había incitado, el hombre la mantuvo a raya.
—Muy bien. Así será. Tienes dos días, Emeline Lark. Si no has cruzado mis puertas en el crepúsculo del segundo día, tu sentencia será ejecutada, y será Albar quien ocupe tu lugar.
Hizo un gesto a dos de los guardias, que se dirigieron hacia el recaudador. Albar envainó su espada al verlos, se la quitó de la espalda y la entregó. Los dos hombres lo obligaron a darse la vuelta y luego le ataron las manos.
—Emeline…
Ella asintió.
—A la hora del crepúsculo, dentro de dos días. Lo sé. Volveré antes de esa hora.
—No —se negó Albar con voz firme, obligándola a mirarlo a los ojos—. Si te queda algo de sentido común, para entonces ya estarás muy lejos de aquí.
Emeline frunció el ceño. ¿Le estaba pidiendo que huyera y lo dejara morir?
—No pienso abandonarte. No pienso dejar que te maten.
Él bajó la vista hacia la hierba.
—Soy demasiado valioso para el rey. No permitirá que me hagan daño.
Pero el monarca estaba maldito y era inestable; él mismo se lo había dicho. Y, por si su comportamiento aquella noche no era prueba suficiente, la pared de calaveras de la cripta también lo atestiguaba. Emeline no tenía ninguna duda de que el rey cumpliría su amenaza.
Albar le estaba mintiendo para salvarla.
Enfadada porque estuviese tratando de engañarla de nuevo, y esta vez pagando el coste con su propia vida, apretó los dientes y dio un paso hacia él.
—Un día de estos vas a tener que rendir cuentas por todas tus mentiras, Albar Fell.
Él la miró fijamente a los ojos.
—Ya he tenido que hacerlo, cariño. Créeme.
Albar no dejó de mirarla mientras los guardias tiraban de él, alejándolo de ella. Había mucha tristeza en su mirada despareja. Algo que le recordaba cómo miraba ella a su abuelo en sus peores días.
Era un pensamiento extraño en un momento como aquel. Un pensamiento extraño que se le alojó entre las costillas como un peso muerto.
Cuando Lamento dejó a Emeline y a su abuelo en la linde del bosque ya casi despuntaba el alba. Ella desmontó de la yegua mientras el cielo se encendía. Tras ayudar al anciano a bajar de la silla, ambos se volvieron hacia la casa a la vez.
Casi no podía creerlo.
Inhaló el olor de los viñedos y dejó que la calma que emanaban la anegara. El sol todavía no había salido y en el aire había una suerte de resplandor, como una promesa. Su corazón canturreaba con ella.
«Mi casa».
Pero, a la vez, era una imagen agridulce. En lugar de sentirse libre de la corte del Rey del Bosque, era como si tuviera unas esposas invisibles en los tobillos con unas cadenas que llevaban directas al monarca.
Le había mentido. No tenía ni idea de dónde estaban las partituras que faltaban, y dudaba mucho que se encontraran allí, más allá del bosque. Pero si no regresaba dentro de dos días con esas partituras, Albar sería ejecutado.
Se le encogió dolorosamente el corazón.
«Al menos lo he salvado a él», pensó mientras lo miraba cruzar la linde de los árboles y avanzar hacia la casa. Pero si ella estaba muerta dentro de dos días, ¿quién se aseguraría de que cuidaran de él? Cuando se disponía a seguir a su abuelo, Lamento le mordió el jersey, impidiendo que se alejara.
Emeline miró a la yegua con el ceño fruncido.
—¿Qué pasa?
Lamento la soltó y dio unos golpecitos con el morro a una pequeña alforja, como pidiéndole que la abriera.
Emeline desabrochó las hebillas de latón y metió la mano en el saco de cuero.
Dentro había un paquetito envuelto en seda de color azul medianoche y atado con un lazo dorado.
Desató el lazo a toda prisa, movida por la curiosidad.
La seda cayó enseguida, revelando un pequeño puñal envainado.
Era del mismo tamaño que la navaja que su yayo llevaba siempre en el cinturón cuando trabajaba en sus viñedos.
Acarició la funda de cuero, que estaba enaceitada y cosida con mimo, y luego sacó el puñal.
La empuñadura era de madera rojiza, de cerezo, tal vez.
Tenía un nudo, lo que le confería una extrañeza elegante.
Sin embargo, fue la hoja lo que más llamó su atención.
La superficie brillaba del mismo modo que la espada de Albar, como si contuviera una especie de hechizo.
Había también un pedacito de papel doblado. Lo desdobló y leyó la nota escrita con mano temblorosa:
El acero corriente no les hace nada a las pieles de sombra,
pero este sí. Lleva este puñal contigo.
Sable
Emeline pensó en la cambiaformas de ojos dorados y miró a toda prisa por entre los árboles, a los que la luz apenas empezaba a iluminar. Pero allí no había nadie.
No se sentía merecedora de un regalo como ese.
—Si la ves, dale las gracias de mi parte —le pidió a Lamento.
La ascuaballo resopló a modo de respuesta.
Emeline se dio la vuelta y abandonó el bosque.