Un oscuro olvido Veintiséis
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Veintiséis

Justo antes de la medianoche, su yayo la acompañó hasta el claro donde iba a actuar.

Iba bien pegada a él, por si se tropezaba, con el brazo entrelazado con el suyo.

Mientras caminaban, él tarareaba la melodía de «Goodbye, Irene», transportando a Emeline a los tiempos en los que él la tocaba al acordeón mientras ella hacía los deberes junto a la chimenea.

Emeline se aferró con fuerza de su brazo.

Poco después se adentraron en la arboleda del rey. El cielo nocturno estaba encapotado, y los gigantescos abedules que los rodeaban tenían las ramas desnudas. Ayudó a su yayo a sentarse a una de las mesas vacías, donde se habían reunido los cortesanos.

Él le estrechó la mano antes de que ella se alejase.

La tierra dura crujía bajo el peso de Emeline, que iba camino de enfrentarse al rey.

Se había puesto un chal de punto para protegerse del frío de la noche, pero la temperatura en la arboleda era agradable.

El aire parecía resplandecer a su paso. La joven se preguntó si el rey lo habría encantado para que no pasaran frío.

Por fin llegó ante el Rey del Bosque. Esa noche iba vestido de polillas.

Miles de ellas se arracimaban sobre su cuerpo, plegando y desplegando sus alas cremosas, como miles de ojos parpadeantes.

Tras él, el trono blanco estaba cubierto de moho negro, y la hierba a sus pies era gris y estaba marchita.

El olor de la magia en el aire era tan denso que Emeline se sintió un poco mareada.

El monarca se inclinó hacia delante.

—¿Estás lista, cantante?

—Sí, mi señor.

—Pues escuchemos esas canciones.

Al principio, al notar la intensidad de la mirada del rey fija sobre ella, le resultó difícil.

Estaba acostumbrada a que la cegaran las luces, a que le resultase imposible distinguir los rostros de su público.

Pero se dio cuenta de que si se concentraba en la canción que estaba cantando, en lugar de en lo que había a su alrededor, lograba que el rey, la arboleda y los cortesanos se desvanecieran.

Esa noche, lo único que importaba era la música del Mago Cantor, y no tardó en coger el ritmo.

Su cuerpo canturreaba, cálido; tamborileaba el ritmo en el suelo con el pie, y las letras brotaban de sus labios: odas a una mujer marcada por la luna, canciones que inmortalizaban su cabello de medianoche y sus ojos azul cobalto.

Mientras Emeline cantaba, una melancolía familiar se fue adueñando de ella.

«Echo de menos esto».

La pureza de la energía de una sala de conciertos. Que cada público fuese distinto. Que la mantuviera despierta, con ganas de complacerlos.

Le devolvía la vida.

Anhelaba salir de gira, ir de ciudad en ciudad, de escenario en escenario. Cantar para un público nuevo cada noche. Ver su nombre en letras grandes, iluminado por los paneles blancos de una marquesina.

«Pronto —pensó—. Pronto estaré en casa, y esta volverá a ser mi vida».

El monarca sonreía mientras la escuchaba. Echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos, presa del embrujo de la voz de Emeline.

Y al ver así a su rey, sereno, los cortesanos se relajaron también, dejándose llevar por las canciones. Movían la cabeza al compás de la música y tamborileaban con los pies.

Lo había logrado.

Había complacido al Rey del Bosque.

Emeline sonrió feliz. Sintió el calor en las mejillas mientras cantaba; por su frente asomaban gotas de sudor fresco. Al cabo de un rato, ya solo le quedaba una canción por cantar. Pronto su abuelo sería libre.

Empezó la última canción. Su canción. La que había escrito con la melodía del vals del Mago Cantor.

Respiro lento, respiro suave.

El sueño me lleva con él.

Recorro los caminos, azul medianoche,

que se extienden bajo tu piel.

Cuando empezó a cantarla, el rey estaba tranquilo y con los ojos cristalinos, en calma. Sin embargo, a medida que avanzaba, la suavidad de su postura comenzó a cambiar.

O tal vez se lo estuviera imaginando.

Una parte de mi espíritu perdida.

La busco sin encontrarla.

Una parte de mi belleza extinguida

porque tú has olvidado mi nombre.

Cuando terminó la segunda estrofa, los ojos del monarca eran dos rendijas. Tenía las manos de corteza tensas y apretadas, como garras.

Sintió una punzada de miedo.

«El rey está cada vez más inestable —le había dicho Albar—. Me preocupa lo que pueda a hacer hoy…».

Cuando empezó la tercera estrofa, el monarca se puso de pie con el rostro encendido de furia. Las polillas que lo vestían abrían y cerraban sus alas de forma errática. Algunas se fueron volando y se perdieron entre las sombras.

—¿Te atreves a desafiarme otra vez, cantante? ¿Otra vez? —Su voz era bronca y estridente, como el graznido de un cuervo.

Emeline sintió un escalofrío.

—La he tenido que reescribir —explicó, retrocediendo, pues él avanzaba hacia ella amenazante como un lobo—. Faltaban partituras. Si no la hubiera reescrito, no habría podido cantarla.

—¡Prendedla!

—Pero yo…

La agarraron de los brazos.

—Me has contrariado profundamente, Emeline Lark. —El rey se cernió sobre ella y su olor a barro y podredumbre la envolvió. Era como si se estuviera descomponiendo—. Te pedí las canciones de mi Mago, no las tuyas. ¿Acaso crees que tu música o tu talento pueden compararse con los de él?

Se le hizo un nudo en la garganta al oír el insulto. No era nada que no hubiese escuchado antes: que sus canciones no eran lo bastante buenas. Que ella no era lo bastante buena. Pero, de todos modos, le dolía. Siempre dolía.

El Rey del Bosque clavó en ella su mirada negra, como una víbora a punto de atacar.

—Como castigo por tu desobediencia, serás ejecutada esta misma noche.

Se le heló la sangre.

—¡¿Qué?!

Con el rabillo del ojo, detectó movimientos entre la multitud de cortesanos. Buscó a su yayo, pero una formación de setonelas le tapaba la vista. Los guardias cercaron a Emeline en el claro.

Cuando se volvió de nuevo hacia el rey, en su lugar se encontró con el hombre más alto y fornido que había visto nunca. Llevaba el mismo uniforme y el mismo casco que los setonelas, pero, en lugar de una lanza, sujetaba un gigantesco cuchillo de carnicero. La luz de la luna se reflejaba en la hoja.

Le empezaron a sudar las manos.

«Mi verdugo —pensó, incapaz de apartar la mirada del cuchillo. Albar la había advertido de que aquello podía pasar. Y Grace también—. ¿Me cortará la cabeza de un solo golpe? ¿O le harán falta varios?».

Estuvo a punto de echar a correr.

Pero de poco le habría servido: estaba rodeada por todas partes. En lugar de huir, empezó a apartarse poco a poco del hombre del cuchillo, pero cuatro setonelas abandonaron su posición de inmediato para apuntarla con sus lanzas de punta de acero y a acorralarla de nuevo ante el verdugo.

—Apártate de ella —dijo una voz áspera y suave a la vez.

Emeline se volvió y vio a Albar abriéndose paso entre el círculo de guardias, seguido de Corvus y de Sable. La sonrisa deslumbrante de Corvus no estaba por ninguna parte, y Sable tenía la boca fruncida en un gesto de rabia.

Los tres iban armados. Como si ya se esperasen que habría problemas.

Albar se puso al lado de Emeline, y Sable y Corvus se colocaron tras ella, como escudos a su espalda.

Emeline miró a Albar.

—¿Qué estáis haciendo?

Estaban jugándose la vida por ayudarla.

—¿A ti qué te parece?

Estaba allí plantado, firme, enraizado a su lado, con el rostro endurecido por la furia. No apartaba la vista del verdugo, que seguía avanzando hacia ellos.

—Solo conseguiréis que os mate a vosotros también —le dijo.

—La maldición viene a por todos nosotros. Estamos condenados, hagamos lo que hagamos.

Antes de que ella le pudiera responder, Albar desenvainó la espada que llevaba a la espalda, arañando la vaina con la hoja de acero, que luego silbó en el aire.

El verdugo se detuvo, inseguro de repente.

—¿Qué significa esto? —bramó el rey desde su trono, al que había regresado para disfrutar del espectáculo.

Se puso de pie con brusquedad y las polillas que lo envolvían se desperdigaron por los aires y huyeron revoloteando en la oscuridad de la noche—.

¿Así es como vas a pagarme todo lo que he hecho por ti?

Emeline miró a Albar. ¿Qué había hecho el rey por él?

Los ojos del monarca eran dos dagas que apuntaban a su recaudador de diezmos.

—Con todos mis respetos, mi señor, creo que en esta corte ya se ha derramado suficiente sangre. No puedo quedarme quieto y dejar que derraméis aún más.

—¿Te crees que puedes detenerme? ¿A mí? ¡Soy el rey! —Su voz rascaba de forma estridente, como las ramas muertas de un árbol sobre un cristal—. ¡Prendedlos a todos!

El cerco de setonelas se estrechó. Sus armaduras repiqueteaban mientras enjaulaban a sus presas.

Emeline se acercó a Albar. «¡Piensa!». ¿Cómo podía salvarlos? ¿Qué deseaba el Rey del Bosque por encima de todas las cosas?

«Recuperar a su Mago Cantor».

Eso no se lo podía dar. Pero si no era eso…

Su versión del vals del Mago había enfurecido al monarca: quería la canción de su queridísimo trovador, y no la suya. Si, de algún modo, lograba llevarle la canción perdida del trovador muerto, ¿bastaría eso para sacarlos de aquel atolladero?

Tenía que intentarlo.

—¡Sé dónde están las partituras que faltan! —farfulló.

—¡Emeline! —la reprendió Albar entre dientes, imaginando que era mentira.

Pero como el plan de Albar consistía en blandir la espada con la esperanza de que los setonelas, que superaban en número a él y a sus amigos, recularan, ella no le hizo caso. Miró a los ojos al Rey del Bosque, cuya mirada feroz había abandonado a su recaudador de diezmos.

Lo único con lo que contaba Emeline era con su miedo y su ingenio, así que se aferró a ellos con uñas y dientes.

—Dejad que vaya a buscar las partituras que faltan —le rogó con voz firme, clara y sonora como el repicar de una campana—.

Dadme una última oportunidad. Si lo consigo, tendréis todas las canciones de vuestro querido Mago.

Si después de eso, os vuelvo a contrariar, vuestro próximo trovador podrá cantároslas.

—Dime dónde están las partituras —ordenó el rey con avidez en la mirada.