Veinticinco
Ese día, Emeline se dejó la piel para aprenderse el resto de las canciones.
Calíope, al darse cuenta de que a la trovadora del rey apenas le quedaban unas horas antes de su actuación, se compadeció de ella y se quedó bien pasado el crepúsculo para asegurarse de que su pupila se supiera las canciones de cabo a rabo.
Tras la clase, Emeline volvió a sus aposentos, cenó y repasó cada tema por última vez. La última canción —el vals que ella misma había escrito— era la que estaba más verde de todas. Necesitaba ensayarla más.
Dos horas antes de la actuación, cansada de pasearse por sus aposentos, Emeline se colgó el ukelele deslizando la correa sobre el hombro de su vestido gris paloma que llevaba delicados lirios blancos bordados en el cuello y se marchó a dar una vuelta.
Recorrió descalza los suelos fríos de los pasillos del palacio del Rey del Bosque. Su voz reverberaba suavemente mientras rasgueaba el ukelele, marcando con los pasos el ritmo de la canción. Cuando llegó a la sala de la cúpula de cristal, donde había estado aprendiendo las canciones, entró.
Allí, bajo la cúpula, recordó la lección de vals improvisada de Grace en La Bellota y dejó que sus pies siguieran el ritmo. Con el ukelele en los brazos, cerró los ojos y permitió que sus pies danzaran mientras canturreaba la melodía, tratando de dominarla.
Cuando por fin se detuvo, satisfecha, alguien carraspeó.
Emeline abrió los ojos, sobresaltada. Albar estaba en la entrada, medio escondido en las sombras. No había ninguna lámpara encendida, solo los iluminaba la luz de las estrellas, pero aun así distinguió su jersey de color carbón y el hueco oscuro en el nacimiento de su cuello.
—Te precipitas en el primer compás todo el rato. Intenta alargarlo un poco más.
Emeline apretó el ukelele. Había ido a corregirla, por supuesto.
—¿No decías que no me estabas persiguiendo?
Emergió de las sombras y le tendió la mano.
—Puedo enseñártelo, si quieres.
Emeline se quedó paralizada como un cervatillo asustado, mirándole la palma de la mano.
¿Le estaba pidiendo un baile?
¿Allí? ¿En la oscuridad?
La esperó pacientemente, mirándola con ojos sinceros. Emeline tragó saliva con fuerza, se movió el ukelele sobre el hombro, de forma que quedase pendido de su espalda, y puso su mano sobre la de él.
Cuando Albar reposó su otra mano en la curva de su cintura, ella notó el calor de su piel a través de la seda del vestido. Emeline le puso entonces la mano en el hombro y permitió que la suave lana del jersey le acariciase la palma de la mano.
—Estás demasiado lejos —dijo él, tirando de ella. Su olor estaba por todas partes. Cuero, lana y pino. La tenía cautivada—. Necesitamos algo que marque el tempo. ¿Puedes tararear la canción que estabas cantando?
Emeline se puso roja. ¿Cuánto de ella habría oído?
—Es una de tus canciones, ¿verdad?
Se puso más roja todavía. Estaba como un tomate, seguro. Para disimular, bajó la vista y se quedó mirando los dedos de sus pies, que asomaban bajo el dobladillo del vestido.
—Me ha gustado —insistió él—. Mucho.
La alabanza hizo que se le acelerase el pulso.
—No es mía del todo —admitió.
En lugar de presionarla para que siguiera hablando, Albar asintió y empezó a bailar el vals siguiendo un tempo invisible, dando énfasis al primer compás. Y así, en silencio, danzó con ella por toda la estancia.
—Joel parece majo, por cierto.
Emeline se tropezó. Era lo último que se esperaba que dijera.
Albar esperó a que se recuperase de la sorpresa y continuó.
—Guapo, con labia, bueno con la guitarra…
—¿De qué estás hablando?
—De tu novio. Lo conocí la otra noche, cuando le entregué tu mensaje.
«Ya». Pensar en que Albar hubiera conocido a Joel, en que hubieran mantenido una conversación, la hacía sentir mal.
—No… no es mi novio.
Albar enarcó una ceja.
—¿Estás segura?
Ella lo miró a los ojos. Lo que fue un error, porque solo consiguió animarlo a seguir hablando de Joel.
—Hablamos sobre ti. Dice que lo haces muuuy feliz.
Le molestó su tono burlón, pero no pudo evitar sonrojarse otra vez.
—¿Por qué no te muerdes un poco la lengua, Albar?
Esbozó una media sonrisa y le brillaron los ojos, como si se estuviera imaginando haciendo otras cosas con la lengua.
De nuevo en silencio, la mirada de él se deslizó sobre ella. Viajó despacio por su mandíbula, por su cuello, por sus clavículas, y se detuvo un instante de más en la curva de su hombro. Como si estuviese indicándole todos los lugares que más le gustaría explorar con la lengua.
Y Emeline no pudo evitar imaginárselo. Sus labios sobre su piel desnuda. Pequeños mordisquitos entre beso y beso.
Una llama se prendió en su interior.
«¿Me está provocando?».
Apartó la vista enseguida y dirigió la mirada tras él.
—Lo que te voy a decir ahora no te va a gustar nada —añadió él, sin dejar de hacerla girar y girar por la sala.
—¿Y en qué se diferencia eso de todas las otras veces en las que abres la boca?
Esta vez sonrió abiertamente. Emeline decidió que le gustaba el efecto que una sonrisa tenía en sus labios.
—Ya. Bueno, escúchame. —Ella lo miró, recelosa, pero le hizo un gesto para que continuase—. El rey está cada vez más inestable. Me preocupa lo que pueda a hacer hoy si no puedes cantarle la última canción.
—¿Y qué sugieres?
—Que te marches.
Emeline se tropezó otra vez.
—¡¿Qué?!
La cogió con más fuerza de la cintura para ayudarla a recuperar el equilibrio.
—Yo puedo ayudarte. —Bajó la voz y miró rápidamente las sombras que los rodeaban—. Pero tendrías que irte ahora. Antes de la actuación.
Emeline no lo entendía. Había guardias por todas partes. En el palacio, patrullando la ciudad, en las puertas…
—¿Cómo?
—Hay una manera —se limitó a decir.
Ella lo miró de hito en hito, bajando el ritmo, obligándolo a él a bajarlo también.
—¿Y mi abuelo? ¿Lo ayudarás a él también?
Se miró los pies.
—Ewan se entregó a sí mismo como diezmo.
No puedo hacer nada en todo lo que se refiere a los diezmos.
Va en contra del juramento que le hice al rey.
Si lo hiciera… —tragó saliva de forma audible—, yo no tendría un buen final.
Pero tú… —Levantó la vista—. En lo que respecta a ti, no he hecho ningún juramento.
—¿Esperas que abandone a mi abuelo otra vez? —Negó con la cabeza. No pensaba hacerlo—. No pienso huir.
«No cuando hay una maldición que está devorando el bosque. No cuando estoy tan cerca de lograr lo que me he propuesto».
—Ewan está de acuerdo conmigo —insistió Albar en voz baja—. Fue él quien me sacó el tema. Le dije que haría lo que estuviera en mi mano para convencerte.
Emeline abrió la boca para decirle que no le gustaba nada que hubiera hecho eso a sus espaldas, pero entonces recordó que su yayo le había dicho exactamente lo mismo hacía tres noches.
Y Albar no había terminado.
—Tendrás tu libertad. —La miró con una intensidad sobrecogedora—. No habrá nada que te retenga. Es lo que quieres, Emeline. Es lo que Ewan quiere.
Habían dejado de bailar. La sala de cristal seguía dando vueltas y vueltas alrededor de ellos, pero ellos se habían quedado quietos, y fueron apartando poco a poco las manos el uno del otro.
Ella lo observó a la luz de las estrellas.
Solo los separaban unos centímetros, pero como ahora conocía a qué sabía su boca, conocía el calor que transmitían sus manos al tocar su piel, le parecía que estaba demasiado lejos.
Era como una droga y ella se estaba volviendo adicta poco a poco. Cada vez necesitaba una dosis más alta.
—¿Es eso lo que quieres tú? ¿Que me vaya y no vuelva nunca más?
Él respiró hondo.
—Sí —susurró—. Eso es exactamente lo que quiero.
Pero Emeline ya había aprendido a reconocer sus mentiras. Sabía cómo se le tensaba la voz cuando le decía una.
Pensó en el Rey del Bosque, maldito y de ojos salvajes.
«He visto morir a montones de trovadores por ofensas tan nimias como desafinar en una sola nota».
Pensó en aquellas manos duras como la corteza de un árbol, apretándole la garganta, asfixiándola, estrangulándola con fuerza…
Emeline se estremeció. Era posible que esa noche volviera a ocurrir; sabía que lo era. Se había aprendido diez de las canciones del Mago y había reescrito el vals perdido, pero tal vez no bastara con eso.
«He de intentarlo».
Porque la alternativa era escapar sin su yayo y abandonarlo allí, a merced de la maldición. Y la sola idea la atravesaba como una flecha.
Negó con la cabeza. Había abandonado a su abuelo una vez y no pensaba volver a hacerlo. Ni aunque él mismo lo quisiera.
Se puso de puntillas y besó a Albar en la mejilla.
—Gracias por la oferta —susurró—. Pero tengo que probar suerte con el rey.
Emeline lo dejó allí, bajo la cúpula de cristal, y volvió a su habitación, donde la esperaban sus asistentas.