Veinticuatro
La noche se cernió sobre Emeline mientras atravesaba las calles adoquinadas e iluminadas por farolas de la ciudad, tratando de encontrar el camino de vuelta a palacio.
Iba mirando las fachadas de las hileras de casas blancas que flanqueaban las calles, con la esperanza de encontrar algo que le resultara familiar.
Mientras caminaba, recorría con el pulgar la forma retorcida de la horquilla de la mariposa, y trataba de recordar por qué le resultaba tan familiar.
En la casa del Mago Cantor habían encontrado muchas cosas que no tenían sentido alguno, como esa horquilla procedente de su mundo o las esposas de la bodega, y también había visto cómo su canción había provocado a la Vil…
La Vil era aterradora, pero no era su monstruosidad lo que secuestraba los pensamientos de Emeline una vez tras otra, no. Era aquel colchón mohoso. Las cadenas oxidadas pegadas a la pared.
Mientras acariciaba la horquilla en el bolsillo, se preguntaba a quién debía de haber tenido allí encarcelado.
De repente, se descubrió delante de La Bellota, con su cartel de cobre en forma de fruto encima de la puerta y sus ventanas brillantes por la luz de las lámparas.
Era la tercera vez que pasaba por delante.
Emeline se abrazó a sí misma. Cada minuto que pasaba, hacía más frío y estaba todo más oscuro, y era evidente que estaba…
—¿Perdida? —dijo una voz conocida desde las sombras, una voz que envió un sinfín de sensaciones que la atravesaron. De repente, volvía a estar en aquel pasillo, apretujándolo contra la pared, acariciándole el cuerpo con las manos…
Se puso rígida, tragó saliva y aserenó la voz.
—¿Qué pasa? ¿Me estás siguiendo?
—No te lo creas tanto. Corvus y yo hemos venido a tomar algo.
Se dio la vuelta y vio que, en efecto, el cambiaformas iba con él.
«Oh».
—Puede que sí te estuviéramos siguiendo. —Corvus sonrió—. Por si te perdías en el camino de vuelta.
—Bueno, pues no me he perdido. —Esquivó sus miradas de escepticismo y se volvió hacia la dirección contraria, para luego acelerar sus pasos por el suelo adoquinado.
Oyó que Corvus le decía algo a Albar y que este gruñía alguna cosa como respuesta.
Unos segundos después, Albar la alcanzó. Como si nada. Ella miró atrás y vio que Corvus entraba en La Bellota sin él.
—Te acompaño.
«No, por favor —pensó ella—. No tengo fuerzas para esto».
—¿No ibas a tomar algo con Corvus? —señaló sin dejar de caminar.
—A él no le importa.
Su voz sonaba más fría que el acero. Emeline desvió la mirada hacia el gesto perfectamente contrariado de su boca, que le decía que lo sabía todo: que había ido a la casa del Mago Cantor desobedeciendo los consejos de sus amigos, que había puesto a Grace en peligro y que a duras penas había logrado escapar con vida.
¿Y para qué? No le había servido nada. No había encontrado las partituras perdidas. Lo único que tenía era una horquilla estropeada.
Emeline era justo lo que él había dicho que era: una estúpida y una imprudente.
Y había venido a restregárselo por la cara.
Se sentía como un nervio expuesto. Como un cable echando chispas.
—¿Por qué no me dijiste que pensabas ir a la casa del Mago Cantor?
Emeline se metió las manos en los bolsillos y acarició de nuevo la horquilla con el pulgar.
—Porque me lo habrías impedido.
—Pues claro que te lo habría impedido.
Un grupo de amigos se dirigió hacia ellos por la acera, montando un escándalo. Debían de ir a La Bellota.
—Fui a buscar las partituras que faltan.
Te lo habría contado si hubiera podido dar contigo.
—Aunque sí que lo había encontrado: en el pasillo de sus aposentos, la noche anterior.
Donde ella se había puesto en ridículo estrepitosamente.
Se sentía arder de humillación. Bajó la voz y añadió—: Siento haber puesto en peligro a Grace.
El grupo estaba cada vez más cerca. Gritaban y se reían, y no parecían tener intención alguna de dejarlos pasar.
Sintió que el calor que él irradiaba se filtraba en su piel, sobre todo cuando le puso una mano en la parte baja de la espalda y esquivó al grupo metiéndose por un callejón, y tirando de ella.
—Grace me ha asegurado que ha ido contigo por su propia voluntad —respondió él cuando se quedaron a solas—.
Según me ha dicho, fue ella quien tuvo que convencerte a ti para que la dejaras ir.
—La cogió del codo y la giró para que lo mirase—.
Me refiero a ti, Emeline. No haces más que ponerte en peligro.
Una vez tras otra. —La dejó clavada en el sitio con su mirada furiosa—. ¿En tan poca estima te tienes?
—¿Poca estima? —Lo fulminó con la mirada. Hacía tres noches, en mitad de su cocina, la había acusado de ser la persona más egoísta que conocía—. Abandoné a mi abuelo para dedicarme egoístamente a mi música, ¿no te acuerdas?
—Ya. Tu música…
Emeline se enfureció de inmediato.
—¿Qué narices significa eso?
Él apartó la mirada enseguida y torció la boca.
—Nada.
La soltó y volvió a la calle principal, que volvía a estar en calma.
Emeline fue tras Albar, indignada.
—Dime lo que querías decir.
Él oteó en la distancia.
—¿Cómo puedes decir que es tu música si solo cantas canciones de otras personas?
Aquello le dolió. Pensó en la música que tenía guardada en aquella carpeta, en su móvil, y murmuró:
—Nadie quiere escuchar mis canciones.
Le dio la espalda y siguió caminando.
—¿Según quién? —preguntó, con la voz teñida de ira.
—Según todo el mundo. Joel, mi representante, las discográficas, ¡todo el mundo! Por eso tengo una compositora —replicó irritada—. ¿Podemos dejar el tema? No quiero hablar de ello.
Pero Albar sí quería.
—Entonces ¿ese es tu gran sueño? ¿Cantar las canciones facilonas de otra persona en un escenario noche tras noche? Eso es la sombra de un sueño, Emeline.
Se detuvo en seco. Era absurdo que sus palabras le afectaran tanto, pero el caso es que así era. Le dolían. Como si lo que él pensaba tuviese importancia. Como si él tuviese importancia.
—Que te follen —le dijo, volviéndose hacia él—. Ni siquiera me conoces.
Albar abrió la boca para responder, pero ella lo interrumpió.
—He hecho lo que tenía que hacer. —Su voz sonaba demasiado aguda y temblorosa.
Cerró las manos en dos puños, tratando de controlarla—.
No podía quedarme en Edgewood, así que me fui.
No podía enfrentarme a que mi abuelo olvidase, así que lo metí en una residencia.
Mis canciones no eran lo bastante buenas para pagar las facturas, así que canto las de otra persona.
—Era como si él hubiese arrancado una costra y ya no pudiese detener la sangre—.
Ahí fuera estoy sola, Albar. No tengo a nadie que me ayude.
No tengo a quien recurrir cuando las cosas se ponen difíciles.
La única persona a la que he querido no se acuerda de quién soy.
¿Eres capaz de imaginarte lo que se siente?
Al oír esa pregunta, una emoción llameó en el rostro de él, intensa y salvaje, como un rayo. Pero, antes de que ella tuviera ocasión de descifrarla, él la enjauló de nuevo.
—Sé que soy una cobarde, ¿vale? —Se le hizo un nudo en la garganta. Le empezaron a escocer los ojos—. Créeme, ya lo sé.
Albar se la quedó mirando sin decir nada, y luego dio un paso vacilante hacia ella.
Emeline retrocedió enseguida.
Porque lo cierto era que, en el fondo, sí deseaba poder cantar sus propias canciones.
Lo deseaba más que cualquier otra cosa. Lo echaba de menos.
Añoraba sacar palabras de sus profundidades como agua de un pozo.
Juntarlas como las piezas de un puzle. Encontrar la melodía precisa que encajara con ellas.
Y odiaba que él hubiera conseguido que lo admitiera en voz alta.
—Emeline…
Y otra cosa que odiaba era cómo pronunciaba su nombre. Que su voz pareciera invocar hasta su alma, hacer que asomara a la superficie de su piel.
Se suponía que ya lo había superado.
—Perdóname. —Los ojos le brillaban en medio de aquella semioscuridad—. No tendría que haber dicho eso.
Esa vez, cuando él dio otro paso hacia ella, no se apartó. No la tocó, pero estaban tan cerca que podría haberlo hecho. Olía el bosque en su piel. Sentía su calor como una caricia.
Cuando se miraron a los ojos, el aire ardió.
De repente, ya no estaban rodeados por calles llenas de faroles, sino por los muros del palacio del rey. La luna llena no brillaba sobre sus cabezas; en lugar de eso, la luz provenía de las velas encendidas de los pasillos.
Como por arte de magia, la había acompañado a la puerta de sus aposentos. Como si aquello fuera una cita, y él, un caballero.
—Conocí a una chica una vez —dijo en voz baja— cuyas canciones la ayudaban a enfrentarse a todas las fuerzas más poderosas que ella.
—Con cierta vacilación, alargó una mano para acariciar un mechón de pelo que se le había escapado del moño despeinado.
Cuando lo hizo, el anillo blanco y sencillo que llevaba en el dedo reflejó la luz de las velas—. A veces me recuerdas a ella.
Emeline se quedó muy quieta observándolo.
—Para ella, cantar era como respirar —prosiguió, sonriendo al recordar, como si pudiera visualizar a esa chica cantando—. Cuando cantaba, se transportaba a un lugar en el que nadie podía tocarla.
¿Sería esa chica la persona que había mencionado Ortiga? ¿La que le había roto el corazón?
—¿Qué le pasó?
Aquella pregunta lo rompió todo. Él dejó caer la mano enseguida y retrocedió, como si acabase de despertar de un hechizo.
—¿Adónde fue? —insistió Emeline.
Él bajó la vista.
—Lejos de mí.
Un silencio pesado se extendió entre los dos. Albar se aclaró la garganta.
—Que duermas bien, Emeline.
Y entonces se dio la vuelta y desapareció.
Aquella noche, tumbada en la cama, Emeline trató de recordar a su antiguo yo. ¿Qué pensaría esa chica de ella, que enterraba sus canciones en una carpeta protegida y se dedicaba a cantar las de otros?
Sintió que le picaban los dedos; anhelaba las cuerdas de una guitarra.
De repente, quería aquellas viejas canciones, pero solo podía recordar pedacitos de algunos versos, una progresión de acordes a medias.
Por mucho que se esforzara, la eludían, y estaban encerradas detrás de una contraseña que era incapaz de recordar.
«Es tan largo el olvido».
¿Qué clase de pista era esa? Emeline frunció el ceño, molesta consigo misma por haber elegido algo tan abstruso.
Se incorporó. Había luna llena; brillaba, blanca y resplandeciente, a través de la claraboya.
Se levantó de la cama y se dirigió a la pared llena de instrumentos para ver qué había.
Deslizó la mirada sobre las guitarras hasta detenerla en un ukelele hecho a mano.
Estaba fabricado con arce claro y su manufactura era más exquisita incluso que su Taylor.
Tenía una correa con rosas grabadas en el cuero unida a sus dos extremos.
Recordó las páginas que faltaban de la última canción. Era posible que no aparecieran antes de la medianoche del día siguiente y, aunque lograse encontrarlas, tenía menos de veinticuatro horas para aprenderse tres canciones más, además de esa.
«¿Y si la reescribo ahora?», pensó. Tenía las últimas páginas, así que sabía cómo terminaba.
También sabía que era un vals. Podía escribir letras nuevas, siguiendo el estilo de las otras canciones del Mago Cantor, y darle su toque personal.
El rey estaba loco; lo más probable era que no se diese cuenta.
Al fin y al cabo, su Mago llevaba años muerto y su música había estado escondida en el estómago de Garra desde entonces.
Al menos, eran un plan alternativo.
«Pero hace tanto tiempo que no compongo una canción… ¿Y si no me acuerdo de cómo se hace?».
Aun así, podía intentarlo.
Emeline cogió el ukelele de su soporte, se arrellanó en los cojines de terciopelo dorado que había sobre el banquito de la ventana y empezó a afinarlo.
Mientras tocaba las cuerdas y componía, pensó en su yayo.
En quiénes habían sido el uno para el otro en el pasado. En el aterrador poder del olvido.
Empezó a tocar, probando palabras.
Respiro lento, respiro suave.
El sueño me lleva con él.
Recorro los caminos, azul medianoche,
que se extienden bajo tu piel.
Fue cambiando la letra mientras cantaba, reordenando palabras y versos. Haciendo que encajasen con los acordes.
Una parte de mi espíritu perdida.
La busco sin encontrarla.
Una parte de belleza extinguida
porque tú has olvidado mi nombre.
Le llevó toda la noche, pero, por la mañana, tenía una canción casi terminada y sentía que su cuerpo irradiaba luz. Había pasado demasiado tiempo desde la última vez que había escrito algo propio. Había olvidado lo que la hacía sentir.
«Me hace sentir así de bien», pensó con una sonrisa mientras sus asistentas la ayudaban a prepararse. La metieron en la bañera, la enjabonaron y la frotaron. Le cepillaron el pelo hasta que brillaba tanto como un río bajo el sol del mediodía.
Se sentía como si el mundo por fin se hubiese quedado quieto. Como si todo el peso que no la dejaba avanzar fuese, de repente, ligero como una pluma. Como si estuviese a la altura de cualquier tarea que le pusieran delante.
Se preguntó por qué habría dejado de componer.