Veintitrés
El monstruo estaba en la bodega con ellas.
La criatura dejó la vela en el suelo de tierra y Emeline vio a Grace tumbada boca arriba bajo el botellero, con el rostro hacia el techo y los puños apretados.
La Vil —si es que aquello era la Vil— era una forma negra en la oscuridad. Emeline percibió un aroma familiar: huesos y podredumbre.
Vio un destello de tendones grises y de garras negras. Estaba yendo hacia Grace. Claro, si oía los latidos de sus corazones, sabía dónde estaban escondidas. Grace y Emeline eran un blanco fácil.
«Esto es culpa mía. —Emeline contempló, paralizada de terror, cómo la Vil reptaba lentamente hacia su amiga—.
Grace no estaría aquí si no fuera por mí».
Pero ¿qué podía hacer? El pánico la había inmovilizado: le había agarrotado los brazos y las piernas, se los había convertido en piedra.
El corazón le martilleaba contra el pecho a un ritmo demencial, pero su cuerpo se negaba a obedecerla. Era incapaz de moverse.
Y, aunque no fuera así…, no tenía forma de detener a aquel monstruo.
«Tal vez no tenga que detenerla —pensó mientras miraba a la Vil acercarse cada vez más a su amiga—. Quizá solo tengo que distraerla el tiempo suficiente para que Grace pueda huir».
Y, mientras la Vil se agachaba para mirar bajo el botellero de la pared de enfrente, ya a punto de atrapar a su presa, Grace retrocedió y gritó, tratando de apartarse.
«Haz algo —se ordenó Emeline a sí misma—. Llama su atención».
Y entonces hizo lo único que se le ocurrió. Buscó una vieja canción y empezó a cantar.
—Qué será, será…
La Vil se puso rígida. Se olvidó de Grace y se volvió despacio, de forma inquietante, hacia la fuente del sonido. Emeline paró un instante y dijo entre dientes:
—¡Corre, Grace!
Su amiga no vaciló. Salió a toda prisa de debajo del botellero y huyó hacia la oscuridad. El monstruo la dejó ir; estaba más interesado en su otra presa, la que cantaba. Se desplazó hacia la luz de la vela y reptó hacia Emeline, murmurando para sí.
El terror le atenazó la espalda. Seguía sin ser capaz de obligar a su cuerpo a moverse.
El miedo la tenía paralizada.
Desesperada por tranquilizarse, por desbloquear sus miembros y desterrar el pánico, cerró los ojos y siguió cantando. Al fin y al cabo, había elegido aquella canción por algo.
El recuerdo atrapado en la canción cobró vida en su interior.
Emeline tenía siete años. Acababa de despertarse de una pesadilla y estaba llamando a gritos a su abuelo en medio de la oscuridad.
Recordó sus fuertes y rápidos pasos atronando por el pasillo.
Recordó que presionó el interruptor e inundó su cuarto de luz.
«Tranquila, patito. Estoy aquí. No pasa nada».
Era un hombre fuerte, que desprendía calidez. Ella se acurrucó en su regazo y él empezó a cantarle para ahuyentar las pesadillas mientras la acunaba entre sus brazos y la calmaba con su voz, que era como un faro en la oscuridad.
«Qué será, será…».
Esa canción le recordaba los buenos tiempos, que ya habían quedado en el pasado. Al hombre que la había criado y protegido. Le recordaba lo mucho que lo quería.
Le temblaba la voz, pero no titubeó. No se detuvo.
La Vil, en cambio, sí lo hizo.
Emeline abrió los ojos y vio la forma encorvada y vacilante del monstruo. Tenía la mirada perdida, como si también ella estuviera recordando. Como si también ella tuviera historias asociadas a esa canción.
La Vil dio un paso atrás, sacudió la cabeza y se tapó los oídos, tratando de evitar que la canción siguiera inundando su mente.
Emeline recordó entonces que, a veces, su voz hacía cosas extrañas como invocar a los bosques contra su voluntad, dormir a dragones o derribar las barreras con las que Albar protegía sus pensamientos más íntimos.
De repente, una garra se le clavó en la camiseta y le arañó la piel con las uñas. La Vil la arrastró fuera de su escondite, la levantó por los aires y la estampó contra las botellas.
Un estallido de dolor se le extendió por la espina dorsal, dejándola perpleja.
La Vil clavó sus ojos pálidos como el hielo en los de Emeline. La piel translúcida dejaba entrever las venas azuladas y verdosas que había debajo, como si fuese una criatura que vivía tan adentro de la espesura que el sol no la tocaba jamás.
—Qué noble —dijo la Vil con voz rasposa, sonriendo como un niño que se dispone a hacer algo muy malo. De ella irradiaba un hedor putrefacto, a sangre y podredumbre. A Emeline se le puso el estómago del revés—. Cuando me haya mondado los dientes con tus huesos, daré caza a tu amiga y…
Un golpe sordo hizo que aquel monstruo se tropezase y parpadeara, confundido. Entonces se oyó otro golpe, con un eco metálico, y luego un tercero: los tres sobre su cabeza.
La Vil soltó la camiseta de Emeline, se tambaleó y cayó de cuatro patas.
Grace estaba detrás de la criatura sujetando con ambas manos el cubo que habían visto antes junto al colchón.
A sus pies, se había derramado el líquido brillante que contenía.
La Vil gemía, todavía a cuatro patas, desconcertada y con la mirada fija en el suelo.
Grace soltó el cubo, cogió la lámpara y la mano de Emeline y dijo:
—¡Vamos!
Y echaron a correr.
Subieron las escaleras y, cuando ya estaban ante la chimenea, Emeline bajó la trampilla, cerrándola de un portazo.
—¡Vamos, vamos, vamos! —gritó Grace, que ya estaba en la puerta. Echaron a correr por el camino hacia los caballos que esperaban junto a los árboles grises. Emeline iba pisándole los talones, con el corazón desbocado. La adrenalina la hacía correr más rápido de lo que había corrido jamás.
Montaron a lomos de los caballos a la vez y los espolearon con un golpecito para ponerlos al galope. La tierra atronaba bajo ellos; sus cascos aporreaban el lecho del bosque, llevándoselas lejos, muy lejos, de la finca del Mago Cantor.
Cabalgaron sin descanso hasta llegar a la ciudad.
Hasta que no estuvieron a salvo, tras sus muros, Emeline no cayó en la cuenta de que no habían encontrado las páginas que faltaban de la última canción.
Todavía a lomos del caballo, protegidas por las paredes de la ciudad, Grace condujo a Emeline por un vecindario tranquilo que daba a los viñedos del rey.
Se detuvieron ante una enorme puerta abierta cuyos barrotes de hierro forjado imitaban rosales que trepaban hacia arriba y cuyas rosas se iban haciendo más grandes a medida que se acercaban a la parte más alta.
Grace desmontó de su yegua ruana moteada y abrió. Emeline bajó también de su caballo prestado, que era de Sable, y siguió a su amiga al interior.
Ante ellas, un camino de losas planas que atravesaba un jardín de preciosa hierba verde. Al final había una casa de dos plantas. Tenía contraventanas de color rosa palo y una buhardilla blanca cuya ventana sobresalía sobre la puerta principal.
Emeline se quedó boquiabierta. ¿Grace vivía en esa preciosa casa?
Como respuesta a la pregunta a la que no había dado voz, su amiga la condujo a la parte trasera. En el fondo había un establo rodeado de sauces llorones, pero Grace se dirigió a otro edificio, uno hecho de piedra blanca.
El aire a su alrededor ondeaba de calor, y olía a humo y a acero.
Al oír los cascos de los caballos, alguien abrió la puerta y salió.
Tenía el pelo castaño rojizo enredado, pegado a la cara, y la cara roja del calor.
Sable. Sus extraños ojos se iluminaron al ver a Grace mientras se limpiaba las manos manchadas de hollín en el delantal de cuero que llevaba atado a la cintura.
Grace soltó las riendas del caballo, corrió hacia ella y la abrazó tan fuerte que estuvo a punto de tirarla al suelo.
—Lo siento —oyó que murmuraba mientras enterraba la cara en el cuello de la cambiaformas.
Sable arrugó el ceño, pero no dijo nada. Se limitó a rodear la cintura de Grace con un brazo, en un gesto protector, y en atraerla hacia sí. Luego deslizó la mano por sus rizos oscuros con sorprendente ternura.
Fue entonces cuando Emeline se fijó en la alianza de hierro que Sable llevaba en el dedo anular. Una copia exacta de la de Grace.
«Le di como diezmo lo más valioso que poseía —le había dicho su amiga—. Por amor».
Emeline era incapaz de apartar la vista de ellas, de dejar de contemplar la ternura que encerraba el abrazo de Sable, la desesperación con que Grace se aferraba a ella…
Ella nunca había abrazado a nadie así.
De repente, volvía a estar en la carretera, en el verano pasado.
Cuando aquel dolor tan familiar, aquel anhelo, aquella soledad, la perseguían.
Cuando cobraba vida en los momentos más inoportunos.
En la green room , sobre el escenario, cuando estaba en el bar con los demás músicos.
Era lo que la había empujado a los brazos de Joel el verano anterior, y a los brazos de incontables otros antes que él.
Ese dolor siempre había estado ahí. Una señal de que le faltaba algo.
«No necesitas a nadie de ese modo», se dijo.
Tenía su música. Tenía una carrera en alza. No le hacía falta nada más.
—¿Qué tenemos aquí? —dijo una voz traviesa.
Corvus salió de la forja. Él también tenía las manos manchadas de hollín, como si hubiera estado ayudando a Sable.
Y detrás estaban Albar y Álamo.
A Emeline se le encogió el estómago al ver al recaudador de diezmos.
Cuando sus miradas se encontraron, saltó una chispa.
El aire se volvió eléctrico, como un instante antes de que caiga un rayo, y Emeline no pudo evitar recordar su beso en los pasillos.
El calor de su boca sobre la suya. La fuerza de su pecho bajo las palmas de sus manos.
Y cómo ella se había abalanzado sobre él, enferma de deseo.
¿Había sido el hechizo de Ortiga lo que lo había obligado a besarla? ¿O la había besado porque quería hacerlo?
«No importa. Deja de darle vueltas».
Estaba bajo los efectos de un hechizo. Por eso había sentido que el beso de Albar cubría todas sus carencias. Por eso, incluso en ese momento, quería volver a besarlo.
El rubor floreció en sus mejillas.
«Estabas hechizada. No sería lo mismo. Seguro que lo odiarías».
Miró a Sable, presa del pánico.
—Gracias por prestarme el caballo —dijo con la voz demasiado aguda.
La espadera enarcó las cejas, recordándole que ella no tenía ni idea de su viajecito a casa del Mago Cantor. Grace no se lo había contado y, por lo tanto, tampoco debía de haberle pedido el caballo.
Dejaría que se lo explicara Grace.
Esta cogió las riendas de la yegua.
—Ya la llevo yo.
Emeline soltó al caballo. Notaba el peso de la mirada de Albar, y estaba a punto de volverse y largarse de inmediato, pero Grace le tocó el codo y dijo:
—Gracias por haberte jugado el cuello por mí.
Emeline tragó saliva, asintió y luego se despidió y echó a andar. Necesitaba poner tanta distancia como pudiera entre ella y Albar Fell.