Veintidós
Aquella noche, Emeline durmió fatal. En sus sueños, Albar estaba por todas partes. Albar abriéndole la bata y deslizándosela por los hombros. Albar en su cama, con el cuerpo pegado al suyo. Albar, susurrándole cosas bonitas con la boca pegada a su piel.
Se tapó los ojos con una mano e intentó arrancarse aquellos sueños de la mente.
«¿Cómo lo voy a mirar de nuevo a la cara?». Lo que había hecho la noche anterior era demasiado vergonzoso. Era imposible recuperarse de algo así.
Quizá podían fingir que nunca había ocurrido y pasar página.
«Al fin y al cabo, solo fue un hechizo».
Quizá las cosas no tenían por qué ser raras o incómodas.
Podían limitarse a evitarse el uno al otro hasta que ella salvase a su abuelo y escapara de ese lugar.
Y después de eso no tendrían que volver a verse nunca más.
Emeline sacó a Albar de su mente para concentrarse en sus clases. Se pasó la mañana y la tarde con Calíope, trabajando duro en la música del Mago Cantor, y contraatacando la paciencia de su nueva profesora con la firme motivación de aprender tanto como pudiera.
Las canciones eran más de lo mismo: odas a la musa del trovador, la mujer marcada por la luna cuya belleza lo tenía completamente hechizado. Emeline estaba empezando a preguntarse si no se la habría inventado. Era tan… perfecta. Una mujer tan perfecta no podía existir.
Hacia media tarde, se las había arreglado para aprenderse dos nuevas canciones, así que ya se sabía siete. Eso significaba que todavía le quedaban cuatro canciones por aprender —contando la que estaba perdida— antes del día siguiente a medianoche.
No tenía ni idea de si sería capaz de hacerlo.
Todo dependía de lo que encontrase esa noche en la casa del Mago Cantor.
Grace y Emeline llegaron a la finca del Mago Cantor a la hora de las brujas.
A pesar de que los portones de hierro estaban abiertos, sus caballos se negaron a cruzarlos.
Se encontraban en la Mácula, y los árboles enfermos parecían descoloridos bajo la luz del sol que se filtraba desde el cielo.
La putrefacción había tornado sus hojas grises.
—¿Es aquí? —Emeline miró más allá de la tierra masacrada por la maldición, más allá del estanque de aguas negras y estancadas, al final del camino que llevaba a la enorme mansión.
Aquella casa estaba teñida de oscuridad.
El tejado hundido estaba cubierto de musgo muerto, como una alfombra, y las ventanas estaban plagadas de grietas llenas de telarañas.
No le parecía un lugar en el que se pudiera vivir. Ni aunque fueras una bruja.
—Según el mapa de Sable, sí. —Grace enrolló el mapa y lo volvió a meter en el cilindro que llevaba sujeto a su silla de montar—. Es aquí.
A su alrededor, los árboles de la Mácula murmuraban, ansiosos. «Cuidado. —Sus hojas acariciaron las mejillas de Emeline—. El horror acecha en esa casa».
Ninguna de las dos mujeres se atrevía a bajar del caballo.
—En fin —dijo Grace, y alzó la barbilla, claramente tratando de aunar el coraje necesario para desmontar—. Será mejor que no nos entretengamos.
Dejaron los caballos, cruzaron los portones y se acercaron a la casa con desconfianza.
El camino estaba bordeado de olmos putrefactos, que observaban a Emeline pasar bajo ellos y que le susurraban a medida que se acercaba a la puerta: «Da media vuelta, Emeline».
Echó un vistazo a Grace, que o bien no oía las advertencias de los árboles o bien había decidido ignorarlas.
La madera podrida de la puerta estaba húmeda y resbaladiza, y el pomo, frío como un témpano. Cuando Emeline lo rodeó con los dedos y abrió, descubrió que en el interior el aire era todavía más frío. Que la temperatura de allí adentro era antinatural.
Grace se estremeció.
—¿Qué es lo que estamos buscando exactamente?
—Partituras. Borradores de canciones. Cualquier nota sobre música que dejase el Mago Cantor.
—Vale. Lo he pillado. Seamos rápidas.
Emeline miró de reojo la empuñadura de una espada corta que Grace llevaba atada a la bota. «Por si nos metemos en algún lío», le había dicho.
El suelo de madera, mohoso y podrido, se hundía bajo sus pies, los muebles estaban rotos y volcados, y los años de humedad habían cubierto los alféizares de las ventanas de moho.
Mientras tanto, el sol del final de la tarde se filtraba alegremente por las ventanas, como si nadie le hubiese avisado de lo espeluznante que era todo allí dentro.
A Emeline se le cayó el alma a los pies. Si las partituras estaban esa casa, lo más probable era que estuvieran dañadas o en descomposición.
Grace se iba abriendo paso entre el caos.
—Iremos más rápido si nos separamos.
Emeline asintió.
—Yo voy a buscar arriba —dijo—. Llámame si… si ves algo.
—¿Algo como una bruja sedienta de sangre? —bromeó Grace, tratando de levantarle el ánimo.
Pero, en ese momento, una brisa súbita hizo temblar los cristales y ambas dieron un brinco, sobresaltadas.
Emeline empezó a subir la enorme escalinata que nacía en la entrada principal.
Cada escalón crujía bajo su peso. Se detuvo arriba de todo, donde el papel pintado amarillo, despedazado, colgaba hecho jirones de la pared.
Era como si algo lo hubiese desgarrado con uñas afiladas.
Los retratos que antaño colgaban del pasillo estaban rotos y tirados en el suelo, y en el aire reinaba un olor agrio.
Emeline buscó en una habitación tras otra, pero solo encontró más de lo mismo: destrucción.
Abrió cajones podridos y miró en armarios desvencijados.
Por fin, entró en algo que parecía una sala de música.
En la parte trasera de la casa había una pared de cristal que ofrecía unas vistas panorámicas de la Mácula.
En el interior de la habitación, había un arpa volcada en una esquina y una guitarra que habían retorcido hasta partirla en dos.
Los pedazos rotos estaban desperdigados sobre la alfombra sucia.
Buscó en medio de todo aquel desorden, pero lo único que encontró fueron varios pedazos de papel arrugado y una libreta empapada. Los textos escritos estaban tan emborronados que era imposible leer ni una sola palabra.
—¿Emeline? —La voz de Grace llegaba débil y amortiguada desde la planta inferior—. Creo que tendrías que bajar.
Emeline retrocedió sobre sus propios pasos y descendió. Grace estaba delante de la chimenea con una caja de cerillas en una mano y una cerilla en la otra. Tenía el ceño fruncido.
—Hay ceniza seca en la chimenea —dijo—. Y allí hay leña, seca también.
—Señaló con la barbilla una cesta llena de fajina.
A su lado había unos cuantos troncos ordenados de forma prolija en un montón—.
Y estas cerillas deberían estar demasiado húmedas para encenderse.
—Pasó una por el rascador de la caja y se prendió al instante.
Miró a Emeline a los ojos—. Alguien ha estado aquí hace poco.
—¿La Vil?
Grace se quedó mirando la cerilla mientras se consumía y no respondió.
Quizá ir allí había sido una mala idea.
—Y hay algo más.
Grace miró al suelo, donde había una alfombra doblada. Al apartarla, había descubierto una trampilla. Se agachó, cogió la anilla de hierro fría y negra y tiró de ella. Una parte del suelo se elevó. Debajo había unos escalones de madera que se hundían en la oscuridad.
Las dos mujeres intercambiaron una mirada.
Grace cogió una lámpara de aceite del estante que había sobre la chimenea y prendió otra cerilla para encenderla. Cuando la llama empezó a resplandecer suavemente tras el cristal, se la tendió a Emeline y le dijo:
—Después de ti.
Emeline la cogió y empezó a descender a la húmeda y densa oscuridad. Tenía un mal presagio. Tuvo que pasarse la mano para aplanar el vello que se le había puesto de punta.
Para no obcecarse con el miedo, le susurró a Grace:
—No me contestaste a la pregunta que te hice en la cripta.
—¿Qué pregunta era?
Un aroma familiar flotó hasta ellas. Como las uvas que fermentaban en la bodega de su yayo.
—¿Por qué vives aquí? Siendo el rey como es, y con una maldición que amenaza a todo el reino… ¿Por qué no te escapas a la ciudad? —«Se supone que estás estudiando en Oxford».
Por un instante, el único sonido que se oían eran los peldaños de madera que crujían bajo sus pies.
—Porque no quiero escapar —respondió Grace.
Emeline la miró, sorprendida. La luz de la lámpara hacía que a su amiga le brillaran los ojos y le resplandeciera la piel.
Se puso un mechón de pelo rizado detrás de la oreja y el anillo de su mano izquierda parpadeó—.
Y aunque quisiera… No puedo. Le entregué al rey mi vieja vida como diezmo. Nunca podré volver.
—¿Cómo se te ocurrió hacer algo así?
Grace bajó la barbilla. Una sonrisa cómplice le adornaba los labios.
—Por amor, claro. ¿Por qué otra cosa lo iba a hacer?
«¿Por amor?».
Grace siguió hablando.
—A los humanos ya no se nos permite residir en la Ciudad del Rey.
Por culpa de la maldición, es demasiado peligroso, y son pocas las excepciones.
Así que le hice al Rey del Bosque una oferta que no podía rechazar.
Le di como diezmo lo más valioso que poseía: mi vida entera más allá del bosque: mi familia, mi educación, mi futuro… —Tragó saliva con suavidad—. Por amor.
Emeline agachó la cabeza para no golpearse con el techo y siguió bajando.
—Así es como funciona este mundo —prosiguió Grace, con la voz embargada por la nostalgia—. Tienes que entregar algo precioso si quieres algo precioso a cambio.
De repente, el pie de Emeline tocó el suelo firme.
Se habían acabado las escaleras y la densa oscuridad la envolvía por completo.
Alzó la lámpara y entornó los ojos, tratando de distinguir dónde se encontraban: un sótano húmedo con suelos de tierra.
A ambos lados había estantes de madera que recorrían toda la pared.
Estaban llenos de botellas de color verde hierba.
—¿Una bodega? —musitó Grace.
Una forma en la oscuridad, cerca del fondo de la bodega, llamó la atención de Emeline.
Se dirigió hacia ella hasta que el resplandor de la lámpara la iluminó.
Era un colchón cubierto de mantas y un cubo al lado.
A juzgar por la sustancia oscura que brillaba al fondo, estaba casi segura de que lo habían usado como orinal.
—No creo que lo único que tenga aquí abajo sea vino —observó Grace en un tono extrañamente inexpresivo mientras miraba a un punto en la pared, por encima del colchón.
Había dos pesadas esposas de hierro colgando de los ladrillos, atadas con cadenas.
—Parece que tiene a gente encerrada.
Un escalofrío recorrió la espalda de Emeline, haciéndola estremecer. Estaba a punto de dar media vuelta, de decirle a Grace que se largaran de allí de inmediato. Pero, entonces, algo la detuvo.
—Aguántame esto.
Le dio la lámpara a su amiga y se acercó al colchón.
Parecía estar descomponiéndose: el interior mohoso estaba saliéndose por las costuras; había una parte desperdigada por el suelo.
Las mantas también estaban viejas y húmedas y, cuando examinó las esposas, descubrió que estaban cerradas y oxidadas.
—Creo que hace mucho tiempo que aquí no hay nadie —dijo.
Cerca del suelo había un objeto diminuto y resplandeciente.
Emeline lo cogió. Era una horquilla de cobre, retorcida y deformada, como si la hubieran usado para forzar una cerradura.
Tenía aspecto de ser algo producido en masa, algo que quizá viniera en un paquete de diez comprado en una tienda de todo a un dólar.
En un extremo había una mariposa de cobre con pequeñas espirales dibujadas en las alas. A Emeline le resultaba familiar.
Pero no sabía por qué.
De repente, se oyó un portazo. Ambas dieron un brinco y se miraron por encima del resplandor de la lámpara. Oyeron el eco de unos pasitos lentos y chirriantes sobre sus cabezas, seguidos de un murmullo suave.
«Nos hemos dejado la trampilla abierta», recordó Emeline.
Los pasos viajaron hacia ellas. Descendieron despacio los peldaños de madera; el murmullo se fue acrecentando.
Emeline se metió la horquilla en el bolsillo y miró rápidamente a su alrededor. No había otra salida más que la trampilla por donde habían bajado. Grace señaló hacia los dos botelleros de las paredes opuestas. Debajo de cada uno de ellos había espacio para una persona tumbaba.
Emeline comprendió el plan. Asintió y fue rápidamente hacia el que tenía más lejos.
Se puso de rodillas y se metió debajo. Notó la dureza de la tierra en las manos y en la mejilla.
Además, estaba húmeda y fría. Mientras iba tan hacia el fondo como podía, las telarañas le acariciaban la piel y se le enganchaban en el pelo. Trató de no temblar.
Cuando las dos estuvieron bien escondidas, Grace apagó la lámpara.
La bodega se quedó a oscuras… salvo por una luz: alguien estaba bajando las escaleras.
—Salid, salid —dijo una voz áspera y bronca—. Oigo el latido de vuestros corazones.