Veintiuno
Emeline se metió en la bañera caliente. Por su sangre corría el hechizo que Ortiga le había puesto en la bebida, que, fuera cual fuese, aún no había hecho en ella ningún efecto. Tenía intención de quedarse allí escondida, en la bañera, hasta que la piel se le pusiera blanca y arrugada.
Hasta que ahogara el hechizo en el agua.
Cuando el agua empezó a enfriarse, salió de la bañera y, mientras se secaba el pelo con una toalla, oyó unas risas amortiguadas a través de la pared que separaba su cuarto del de su yayo. «Qué raro». Inclinó la cabeza y prestó atención. ¿Quién habría ido a visitarlo a esas horas?
Oyó las risas otra vez. Se puso una bata de seda que le llegaba justo por encima de las rodillas y caminó descalza, dejando charquitos de agua a su paso, hasta llegar a la puerta que daba a los aposentos de su abuelo.
Tras girar con cuidado el pomo de cristal, abrió la puerta una rendija para escuchar.
—¿Quién me has dicho que eras? —oyó preguntar a su yayo.
Le contestó una voz áspera y suave a la vez.
—Soy Albar.
Emeline se quedó de piedra.
Echó un vistazo a través de la rendija y vio a su yayo y al recaudador de diezmos sentados en dos sillones de cara al fuego, cada uno con una taza humeante en las manos.
Estaba perpleja. ¿Qué hacía Albar con su abuelo?
«Ha ido a visitar a un amigo», le había dicho Álamo.
—Bueno, Albar… Alguna vez te has parado a preguntarte qué sentido tiene.
Emeline hizo una mueca. Era la pregunta que más a menudo hacía su yayo. Seguro que ya se la había hecho tres veces, mientras ella estaba en la bañera. Pero, si era así, Albar ni se inmutó.
—La verdad es que sí que me lo pregunto —contestó, sorprendiéndola. La mayoría de la gente desconectaba cuando su abuelo le hacía la misma pregunta por segunda vez—. Me lo pregunto todo el tiempo.
—¿Y se te ha ocurrido alguna buena respuesta? —El anciano se inclinó hacia él, como si fuesen dos buenos amigos contándose secretos.
Albar también esbozó una sonrisa, reflejo de la de su yayo. Dio un trago de su bebida y respondió.
—Hay un libro que estoy leyendo… En realidad, es más bien un poema largo. Beowulf , se titula. ¿Lo conoces?
Su abuelo negó con la cabeza.
—No puedo decir que lo conozca, no.
—Bueno, hay una frase en latín, ubi sunt , que describe el espíritu del poema. Su traducción es una pregunta, algo parecido a: «¿Adónde fueron a parar…?».
Emeline lo escuchaba con el corazón latiéndole con violencia. ¿Qué estaba pasando allí exactamente? ¿Estaba el secuaz del Rey del Bosque pasando el rato con su abuelo? ¿Estaba hablando con él de poesía?
—¿Adónde fueron quiénes? —preguntó el anciano.
—Los que vinieron antes que nosotros. En Beowulf , ubi sunt significa… O, al menos, eso creo… ¿Qué sentido tiene el coraje? ¿Luchar contra los monstruos? ¿Hacer las cosas lo mejor posible? ¿Qué sentido tiene todo si todos vamos a morir al final?
Su abuelo se arrellanó en el asiento, pensativo.
—No es una respuesta a tu pregunta —añadió Albar alzando su taza—. Pero significa que tú y yo no estamos solos en nuestra búsqueda.
Su abuelo alzó su taza y brindó con Albar.
Cuando bostezó, un instante después, el recaudador de diezmos se terminó la bebida y dijo:
—Es tarde. Debería irme. —Su abuelo asintió y ambos se pusieron de pie—. Nos vemos mañana.
¡¿Mañana?! ¿Cada cuánto iba a visitarlo?
Cuando vio cómo Albar sonreía a su abuelo, con tanto respeto y admiración, se le aceleró el pulso.
Se aferró al pomo de la puerta hasta que le dolieron los nudillos.
Los chicos que había llevado a casa nunca habían tratado así a su yayo.
Como si fuera alguien de quien querían ser amigos, alguien que mereciera el mayor de los respetos.
Con el corazón martilleándole en los oídos, cerró la puerta antes de que la vieran y luego se apoyó en ella, con todo el cuerpo tenso, en alerta, mientras escuchaba cómo su abuelo acompañaba a su invitado a la puerta.
Poco después, oyó el eco de los pasos de Albar en el pasillo. Emeline se cerró bien la bata de seda y fue tras él.
Cuando salió de sus aposentos, lo vio a varios metros de distancia, en el pasillo iluminado por las velas. Las pequeñas llamas iluminaban su cuerpo de piel tostada.
—Albar, espera…
Se detuvo.
Todavía goteaba después del baño, y caminaba descalza con los pies mojados sobre el mármol frío. Cuando él se volvió, se detuvo de golpe y se resbaló. Albar la cogió del codo para que no se cayera.
Llevaba un jersey verde oscuro, un color que, por su tono de piel, le favorecía. Como un abeto a finales de otoño.
—Emeline, ¿qué…?
Su mirada se detuvo al instante sobre su cuello amoratado. Mientras estudiaba atentamente las marcas, unas nubes de tormenta se gestaron en sus ojos y una marcada línea apareció en su frente. Dio un paso hacia ella y levantó una mano, pidiendo permiso en silencio.
Y ella se lo dio, mostrándole el cuello desnudo.
—No es tan grave como parece.
Le acarició los moratones, que estaban tiernos y doloridos, y al notar sus dedos deslizándose por su cuello, a Emeline le empezó a latir el corazón a una velocidad extraña.
—¿Por qué tienes que ser tan imprudente? —Sonó más a ruego que a reproche.
—Quizá esté en mi naturaleza.
Se acercó más a ella, trayendo consigo aquel calor como de fuego.
—Quizá. —Le puso la mano en la nuca, enredó los dedos en su pelo y le levantó la barbilla con el pulgar para seguir examinándola—. Deberías estar muy lejos de aquí, Emeline Lark. En un lugar seguro.
—Ajá —respondió ella, coincidiendo con poco entusiasmo. Cuando le acarició suavemente la mandíbula, a ella se le encendió la sangre y se le escapó un gemido. Él malinterpretó el sonido, apartó las manos y dio un paso atrás.
Emeline lo cogió del brazo antes de que tuviera ocasión de marcharse.
—Espera. He venido a darte las gracias.
Albar frunció el ceño.
—Si es por lo de la carta…
Ella negó con la cabeza, perdida en la imagen de Albar ante el fuego, disfrutando de la compañía de su abuelo.
—Tratas a mi abuelo como si fuera alguien importante.
Se hizo un silencio entre los dos.
—Es importante —dijo él con voz suave.
Emeline cerró los ojos, temerosa de que se diera cuenta del efecto que tenían en ella sus palabras.
Aquel hombre no debería gustarle. No debería gustarle el sonido de su voz testaruda, ni la sorprendente suavidad de sus caricias, ni la fuerza embriagadora de su presencia. Albar Fell no era para ella. Servía al Rey del Bosque. Era de otro mundo.
Sin duda, no era un buen candidato para ser su novio.
Además, ella estaba con Joel. Más o menos.
Y lo más importante: aquello era una pesadilla de la que ella pensaba escapar muy pronto. Emeline dejaría todo ese mundo atrás en cuanto salvara a su abuelo y volvería a su vida normal.
Albar la recorrió lentamente con la mirada. Se detuvo en su pelo mojado, bajó por su clavícula, y luego descendió para contemplar cómo la fina bata de seda se le pegaba a las curvas, revelando demasiado.
O, a juzgar por el fuego que llameaba en su mirada, revelando lo justo.
La pasión floreció en el vientre de Emeline, sobresaltándola, seguida de un extraño dulzor en su garganta. Como el de la miel y las flores.
Se le agudizaron los sentidos. De repente, era muy consciente del aroma a pino que permeaba el aire, de lo cerca que Albar estaba de ella.
Y el fuego se transformó en un incendio descontrolado.
«Mierda».
El hechizo de Ortiga.
—Estás temblando —observó él con el ceño fruncido.
«¿Temblando?». Emeline se sentía arder, se sentía febril. Bajó la vista y vio que tenía la carne de gallina.
—Aquí hace frío. Deberías volver a tus aposentos, allí entrarás en calor.
«Ven conmigo», pensó.
Encerró ese pensamiento en una jaula. «Tiene razón. Vuelve. Ahora mismo no eres capaz de controlarte».
Albar estaba diciendo algo más, pero las palabras se emborronaban en sus oídos. Oyó su nombre, pero el encantamiento enseguida la rodeó con más fuerza, envolviéndola en una red lenta y plateada.
«Estoy a punto de humillarme como nunca», comprendió.
Pero, en lugar de dar un paso atrás, lo dio hacia delante, acercándose a él, atraída como una abeja al polen. Incapaz de contenerse.
—¿Albar?
Él se quedó en silencio mientras ella deslizaba las palmas de las manos por su pecho, sobre la delicada lana de su jersey. Él le envolvió la muñeca suavemente con los dedos, pero no la detuvo. No medió palabra.
«Avísalo. Ahora. Antes de que sea demasiado tarde».
Emeline se acercó a él. Le rozó un lado de la cara ligeramente con la nariz, y Albar cogió aire con brusquedad y le apretó más la muñeca con los dedos.
—Albar, hay una cosa que…
Pero, antes de que pudiera terminar la frase, él le puso la mano que tenía libre en la nuca y Emeline sintió que se derretía con su calor. Él inclinó la cabeza hacia ella, con los ojos oscuros de pasión, y al verlo, al ver ese deseo…, algo se partió en su interior.
Tomó su rostro entre las manos y lo besó.
Albar tampoco dudó, y su beso la hizo arder como un fuego salvaje. Tenía el cuerpo entero encendido. Sin embargo, en lugar de calmar su hambre, la tornaba todavía más ávida de él.
Lo empujó contra la pared del pasillo y recorrió sus hombros con las manos, deleitándose con sus huesos y sus músculos.
Albar capturó su cintura con un brazo y la atrajo hacia él; la necesitaba más cerca.
Con una mano temblorosa, le acarició la mandíbula, el cuello y la clavícula, como si quisiera grabársela a fuego en la memoria.
Como si ella fuera un bálsamo para un dolor oculto que lo atormentaba.
Pero entonces, cuando Emeline lo besó de forma aún más apasionada, Albar se puso rígido de repente y se echó atrás, como si se hubiese metido algo amargo en la boca. Le clavó los dedos en los hombros y la apartó.
Ella, jadeante, inspiró profundamente. La habían sacado a la fuerza de un sueño en el que habría querido quedarse, así que fue de nuevo a por él. Quería más.
—No —dijo Albar—. Noto el sabor.
Ella parpadeó, tratando de mantener aquel anhelo salvaje bajo control.
—Estás hechizada. —Su mirada amenazaba tormenta—. ¿Quién ha sido?
Pero a Emeline eso le daba igual. Solo quería seguir besándolo. Quería sentir sus manos fuertes y cálidas sobre su piel y…
—¡Emeline! —exclamó. La cogió con más fuerza de los hombros y el fuego de su interior rugió todavía más alto—. Dime quién ha sido.
—Ortiga —murmuró. La piel le ardía en todos los lugares en los que la había tocado—. Me ha dado una bebida.
Los ojos de Albar estaban negros como la noche.
—La voy a matar.