Un oscuro olvido Veinte
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Veinte

Calíope era una profesora completamente distinta.

Mientras Albar interrumpía a Emeline a media canción y le hacía repetir el fragmento complicado hasta que lo cantaba con perfección, Calíope la dejaba terminar y luego señalaba lo que debía mejorar y le ofrecía sugerencias.

Albar le exigía, la presionaba hasta acariciar sus límites.

Calíope, en cambio, la persuadía, dejando que ella encontrase su propio camino.

Emeline se sentía agradecida por su ayuda, pero, hacia el final de la clase, se dio cuenta de que necesitaba la presión.

Echaba de menos la intensa severidad de Albar, y ansiaba volver a vivir esos momentos en que sus voces empastaban en una armonía tan perfecta que todo su cuerpo se ponía a canturrear.

«No —pensó, recordando la expresión del rostro de él cuando consiguió liberarse del hechizo de su voz—. Eso no».

—Muy bien —dijo Calíope, comprobando la posición del sol en el cielo. Eran ya las últimas horas de la tarde y sus sombras se alargaban bajo la cúpula—. Nos vemos aquí mismo mañana.

«¿Y ya está?», pensó Emeline mientras la profesora se ponía su abrigo amarillo. Solo habían ensayado una canción nueva.

Antes de que pudiera pedirle más tiempo, Calíope añadió:

—Ah, Emeline… Me he dado cuenta de que faltan algunas hojas de la última canción. —Con las puntas de los largos dedos de color tostado, dio unos golpecitos en el montón de partituras que descansaban sobre el árbol joven que hacía las veces de abril—. ¿No sabrás dónde están?

—¿Qué? —Una chispa de pánico se prendió en su interior. Dio un paso al frente y hojeó las páginas—. No puede ser…

—No te preocupes, ya aparecerán —respondió Calíope con dulzura mientras se abrochaba el abrigo amarillo—. Quizá estén en tus aposentos.

Antes de irse, le dedicó una fugaz sonrisa a Emeline y luego dio media vuelta y se marchó.

Una vez sola, Emeline revisó la última canción, o más bien lo que quedaba de ella.

Tal como le había dicho Calíope, faltaban varias páginas, incluida la portada.

Con la esperanza de que se hubieran mezclado con las de las otras canciones, revisó todas las partituras, y las fue separando y ordenando en pequeños montones en el suelo.

Lo hizo varias veces, y la última canción siempre le aparecía incompleta. Solo estaban las dos últimas páginas; faltaban las primeras cuatro.

El corazón le martilleaba contra el pecho.

«No te dejes llevar por el pánico. Calíope tiene razón. Deben de estar en mis aposentos».

Así que Emeline se fue para allá a buscarlas. Revolvió en todos los muebles. Miró debajo de la cama, en el armario, sobre el escritorio.

Pero no las encontró.

El terror empezó a deslizarse por su cuerpo, extendiéndose como la escarcha en un cristal.

Si no encontraba las partituras que faltaban, no podría cantar la última canción.

Y si dentro de dos días no le cantaba todas las canciones al rey, su yayo nunca saldría de ese lugar.

Y quién sabe lo que el rey le haría a ella.

¿Dónde podían estar?

Había llevado las partituras a casa de Albar la noche que él le había preparado la cena. Era posible que, en su prisa por macharse, se le hubieran caído algunas hojas. Tal vez estuvieran allí.

Se puso una chaqueta y las botas y salió en dirección a su casa.

Las hojas amarillas salpicaban el camino a través de los árboles como monedas de oro, y resplandecían bajo la luz del sol poniente.

Los árboles canturreaban y se mecían a su alrededor, grandes, gruesos y altísimos.

Allí, con aquel silencio, casi podía oírlos respirar: respiraciones profundas y rítmicas que se hundían hasta sus raíces.

Emeline siguió el camino por el bosque silencioso hasta el pequeño puente que pasaba por encima del arroyo. Lo cruzó y se dirigió a la puerta de la casa de piedra. Llamó con los nudillos.

—¿Albar?

Nadie respondió.

Llamó más fuerte.

—¡Albar!

Al ver que no había respuesta, probó a abrir girando el pomo.

Estaba cerrada con llave.

Emeline soltó un gemido, dio un paso atrás y echó un vistazo a la casa.

—¿Dónde estás? —susurró. Solo se había aprendido una canción en todo el día, no encontraba la última y su actuación era dentro de dos días.

«Te necesito».

Pero no salía humo de la chimenea ni se veía ninguna luz a través de las ventanas. La casa parecía oscura y dormida.

Albar no estaba.

¿Quién más podía ayudarla? Pensó en Sable y en Corvus, pero no tenía ni idea de dónde vivía ninguno de los dos.

Pensó en Grace.

«En la ciudad hay un bar llamado La Bellota —le había dicho—. Nos vemos allí el viernes al atardecer. Podemos trazar un plan».

Y entonces cayó en la cuenta: era viernes.

Emeline corrió a La Bellota.

Tras pasearse por las calles iluminadas por farolas de la ciudad durante una hora, pedir indicaciones (dos veces) y verse obligada a cambiar de rumbo (otras dos veces) por fin vio el cartel de La Bellota balanceándose encima de una puerta.

Tenía la forma del fruto y era de cobre forjado y deslustrado.

De las ventanas del bar salía el resplandor dorado de las luces que iluminaban su interior. Estaba abarrotado.

Emeline cruzó la puerta y se adentró en el local cálido y ruidoso.

Olía ligeramente a cerveza y las lámparas emitían una luz tenue.

En una esquina, había un par de violinistas batiéndose en duelo, tocando enérgicamente con sus arcos y pataleando en el suelo al ritmo de su melodía.

Los dos músicos sonreían cada vez más ampliamente, a medida que el ritmo de su dueto se aceleraba y se aceleraba, hasta llegar al final, cuando fueron vitoreados por el público.

Emeline echó un vistazo a las mesas abarrotadas de gente.

Corvus fue el primero al que vio. Estaba sentado justo en el fondo, y le estaba contando a Grace, que estaba sentada enfrente, algún chiste escandaloso mientras la miraba con los ojos oscuros y brillantes.

Álamo, la amiga de Albar, de iris como gemas y rasgos delicados que había visto la otra noche durante la cena, también estaba con ellos. Y a su lado, Ortiga.

Fue hacia ellos y se sentó en el banco, al lado de Corvus.

—¡Emeline! —Sonrió y le puso un brazo sobre los hombros. El aliento le olía a cerveza y su sonrisa era de un blanco radiante—. Deja que te invite a una copa. ¿Qué te apetece?

Ya se había puesto de pie.

—Eh… Elige tú.

Cuando se fue, Emeline miró a Grace y le preguntó:

—¿Has visto a Albar?

—Ha ido a visitar a un amigo —respondió Álamo desde su extremo de la mesa—. Vendrá más tarde.

«¿Un amigo?».

—¿Estás segura?

La melena suelta de Álamo brillaba bajo la luz de las lámparas.

—Eso es lo que me dijo anoche mientras cenábamos.

Al instante, la imagen de Albar preparando la cena para la preciosa Álamo se coló en los pensamientos de Emeline. Los imaginó a los dos solos, cenando juntos a la luz de las velas. No se la podía sacar de la cabeza.

«¿Fue solo una cena? ¿O hubo algo más?».

Notó que se le hacía un nudo en las entrañas.

Sorprendida con su propia reacción, se apresuró a enterrar esos sentimientos en lo más profundo de su ser.

«¿Qué problema tienes?». Lo que Álamo y Albar hicieran juntos daba igual. No era asunto suyo.

Corvus volvió en ese preciso instante y, antes de volverse a sentar, apretujándose a su lado, le pasó un vaso de whisky.

Grace ladeó la cabeza y la miró con atención.

—¿Estás bien?

Ella negó con la cabeza.

El sudor le corría por el cuello porque llevaba demasiadas capas en un lugar donde hacía demasiado calor.

Mientras se desabrochaba el abrigo y se lo quitaba, explicó el apuro en el que se hallaba: que el rey le había dado una segunda oportunidad, que tenía que aprenderse las once canciones y que le faltaban unas partituras.

—No sé qué hacer.

Al reflexionar un poco más sobre el asunto, pensó que, si se hubiera dejado las partituras que faltaban en casa de Albar, él las habría visto y se las habría devuelto.

Emeline estaba segura de que el recaudador quería que se aprendiera aquellas canciones con la misma desesperación que lo quería ella.

—Solo tengo dos días para encontrarlas.

Dio un largo trago de whisky para tratar de adormecer el pánico que chisporroteaba en su interior. El líquido le ardió en la garganta.

—Esta es justo la razón por la que hago una copia de todos mis archivos —masculló. En su aplicación de Elegy y también en la nube.

—Quizá el Mago Cantor también tuviera copias de sus canciones —sugirió Grace, que iba vestida con una blusa lavanda claro con mangas de encaje. Sus ojos de color cobrizo refulgían bajo la luz—. Y, aunque no fuera así, habrá algún borrador, ¿no? ¿En su casa, quizá?

Grace era una genia. ¡Pues claro que tenía que haber algún borrador! Como último recurso, si no podía encontrar esas partituras perdidas, tal vez pudiera recomponer la canción a partir de las notas que hubiese, si es que encontraba alguna.

Una llamita de esperanza se prendió en su interior.

—¿Alguien sabe dónde vivía?

Se hizo el silencio en la mesa.

Álamo se puso rígida y a Corvus se le borró la sonrisa de la cara en un santiamén. Pero Ortiga se inclinó hacia ella con entusiasmo, con unos ojos tan redondos como dos lunas.

—La finca del Mago Cantor está justo al salir de la ciudad, al oeste de las puertas.

—Es más una ruina que una casa —intervino Corvus—. Como ha pasado con todos los asentamientos más allá de los muros de la ciudad, la maldición la ha conquistado. Allí ya no va nadie.

—Porque está embrujada —añadió Álamo.

Emeline los miró.

—¿Embrujada?

—Por la Vil —le aclaró Ortiga, con una sonrisa demasiado ancha y demasiado radiante que le recordó la advertencia de Grace: «Es como un gato al que le gusta jugar con su presa antes de matarla».

Emeline miró a Grace para que se lo explicara.

—¿Qué es la Vil?

—La bruja de la que te hablé —respondió Grace—. La que le mandó al rey la cabeza del Mago Cantor dentro de un saquito de terciopelo.

—Estaba locamente enamorada de él —le explicó Álamo—. Pero él la rechazó. Estaba enamorado de otra.

—Así que ella le arrancó el corazón —relató Ortiga. Los ojos de color ámbar le brillaban, como si la historia la excitara en lugar de entristecerla.

—Y ahora es una criatura terrorífica —continuó Corvus—. Se cree que fue ella quien creó las pieles de sombra, y que estas la obedecen.

—Por eso no puedes ir a su casa —concluyó Álamo—. No creo que te la quieras encontrar.

Corvus asintió.

«¿Y si no tengo elección?», pensó Emeline, aunque no dio voz a su pensamiento. A juzgar por sus miradas, dudaba que la animasen a ir. Salvo, tal vez, Ortiga.

De repente, la música cambió. Los violinistas empezaron a tocar una pieza más lenta; su canción se transformó en un vals. Grace se puso de pie y miró a Emeline.

—Quien me suele acompañar a la pista de baile no ha venido esta noche —dijo. La alianza de hierro que llevaba en el dedo parpadeó—. ¿Te importa? Necesito practicar.

—Yo…

Los ojos de Grace encerraban un secreto y, por cómo enarcó la ceja, casi como si la estuviera desafiando, Emeline se preguntó si querría compañía para algo más, además de bailar.

Se levantó del banco y fue con ella.

—No sé bailar el vals —admitió mientras se alejaban de la mesa.

Grace hizo un gesto con la mano como quitándole importancia.

—Yo te enseño.

Cuando se adentraron entre la multitud de parejas que danzaban, Grace se volvió hacia Emeline con los ojos brillantes y preocupados. Su olor a lavanda se mezclaba con el olor a sudor y a cerveza.

De repente, los bailarines empezaron a percatarse de que quien se hallaba entre ellos era la cantante del rey, la muchacha que había conquistado a un dragón y desafiado al mismísimo monarca. Oía los murmullos y notaba el peso de sus miradas.

Grace hizo caso omiso de los mirones y le puso a Emeline una mano en el hombro.

—En la Mácula todo parece igual. Allí es fácil perderse —dijo mientras empezaba a guiarla en los pasos del vals—. Pero Sable tiene montones de mapas de los bosques. No se dará cuenta de que le falta uno. Yo lo traeré.

Emeline frunció el ceño mientras trataba de seguir los pasos de Grace, con una mano en su cintura.

—¿Qué quieres decir?

Al ver que una pareja se acercaba demasiado a ellas, Grace se alejó danzando, hasta que estuvo a una distancia desde donde no podrían oírla, y bajó la voz.

—Voy a acompañarte a la casa del Mago Cantor. —Emeline bajó el ritmo y estuvo a punto de tropezarse con Grace—. ¿A qué hora termina mañana tu clase de canto?

«A juzgar por la clase de hoy con Calíope…».

—Al final de la tarde.

—Perfecto. Podemos ir y estar de vuelta antes de que caiga la noche.

Sus palabras encerraban cierta autoridad. A Emeline, su tono de voz le recordó que Grace era la mayor de tres hermanas y estaba acostumbrada a salirse con la suya.

—¿Estás segura? Ya los has oído… —Emeline señaló la mesa del fondo con la cabeza—. Parece peligroso.

El vals terminó antes de que Grace tuviera ocasión de responderle, y uno de los camareros se interpuso entre ellas. Era alto y delgado, con los hombros encorvados, como los de un halcón. Llevaba un delantal de cuadros atado a la cintura.

—Algo reconfortante —le dijo, tendiéndole un vaso de lo que parecía el mismo whisky que Emeline se había dejado en la mesa—. De parte de un amigo.

La joven le dio las gracias, convencida de que ese amigo era Corvus.

Cogió el vaso, echó la cabeza hacia atrás y se bebió la copa de un solo trago.

No era tan suave como el aguardiente que Albar tenía en el alféizar de la ventana, y notó un regusto extraño en la garganta, un sabor como a miel y pétalos.

De repente, se le revolvió el estómago. Se apretó la barriga con las manos, pensando que iba a vomitar.

Pero se le pasó enseguida.

Cuando levantó la vista, vio que Grace estaba fulminando a alguien con la mirada. Se volvió para mirar.

En la esquina, en la mesa en la que estaban sentados los demás, Corvus estaba enfrascado en una conversación con Álamo.

El vaso de Emeline seguía allí. Era Ortiga quien las estaba observando.

Tenía los ojos de búho clavados en el vaso vacío que Emeline tenía en la mano y esa sonrisa un poco demasiado extraña pintada en la cara.

«Es el juego preferido de Ortiga —resonó la voz de Grace en su mente—. Hechiza a sus amigos mezclando conjuros en sus bebidas».

Emeline notaba un cosquilleo en la sangre.

A Grace se le ensombreció el rostro.

—¿Qué hago? —susurró la joven, horrorizada.

—Vete. —La voz de Grace era afilada como las espinas de un rosal—. Vete a dormirla. Mañana por la tarde iré a buscarte. Saldremos desde la cúpula de cristal.

Emeline pensó en Albar, que aún no había aparecido. Todavía quería preguntarle por las partituras que faltaban.

Pero ¿estaba dispuesta a que el hechizo de Ortiga surtiera efecto cuando él estuviera por allí?

Ni hablar.

Se fue directa al palacio.