Diecinueve
De nuevo a salvo en sus aposentos, Emeline llevó a su abuelo a la terraza que compartían para que ambos pudiesen calmarse bajo la luz de las estrellas.
El jardín estaba prendido de libélulas; vivo gracias al canto de los pájaros nocturnos.
Sin embargo, era una noche fría. Tras sentar a su abuelo en una butaca, lo arropó con una gruesa manta y fue a buscar una para ella.
Cuando regresó, y salió a la terraza oscura a través de su puerta, él dio un respingo.
—¿Quién anda ahí?
Emeline vaciló, paralizada entre la puerta y su abuelo.
—Soy yo. Emeline.
Su voz sonaba áspera como el papel de lija.
Sobresaltada, se llevó una mano al cuello en un gesto protector y lo frotó con suavidad para evaluar los daños.
Recordó la sensación que le habían provocado las manos del Rey del Bosque.
Recordó el dolor que había sentido cuando la estrangulaba.
El terror que había experimentado al tratar de coger aire y descubrir que le era imposible.
«Tengo que sacar a mi abuelo de aquí».
Pero había setonelas apostados en las puertas de su alcoba, y también patrullando el jardín, siempre con los ojos pegados a Emeline. Además, aunque lograse esquivarlos —y lograse que su abuelo los esquivara también—, las puertas de palacio estaban todavía mejor vigiladas.
Y luego tendría que pasar por la puerta de la ciudad…
—Emeline, sí. —La noche le ocultaba el rostro de su yayo—. Claro que sé quién eres.
Emeline se sorprendió. «¿De verdad?», pensó mientras se sentaba en una silla a su lado.
—Planté un árbol para ti el día que naciste —añadió, y sonrió al recordarlo. A ella le dio un vuelco al corazón—. ¿Qué pasó con ese árbol? —preguntó, frunciendo el ceño de repente—. Un día estaba y al siguiente había desaparecido.
Emeline apartó la vista.
—Lo cortaste cuando me fui.
—¿Qué dices? —Se volvió bruscamente hacia ella. Su rostro estaba hecho de sombras—. ¿Por qué diablos lo iba a cortar?
Emeline se encogió de hombros. Creía que lo había hecho porque la había olvidado y, por tanto, también había olvidado la razón por la que lo había plantado.
De niña, le encantaba ese árbol. Trepaba por sus ramas, le contaba todos sus secretos y le cantaba sus canciones. Había sido para ella como un buen amigo.
—Escucha, patito, sé que estoy perdiendo la cabeza —dijo mirando a la oscuridad—. Me estoy olvidando de las cosas. Lo sé. Pero jamás cortaría tu árbol.
Lo miró aún más sorprendida. Hacía gala de una extraña lucidez; recordaba su nombre y quién era. Recordaba su árbol.
—Aquel árbol fue una ofrenda —dijo en voz baja, como si se lo estuviese contando a él mismo—. Un regalo para el Rey del Bosque. Si yo quería que el bosque te mantuviera a salvo, tenía que ofrecerle algo a cambio.
Emeline frunció el ceño. Nunca se lo había contado. Sin embargo, tenía sentido: los vecinos de Edgewood eran gentes supersticiosas. Aquello no difería mucho de colgar ramitas de espino sobre los dinteles para protegerse.
Ambos permanecieron en un cómodo silencio. Echó de menos su guitarra, pues le habría gustado guardar ese momento en una canción. Encapsular aquellos ojos que la habían reconocido, conservar cómo había pronunciado su nombre, con afecto y familiaridad. Como antes.
—Emeline —le dijo, rompiendo el silencio. La miró a los ojos, clavándole la mirada azul, seria y penetrante—. Quiero que hagas algo por mí. Quiero que te largues de este sitio.
—Lo haré en cuanto tú estés a salvo. Pero antes quiero llevarte a casa.
Entonces se volvió del todo hacia ella, inclinándose sobre el reposabrazos. Emeline estudió las arrugas familiares de su rostro, el mechón rebelde de su pelo cano.
—A mí se me está acabando el tiempo, patito.
En cambio, a ti… —Bajó la vista hacia sus manos abiertas—.
Nunca quise que pasara esto. —Negó con la cabeza—.
Estás aquí por mi culpa. —Justo cuando ella se disponía a discutírselo, él alargó los brazos en el espacio que los separaba y le cogió sus delgadas manos para estrecharlas entre sus manazas—.
Quiero que me dejes aquí y te vayas a casa, Emeline.
Quiero vivir el poco tiempo que me queda sabiendo que eres feliz y que estás a salvo.
—Esbozó una sonrisa triste—. ¿Harías eso por mí?
La joven tragó saliva a pesar del nudo que tenía en la garganta y le estrechó las manos.
No podía volver a abandonarlo.
«Tendrías que haberlo visto por aquellos pasillos, yendo de un lado a otro, buscándote».
De repente, alguien llamó con fuerza a la puerta de la habitación, salvándola de responder a aquella pregunta.
—¿Emeline? —dijo una voz al otro lado de la puerta.
«Ya está. —Apartó las manos de las de su abuelo—. Los guardias del rey han venido a por mí».
—Soy Sable.
«Oh».
Emeline recordó cómo la muchacha de ojos dorados se había interpuesto entre el rey y ella, como un escudo. Cómo se había puesto en riesgo al atreverse a desafiarlo.
«¿Por qué?».
Emeline entró en la alcoba y abrió la puerta.
Sable estaba apoyada en la pared de al lado, mirando al techo, con el cuerpo irradiando tensión. Cuando la puerta se abrió, se puso en alerta de golpe. De repente, parecía desconfiada, como un lobo acorralado.
Hasta que sus ojos se detuvieron sobre el cuello amoratado de Emeline.
Su desconfianza se esfumó en un segundo. Sable frunció el ceño y se apartó de la pared.
—Albar no debería haberse negado a llevar tu mensaje. —En una mano llevaba un pergamino enrollado, y en la otra, una pluma estilográfica negra—. Toma. —Se los tendió—. Escribe tu carta.
Emeline se quedó mirando los objetos mientras trataba de procesar lo que estaba pasando.
—¿Es una trampa?
Sable negó con la cabeza.
—No es ninguna trampa. Albar lo llevará esta noche. Me he encargado yo de que acepte.
La sensación de alivio se le extendió hasta las puntas de los pies. Quizá, al final, lograse salvar su carrera musical.
Cogió la pluma y el pergamino y corrió al escritorio que había junto a las ventanas. Apartó la silla, se sentó en el cojín de terciopelo verde y, tras inclinarse, aplanó la vitela sobre la madera oscura y empezó a escribir.
No le dio muchos detalles. Le dijo a Joel que estaba bien, que había encontrado a su abuelo y que tenía que ocuparse de algunos asuntos. Le dijo que volvería antes de la gira y le pidió que, por favor, le dijera a su padre que no hiciera nada más que cancelar sus conciertos antes de entonces.
Sopló la tinta y, cuando estuvo seca, dobló el pergamino y se lo entregó a Sable.
—Corvus ha convencido al rey de que te dé otra oportunidad —dijo la espadera—. Pero ha puesto una condición: quiere que cantes las once canciones del Mago.
¡Once canciones! De momento, solo se sabía cuatro.
—¿Cuánto tiempo tengo?
—Tu actuación será a medianoche, dentro de tres días.
«Siete canciones en tres días».
Se le hizo un nudo en el estómago.
Pero si así conseguía enmendar su desobediencia de aquella noche, si con eso lograba conseguir la libertad para su abuelo, lo haría. Tenía que hacerlo.
Si el Rey del Bosque estaba dispuesto a darle una segunda oportunidad, no pensaba desaprovecharla. Se aprendería el resto de las canciones del Mago Cantor, demostraría su valía ante el rey y salvaría a su abuelo.
Luego escaparía.
Antes de darse la vuelta para marcharse, Sable se detuvo un instante en la puerta y dijo:
—Si me aceptas un consejo… No se te ocurra volver a desafiarle.
A la mañana siguiente, mientras caminaba hacia la cúpula de cristal, Emeline acariciaba con los dedos la piedra fría de palacio, conteniendo el aliento.
Había estado practicando qué le diría a Albar al verlo.
Para cuando empezase su clase, ya le habría entregado su carta a Joel, así que le parecía que disculparse por lo que había pasado en la lección del día anterior era lo más justo.
«Comenzamos con mal pie —le diría—. ¿Qué te parece si empezamos de cero?».
Pero cuando se adentró en la brillante luz de la sala abovedada, se encontró con que no era Albar quien la esperaba, sino una mujer menuda con una melena marrón como la corteza de un árbol cortada a ras de la barbilla.
—¿Emeline Lark? —Sus ojos de color ocre se entrecerraron en dos medias lunas.
La joven asintió, mirando a su alrededor. No había ni rastro del recaudador de diezmos.
—Soy Calíope. —La mujer dio una palmada—. Tu profesora de canto.
—Oh… —Emeline dejó de buscar. Era la profesora a la que Albar había sustituido temporalmente. A la que las pieles de sombra habían abordado de camino a la ciudad.
Se obligó a sonreír y miró el sitio junto al atril donde Albar se había puesto los últimos días. Con los pies plantados con firmeza en el suelo. Con los brazos cruzados con fuerza. Mirándola cantar.
—Encantada de conocerte.
Se dijo que aquello era bueno. De todos modos, ¿en qué estaba pensando? ¿Que Albar y ella podían ser amigos? Ahora la idea se le antojaba absurda. No hacían más que discutir.
No, cuanta más distancia hubiera entre el recaudador del diezmo y ella, mejor.
—¿Empezamos?