Dieciocho
Antes de su actuación, las asistentas de Emeline le trenzaron el cabello negro en una corona y luego entrelazaron en ella guirnaldas de estrellas plateadas.
Le espolvorearon colorete en las mejillas y los labios y la vistieron de negro, con más estrellas diminutas bordadas en los bordes de las mangas.
Mientras trabajaban, Emeline contempló su reflejo en el espejo entelado, pensando en cuando su voz se había enredado con la de Albar. En cómo la canción lo había atado a ella. En sus pensamientos vertiéndose en el interior de su mente, seguidos de aquel ardiente dolor, aquel anhelo.
Aquello lo había hecho ella. No sabía cómo, pero lo había hecho ella.
Y, si era sincera, había algo en lo que había ocurrido que le resultaba increíblemente satisfactorio.
Albar había demostrado el poder que tenía sobre ella, primero mintiéndole y engañándola y luego negándose a hacerle llegar un mensaje a Joel, y Emeline le había pagado con la misma moneda derribando las barreras con las que se protegía.
Pero también había algo que la perturbaba. Recordó la piel de sombra que había entrado en su mente sin que ella pudiera hacer nada por impedírselo y le había quitado recuerdos que no tenía ningún derecho a quitarle para luego utilizarlos en su contra…
Aquello le asustaba. Pero ella no sería capaz de llegar tan lejos…
Fuera lo que fuese lo que le había hecho a Albar, no podía volver a hacérselo.
Poco después llegaron dos setonelas para llevarla a la arboleda donde había visto por primera vez al Rey del Bosque.
Lo árboles se elevaban hacia el cielo nocturno, tan altos como los recordaba, pero sus hojas se habían transformado, pasando del verde al dorado.
Habían encendido las altas farolas y los bichitos nocturnos zumbaban en las sombras.
Igual que en su primera reunión con el rey, había cortesanos en las lindes del claro, esta vez sentados en elegantes mesas, aguardando su actuación.
Albar no estaba entre ellos, pero Emeline vio a su yayo y a su asistente sentados a una mesa, cerca del centro. Alguien le había lavado y peinado el pelo canoso. Estaba muy guapo, con la camisa recién planchada.
Había evitado a su abuelo desde que lo había asustado hacía unos días, pero aquella noche parecía el mismo de siempre. Estaba tranquilo y contento entre los demás cortesanos.
Cuando la vio, Emeline se dio cuenta, por su expresión, de que estaba esforzándose por ubicarla. La observó cruzar el claro de la arboleda como si supiera que era una persona importante, pero no lograra recordar por qué.
Emeline le sonrió.
«Te quiero —pensó—. Siento haberte metido en este lío».
Y, despacio, él le devolvió la sonrisa.
Si todo iba acorde con lo planeado, su yayo no tardaría en estar en casa.
«Y yo me quedaré aquí atrapada —pensó, de nuevo con los pies en la tierra—. Sola». Hasta que encontrase un modo de escapar, si es que eso era posible. Y, si lo era, ¿cuánto tiempo tardaría?
Pensó de nuevo en la gira. En los representantes de Daybreak Records. En Joel, que se estaría preguntando dónde estaba.
«Si Albar no fuese tan testarudo… —pensó mientras su rabia despertaba de nuevo—. Si accediera a llevarle un mensajito de nada…».
Pero el recaudador no tenía ninguna intención de ayudarla. Si quería salvar su carrera, Emeline tendría que encargarse ella misma de hacerlo.
El rey descansaba en su trono pálido como la escarcha, bañado por la luz de las estrellas. Llevaba una túnica de flores blancas. Emeline observó con incredulidad cómo algunos de los delicados pétalos se abrían al tiempo que otros se marchitaban, se tornaban marrones y morían.
Lo flanqueaban dos setonelas, erguidos como dos abedules.
Emeline hizo acopio de coraje y caminó hasta el centro del claro. La brisa le acariciaba el pelo y le refrescaba la piel.
—Buenas noches, cantante. —La voz del Rey del Bosque resonó en el claro, como una ráfaga de viento descontrolado.
Ella inclinó la cabeza en una reverencia.
—Señor, antes de empezar, tengo un favor que pediros.
Su voz se propagó por todo el claro. El rey la observaba con el rostro inescrutable, pero movió los dedos, apremiándola a continuar.
—Llevo ya varios días en vuestra corte, y nadie sabe que estoy aquí.
A estas alturas, la gente que me conoce ya debe de estar poniéndose en lo peor.
—Dio un paso al frente al ver que el monarca no la interrumpía—.
Lo único que necesito es mandar un mensaje a casa para que sepan que estoy bien.
—Se lo mandaría a Joel. Le explicaría lo ocurrido y le pediría que le dijera a su representante que, por favor, ¡por favor!
, no cancelara su gira, porque no tardaría en volver.
Pero eso no lo dijo.
Se hizo un silencio. Aquella quietud se extendió al rey: las flores que lo envolvían dejaron de florecer y los pétalos se arrugaron, doblándose sobre sí mismos hasta formar tensos capullos.
—Puedes pedirle a mi recaudador de diezmos que lleve tu mensaje.
Emeline se aferró a la tela de su vestido.
—Ya se lo he pedido, mi señor, y se ha negado.
—En ese caso, no hay nada más que pueda hacer. Él es el único miembro de mi corte capaz de cruzar a las tierras fronterizas. Que dé comienzo tu actuación, por favor.
A Emeline le ardía la sangre. «¿No podéis obligarlo? —quería decirle—. ¿Acaso no sois el rey?». Pero el monarca lo llevaba escrito en la frente: no le importaba. Había sido una estúpida por pensar lo contrario.
Aquella era la misma criatura que había atormentado a Edgewood desde que ella tenía memoria. Emeline no era nada para él. En aquel lugar, carecía de todo poder.
«Salvo por una cosa».
Alzó la barbilla mirando al Rey del Bosque, que seguía esperando en su pálido trono. La ira la hacía imprudente, pero también la experiencia. Sus años como música le habían enseñado que sin riesgo no había recompensa.
—Recuperé las partituras del Mago Cantor que tenía Garra, una gesta que nadie más en vuestra corte logró por vos.
—Trató de que la ira no se filtrara en su voz—.
He estado aprendiéndome las canciones de vuestro adorado trovador para complaceros, mi rey.
Enviad un mensaje por mí y estaré encantada de cantároslas.
La amenaza velada estaba clara: «Sin mensaje, no hay canciones».
El público empezó a murmurar y el monarca entornó los ojos negros.
Y, como una sombra elevándose lentamente por una pared, se levantó del trono.
—¿Te atreves a negociar conmigo, criatura de polvo?
A Emeline se le pusieron los pelos de punta.
Se había adentrado en terreno peligroso, pero decidió mantenerse firme.
Tanto Albar como Grace le habían dicho que el rey añoraba profundamente a su Mago Cantor, y ahora era ella la que tenía su música.
Se había aprendido cuatro de sus once canciones en solo dos días.
Aquello tenía que ser más valioso que el favor que le estaba pidiendo.
El monarca se acercó a ella con aire amenazador. A su paso, caían pétalos marchitos y muertos, que se esparcían por la tierra. Una vez que estuvo frente a Emeline, su sombra la envolvió por completo, fría como el invierno.
—Canta —ordenó, separando los labios de los dientes leñosos y descascarillados y cerrando las manos en puños, nudosos y toscos como los anudamientos de un árbol. Bajo su aroma, todo tierra y musgo, Emeline percibió el hedor de la descomposición.
Le aguantó la mirada.
—Lo haré cuando mi mensaje haya sido enviado —le prometió.
De repente, las manos del rey se abalanzaron sobre ella. Antes de que le diera tiempo a apartarse, la agarró del cuello con los dedos ásperos y apretó.
Su fuerza la dejó anonadada. Emeline sintió que el hielo se le propagaba por el cuerpo.
Trataba de coger aire, pero ni una gota de oxígeno le llegaba a los pulmones.
Le cogió las muñecas y trató de clavar las uñas en su carne pétrea para hacer que la soltara, pero era tan dura como el tronco de un árbol.
Oyó unos gritos. Vio que su abuelo se levantaba de la silla y gritaba su nombre. Vio que trataba de abrirse paso entre los cortesanos, tembloroso y tropezándose, para llegar hasta ella.
Pero, si lo lograba, el rey le haría daño a él también.
¿Qué era lo que le había dicho Albar? «La maldición le ha deformado la mente».
El rey seguía estrangulándola. Si apretaba un poco más le partiría el cuello.
Le ardían los pulmones; necesitaba aire.
El dolor hizo que empezasen a estallar estrellas ante sus ojos, que se le habían llenado de lágrimas.
La arboleda se difuminó y, junto a ella, desapareció también la imagen de su abuelo.
No veía nada más allá de las pupilas blancas del rey. La forma de luna creciente era más gruesa que nunca, como si aumentase y disminuyese con el ciclo lunar.
Había cometido un grave error. Había osado desafiar al Rey del Bosque y pagaría un alto precio: iba a morir estrangulada allí mismo, ante los ojos de su abuelo, cuyos gritos de terror serían lo último que escucharía nunca.
No podía respirar.
No podía.
No pod…
A un mundo entero de distancia, una voz rasgada dijo:
—Si le dañáis las cuerdas vocales, no os servirá de nada, mi señor.
—¡Ya no me sirve de nada!
—Con todos mis respetos, mi señor, me veo obligada a contradeciros. No solo recuperó las partituras del Mago Cantor que custodiaba Garra, sino que durmió al dragón cantándole. Creo que os demostrará su valía… si le permitís vivir.
Las manos de hierro que le atenazaban la garganta se aflojaron de repente y el aire frío entró de golpe en sus pulmones.
Cayó sobre sus rodillas. El suelo estaba frío y duro; inhaló con fuerza una y otra vez, y fue llenándose de aire mientras, poco a poco, empezaba a ver de nuevo el mundo con nitidez.
Primero, el Rey del Bosque, aún cerniéndose sobre ella.
Luego, los altos árboles de la arboleda.
Y, por último, el rostro de su abuelo, que corría hacia ella gritándole al rey.
Cuando sus jadeos se transformaron en un ataque de tos, el anciano llegó a su lado por fin, se agachó y la rodeó con sus brazos temblorosos. Emeline apoyó la cara en su hombro y dejó que la abrazara mientras se maldecía en silencio por haberse atrevido a desafiar al monarca.
Ahora ya conocía los límites de la piedad del Rey del Bosque.
Cuando se recuperó, miró a su alrededor para averiguar quién la había salvado.
Sable Thorne estaba de pie entre Emeline y el Rey del Bosque.
Era evidente que estaba esforzándose por controlar su ira.
Tenía los ojos encendidos, llenos de un fuego dorado, y el cuerpo tenso de un modo que indicaba que estaba dispuesta a desenvainar sus hojas si el rey se atrevía a volver a tocar a Emeline.
Pero ¿por qué? Sable apenas la conocía; cuando se habían visto, casi no le había hecho caso.
En presencia de su espadera, la mirada enloquecida del rey se fue dispersando, como la niebla cuando aparecen los rayos del sol. Su túnica botánica empezó a florecer de nuevo y él se frotó los ojos con las manos, como si estuviera despertando de un sueño.
—Vete ahora mismo —le dijo Sable a Emeline sin apartar la vista del rey—. Coge a Ewan y largaos los dos de la arboleda.