Un oscuro olvido Diecisiete #2
36%

Diecisiete #2

Quizá no había sido ella la única que no había podido dormir.

Durante la clase del día anterior, él había sido todo un ejemplo de contención. Había llevado la voz cantante, había mantenido el control y la había guiado con maestría en las primeras dos canciones.

Ese día, en cambio, era como si se hubiese resquebrajado algo en su interior.

Sin embargo, siguieron adelante, desenmarañando juntos las partes más difíciles de las dos canciones siguientes.

Cuando Emeline lograba captar la esencia de cada una, cuando cantaba las notas justo de la forma correcta, buscaba, a pesar de todo, un discreto gesto de aprobación por su parte, un asentimiento, un amago de sonrisa que le dijera que estaba impresionado.

Sin embargo, lo que vio fue a un hombre derrumbándose. Tenía las manos apretadas y los ojos sedientos. Era como si quisiera beberse el sonido de su voz. Como si quisiera bebérsela a ella hasta que no quedase ni una gota.

Cuando sus ojos se encontraron, él apartó la vista, cerrándose en banda, encerrándose en una tumba de paredes de piedra. Era como si la voz de Emeline le afectara de una forma que él no quería y estuviese tratando con todas sus fuerzas de protegerse de ella… y fracasando en el intento.

Era como si el día anterior se hubiese estado conteniendo. Como si hubiese estado frenando algo.

Y a Emeline la idea de que quizá pudiera derribar sus defensas la hacía sentirse bien, en parte porque se le antojaba un desafío delicioso y en parte como venganza porque se hubiera negado a llevarle su mensaje a Joel.

Anhelaba derribar esas barreras con las que se protegía y obligarlo a enfrentarse a ella al desnudo, solo para demostrar que era capaz de hacerlo.

—Otra vez —ordenó él cuando se equivocó de nota. Seguía presionándola. Seguía exigiendo lo mejor de ella.

Emeline cantó la canción otra vez, y luego otra.

Y en esta ocasión, cuando sus voces empastaron y sonaron como una sola, la sangre de Emeline vibró como un diapasón. Sintió que estaba al borde de conseguir algo. Albar también lo notó, y vaciló: con voz temblorosa, empezó a retraerse. Estaba a punto de cerrarse en banda de nuevo.

«No te atrevas —pensó ella, mirándolo a los ojos—. No hemos terminado».

Emeline sentía la imperiosa necesidad de obligarlo a seguir cantando con ella. Se olvidó de su enfado y trató de sujetarlo con la melodía, de dejarlo anclado en el sitio con su voz. Necesitaba saber qué escondía detrás de esas barreras tras las que se protegía. Quería sus secretos.

«Mírame».

Albar se había convertido en un rehén de su voz.

«Baja tus barreras o las derribaré».

Y, para su sorpresa, él continuó cantando, y volvió a alzar su voz para encontrarse con la de ella. Fundieron sus miradas y mezclaron sus voces, que fueron elevándose, como si se tratara de una sola, en un crescendo . Pero sus voces no fueron lo único que se unió.

Emeline sintió que la embargaba un calor repentino, potente y embriagador, acompañado de sentimientos de felicidad y orgullo.

«No se limita a aprender la canción; la transforma en algo hermoso».

La joven titubeó. Ese era un pensamiento de Albar que se había vertido en ella. Como si le hubiera servido una taza de té caliente.

«Su voz conoce la canción mejor que las notas de la partitura».

Por el bien de Albar, debería haberlo dejado aquí. Debería haber parado de cantar.

Pero no lo hizo.

Emeline siguió indagando en su interior, en busca de lo que había enterrado bajo sus pensamientos.

Algo de raíces profundas e insaciables. Algo que se podía podar y cortar y tratar de desenterrar, pero que nunca se podría arrancar del todo.

Así que volvía a renacer, una y otra vez, cada más sediento, convirtiéndose en un anhelo amargo e insaciable.

Un dolor para el que no había bálsamo, un…

—¡Basta!

Albar se liberó de su embrujo. Fue algo tan repentino que la sala empezó a dar vueltas. Emeline se agarró con tanta fuerza al atril para mantenerse en pie que se le pusieron los nudillos blancos.

Y, entonces, una gruesa capa de agotamiento cayó sobre ella, como si romper las defensas del chico le hubiese exigido mucha más energía de la que pensaba.

Albar dio un paso atrás para alejarse de ella.

Emeline levantó la vista y vio que la estaba mirando con los ojos fuera de las órbitas y que jadeaba rápidamente. De repente, al darse cuenta de lo que ella le había hecho, las mejillas morenas se le tiñeron de rojo. Se sonrojaba igual que florecen las magnolias.

Lo había desnudado con su voz. Había mirado dentro de su alma. Le había robado algo que él no había querido darle.

—Albar…

La sala pareció empequeñecerse; de pronto, era demasiado pequeña, demasiado asfixiante, a pesar de lo vasto del espacio. Emeline reparó en que estaba oscuro. La luna estaba en lo alto del cielo.

«¿Cuánto rato llevamos aquí?».

—Creo que he llegado a mi límite por hoy. —Su voz angustiada se le clavó a ella como un cuchillo—. Ya estás preparada y es casi medianoche. Ya no me necesitas. —Su rostro era inescrutable—. Te deseo suerte, cantante.

Albar dio media vuelta antes de que ella pudiera detenerle.

—Espera…

Pero él se marchó, acompañado del sonido desesperado de sus pasos, que reverberó a través de la cúpula.

—Lo siento —susurró Emeline.

Pero él ya se había ido.