Un oscuro olvido Diecisiete
35%

Diecisiete

A la mañana siguiente, mientras esperaba a que empezase su lección bajo la cúpula de cristal, Emeline se paseaba de un lado a otro, con los nervios de punta. La noche anterior no había pegado ojo. Se la había pasado reproduciendo mentalmente su última conversación con Albar.

Había bebido demasiado. Había sido demasiado atrevida. No tendría que haberle insistido tanto.

Sintió que le ardía el rostro al recordar las palabras que le había escupido a la cara: «¡Me lo llevé porque él me suplicó que lo hiciera!

». La vergüenza la abrasaba. Su yayo, obligado a entregarse él mismo como diezmo porque ella lo había abandonado en aquel lugar.

Porque, para él, ser prisionero en el palacio del Rey del Bosque era mejor que estar solo.

La pena se arremolinaba en su interior como una marea creciente. Emeline dejó de pasearse y se tapó la cara con las manos.

De repente, el móvil le vibró, devolviéndola al presente.

Lo sacó a toda prisa, pensando que tal vez se hubiese obrado un milagro y le hubiese llegado un mensaje. Que tal vez estuviese en una especie de punto mágico donde había cobertura y Joel estuviera tratando de contactar con ella, muerto de preocupación y deseoso de saber dónde estaba.

Pero cuando miró la pantalla se le cayó el alma a los pies.

No era más que una notificación automática de Elegy, su aplicación de música.

Echó un vistazo a la esquina superior de la pantalla. Seguía sin cobertura. Sin forma de contactar con Joel. Y casi no le quedaba batería.

Al ver la fotografía del fondo de pantalla, Emeline se aferró con fuerza al teléfono y se quedó mirándola.

Era una vieja foto de su abuelo y ella. Él estaba sentado en el asiento del conductor de un tractor y el remolque que llevaba enganchado detrás estaba lleno hasta los topes de cestos gastados por el sol llenos de uvas verdes y brillantes.

Una Emeline de cinco años estaba sentada en su regazo y lo miraba.

Tenía las manitas bronceadas alrededor de la oreja de él, y él sonreía mientras escuchaba el secreto que ella le estaba contando.

Emeline tragó saliva. Tenía un nudo en la garganta.

«¿Cómo pueden cambiar tanto las cosas en tan poco tiempo?».

Una notificación de Elegy tapaba parte de la imagen. Emeline la leyó: «chloe demarche ha subido un nuevo archivo a carpeta compartida hace 3 días».

Había pasado de la notificación cuando la había recibido por primera vez, pero, como estaba allí atrapada, esperando a que empezase su clase, abrió la aplicación, que permitía que los archivos estuvieran disponibles también sin conexión, y empezó a mirar lo que contenía.

Todos los archivos de música estaban escritos por Chloe, su compositora.

Sin embargo, en lugar de abrir el nuevo archivo que le había enviado, bajó hasta el final de la lista, hasta llegar a una carpeta protegida con contraseña que conocía bien.

Contenía sus viejas canciones, muchas de ellas las había escrito hacía mucho, a sus catorce años, antes de haberse marchado a la ciudad con un sueño en el corazón, una melodía en la garganta y el convencimiento de que lograría el éxito cantando sus propios temas.

Las canciones de aquella carpeta no estaban tan bien acabadas como sus canciones actuales. Si es que podía llamarlas suyas.

Unos meses después de mudarse a Montreal, cuando todavía sentía el peso de su decisión, le costaba pagar las facturas y llevaba dos meses de retraso en el alquiler, su representante la convenció de recurrir a una compositora.

Alguien con oído comercial que escribiera canciones más vendibles.

A Emeline no le gustó la idea. Ella quería cantar sus propias canciones, temas que significaran algo para ella.

Sin embargo, las facturas estaban empezando a acumularse.

Casi había llegado al límite de su tarjeta de crédito solo por mantener el seguro del coche y llenar el depósito de gasolina. No sabía cuánto tiempo aguantaría así.

Al final comprendió lo joven que era y lo poco preparada que estaba. Y cedió.

Su estilo cambió de un día para otro, pero empezó a tener más visibilidad y a conseguir más bolos: a la gente le gustaba su nueva música.

Firmó con una pequeña discográfica y sacó un álbum profesional.

Y, de repente, podía pagar todas las facturas.

De repente, se encontraba en una curva ascendente en lugar de en una espiral en la que se hundía cada vez más.

De repente, podía respirar.

En aquel entonces, Emeline grabó demos de todas sus viejas canciones, las subió a aquella carpeta y la protegió con una contraseña, con la esperanza de que tal vez un día, en el futuro, pudiera recuperarlas y cantarlas de nuevo.

Irónicamente, durante el tiempo que había pasado desde que había creado esa carpeta, se había olvidado de la contraseña. Lo más probable era que fuese cosa de su subconsciente, que le estaba diciendo que cerrase ese capítulo y mirase al frente.

Pero, a veces, si tenía algo de tiempo que matar antes de un concierto y necesitaba calmar sus nervios, Emeline abría Elegy, bajaba hasta el final de todo e intentaba dar con la contraseña hasta que llegaba la hora de subirse al escenario.

Pero aún no lo había conseguido. Ni siquiera recordaba por qué había llamado a la carpeta «Es tan largo el olvido».

Emeline tocó la carpeta protegida y saltó una notificación.

«No has accedido a es tan largo el olvido en 546 días. ¿Quieres borrar la carpeta?».

Tocó el no.

«Esta carpeta está protegida con una contraseña. Introduce la contraseña».

Se quedó con los dedos suspendidos sobre la pantalla.

Al final, no intentó adivinarla. Cerró la ventana y volvió a la nueva canción de Chloe.

Albar todavía no había llegado, así que por qué no escucharla.

Dentro de poco empezaba su gira (una gira que tenía intención de hacer, dijera lo que dijese el maldito Rey del Bosque) y necesitaba añadir unas cuantas canciones más a su repertorio.

Quizá aquella canción fuese justo lo que le hacía falta.

Antes de que la batería de su móvil muriera del todo, Emeline buscó el nuevo archivo de audio y pulsó el botón de play.

La voz rasgada e intimista de Chloe surgió por el altavoz del móvil, cantando, en tono grave y profundo, sobre un amor no correspondido.

Era muy Chloe. Pop contemporáneo con un rollo country.

No era el estilo de Emeline, pero comprendía por qué a la gente le gustaba.

Con una sonrisa, la escuchó una vez, y luego dos, y luego tres, y empezó a pensar en los cambios.

Poco después estaba cantando junto a la grabación, dándole su toque a la canción, mientras contemplaba cómo el sol empezaba a elevarse sobre la Ciudad del Rey.

Mientras cantaba, su mirada viajó por encima de las relucientes paredes blancas del palacio, más allá de la cúpula.

Pensó en el Rey del Bosque, sentado en su trono blanco; en los pasillos iluminados por velas y las asistentes revoloteando como polillas; en el hocico plateado de Garra emergiendo de entre las sombras; en Corvus cayendo de rodillas ante Cenagal, y en la espeluznante pared de calaveras de la cripta…

Era lo habitual. Siempre que cantaba una canción por primera vez, grababa un recuerdo en su melodía. Como un regalo que estuviera envolviendo para su futuro yo. Lo hacía desde que tenía memoria.

De ahora en adelante, siempre que cantara esa canción, volvería a ese momento, volvería a contemplar la Ciudad del Rey. Recordaría las cosas que pasaron allí.

Si sobrevivía, claro.

Cuando le hubo dado a la canción de Chloe una forma que le gustaba, la cantó una vez más, esta vez, sin la original de Chloe, y tocó antes el botón de grabar. Luego subió el archivo a la carpeta con el repertorio.

—¿Eso lo has escrito tú? —dijo una voz tras ella.

Emeline se dio la vuelta. Albar la miraba desde el umbral de la puerta, apoyado en el marco con los brazos firmemente cruzados sobre el pecho.

La tensión que de inmediato se adueñó de la estancia le encendió una llama en las entrañas. Aquella mirada penetrante la hacía sentir muy expuesta. Se guardó el móvil en el bolsillo del pecho de su jersey de rosas y obligó a su voz a adoptar un tono igual que el de él: frío e indiferente.

—No me había dado cuenta de que tenía público.

Él se quedó en la puerta.

—Esa canción no parece tuya.

«Esto…, ¿qué?». Emeline se lo quedó mirando perpleja.

—¿Disculpa?

Albar se apartó del marco de la puerta despacio y entró en la habitación.

—¿Todo lo que cantas es así?

Ella se cruzó de brazos; estaba empezando a cabrearse.

—¿Así, cómo?

—Soso y superficial.

Aquello le dolió.

No. De hecho, era perfecto. Que el sicario del Rey del Bosque volviera a ser el mismo tipo hosco y cruel de siempre. Eso le venía estupendamente. No necesitaba su amistad. Lo único que necesitaba de él era que la ayudase a aprenderse las canciones del Mago Cantor.

Él dio otro paso, adentrándose más en la estancia.

—No me parece que sea tu estilo.

Emeline se clavó los dedos en las mangas del jersey.

—Tú no sabes nada de mí.

Él no le respondió. Se limitó a otear la ciudad tras ella y a apretar los dientes.

—¿Empezamos? Tu actuación es esta noche.

No, no se iba a salir con la suya. No podía provocarla y luego pasar a otra cosa como si nada… Pero por desgracia tenía razón: su discusión le estaba robando tiempo de clase, y tenía que actuar esa misma noche. Debía ponerse manos a la obra.

Así que Emeline contuvo su ira, cogió la siguiente canción del montón de partituras del Mago Cantor y se la dio. Tratando de no sonar demasiado gruñona, le dijo:

—Empieza con esta.

La tensión los acompañó durante toda la clase. Emeline notaba que sus emociones amenazaban con desbordarse en cualquier momento. Sentía ira, vergüenza y… algo más. Algo frágil, algo que se estaba gestando y que necesitaba contener.

Albar tampoco tenía un buen día. Se fijó en sus ojeras y en que su pelo de color arce oscuro estaba tan despeinado como las plumas alborotadas de un cuervo, como si no hubiera parado de manoseárselo.