Dieciséis #3
Se le aceleró el corazón.
Él le llevó la cuchara a la boca.
—Dime si te gusta.
Ella abrió la boca, obediente, y él le puso la sopa de tomate asado en la lengua y contempló cómo cerraba los labios alrededor de la cuchara.
«Mmm…». Estaba deliciosa. Su sopa era sabrosa y tan reconfortante como estar acurrucada bajo las mantas al lado del fuego en los fríos día de invierno mirando caer la nieve por la ventana.
Levantó la vista y descubrió que él le estaba mirando la boca. Como si la sopa fuese lo último en lo que estaba pensando.
Una chispa se prendió entre los dos. El aguardiente vibraba en la sangre de Emeline, hacía que la estancia en la que se encontraban se emborronara y que él fuese lo único que veía con nitidez.
Había bebido demasiado y demasiado rápido, con el estómago demasiado vacío, y ahora su sangre se estaba convirtiendo en fuego.
Eso la hacía imprudente.
—Juguemos a un juego —susurró.
Albar sonrió. Dejó la cuchara y apoyó las dos manos en la encimera, una a cada lado del cuerpo de Emeline.
—¿Qué tienes en mente?
Ella apoyó la cabeza en el armario y lo miró a los ojos.
—Yo te hago una pregunta y, si te niegas a responder, das un trago. —Señaló la garrafa—. Y luego cambiamos.
Él la miró pensativo unos instantes, como si se diera cuenta de que aquel juego era un disparate. Pero no se apartó. Al contrario: se acercó más a ella y la miró con avidez.
—Vale. Empiezas tú.
«¡Al final te traiciona!», la advirtió la voz de Garra en su mente.
Emeline no sabía cómo conciliar al joven que había conocido en el bosque, contra el que Garra le había advertido, con el que tenía delante. Alguien a quien le gustaba leer, que tenía una casa acogedora y que preparaba sopa casera para sus invitados.
Se sentía como si la cuerda con la que la había asegurado para su descenso al nido de piedra siguiera enrollada en su cintura y él estuviera tirando de ella. Atrayéndola hacia él.
«Quizá Garra esté equivocado».
Pero, aunque así fuera, Albar se había llevado a su abuelo y le había mentido al respecto.
Lo que era, de forma indirecta, la razón por la que estaba allí atrapada.
Y si no lograba hacerle llegar un mensaje a Joel, Albar sería la razón —también indirecta— de que su carrera musical se fuese al garete.
—¿Por qué no quieres llevar mi mensaje? —preguntó, y él frunció el ceño—. No creo que entiendas…
—Lo entiendo perfectamente. —Un instante antes estaba relajado, pero ahora era evidente su tensión; se le habían puesto los brazos rígidos. Sin embargo, no se apartó de ella—. Ya te he dado mi respuesta.
Ella alargó una mano hacia su jersey, que él se había vuelto a poner durante el trayecto desde el palacio porque hacía frío, y lo arrugó suavemente en la mano. La lana le arañaba la piel.
—Tenía la esperanza de que lo reconsideraras.
Sus rostros estaban a escasos centímetros de distancia. Él la recorrió con la mirada y un calor impactante llameó en sus ojos. El cuerpo de ella respondió con un eco de calor que bajó desde sus mejillas a los dedos de sus pies.
—Quizá eres tú quien debería reconsiderarlo —murmuró él, cogiéndole la muñeca con los dedos callosos—. Si tan desesperada estás, llévale el mensaje tú misma. Vuelve con él.
Parecía que la estuviese desafiando.
Emeline entornó los ojos.
—Ya sabes que no puedo irme. No sin mi abuelo.
—Entonces esta discusión se ha terminado. —Se cerró en banda; ella lo notó en su expresión. Le soltó la muñeca abruptamente y dio un paso atrás. Fuera de su alcance.
Ella lo fulminó con la mirada, irritada.
Y no pudo evitar hacerle otra pregunta; esta era más profunda, más apremiante.
—¿Por qué lo hiciste?
La habitación empezaba a darle vueltas por culpa del aguardiente.
—¿Por qué hice qué?
—¿Por qué te llevaste a mi abuelo?
Albar se quedó quieto como una estatua. Y ella vio cómo se cerraba en banda, cómo levantaba sus barreras lo más alto posible.
—Eres el recaudador de diezmos —insistió Emeline, deslizándose hacia el borde de la encimera—. No sé qué diezmo entregó mi yayo al Rey del Bosque, pero podrías haber decidido que era suficiente. O podrías haberte llevado otra cosa. No tenías por qué llevártelo a él.
Albar negó con la cabeza y dio otro paso atrás.
—No quiero hablar de esto.
Emeline bajó de la encimera.
—Necesito que me lo expliques. Podrías haber tenido piedad de él.
No es más que un anciano inofensivo que está perdiendo sus recuerdos.
—Siguió acercándose a él, obligándolo a retroceder hacia la pared de la cocina—.
¿Por qué lo arrancaste de su propia cama, donde estaba a salvo, y me mentiste al respecto?
Él apretó los dientes.
—¡Contesta!
Albar se detuvo y se mantuvo firme.
—No era su propia cama.
Emeline se paró en seco, a pocos centímetros de él.
—¿Qué?
—Era una cama en la que lo habían obligado a dormir.
—Apartó la vista—. No debía estar allí. Debía estar en su casa, con sus viñedos, cerca de la gente que lo quiere.
No atrapado detrás de unas puertas cerradas con llave, esperando a alguien que no va a venir a rescatarle.
Así que sí, me lo llevé. ¡Me lo llevé porque él me suplicó que lo hiciera!
Fue como si a Emeline le tirasen un jarro de agua fría encima.
«¿Qué?».
—Ewan Lark se entregó a sí mismo como diezmo para el rey.
Ella se lo quedó mirando. Se había quedado sin palabras. Primero sintió calor, y luego frío.
—Eso es mentira.
—Ah, ¿sí? —contestó él en un susurro. Se negaba a mirarla—. Ese hombre te quiere más que a su propia vida.
A Emeline le escocían los ojos.
—Y tú lo metiste en esa residencia para olvidarte de él —añadió.
—Para.
—Tendrías que haberlo visto por aquellos pasillos, yendo de un lado a otro, buscándote. Tendrías que haberlo visto al lado de las ventanas, esperando a ver si te veía llegar. Sentado al lado del teléfono horas y horas. Pero tú ni siquiera llamabas.
Emeline se sentía como si tuviera carbón hirviendo en su interior. Tenía ganas de empujarlo. Tenía ganas de tirarse al suelo y llorar.
—¡¿Para qué lo iba a llamar si no sabe ni quién soy?! —gritó—. ¡No se acuerda de mí! ¡Anoche, cuando lo desperté sin querer, se asustó muchísimo! ¡De mí! ¡De su propia nieta! —Cerró las manos en dos puños temblorosos—. Pensaba que era una desconocida que quería hacerle daño.
La tensión que reinaba en la estancia se partió como una cuerda de guitarra demasiado tirante. Albar dio un paso atrás al tiempo que las lágrimas empezaban a rodar por las mejillas de Emeline. Ella dio media vuelta y salió de la cocina, secándose la cara con las manos con brusquedad.
—Fue él quien me pidió que lo metiera en esa residencia —susurró—. Fue su decisión.
Era cierto y a la vez no lo era. Su abuelo se lo había pedido, sí, pero por el bien de ella. Quería que Emeline quedara libre de la carga que suponía para ella cuidarlo.
—Emeline…
No podía quedarse allí, en aquella casa, sabiendo que Albar pensaba que era una persona egoísta y sin corazón. Y ¿acaso no lo era? ¿No era esa la razón por la que se sentía tan culpable?
—Emeline, espera…
—Ya sé dónde está la puerta —dijo ella mientras se dirigía a la salida.
Cerró de un portazo y escapó en mitad de la noche.