Dieciséis #2
En una estantería había solo una serie de libros con los lomos en blanco y manchados. «¿Cuadernos de dibujo?», se preguntó. Recordó las manchas de grafito que le había visto en los dedos el día interior.
Se volvió para mirar a Albar, que estaba agachado ante la chimenea, soplando para avivar las llamas. La camiseta de lana gris se le ajustaba a la espalda, revelando la forma de los omóplatos.
Allí, en su casa, parecía muy humano.
Estaba entre dos sillones de color verde musgo, colocados uno frente al otro, y en las mesas que había junto a cada uno de ellos, había más libros.
Encima de la chimenea había un cuadro muy vívido en el que una mujer se estaba transformando en árbol.
La mitad inferior de su cuerpo era de corteza y de raíces que se hundían en la tierra, pero su cintura y su pecho se arqueaban hacia arriba y las manos trataban de alcanzar el cielo.
El pelo oscuro de la ninfa era una masa enredada de ramas alrededor de su cabeza de las que brotaban hojas de un verde muy vivo.
Era el mito de Dafne, la ninfa que rogó al dios del río que la salvara del acoso de Apolo y fue transformada en un laurel.
—Debe de ser horrible… —dijo Albar de repente, sobresaltándola.
Seguía agachado frente al fuego, pero ahora miraba a la mujer del cuadro. Tenía el antebrazo izquierdo manchado de hollín.
—¿A qué te refieres?
Albar observó a la ninfa con ojos brillantes.
—Perder tu humanidad ha de ser algo espantoso.
—Pero fue decisión de Dafne —contestó Emeline, que sentía la necesidad de defender a la ninfa. Si el dios del río no la hubiera convertido en un laurel, habría caído en manos de Apolo—. Ella le pidió al dios del río que la salvara.
La luz del fuego danzaba sobre el rostro de Albar. Su mirada gris se encontró con la de ella, que se la sostuvo.
—Que la salvara… —murmuró, pensativo—. ¿Es eso lo que hizo el dios del río?
Al convertirse en árbol, Dafne perdió su vida.
Jamás volvió a ser humana. Nunca volvió a reír, ni a cantar.
Nunca volvió a pensar, ni a amar… ¿No crees que habría preferido que el dios del río derrotara a Apolo, o que lo ahuyentara, en lugar de arrebatarle algo tan precioso?
Emeline se lo quedó mirando en silencio. Toda su atención estaba sobre ella, como si la estuviera empujando a oír algo que no le estaba diciendo. Como si ya no estuviera hablando sobre Dafne, sino sobre algo —o alguien— distinto.
Se le erizó la piel, y apartó la vista.
—Al menos está a salvo. Si es un árbol, no hay nada que pueda hacerle daño.
Albar no respondió.
En la cocina, Emeline decidió dejar de pensar en esa conversación tan extraña e insistió en ayudarle.
En su mente se estaba gestando un plan. Allí, en su hogar, Albar parecía…
menos rígido. Más cómodo. Si ella también dejaba de estar tanto a la defensiva, si se mostraba amable y dispuesta a colaborar, podía tratar de pedirle de nuevo que le hiciera llegar ese mensaje a Joel.
Podía explicarle por qué su carrera dependía de él.
Quizá, en esa ocasión, Albar fuese más comprensivo.
Él le pasó una tabla de cortar de madera y dos cebollas dulces para que las picara.
Se cortó casi de inmediato.
—¡Maldita sea!
Del corte de su dedo índice manaba sangre roja y brillante. Albar levantó la vista desde la cocina de leña, donde estaba asando unos tomates.
—Tendría que haberte avisado. —Acudió junto a ella—. Las hojas de Sable pueden cercenar siete dedos con un solo corte. Déjame ver.
Emeline miró el cuchillo que resplandecía sobre la encimera de madera. Era una hoja hermosa, con un borde muy afilado y un elegante estampado de rosas grabado en el mango de ébano.
—¿Lo ha hecho Sable?
Recordó cómo, la noche anterior, la chica había saltado en defensa de Albar durante la cena. «Deben de ser amigos».
Él llegó a su lado justo cuando Emeline se metía la punta del dedo en la boca. Succionó con suavidad para detener la sangre y su sabor salado se le extendió por la lengua.
Albar se quedó mudo al instante.
—Es la espadera del rey —murmuró sin dejar de observarla. Cuando ella se sacó el dedo de la boca, la cogió de la muñeca para examinar su mano—. Deja que te la vende.
El corte ya no era más que una delgada línea roja, así que Emeline negó con la cabeza.
—No hace falta.
Albar la soltó, dio un paso atrás y puso el cuchillo manchado en el fregadero. Tras coger uno limpio, picó las cebollas con rapidez y eficiencia.
—¿Qué te parece si te vas a hacer lo que se te da bien y me dejas lo de picar verduras a mí? —le propuso, señalando con la cabeza las partituras que estaban sobre la encimera.
Metió las cebollas en la cazuela y luego cogió una ristra de ajos entre blancos y púrpuras que colgaba de la ventana sobre el fregadero.
Ella se cruzó de brazos.
—¿No me ves capaz de ayudarte?
—¿A hacer qué?
Cogió una de las cabezas llenas de hojuelas, sacó cuatro dientes y se puso a aplastarlos y picarlos.
—¡A cocinar!
Él se detuvo unos instantes y la miró con una ceja enarcada.
—¿Seguro?
Lo último que se había cocinado en Montreal era un paquete de fideos instantáneos. Apartó la vista y cogió el montón de partituras.
—La verdad es que no se me da muy bien, no.
—Bueno, pues resulta que a mí sí. Así que relájate.
—Señaló con la cabeza el alféizar de la ventana, donde había una garrafa.
Otro objeto de su mundo. «Qué curioso»—.
Bebe un poco del aguardiente de Corvus, quizá te ayude.
Y luego canta las dos canciones que hemos estado ensayando.
Cuando termines, la sopa ya estará hirviendo y podré ayudarte con la siguiente.
Emeline cogió impulso para subirse a la encimera de madera pálida y cogió la garrafa de aguardiente. La destapó, se la llevó a la nariz para olisquearlo y luego a los labios. Dio un trago justo cuando Albar metía el ajo en la cazuela junto con las cebollas.
Al bajar por su garganta, el líquido la quemó como si estuviese tragando leña humeante y un calor que se le extendió por todo el cuerpo.
—Oh… —murmuró, sorprendida por lo fuerte que era.
Mientras el aroma de las cebollas dorándose inundaba la cocina, dio un trago más largo, apoyó la espalda en los armarios y empezó a hacer lo que Albar le había propuesto: con las partituras del Mago Cantor sobre las piernas, cantó las canciones que había aprendido.
Las dos eran baladas sobre una mujer «marcada por la luna». En ellas, el Mago Cantor alababa a su musa, describiendo su pelo del color de la medianoche, su boca rosada y su fortaleza de carácter. Eran odas a la belleza sin parangón de esa mujer.
—Estaba un poco obsesionado —comentó Emeline al terminar—.
Hasta sus dientes lo hechizaban. ¡Sus dientes!
—Echó un vistazo a la siguiente balada, también dedicada a esa mujer marcada por la luna—.
Y debía de tener unos tobillos bastante sexis, porque hay una estrofa entera dedicada a ellos en la siguiente canción…
Albar esbozó una media sonrisa.
—Quizá los tobillos eran su debilidad.
Emeline miró al joven que le estaba preparando la cena y pensó que era como el bosque. Callado e inalterable, pero con un sinfín de secretos en su interior.
«¿Y cuál es tu debilidad?».
Emeline se aclaró la garganta y trató de ignorar el calor que empezaba a invadirle las mejillas. Dio otro trago del aguardiente de Corvus y añadió:
—Al parecer, todo en ella es su debilidad. Me parece demasiado bonito para ser verdad.
Albar, absorto en su tarea, no dijo nada.
A medida que el alcohol se filtraba en su torrente sanguíneo, Emeline empezó a sentir que un suave calor la inundaba.
Y también se sentía como más despierta. Mientras miraba cocinar a Albar, volvió a sorprenderla lo humano que parecía.
Recordó su preocupación por la humanidad perdida de Dafne y echó un vistazo a su sombra.
No se retorcía como la de Corvus o Sable.
No daba pistas de esconder ninguna otra forma.
Decidió atreverse a hacerle una pregunta. A tantear el terreno a antes de pedirle lo de Joel.
—¿Albar?
—¿Mmm?
—¿Qué eres?
Él, que en ese momento estaba dándole la vuelta a los tomates con una cuchara de madera, se quedó de piedra.
—¿Cómo dices?
Pensó en los libros de las estanterías.
—Vives aquí, en la corte del Rey del Bosque, pero no eres un cambiaformas. —Señaló con la cabeza su sombra, que se alargaba como la suya sobre el suelo de madera.
Él bajó la cuchara.
—Soy humano —contestó, rígido—. Como tú.
—¿Y cómo acabaste siendo el recaudador de diezmos del rey?
Él la estudió en silencio. Estaba levantando sus barreras, aquellos ojos grises se estaban tornando fríos y desconfiados.
Antes de que se cerrara en banda por completo, Emeline dio otro trago de aguardiente —para que le infundiera coraje— y bajó de la encimera. Se dirigió a la cocina de leña y le puso la garrafa en la mano.
—Ayer te salvé de un dragón, Albar Fell. Lo mínimo que puedes hacer es responder a mi pregunta.
Él la recorrió con la mirada, dejándole un rastro de calor en la piel. Cogió el aguardiente, se lo llevó a los labios y, echando la cabeza hacia atrás, dio un largo trago. Le devolvió la garrafa y se secó la boca con la muñeca.
—No soy nadie. Confía en mí.
«No confío en ti».
Le había escondido cosas desde el principio.
Albar se volvió hacia los tomates, que estaban empezando a ennegrecerse.
—Ya casi he terminado con esto —dijo, como si el tema anterior hubiese quedado cerrado—. Ahora nos ponemos con la siguiente canción.
Emeline dejó que eludiera sus preguntas —por el momento— y se volvió a sentar en la encimera. Lo observó mientras añadía los tomates, un poco de albahaca fresca y sal a la olla.
—Prueba —le dijo él al cabo de un rato. Mojó la cuchara en la sopa, puso la mano debajo para que no goteara y fue hacia ella. Se colocó entre sus rodillas mientras soplaba despacio para que no se quemara.
Tenerlo tan cerca despertó en Emeline todos sus sentidos. Estaba pegado a la encimera, con las caderas encerradas entre sus piernas. Si se movía unos centímetros hacia delante, sus cuerpos quedarían pegados.