Un oscuro olvido Dieciséis
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Dieciséis

A la mañana siguiente, las asistentas de Emeline la llevaron a una sala abovedada para que recibiera su primera lección de canto.

Las paredes curvas estaban hechas de cristal y ofrecían una vista de pájaro de la ciudad, que se extendía debajo.

Las calles adoquinadas serpenteaban bajo los tejados de terracota hasta llegar a los muros de la ciudad.

Más allá de ellos, las copas de los árboles teñidos de otoño se extendían sin fin, pues el bosque llegaba hasta donde alcanzaba la vista.

Emeline miró al norte, la dirección en la que se encontraba Edgewood, pero no había ni rastro de su mundo.

De repente, alguien carraspeó detrás de ella y se puso rígida antes de volverse.

Albar estaba en el centro de la sala, bañado por la luz del sol. Llevaba un jersey de punto azul marino y tenía las manos juntas a su espalda. Y… lucía la misma expresión enfurruñada de siempre.

Ella se cruzó de brazos al verle. Seguía enfadada por su negativa a llevarle un mensaje a Joel.

—Me acaban de informar de que el rey quiere una exhibición mañana a medianoche.

—¡¿Mañana?! —Emeline dejó caer los brazos a los lados del cuerpo—. Pero ¡si ni siquiera hemos empezado!

Albar asintió.

—No hay tiempo que perder. —Se volvió hacia un árbol joven y delicado que crecía en el centro de la estancia, un árbol diminuto en forma de atril.

Entre sus ramas frondosas había una pila de hojas de vitela: las partituras del Mago Cantor.

La superficie blanca como la leche estaba cubierta de elegantes líneas de tinta y notas negras, con las letras de las canciones escritas debajo—.

Debería bastar con que te aprendas tres o cuatro piezas antes de mañana.

Lo único que quiere es una prueba de tu talento y de tu obediencia.

Emeline se tragó su decepción y asintió.

—Pues empecemos.

Se pasaron toda la mañana en aquella sala, bajo la luz de sol que la inundaba a través de los ventanales y la cúpula de cristal, acompañados por los bosques que, más allá de los muros, se extendían en todas las direcciones.

Emeline se descubrió agradablemente sorprendida con la encantadora voz de barítono de Albar. Estaba un poco oxidado —era evidente que hacía mucho tiempo que no cantaba—, pero la aspereza de su voz solo lo hacía más entrañable.

Nunca había estado allí, con Albar en el palacio del Rey del Bosque, cantando las canciones de un hombre muerto, y, sin embargo, en cuanto él empezó a cantar, le sobrevino una desconcertante y poderosa sensación de déjà vu .

Un recuerdo trataba de abrirse paso en su mente mientras él cantaba, pero la eludía en cuanto ella trataba de atraparlo.

No tardaron en coger un ritmo cómodo. Una vez que Albar le enseñaba las notas y las pausas, Emeline unía su voz a la suya, siguiéndolo nota a nota, respiración a respiración, y memorizando los giros y el fraseo.

Albar cantaba los versos; Emeline los repetía. Cuando una progresión le costaba, él hacía que la repitiera una y otra vez, sin piedad, hasta que la cantaba bien. Y, cuando lo lograba, pasaba enseguida a la parte siguiente, sin darle ni un minuto de descanso.

Le exigía un nivel muy alto, pero Emeline estaba a la altura.

«¿Lo ves? —pensó—. Estabas equivocado conmigo. No soy ninguna estúpida que no sepa dónde se ha metido. Cantar es lo que se me da bien».

Si no se revelaba ante la presión a la que él la estaba sometiendo, si se derretía bajo el fuego de sus exigencias, era solo porque su vida —y la de su abuelo— dependían de que se aprendiera aquellas canciones y complaciera al rey.

No tenía nada que ver con la admiración que ardía en los ojos de Albar, no. Ni con la sonrisa que disimulaba cuando ella daba una nota perfecta, ni tampoco con la brusquedad con que apartaba la vista en cuanto ella lo pillaba mirándola.

Le iban trayendo jarras de agua cuando él las pedía, para que estuviera siempre hidratada. El mediodía llegó y pasó. Había once canciones en total, y ella quería aprenderse tres aquel día, si era posible.

Cuando los rayos del final de la tarde resplandecían a través del cristal, elevando la temperatura de la sala de alta a demasiado alta, Albar empezó a tirar del borde de su jersey para quitárselo.

—Dentro de un rato pararemos. No quiero que hagas un sobreesfuerzo.

Al quitarse el jersey, arrastró con él la tela de la camiseta y Emeline atisbó fugazmente su abdomen tonificado. Apartó la vista a toda prisa; de repente, también su temperatura corporal estaba demasiado alta.

Él se bajó la camiseta y terminó de quitarse el jersey.

—Me gano la vida cantando. —Emeline puso los brazos en jarras y clavó la mirada en el suelo—. Conozco mis límites. Necesito seguir.

Y, como si su estómago quisiera contradecirla, justo en ese momento rugió sin disimulo. Albar enarcó una ceja. Llevaba el pelo ligeramente alborotado y se pasó los dedos para peinárselo un poco.

—Me parece que más bien necesitas comer algo.

—Emeline abrió la boca para decirle que estaba bien, pero entonces cayó en la cuenta de que no recordaba cuándo había comido por última vez—.

Puedo hacer la cena mientras tú sigues practicando —se ofreció él.

Estiró el cuello y rotó los hombros, haciendo una pequeña mueca.

Era evidente que tenía los músculos agarrotados después de haberse pasado el día de pie, o tal vez aún no estaba recuperado del ataque de Garra del día anterior.

Se secó el sudor brillante de la frente con el dorso de la mano y miró a través de las paredes de cristal—.

Además, no me vendría mal cambiar de ambiente. Mi casa no está lejos.

Se echó el jersey de punto encima del brazo, cogió las partituras del atril y fue hacia la puerta de la sala abovedada.

Emeline no estaba muy segura de haberlo entendido bien, así que le preguntó:

—¿Es eso una invitación a cenar?

Sin detenerse, se volvió y contestó:

—Si quieres que lo sea…

A ella se le aceleró el corazón.

Era un desalmado al servicio del Rey del Bosque. No debería cenar con él. Y menos a solas.

Pero solo se había aprendido dos de las once canciones del Mago Cantor.

Si su actuación iba a ser al día siguiente, a medianoche, tendía que tratar de aprenderse al menos una más antes de dar la noche por terminada.

Así podría pasarse el día siguiente perfeccionando las tres canciones. Albar era el único que podía ayudarla.

Le volvió a rugir el estómago, sacándola de sus pensamientos.

«Una no puede sobrevivir solo a base de canciones. Tienes que comer».

—¿Vienes o no? —le preguntó Albar desde la puerta.

Emeline aunó coraje y siguió al recaudador del diezmo.

Y no fue hasta que no salió de la cúpula de cristal cuando se dio cuenta de que, esa vez, los bosques no habían ido a buscarla mientras cantaba. No la había rodeado ningún enjambre de insectos, y a las partituras no les había salido musgo. El bosque había estado ausente todo el tiempo.

«Qué extraño».

Tal vez fuera porque había conseguido lo que deseaba, que Emeline se quedara atrapada dentro de sus límites. Pero ¿por qué el bosque estaba tan empeñado en retenerla en la espesura?

Emeline le dio vueltas y más vueltas a la pregunta, pero no se le ocurrió ninguna respuesta. Se sacudió de encima el mal presagio que sentía y se apresuró a alcanzar al recaudador de diezmos.

Se alejaron de los terrenos del palacio y del centro de la ciudad y llegaron a un sendero que atravesaba una tranquila arboleda.

El camino los llevó hasta un pequeño puente de piedra que cruzaba un arroyo en el que el agua bajaba con fuerza.

El sol casi se había puesto del todo y los árboles se habían tornado oscuros bajo sus copas.

La casa de Albar estaba al otro lado del puente, cubierta de hiedra verde que trepaba por la piedra polvorienta y se enrollaba en las contraventanas. El patio estaba delimitado por un muro de piedra seca salpicado de musgo.

Él abrió la puerta, entró primero y empezó a moverse en la oscuridad. Emeline, en cambio, se quedó paralizada en el umbral. De repente, la advertencia de Garra resonaba en su mente con la fuerza con la que repican las campanas.

«Cuidado con este».

Y de pronto cayó en la cuenta de que estaba a solas con él, muy lejos de los ojos de palacio, y las piernas empezaron a temblarle como si fuesen de gelatina. Apoyó una mano en el marco de la puerta para no perder el equilibrio.

Oyó una cerilla al prenderse.

—Pareces aterrorizada —observó Albar mientras prendía los candiles—. No te voy a asesinar, te lo prometo.

—Promesas de un mentiroso —replicó. Se obligó a adentrarse en la oscuridad y cerró la puerta tras ella—. Qué reconfortante.

Las velas y la luz de los candiles pronto suavizaron la oscuridad y Emeline pudo echar un vistazo a lo que la rodeaba. Suelo de madera de pino limpio bajo sus pies; olor a harina y a levadura, como si alguien hubiese horneado pan hacía poco.

No parecía la casa de alguien peligroso.

Pero, a veces, las apariencias pueden ser engañosas.

Mientras Albar encendía el fuego en la chimenea, Emeline observó la estancia en busca de pistas.

Cualquier cosa que le diera información sobre el recaudador de diezmos del rey, sobre sus motivos y sus secretos.

Cerca de la ventana había una mesa de madera rústica con dos banquitos y, sobre ella, una lámpara de llama tenue que iluminaba un libro.

Tenía la cubierta de color carmesí y el lomo fino y agrietado. Se acercó.

Veinte poemas de amor y una canción desesperada , versaba el título. De Pablo Neruda.

¿Para qué leería Albar un libro de un mundo que no era el suyo?

Había encendido varias lámparas repartidas por toda la estancia, y gracias al resplandor dorado de sus llamas, Emeline vio que las estanterías estaban repletas de libros.

Cientos de libros.

Ordenados alfabéticamente, por autor.

Atraída por ellos, levantó los dedos y leyó los lomos gastados. Acarició con las puntas de los dedos obras de Rumi, Christina Rossetti y W. H. Auden. Encontró Antígona y La Ilíada . Meditaciones y Guerra y paz. Al este del Edén y El blues de Beale Street .