Un oscuro olvido Quince
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Quince

Emeline se mordió la lengua para no hacerle un sinfín de preguntas, la cogió de la mano y la siguió, lejos de la mesa. Mientras Grace la conducía hacia la pista de baile, le apretó las manos con los dedos.

—No te acerques a Ortiga —la advirtió con rotundidad—. Es como un gato al que le gusta jugar con su presa antes de matarla. No te ha dado nada, ¿no? ¿Te ha ofrecido vino? ¿Whisky?

—No, ¿por qué?

Allí el aire era mucho más cálido y la música sonaba alta, sofocando sus voces. Grace aminoró la marcha y se acercó más a ella para que pudiera oírla.

—Es el juego preferido de Ortiga: hechiza a sus amigos mezclando conjuros en sus bebidas. El mes pasado celebró una fiesta y todos los asistentes se enamoraron de su peor enemigo durante un día.

«¿Qué?». Emeline puso unos ojos como platos.

—¿Le hace eso a sus amigos?

Se adentraron en la multitud de bailarines que aplaudían y zapateaban.

Muchas de las caras que la rodeaban eran como las de Ortiga, con unos rasgos demasiado extraños para ser humanos.

Con los ojos demasiado grandes o demasiado pequeños.

Con sonrisas llenas de dientes serrados u orejas peludas escondidas bajo el pelo.

Grace no se detuvo. Se limitó a esquivar y sortear a los bailarines cambiaformas hasta llegar al otro lado del círculo. Allí, se dirigió a la salida, llevándose a Emeline con ella.

Los setonelas, con su armadura de bronce amartillado y sus cascos en forma de vainas de semillas, siguieron mirando al frente cuando las dos pasaron entre ellos en dirección al pasillo. Una vez que hubieron salido del salón de baile, Grace le soltó la mano, pero siguió andando.

—Eres la nueva trovadora del rey, ¿no es así? —Tenía los ojos castaño cobrizo brillantes de preocupación—. ¿Estás bien?

—¿Que si estoy bien? —balbuceó Emeline—. ¿Y tú? ¿Qué haces tú aquí?

Grace negó con la cabeza y los rizos negros rebotaron a los lados de su cabeza.

—Ya te lo explicaré luego. Hay cosas más importantes que necesitas saber antes. —Giró bruscamente hacia una escalera de piedra y empezó a bajar los escalones a toda prisa—. ¡Por aquí!

Al llegar al final, la oscuridad las rodeó y la temperatura bajó de golpe.

Emeline se estremeció y se frotó los brazos, tratando de mantener el frío a raya.

Más adelante, había una enorme puerta de madera iluminada por dos antorchas, colocadas en sendos apliques en la pared.

Grace cogió una de ellas, abrió la puerta tirando de la anilla de hierro y entró.

Emeline la siguió.

Dentro estaba negro como la noche. Se oían sus pasos apresurados sobre el suelo de piedra, que estaba tallado en losas que el paso del tiempo había pulido y que tenían palabras grabadas. Gracias a la luz parpadeante de la antorcha de Grace, Emeline atisbó algunos nombres. Fechas. Inscripciones.

«Son tumbas —pensó, mirando a su alrededor. Aflojó el paso al comprender dónde se encontraba—. Estamos en una cripta».

A pesar de la oscuridad, casi podía distinguir las formas de las estatuas talladas en mármol y las lápidas que sellaban los nichos en los que descansaban los muertos.

Grace le sacaba ya varios metros de ventaja. Estaba frente a una pared blanca, sosteniendo la antorcha en lo alto, sobre su cabeza. Emeline acudió a su lado a toda prisa; no quería quedarse sola en la oscuridad.

—¿Para qué hemos…?

La pregunta murió en sus labios cuando se acercó a la pared que Grace estaba mirando.

Enseguida se dio cuenta de que, si parecía blanca, era porque estaba cubierta de hileras y más hileras de calaveras humanas, de cientos de ellas.

Con las cuencas de los ojos vacías y los dientes al descubierto.

Había tantas que llenaban toda la pared desde el suelo al techo y de un extremo a otro.

—Son los cantantes del rey… y sus profesores.

A Emeline se le heló la sangre.

«Por eso tuve que buscar a alguien en otra corte —le había dicho Albar—. Calíope corre un gran riesgo accediendo a ser tu profesora».

Aquello era mucho peor de lo que pensaba.

—¿Ha sobrevivido alguno?

Grace negó con la cabeza.

Entre ellas y la pared había un podio de mármol que les llegaba al pecho. Encima vio un saquito de terciopelo carmesí, abierto, con las cuerdas desatadas. Entre sus pliegues rojos se distinguía otra calavera.

Emeline se acercó y acarició las palabras grabadas en la placa de bronce.

—El Mago Cantor —leyó.

—Lo que queda de él —dijo Grace—. Dicen que la bruja que lo mató mandó su cabeza al rey dentro de ese saco.

Emeline recordó lo que Albar le había contado sobre esa bruja, la que le había dado a Garra las partituras del Mago Cantor para que las custodiara, y se sintió horrorizada al imaginar la sangre goteando a través de la tela y dejando un reguero rojo en los suelos relucientes de palacio.

—Debía de odiarlo con todas sus fuerzas.

—Al parecer, lo amaba. Pero él no la amaba a ella. —Grace le dio la espalda a la pared de la muerte—. Así que lo mató.

Emeline enarcó las cejas, sorprendida.

—Muy razonable.

Una comisura de la boca de Grace se curvó hacia arriba, pero enseguida se puso seria de nuevo. Miró la calavera y Emeline la imitó. Contempló los restos del amado trovador del rey. Contempló los dientes negros, los agujeros ensombrecidos, el hueso que amarilleaba.

—¿Qué tenía de especial? —le preguntó.

—Venía de nuestro mundo —le explicó Grace—. Era un cantante humano famoso por su cautivadora voz, pero vino aquí, a la Ciudad del Rey, y no quiso marcharse. Así que intercambió su voz por un lugar en la corte.

Emeline ladeó la cabeza, confundida.

—¿Cómo cantaba, si no tenía voz?

Grace negó con la cabeza.

—No, su voz más allá del bosque. Aquí podía hablar y cantar, pero se quedaba mudo en cuanto ponía un pie en nuestro mundo.

Emeline se llevó una mano al cuello. No poder cantar…

—Eso debió de terminar con su carrera.

Grace asintió.

—Más allá del bosque, sí. Pero aquí, en este mundo, el sacrificio encierra magia.

Y el suyo le dio poder. Mucho poder. Dejó de ser un simple trovador de la corte y se convirtió en el Mago Cantor, un hombre que utilizaba la magia de su voz para el bien del bosque.

Cuando el Mago Cantor era el trovador de la corte, el del Rey del Bosque era un reino próspero.

Fue la edad dorada de este lugar, o eso dice la gente.

—Y ahora la edad dorada ha terminado porque el Mago Cantor está muerto.

—Y el bosque está maldito —añadió Grace—. Esa es la razón por la que no puedes quedarte.

Emeline recordó las últimas palabras que Garra le había dedicado a Albar.

«No vivirás mucho tiempo, recaudador de diezmos. Lo he visto: la maldición de mi ama engullirá la Ciudad del Rey con todo lo que hay en ella».

—Albar me dijo que la maldición está envenenando el bosque.

Grace asintió y, apartándose de las calaveras, empezó a guiar a Emeline hacia la salida de la cripta.

—La maldición tiene tres partes. La primera es la Mácula.

Está pudriendo el bosque desde dentro y va ganando terreno día a día esparciendo su veneno.

Cada vez está más cerca de la Ciudad del Rey.

Con la Mácula vienen las pieles de sombra.

Cada semana se produce un ataque en el bosque, y cada vez hay más de ellas que cruzan la frontera de los árboles y causan estragos en Edgewood y los otros territorios fronterizos.

Se alimentan primero de los miedos de la gente y luego se dan un festín con su carne.

Pero lo peor de todo es que la maldición hace que todo vuelva a su forma verdadera.

Emeline miró al rostro de Grace, iluminado por la llama de la antorcha.

—¿Qué significa eso? ¿Y por qué es lo peor?

Grace asintió como si a ella también se lo hubieran tenido que explicar un día.

—Un cambiaformas, por ejemplo, tiene dos formas…

Tú conoces a Corvus, a Ortiga y a Sable solo como humanos o, al menos, como algo parecido a un humano, pero eso no es lo que son en realidad.

Cada día, la maldición obliga a más de ellos a adoptar su forma verdadera permanentemente, impidiéndoles que vuelvan a transformarse.

Y cada mes la ciudad está más vacía, porque la maldición gana fuerza.

Cuando llegaron ante la puerta de la cripta, Grace se volvió hacia Emeline.

—Por eso no puedes ser la trovadora del rey. —Le brillaban los ojos, casi febriles a la luz naranja de la llama—. La maldición es cada vez más poderosa. Tienes que escapar de aquí antes de que nos devore a todos. Corres demasiado peligro.

Emeline enarcó las cejas.

—¿Y tú no?

Grace frunció ligeramente el ceño.

—Yo…

Fuera lo que fuese lo que se disponía a decir, quedó interrumpido cuando se abrió la puerta de la cripta.

Ambas dieron un brinco, con los corazones desbocados.

Al otro lado estaba Sable, con los ojos iluminados bajo la tenue luz.

—¡Aquí estabas! —Sus delgados hombros se relajaron de alivio al ver a Grace— Te estaba busc…

Sable se puso rígida y dio un paso atrás al ver a Emeline.

—Emeline, esta es Sable —dijo Grace—. Sable, Emeline.

La joven asintió.

—Ya nos conocemos.

Grace miró a Sable y se le ensombreció la mirada. Parecía confundida. Apretó los labios en una fina línea y una intensa emoción le cruzó fugazmente el rostro.

—¿Ya os conocéis?

Sable abrió la boca, como si quisiera hablar, pero Grace la interrumpió, dirigiéndose una vez más a Emeline.

—Escucha. —Le dio la antorcha a Sable y aguantó la puerta para que Emeline pasara—.

En la ciudad hay un bar llamado La Bellota.

Sable, yo y unos cuantos más nos juntamos allí cada viernes por la noche.

—Mientras Sable volvía a colocar la antorcha en su aplique, Grace y Emeline empezaron a subir las escaleras—.

Nos vemos allí el viernes al atardecer, ¿vale? Podemos trazar un plan.

—Vale —dijo Emeline, a pesar de que no pensaba ir a ninguna parte hasta que su abuelo no estuviera a salvo, lejos de las garras del Rey del Bosque.

—Encontraremos el modo de llevarte a casa. —Grace se detuvo al llegar al final de las escaleras, a esperar a la cambiaformas de ojos dorados que subía tras ella—. ¿Estás lista?

Sable asintió.

—Nos vemos el viernes —le dijo Grace—. Intenta seguir viva para entonces, ¿de acuerdo?

Las dos chicas se fueron en la dirección contraria al salón de baile, pero Emeline escuchó parte de su discusión, a pesar de que trataban de hablar en susurros. Le llegó a los oídos tanto la voz irritada de Grace como las respuestas cortantes de Sable.

—¿No te pareció que querría saberlo?

—No me enteré hasta anoche.

—Ya, ¿y desde anoche no has encontrado un momento para contármelo?

Cuando doblaron la esquina, el pasillo se quedó en silencio.