Catorce #3
Así que, igual que había hecho con todos los que habían venido antes que él, Emeline lo había dejado pasar, erigiéndolo como un escudo entre ella misma y las cosas de las que huía, utilizándolo como un modo de fingir normalidad.
—Ay, la pobre… —Ortiga acarició las manos de Emeline, tras haber decidido ella sola la respuesta a su propia pregunta—. Qué trágico. —Suspiró, casi feliz, como si le encantase una buena tragedia.
—Ahórrate la compasión —intervino Albar en tono cortante—. Emeline estaba avisada. Hice lo posible para disuadirla de que viniera.
Emeline resopló.
—Más bien me mentiste todo lo posible.
Él la miró a los ojos. Sus iris grises llameaban bajo la tenue luz.
—La cantante no me hizo caso —continuó, como si ella no hubiese dicho nada—. Y ahora sufre las consecuencias.
Emeline bajó las manos a su vestido y se aferró a su falda, arrugando la seda de color azul marino.
—Si no hubieras secuestrado a mi abuelo —le reprochó con los dientes apretados—, no habría tenido que hacerte caso. ¡Nunca habría venido al bosque!
Antes de que él le pudiera responder, intervino la chica con la que había estado conversando antes.
—¿Y no podrías tú hacer llegar ese mensaje, Albar?
—Tenía los huesos largos y delicados, unas pestañas entre blanco y dorado y los ojos como suaves gemas.
Miró el anillo que el recaudador lucía en la mano, una alianza blanca que contrastaba con el suave tono canela de su piel.
Emeline no se había fijado antes en él—.
Eres el recaudador de diezmos. Puedes adentrarte en su mundo siempre que quieras.
—Sí, Albar —intervino Sable cruzándose de brazos. Tenía el ceño ligeramente fruncido, como si estuviesen hablando sin palabras—. ¿No puedes hacerlo tu?
Una llamita de esperanza se encendió en el corazón de Emeline. ¿Podría?
Él miró al frente, sin centrarse en nadie en concreto.
—Creo que ya he dejado claro lo que opino sobre el asunto.
—Lo que opinas, sí —respondió Emeline, que de repente estaba desesperada por convencerlo. Su carrera dependía de ello—. Pero no has contestado.
Le dirigió una mirada penetrante.
—No pienso llevarle una carta de amor a tu novio. ¿Te vale como respuesta?
—No sería…
—Emeline… —Pareció costarle pronunciar su nombre, lo hizo apretando la mandíbula con terquedad—. No me lo vuelvas a preguntar.
Corvus entornó los ojos.
—Albar, en serio, ¿es necesario que seas tan desagradable?
Mientras los dos hombres se fulminaban con la mirada, Ortiga se apresuró a sonreír a Emeline, pero había algo inquietante en su sonrisa. Se curvaba de un modo que sugería que, en realidad, se trataba de una criatura jugando a ser humana.
—Albar también se enamoró una vez. —La sonrisa de Ortiga se transformó entonces en un gesto que a Emeline le recordó a una serpiente. A una culebra preparada para atacar—. ¿No es cierto, recaudador de diezmos?
A Albar se le tensó súbitamente la mandíbula. Aferrado a su copa de vino, la tensión irradiaba de él como vapor caliente.
—Disculpadme —dijo a nadie en particular.
Con un ágil movimiento, se levantó del banco y se marchó, dejando allí su copa vacía. Emeline se lo quedó mirando mientras se alejaba.
«¿Qué narices acaba de pasar?».
Sable y Corvus intercambiaron una mirada.
—Ya voy yo —dijo él, con una mueca de contrariedad. Se levantó y se fue tras el recaudador, abriéndose paso a través de la multitud de invitados del salón.
Ortiga hizo un ruidito compasivo mientras los miraba y luego se inclinó de nuevo hacia Emeline.
—Dicen que fue una humana quien hizo que se transformara en alguien tan horrible. Por lo visto, le partió el corazón. Nunca ha vuelto a ser el mismo.
—Ya basta. —La voz de Sable cortó el aire como un cuchillo. Se inclinó hacia ellas desde donde estaba sentada, al lado del fuego, con los ojos dorados brillando de ira—. Vete a esparcir tu veneno a otra parte, Ortiga.
La cortesana de rasgos de búho se molestó, pero justo cuando parecía que iba a replicar, una sombra cayó sobre la mesa. Sable levantó la vista y lo que vio la ablandó como si se hubiese convertido en mantequilla.
—¿Emeline? —dijo una voz femenina—. ¿Emeline Lark?
La joven levantó la vista y, al ver al rostro familiar que la miraba, sintió que la envolvía una nube de confusión. Por un instante, no comprendió a quién tenía delante.
—¿Grace?
Se puso de pie.
Allí, de pie en el extremo de la mesa, estaba Grace Abel. La chica que se había marchado de Edgewood hacía dos veranos para estudiar en Oxford.
A la luz las velas, sus rizos del color de la noche resplandecían alrededor de su cara y sus hombros.
Tenía las caderas más anchas y las mejillas de un tono avellana oscuro, más sonrosadas que la última vez que Emeline la había visto.
Iba vestida con una blusa de seda holgada metida dentro de unos pantalones entallados de color crema, y llevaba un sencillo anillo de hierro en un dedo.
«¿Se puede saber qué haces aquí?», parecía decirle la expresión de Grace.
Y Emeline se estaba haciendo exactamente la misma pregunta.
Grace se acercó, tiró de Emeline y le dio un fuerte abrazo. Olía a lavanda. Sin embargo, la estaba apretujando demasiado, y su voz sonó a advertencia:
—Ven conmigo ahora mismo.
Grace se apartó sin darle tiempo a reaccionar. Dedicó una sonrisa radiante a todos los que seguían sentados y luego le tendió la mano y, con una voz tan cálida como el sol, una voz que no daba pistas de esconder secreto alguno, le dijo:
—¿Te apetece bailar?