Catorce #2
Todos en la mesa se quedaron en silencio y se volvieron hacia ellos dos.
Algunos levantaron su copa a modo de bienvenida; otros esbozaron sonrisas iluminadas por el vino desde detrás de sus cálices, pero muchos otros se la quedaron mirando, escudriñándola con ojos hambrientos.
Emeline notó que le ardía la piel bajo el peso de sus miradas.
Corvus la empujó hacia el único sitio libre en el banco, justo al lado de Albar, que apartó la vista enseguida, aunque no antes de que Emeline atisbara algo feroz que llameaba en sus ojos.
La única otra persona que no la miró fue Sable.
—Buenas noches, cantante —saludó Albar con la mirada clavada en su copa cuando ella se sentó a su lado.
—Buenas noches, recaudador de diezmos.
Sus rodillas se rozaron en el escaso espacio que había bajo la mesa, y Emeline sintió una descarga que la sobresaltó. Y, como dos imanes con polos opuestos, se apartaron al instante.
Corvus se sentó a su otro lado, de forma que quedó atrapada entre los dos. Albar le dirigió entonces una mirada acusadora al cambiaformas, pero este hizo caso omiso y alzó la voz para preguntarle a Sable:
—¿Dónde está Grace?
Ella señaló hacia los bailarines con el pulgar.
Albar cogió una jarra de cobre que contenía un líquido dorado con olor a vino.
—Me temo que tengo noticias poco alentadoras.
—Emeline tardó unos instantes en darse cuenta de que le estaba hablando a ella, y no a la jarra de vino con la que le estaba llenando la copa—.
Las pieles de sombra han atacado a tu profesora de canto durante su viaje.
Ha sobrevivido, pero su caballo no. He mandado a un guardia armado para que la escolte hasta la ciudad, pero, según lo que se encuentren por el camino, quizá tarde varios días en llegar.
Emeline cogió su copa con ambas manos.
—Pero si tengo que aprenderme las canciones en una semana…
Él asintió.
—No te dará tiempo. —Rellenó la copa de Sable, la de Corvus y, por último, la suya. Dejó la jarra sobre la mesa y, en voz baja, ofreció—. Puedo ayudarte yo hasta que ella llegue.
Emeline se volvió para mirarlo.
—¿Tú?
—Sé leer partituras —aclaró, mirándola de reojo—. Y, según tengo entendido, eso es lo único que necesitas.
La perspectiva de trabajar a solas con él la turbaba. Las palabras de Garra resonaron en su mente: «¡Al final te traiciona!».
—¿Es que no hay nadie más que pueda hacerlo? —Señaló a los músicos, que estaban tocando un vals en mitad del salón—. ¿Igual uno de ellos? Alguien que… —«Que no seas tú»—. ¿Alguien que sepa lo que hace?
Albar abrió la boca para responder, pero luego la cerró. Al final, contestó:
—En la corte del rey hay muchos músicos capaces. Por desgracia, ninguno de ellos está dispuesto a arriesgar su vida por lo que consideran una causa perdida. Por eso tuve que buscar a alguien en otra corte. Calíope corre un gran riesgo accediendo a ser tu profesora.
Emeline frunció el ceño. «¿Qué riesgo?».
—Si prefieres esperar a que llegue… —añadió Albar.
—Has dicho que no sabes cuándo será eso. —Él asintió—. Y solo tengo una semana para aprenderme las canciones.
—Correcto.
—Lo que significa que en realidad no tengo elección, ¿no? Si quiero aprenderme las canciones, he de empezar lo antes posible. Y si el único que está dispuesto a ayudarme eres tú…
«Pues tendrás que ser tú».
—Te propongo que empecemos mañana cuando salga el sol —dijo él, al darse cuenta de que ella se había rendido—.
Le diré a tus asistentas que te lleven al conservatorio a primera hora —añadió, y al instante le dio la espalda, dando por finalizada su conversación, para volver a prestar atención a la chica que tenía sentada enfrente.
Emeline había oído que la había llamado Álamo.
Albar le dio la espalda entonces, marcando el final de su conversación, y volvió a prestar atención a la chica que tenía sentada enfrente, a la que Emeline lo había oído llamar Álamo. La chica le sonrió con dulzura y ambos retomaron su charla.
«¿Podría ir a peor el día de hoy?».
Alguien carraspeó en el otro extremo de la mesa.
—Cantante, cuéntanos. ¿Cómo lo has vencido?
Emeline levantó la vista y descubrió que la mayoría de los comensales estaban dejando sus cubiertos sobre la mesa e inclinándose hacia delante, como si todos hubieran estado esperando ese momento.
Quien había hecho la pregunta era un joven pecoso con unos enormes ojos marrones que le recordaban a los de un cervatillo. Tenía la piel pálida y el rostro enmarcado por una melena alborotada que resplandecía como el cobre.
—Nadie ha vuelto nunca con vida del nido de piedra del dragón. Pero aquí estás tú.
«¿Nadie?». Le lanzó a Albar una mirada penetrante.
—Es cierto —intervino una chica con rasgos zorrunos y el pelo blanco como la escarcha—. El rey ha intentado varias veces recuperar las partituras, pero los hombres y las mujeres a los que envió nunca regresaron.
—Oh, pero yo no vencí a Garra.
—Entonces ¿cómo es posible que estés aquí sentada? Albar nos ha dicho que fuiste tú la que consiguió recuperar las partituras.
Se extendió por la mesa un murmullo de asentimiento. Todos miraban a Emeline como si fuese una diosa recién salida de un mito griego, como una Artemisa dorada saliendo del bosque tras una caza de éxito, con su ciervo colgado de los hombros.
Ella negó con la cabeza.
—Lo único que hice fue cantarle.
Se hizo un silencio de perplejidad en la mesa. De repente, Emeline sintió el peso de la mirada de Albar, pero no se volvió hacia él.
—Yo… conseguí que se durmiera cantándole una canción.
De pronto, mientras todo el mundo intercambiaba miradas por encima de los cálices y los platos de comida, la historia le sonó absurda. «Se creen que me lo estoy inventando».
Pero no. Se equivocaba.
El joven pecoso levantó su copa.
—Por Emeline Lark —dijo en voz baja—. La conquistadora de dragones.
Uno a uno, todos fueron alzando sus copas para sumarse al brindis y susurraron su nombre como si ella fuese una especie de heroína. Noto el calor del rubor en sus mejillas y bajó la vista hacia el plato de borde dorado vacío.
—Yo no… —empezó a decir, pero nadie la estaba escuchando. Todos habían empezado a parlotear, emocionados, tras escuchar la historia. Ya les oía añadirle detalles para embellecerla.
—No les hagas caso, cariño —dijo una voz cantarina enfrente de Emeline, elevándose sobre los murmullos—. Hacía años que no les daban una buena noticia.
Emeline levantó la vista y se encontró con un rostro buhesco que la miraba a los ojos. Tenía el pelo rubio oscuro, corto y rizado, y sus ojos de color ámbar eran un poco demasiado grandes para el resto de sus delicados rasgos.
—Me llamo Ortiga —se presentó.
—Encantada de conocerte, Ortiga.
—¿Estás disfrutando de tu estancia?
Emeline parpadeó, sin saber muy bien qué responder. «Sí —pensó mientras daba un trago de su bebida—. Es divertidísimo ser la prisionera de un rey aterrador, que casi te devore un viejo dragón y que te separen de todo lo que amas».
Recordó su teléfono móvil. Sin cobertura, no podía ponerse en contacto con Joel, y no tardaría en quedarse sin batería…, pero tal vez ese no fuera el único modo de comunicarse con él. Quizá alguien de ese lugar podría ayudarla.
—La disfrutaría más si pudiera hacerle llegar un mensaje a alguien, para que sepa que estoy bien. ¿Hay algún modo de hacerlo? ¿De mandar un mensaje a mi casa?
Si lograba hacerle llegar un mensaje a Joel en el que le explicase que de momento le era imposible volver… Él podría decirle a su padre que no se preocupara, que estaría preparada para actuar la noche del inicio de la gira.
Ortiga alargó los brazos por encima de la mesa y le quitó la copa de las manos para cogérselas con fuerza.
Tenía los dedos ásperos y un poco curvados, casi como garras.
Emeline bajó la vista, pero… no. Eran dedos, sin duda, con unas uñas perfectamente redondeadas pintadas de dorado.
Se sintió desorientada. Trató de ignorar la sensación mientras la cambiaformas se inclinaba hacia ella.
—Pobrecita… —la voz de Ortiga se convirtió en un susurro, como si fuesen dos amigas compartiendo confidencias—. Y este joven que has dejado atrás… ¿es un amante?
Albar se atragantó con el vino.
Emeline se puso como un tomate.
—Mmm…
Ortiga chasqueó la lengua con tristeza.
—A menudo tienen amantes… los cantantes que terminan aquí.
Alertado por la tos de Albar, Corvus se inclinó hacia ella.
—No le hagas caso a Ortiga. No la socializaron correctamente.
Emeline liberó sus manos de las de Ortiga y bebió un largo trago de su copa, deseando con desesperación que aquella conversación llegase a su fin. Sin embargo, a juzgar por la expresión de la cambiaformas, todavía estaba esperando una respuesta.
«¿Es un amante?».
La noche que había invitado por primera vez a Joel a subir a su habitación de hotel, lo había hecho por culpa del bosque.
Ese verano había estado viajando de festival en festival, tratando, como siempre, de correr más rápido que aquella cosa oscura que la perseguía.
Pero siempre la atrapaba: se extendía de una multitud a otra y se arrastraba con sigilo hasta cada escenario al que se subiera a cantar.
Pero no fue solo por ese bosque implacable, fue también por aquel dolor que parecía crecer con cada actuación.
Aquel vacío cavernoso que se le alojaba entre las costillas, como si le faltara algo, solo que ella no sabía qué.
La hacía sentir como un rompecabezas al que le faltaba una pieza.
A veces, después de un concierto, se quedaba despierta en su cama, frotándose ese lugar en mitad del pecho donde imaginaba que estaría el agujero.
Estaba muy cansada de huir. Del bosque y del dolor. Joel estaba allí, y quería estar con ella. Se lo había dejado muy claro. Siempre le escribía, tonteaba con ella y la invitaba a salir con sus amigos; iba a todos sus conciertos y la acompañaba a casa caminando cuando terminaban.