Catorce
Cabalgaron a toda velocidad a través del bosque y llegaron a la Ciudad del Rey justo antes de que se pusiera el sol.
Cuando las puertas se cerraron tras ellos, resonaron como una canción.
Lamento se detuvo al llegar a los establos del rey.
Sacudió las crines negras y pataleó contra el suelo, soltando chispas con los cascos, como si quisiera llamar la atención.
Albar desmontó moviéndose con torpeza y pesadez.
Emeline, en cambio, se quedó inmóvil en la silla, abrazando la cartera de cuero contra su pecho, aunque estuviera pegajosa por culpa de la baba seca. Las últimas palabras de Garra daban vueltas y vueltas en su mente, como el agua en un desagüe.
«¡Al final te traiciona!».
¿Qué había querido decir?
Garra había sabido que Albar estaba buscando en el interior de su guarida, y también que Lamento los esperaba en la cima del despeñadero. ¿Por qué el recaudador le había dicho que el dragón confundía los hechos?
«Garra ve cosas. El futuro, el presente, el pasado… Pero no sabe discernir cuál es cual».
A no ser que Albar le hubiera mentido.
No sería la primera vez, y tendría sentido. Si tenía la intención de traicionarla, no querría que ella diera crédito a un dragón capaz de ver lo que iba a ocurrir y que tal vez le revelara sus planes.
«No debes escuchar ni una sola palabra que salga de su boca», le había dicho antes de su descenso hacia el nido de piedra.
Si Albar tenía malas intenciones, si sabía que Garra vería el futuro y tal vez le revelara ese futuro a Emeline, ¿no le habría dicho exactamente eso?
Por una fracción de segundo, tuvo ganas de espolear a la ascuaballo y galopar de vuelta a Edgewood. Quiso huir. Pero Albar todavía tenía las riendas en la mano y Lamento estaba agotada. Tenía el lomo brillante de sudor y espuma en los labios.
Y, sobre todo, su yayo seguía siendo un prisionero.
«Cálmate. Puedes con todo esto».
No tenía sentido que Albar la pusiera en peligro. La había salvado de una piel de sombra y luego la había subido a lomos de su yegua para que los ascuaballos no la aplastaran. Y ese mismo día le había dado a ella la cuerda para descender por el despeñadero y la había cogido cuando se había caído.
Estaba segura de que no quería hacerle daño.
Pero la había engañado. Y era evidente que no la quería allí, en los dominios del Rey del Bosque. Tal vez fuera esa la clase de traición a la que se refería Garra, la que sabotearía sus posibilidades de cumplir con su parte del trato. La que le impediría llevar a su yayo a casa.
Emeline miró al recaudador de diezmos, que tenía una mano apoyada en la pared del establo y lucía una mueca de dolor por lo que le había hecho el dragón.
De una cosa estaba segura: si Albar estaba planeando traicionarla, debía estar preparada.
Esa noche, mientras la luna se elevaba por el cielo negro, las asistentas de Emeline se arracimaron a su alrededor en cuanto ella salió de la bañera. Esa vez, estaba demasiado cansada para pelear con ellas.
Le dolía todo el cuerpo. Nunca montaba a caballo, así que pasarse el día cabalgando, por no hablar de lo de descender por un despeñadero y luego escalar por él, le había pasado factura.
Le dolían muchísimos músculos que hasta entonces ni siquiera sabía que tenía.
Sin embargo, su cuerpo dolorido era la última de sus preocupaciones.
Ahora que ya había conseguido las partituras del Mago Cantor, tenía una semana para demostrarle al rey su valía y, cuando hubiera soltado a su abuelo, encontrar el modo de escapar. Si no escapaba, se perdería la gira.
Recordó el calendario, que estaba en su bandeja de entrada. El que Joel le había dicho que revisara y enviara de nuevo a su padre.
Emeline cogió su móvil, que estaba en el tocador, entre los peines, las horquillas y los lazos, pero no había ninguna barra de cobertura.
Lo apretó con fuerza con la mano. Cómo no.
Estaba atrapada en un extraño mundo mágico en el que no había torres de telefonía ni internet.
Pero si pasaba una semana y ni su representante ni Joel tenían noticias suyas, podían hacer cualquier cosa.
Pensarían que estaba desaparecida, Joel vendría a buscarla, su representante tendría que cancelar su gira… No tendría otro remedio.
Pensar en ello le provocaba palpitaciones.
Era su primera gira importante y había trabajado muchísimo para conseguirla.
Cancelarla ahora era decir adiós a toda la visibilidad, a las ventas, a las ganancias de sus conciertos…
Mancillaría su reputación como música profesional, y lo peor de todo…
«Quieren ver cómo te desenvuelves con más público —le había dicho Joel—.
Vendrán a verte al primer concierto de la gira».
Si no estaba en aquel primer concierto, Daybreak no le ofrecería ningún contrato.
Emeline había trabajado demasiado duro, durante demasiado tiempo, para llegar donde estaba.
No podía permitir que todo se desmoronase.
Si pudiera, de algún modo, comunicarse con su representante para decirle que estaba bien, que volvería pronto…
Si lograba decirle que no cancelase la gira, quizá su carrera seguiría intacta cuando volviera.
Pero ¿cómo se lo iba a decir desde allí?
La atravesó de repente una punzada de añoranza. Quería recuperar su vida. Su vida de siempre, esa en la que no había dragones que quisieran comérsela ni hombres esperando para traicionarla, esa en la que lo único extraño era que el bosque aparecía en los momentos más inoportunos.
Echaba de menos las luces y los ruidos de Montreal. Echaba de menos sus bolos nocturnos. Hasta echaba de menos la lata de sardinas en la que vivía.
Las asistentas revoloteaban a su alrededor como polillas mientras la vestían, ajenas a su infelicidad.
La ayudaron a ponerse un vestido azul marino con dos alas brillantes de chicharra cosidas con hilo dorado en la espalda que caían como una cascada desde el medio de sus omóplatos hasta sus muslos.
Le deshicieron la trenza para cepillarle el pelo y, mientras trataban de deshacer los enredos, alguien llamó a la puerta, interrumpiendo sus pensamientos.
—Ahora voy.
Tras terminar de mangonearla, las asistentas se fueron a toda prisa, dejando la puerta abierta.
Corvus, que la esperaba en el umbral, se apartó para dejar pasar a las tres mujeres. Era alto y esbelto, y llevaba un abrigo negro como la noche que le llegaba a las rodillas, y encima del corazón, un broche con una pluma de plata que refulgía cuando le daba la luz.
—Me han encargado que te acompañe a la cena. —Le tendió el brazo con una sonrisa pícara—. Date prisa, o llegaremos tarde.
Emeline le dio el brazo y él la condujo por los pasillos bañados de los colores dorados del atardecer.
De los jarrones que adornaban las ventanas asomaban ramas de pino verde y tallos de zumaque de un rojo intenso.
Emeline aceleró para poder seguir el ritmo de las largas zancadas de su acompañante, y la tela del vestido murmuraba con sus pasos.
—Debo decir que es un placer ver que sigues viva —dijo Corvus mientras pasaban por ventanas y más ventanas que daban a la ciudad bañada por el crepúsculo.
Emeline lo fulminó con la mirada, recordando lo que Albar le había contado sobre sus predecesores y sus prematuras muertes.
—Podrías haber mencionado los peligros que entrañaba ser la cantante del rey antes de que aceptara el puesto —le reprochó justo cuando llegaban al final del pasillo, donde esperaban dos enormes portones en forma de arco abiertos de par en par y flanqueados por setonelas con armadura de bronce.
Enseguida le llegaron los aromas penetrantes de las especias y la carne asada, seguidos del repiqueteo de los cubiertos y el murmullo de las conversaciones.
—¿Habría cambiado algo?
Antes de que pudiera responder, Corvus tiró de ella hacia el interior de un oscuro salón de baile.
El techo era tan alto como el del granero de su abuelo, y contó hasta cuatro salidas, cada una de ellas guardada por un par de setonelas.
A lo largo de las paredes, había velas encendidas en sus apliques de hierro cuya cera color miel goteaba en el suelo.
Habían dispuesto las largas mesas llenas de comida en un círculo, y en el centro tocaba una banda mientras varias parejas danzaban.
Sobre sus cabezas, las luciérnagas parpadeaban de forma intermitente.
A su paso, mientras Corvus la llevaba hacia su mesa, las conversaciones se acallaban. Los cortesanos miraban a la nueva trovadora del rey con curiosidad, volviendo las cabezas hacia ella y murmurando con las bocas escondidas tras las manos.
Emeline oyó su nombre en más de una ocasión.
«¿Estarán apostando cuánto tiempo duraré?».
Corvus esquivó bancos y cuerpos hasta que finalmente llegaron a una mesa casi llena que estaba al lado de la enorme chimenea, en la pared del fondo.
Sable Thorne fue la primera a la que Emeline vio: estaba sentada junto al fuego y las llamas resplandecían sobre su piel dorada.
Llevaba el pelo marrón rojizo alborotado, pero alguien se las había arreglado para recogérselo ayudándose de un ramillete de escaramujo sujeto entre los mechones castaños.
Tenía un aspecto… salvaje y hermoso.
A su lado estaba Albar.
Se había arremangado las mangas de lana hasta los codos, dejando al descubierto los antebrazos morenos.
Tanto él como Sable estaban sentados en el banco que se hallaba contra la pared, pero mientras ella estaba reclinada hacia las sombras, con un brazo apoyado en la rodilla, él, inclinado sobre su copa, escuchaba a una joven que tenía enfrente y que hablaba con el rostro iluminado y gesticulando sin parar.
—¡Amigos! —anunció Corvus alzando la voz para hacerse oír por encima del murmullo de las conversaciones—. Os presento a la nueva trovadora del rey: Emeline Lark.