Un oscuro olvido Trece #2
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Trece #2

Eligió «Hallelujah», de Leonard Cohen. Una versión que hacía en casi todos sus bolos.

No solo era una de esas canciones que gustaban más al público, sino que era una de las preferidas de su yayo.

Siempre se la cantaba de niña, cuando la llevaba a la cama.

Era como una nana. Y quizá, en el fondo, esa era la razón por la que la había elegido: por el recuerdo que contenía.

Para Emeline, las canciones eran como cápsulas del tiempo. Siempre lo habían sido. Cada canción tenía un momento de su pasado atrapado en su interior.

Mientras cantaba «Hallelujah», se olvidó de la cornisa de roca y del bosque.

Esa canción olía igual que el detergente de la ropa en sus almohadas.

Sonaba a la voz grave su yayo, que la cantaba desafinada sentado en el borde de su cama al tiempo que le acariciaba la espalda en círculos reconfortantes para que se relajara y se durmiera.

Tocaba aquella canción a menudo en sus conciertos para mantener la soledad a raya. La tocaba porque la transportaba a un lugar en el que todavía tenía a su abuelo… y en el que él todavía la tenía a ella.

Garra bostezó en cuanto cantó el primer verso, y entonces se ovilló a su lado.

Mientras su cuerpo se ablandaba, sus escamas y sus alas ondeaban poco a poco.

Cuando Emeline cantó el segundo verso, al dragón se le empezaron a cerrar los párpados.

La cola serpenteante se mecía suavemente sobre la roca, lenta y perezosa.

Y cuando Emeline llegó al estribillo, todavía atrapada en el recuerdo en el que su yayo le cantaba para que se durmiera, a Garra se le aflojó la mandíbula y sus labios grises y fláccidos descansaron sobre el suelo, tan a gusto como un gato panza arriba.

La joven siguió cantando.

Solo cuando llegó al final y su voz se apagó hasta alcanzar el silencio, el recuerdo la soltó por fin.

Emeline se aferró a él, trató de retenerlo, porque todavía no estaba preparada para dejarlo ir.

Pero la canción se había terminado y el recuerdo se había esfumado, llevándose algo consigo.

Emeline sintió que brotaba de ella, que la dejaba vacía.

Mientras se despojaba como podía de aquella sensación, los ronquidos de Garra hicieron retumbar la roca bajo sus pies.

Emeline bajó la vista y descubrió que el dragón tenía los ojos cerrados, que su pecho subía y bajaba rítmicamente, y que incluso la lengua gris se le había escapado, fláccida, de la boca medio abierta.

Lo había dormido cantando.

Casi se le escapó una carcajada ante la absurdez de todo aquello, pero enseguida la contuvo.

Todavía no estaban a salvo. Emeline tiró de la cuerda que tenía enrollada a la cintura.

Los nudos de Albar eran tirantes y seguros, pero supo deshacerlos.

Cuando desató la cuerda, se la quitó despacio, con mucho cuidado, para no despertar al dragón, y se dirigió a la entrada del nido de piedra.

En ese momento, una vieja pesadez se le hundió en los huesos, dejándola aplastada y consumida.

Como si la canción le hubiese pasado factura.

«No seas tonta».

Lo que le pasaba era que estaba cansada tras bajar por el despeñadero.

Emeline se detuvo en la entrada y trató de liberarse de aquella sensación antes de meterse en la caverna. El aire frío y húmedo le besó la piel. Susurró el nombre de Albar, pero no le respondió.

Siguió adelante, hasta que tropezó con algo en la oscuridad y estuvo a punto de caerse… Se agachó a mirar.

Había un mar de huesos humanos amarillentos desperdigados a sus pies.

Se puso de pie de golpe y tragó saliva, tratando de contener las náuseas.

«Encuentra a Albar —se dijo—. Y salid de aquí».

Pero cuanto más se adentraba en la cueva, más oscura estaba. No quería despertar al dragón, que seguía fuera, dormido, pero llamó a Albar, alzando un poco más la voz. ¿Se habría caído por alguna grieta? ¿Estaría muerto?

De repente, una antorcha llameó en la distancia, un poco más adentro. El borrón naranja se movía arriba y abajo en la oscuridad, creciendo a medida que se acercaba.

—¿Qué haces? —dijo él—. Estás…

—Garra está dormido —susurró—. Tenemos que irnos. Las partituras no están aquí.

Cuando se acercó más, vio dos llamas gemelas reflejadas en sus ojos. La luz de la antorcha delineaba con sombras negras los contornos de su rostro.

—¿Cómo…?

—No tenemos tiempo. —Lo cogió del brazo y tiró de él hacia la boca de la cueva—. Garra sabía que estabas aquí dentro. Ha dicho que no encontrarías las partituras.

Albar bajó la voz y susurró:

—¿Y dónde está ahora?

Como respuesta, algo se movió en la oscuridad, restregándose contra el suelo de piedra. A Emeline se le puso la carne de gallina, y una sensación de alarma se adueñó de ella. Albar se puso ante ella para protegerla y levantó la antorcha, haciendo que su luz se expandiera.

Cuando las escamas plateadas refulgieron en la oscuridad, Emeline sintió el calor repentino que despedía un cuerpo gigantesco. Y entonces Garra apareció bajo la luz, cerniéndose sobre ellos y enseñándoles los dientes.

Albar empujó a Emeline hacia atrás justo cuando el dragón trataba de asestarle un zarpazo, y fue él quien recibió el golpe en el pecho. Cayó de espaldas contra el suelo lanzando un gruñido.

Garra dio un salto y lo inmovilizó bajo sus garras afiladas. Cuando abrió las fauces, de los dientes empezó a gotearle una espesa saliva.

La antorcha se alejó rodando de la mano de Albar y empezó a apagarse, pero Emeline la cogió y la llama se reavivó.

—¡No! —gritó—. ¡Teníamos un trato!

—Exacto —gruñó Garra—. Me has cantado una canción que no me ha disgustado, así que te dejaré marchar con las partituras. —El dragón miró al recaudador de diezmos, que tenía atrapado entre sus garras y el suelo—. A ti. Pero no a él.

De repente, el cuerpo del dragón empezó a temblar y a contraerse. Mientras convulsionaba, un sonido líquido brotó de su estómago. La baba le borboteaba de los labios.

Parecía un gato a punto de vomitar.

Y eso fue lo que hizo: expulsó una especie de bola de pelo gigante: una cartera marrón oscuro cubierta de baba brillante. Cayó con un golpe sordo a los pies de Emeline.

—Coge eso y vete.

Ella cogió la cartera, tratando de contener las arcadas.

Olía agrio, como a ácidos gástricos, y se le pegaba a las manos como la savia de un árbol.

Desató la cuerdecita baboseada y abrió la tapa de cuero.

Dentro encontró unas hojas blancas de vitelo.

En su superficie translúcida, elegantes notas negras saltaban de una línea a otra, intactas, sin una gota de saliva.

Las partituras del Mago Cantor.

Garra se volvió hacia su presa y lo aplastó más con la zarpa. Emeline miró a Albar, que estaba arqueando el cuello, resistiéndose contra la presión que el dragón ejercía sobre su pecho.

Iba a aplastarlo hasta matarlo.

—¡Espera! ¡Lo necesito! —exclamó—. ¡Tiene que llevarme de vuelta al palacio!

—¿Acaso no hay un ascuaballo esperando en la cima de este despeñadero? Cógelo y vuelve al palacio tu sola. —Garra flexionó las afiladas uñas y un reguero de sangre rojo oscuro empezó a brotar del hombro del muchacho—. Créeme, cantante. A este no lo necesitas.

Tal vez fuera cierto, pero Emeline no podía abandonarlo a su suerte.

Se echó la cartera al hombro y acudió junto a Albar. Agarró con fuerza la antorcha y presionó la llama contra la zarpa con la que el dragón lo tenía atrapado, quemándole la carne escamosa.

Garra siseó y retrocedió cojeando.

—¡Criatura espantosa! —bramó.

Albar cogió aire, respirando de forma entrecortada, y Emeline se arrodilló a su lado. Mientras ella sostenía la antorcha, iluminando al dragón replegado bajo las sombras, se incorporó.

Garra entornó los ojos turbios ante la luz del fuego. Cuando el chico se puso de pie y desenvainó la espada que llevaba a la espalda, el acero se tiñó de rojo a la luz de la antorcha.

—Nos dejarás pasar.

—¿Y si me niego?

Albar apretó los dientes, dejando entrever el dolor que sentía.

—Entonces tú y yo nos mataremos aquí mismo, y Emeline se marchará con las partituras.

Garra siseó de nuevo. Los miró primero a uno y luego a la otra, como si estuviese barajando sus opciones. Al final, reculó.

—Marchaos, pues. No vivirás mucho tiempo, recaudador de diezmos. Lo he visto: la maldición de mi ama engullirá la Ciudad del Rey con todo lo que hay en ella.

Aquellas palabras le helaron la sangre a Emeline.

Albar no envainó su espada; se limitó a tenderle la mano, y cuando los dedos fríos de ella estuvieron entrelazados con los de él, que estaban calientes, avanzó, interponiéndose en todo momento entre la joven y el dragón, que aguardaba expectante y al acecho.

A medio camino hacia la entrada de la cueva, la voz feroz de la bestia dejó de reverberar en las paredes de roca para deslizarse en el interior de la mente de Emeline, como el agua se filtra en la roca.

«Y tú, cantante…».

Ella se detuvo un instante en la entrada y miró atrás antes de salir de la cueva. Un grave rugido resonó a través de las rocas y, desde la oscuridad, el dragón susurró en su mente:

«Ten cuidado con este. ¡Al final te traiciona!».