Trece
—¿Acaso el Rey del Bosque me ha mandado la cena a mi mismísima puerta? —rugió el dragón—. ¡Qué considerado!
A pesar de haber salido a la luz del sol, Garra seguía olisqueando los aires, guiándose por lo que le decía su hocico, y se colocó entre Emeline y Albar, separándolos.
Ella retrocedió despacio para alejarse de sus letales zarpas, pero los guijarros crujieron bajo sus botas y Garra giró la cara de golpe hacia ella. Emeline se quedó quieta como una estatua y el dragón ladeó la cabeza, prestando atención. Como si no pudiera confiar en sus ojos lechosos.
«Es ciego», comprendió.
Garra se puso a cuatro patas, arañando las rocas con las escamas de su barriga. Arrugó los labios en una mueca que pretendía ser una sonrisa, mostrando las encías ennegrecidas y los dientes amarillentos.
—Ahí estás. —El dragón se arrastró hacia ella—. Vaya, vaya, tu olor me resulta familiar. ¿Qué eres?
El pánico le encendió la sangre. La cornisa sobre la que estaba Emeline estaba a punto de terminarse. Si daba unos pasos más, llegaría al borde… No, lo sobrepasaría y se caería.
—Es cierto —intervino Albar desde el otro lado, distrayendo al dragón. Emeline se quedó muy quieta, sin atreverse a respirar, y miró al joven, alto y sereno como un roble—. Nos manda el Rey del Bosque, pero no para que nos comas, que conste. Hemos venido a buscar las partituras del Mago Cantor.
Una ola de contrariedad atravesó la mente de Emeline, como si el dragón le hubiera rugido en el interior de la cabeza. Garra se giró bruscamente hacia Albar y la cegadora luz del sol se reflejó en sus escamas plateadas.
—¿El Mago Cantor? —repitió indignado, casi escupiendo las palabras, mientras se aproximaba al chico—. El portador de la maldición, más bien. ¡Muerto y bien muerto está! Si mi ama no me hubiese ordenado que guardara su música, ahora mismo, ¡de esas partituras no quedarían más que cenizas!
¿El portador de la maldición?
¿Qué significaba eso?
—Entiendo, pero nosotros hemos venido a por esas partituras —insistió Albar, mirando a Emeline a los ojos e indicándole con gestos que volviera a subir. Que trepara por el despeñadero y se pusiera a salvo.
Pero, cuando Emeline dio un paso hacia la pared rocosa, el dragón la oyó y, al recordar lo primero que había llamado su atención, volvió la cabeza hacia ella.
Se quedó quieta otra vez.
—¿Qué es esa criatura de ahí?
A Garra le salía humo negro del hocico.
—Nada que deba preocuparte —contestó Albar, y le dijo a Emeline que se fuera solo moviendo los labios—. Ahora déjame pasar para que pueda cumplir con lo que mi rey me ha encomendado.
—¿Y por qué debería importarme a mí lo que te encomiende ese rey loco? —Era evidente que Garra no tenía ninguna intención de dejarlo pasar—. Y si esa criatura con la que has venido no es nada que deba preocuparme, ¿para qué la has traído contigo?
Estaban en un callejón sin salida. Albar estaba intentando distraer a Garra para que Emeline pudiera escapar, pero era evidente que también tenía un plan para hacerse con las partituras.
Ella pensó que debía ayudarlo haciendo que el dragón se centrara en ella, para que el chico pudiera llevarlo a cabo.
Cogió la áspera cuerda que tenía atada a la cintura. Quedaban varios metros sueltos todavía.
—Soy yo quien necesita esas partituras —dijo, captando toda la atención de Garra con su voz—. Por eso me ha traído.
Albar la miró como diciendo: «¿Eres tonta? Te he dicho que te largaras de aquí».
—¿Tú? —preguntó Garra con un ronroneo, olvidándose del recaudador—. ¿Con qué fin?
Cuanto más se le acercaba Garra, menos vigilada quedaba la entrada al nido de piedra. Como el dragón no podía verla, Emeline le aguantó a Albar la enfurecida mirada y señaló la abertura.
«Yo me encargo. Tú vete».
—Tengo un trato con el rey. —Avanzó de puntillas pegada a la pared rocosa. Si conseguía alejarse del saliente, más allá de la cornisa, tal vez pudiera distraer a Garra y a la vez estar fuera de su alcance—. Si lo complazco con mi canto, dejará libre a mi abuelo.
—Qué curioso…
Cuando miró atrás, Albar ya había desaparecido en el interior de la caverna.
Garra seguía acercándose a paso furtivo, arañando la roca con sus afiladas zarpas con cada paso que daba. Emeline necesitaba alejarse más de él. Y rápido. Pero también tenía que conseguir que el dragón se olvidase unos instantes de vigilar su guarida.
—Mi compañero cree que el rey se sentirá menos dispuesto a matarme si le canto las canciones del Mago. —Acarició la roca, que el sol había calentado, y encontró unas sólidas grietas con los dedos—. ¿Crees que puede ser cierto?
Garra estaba cada vez más cerca. El olor a humo la envolvió por completo.
—El rey está loco. No se debe hacer nunca un trato con un loco.
En fin, para eso ya era demasiado tarde.
Tomó impulso y se alejó del saliente, desplazándose hacia un lado por la roca.
Había aprendido la lección después de su caída anterior, así que se aseguró de comprobar la solidez de cada punto en el que apoyaba los pies.
Cuando Garra llegó al borde de la cornisa, Emeline ya estaba a tres metros de distancia de él, colgada de la pared del despeñadero.
Y como el dragón no podía ver dónde terminaba el saliente, pisó sobre aire. Tropezó y retrocedió enseguida, desplegando las alas llenas de plumas para recuperar el equilibrio.
—¿Adónde has ido, criatura? —siseó, y se volvió hacia Albar.
Si se daba cuenta de que el recaudador de diezmos ya no estaba, sin duda lo buscaría en el interior de su nido y Albar no podría escapar.
Pensando en la advertencia que el chico le había hecho, le soltó:
—¿Y si hacemos un trato tú y yo?
Tras delatar dónde se encontraba con su voz, Garra se volvió de nuevo hacia ella.
—Yo no hago tratos con mi cena —replicó, pero las orejas peludas se le pusieron tiesas, como si estuviera intrigado.
Emeline echó un vistazo tras el dragón, hacia la boca negra de la entrada al nido de piedra. Albar no había vuelto. Necesitaba ganar un poco más de tiempo.
«Sigue hablando».
—Hagamos como que sí. ¿Qué querrías a cambio de las partituras del Mago Cantor?
El dragón entornó los ojos.
—No pienso entregarte las partituras.
Apoyó su peso sobre los cuartos traseros y se sentó como un gato, mirando hacia donde ella estaba.
—¿Y si te demostrara que me merezco esas partituras?
Estaba comenzando a perder la atención de Garra. Aburrido de perseguir una presa imposible de atrapar, empezó a girar el cuerpo hacia el nido. Emeline tenía que recuperar su interés en la conversación. Entonces tuvo una idea ridícula, pero se le escapó de la boca sin que pudiera contenerla.
—Podría cantar para ti.
Garra ladeó la cabeza como un cuervo y movió la cola escamosa de un lado a otro, rascando el suelo de roca del saliente, como si estuviera pensando. Emeline no sabía muy bien si en su propuesta o en cómo cocinarla para cenar. Resultaba difícil de adivinar.
—No te decepcionaré —insistió ella, tratando de ganar tiempo. ¿Dónde narices se había metido Albar?—. Te lo prometo. La música es lo único que se me da bien.
Garra miró atrás, hacia la boca de la cavernosa guarida.
¡Madre mía! Tenía la capacidad de atención de un niño pequeño.
—A ver qué te parece esto: si te gusta cómo canto, me prestarás las partituras durante un tiempo. Solo hasta que me aprenda las canciones.
—¿Y si no me gusta?
—Entonces puedes comerte a mi compañero.
—¿El que está ahora mismo rebuscando en mi caverna como un vulgar ladronzuelo?
Emeline empalideció al recordar lo que Albar le había contado sobre Garra: que podía ver el pasado, el presente y el futuro, pero que a veces los confundía.
El dragón curvó los labios grises en una sonrisa hambrienta.
—Que revuelva todo lo que quiera. No encontrará lo que busca.
Emeline se quedó paralizada, aferrándose con fuerza a la roca con los dedos.
—¿Por qué no?
—Creo que… Te voy a dar el gusto. Juguemos a este juego. Cántame una canción. Si me gusta, no te comeré. Si no me gusta, os devoraré a los dos.
Emeline tragó saliva con fuerza.
—¿Y las partituras?
—Te acabo de ofrecer tu vida. No seas avariciosa.
Seguía sin haber rastro de Albar. ¿Cómo de profunda era esa cueva? ¿Seguiría buscando hasta encontrar las partituras? Si Garra le había dicho la verdad, se pasaría siglos buscándolas. Emeline no podía distraer al dragón para siempre.
Tenía que advertir a Albar, pero no tenía modo de hacerlo. Estaba atrapada en la pared del despeñadero y un dragón se interponía en su camino.
—¿Y bien, criatura? ¿Qué decides?
No podía cantar estando desesperadamente aferrada a la pared de un despeñadero.
—Necesito que me des tu palabra de que no me harás daño antes de que acabe de cantar —le dijo, sin olvidar en ningún momento la advertencia de Albar.
—Tienes mi palabra.
Emeline respiró hondo y se desplazó hacia la cornisa. Se movía despacio, para que Albar tuviera más tiempo. La lutita se desmoronaba bajo sus pies y caía suavemente por la pared del despeñadero.
—Se me está agotando la paciencia —gruñó Garra—. Date prisa, antes de que cambie de opinión.
Cuando hizo pie sobre la roca firme, el dragón se levantó de cuatro patas y dilató los agujeros del hocico, como si estuviera siguiendo su olor.
Se cernía sobre ella igual que un transatlántico sobre una barca de remos; era tan imposiblemente grande, tan descomunal, que le tapaba todo el sol. Emeline tembló bajo su sombra.
—Empieza —ordenó—. ¡Ya!
Los dedos de Emeline echaban de menos su ukelele. Los cerró en un puño. Tendría que arreglárselas sin él.
Se dejó guiar por la costumbre. Hojeó entre los repertorios invisibles de su mente en busca de la canción más adecuada.
De repente, el aire le pareció denso y cargado, como en los momentos en los que se subía a un escenario, antes de empezar a rasguear las cuerdas con los dedos y de proyectar la voz.
Se le encogía el estómago; se le aceleraba el pulso.
Se preguntaba qué clase de público tendría, si conseguiría encandilarlos. Todo dependía de ella y de su voz.
Emeline respiró hondo, cerró los ojos y empezó a cantar.