Un oscuro olvido Doce
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Doce

Tras ponerse la ropa calentita y práctica que él había sacado del armario, Emeline se trenzó el pelo enredado, tratando de expulsar de su mente el recuerdo de hacía unos minutos, cuando él se lo había apartado de la espalda para ayudarla a quitarse el vestido.

Tratando de olvidar la sensación de sus dedos sobre su piel, mientras le desataba los lazos con maestría.

«¿Qué problema tienes? —Fulminó con la mirada su reflejo y se limpió lo que quedaba de polvo dorado de la mejilla—. Es el secuaz del rey y el culpable de que tu yayo esté aquí encarcelado. Déjate de tonterías».

Estaba colorada, así que se tiró agua fría a la cara. Antes de reunirse con Albar en el pasillo, se detuvo un momento y miró la puerta que separaba su habitación y la de su abuelo y se preguntó si debería entrar a darle los buenos días.

«No debe de estar despierto todavía. Y si lo está…».

La noche anterior lo había asustado. No la había reconocido, y tal vez esta mañana tampoco lo hiciera. ¿De qué servía entonces que fuese a saludarlo?

Ignoró la punzada de dolor que le causaba esa pregunta y salió al pasillo, donde la esperaba Albar.

Estaba sentado en el suelo e inclinado sobre una espada.

Tenía la hoja de metal en las piernas y estaba afilando el borde con una piedra.

El acero refulgía cada vez que la frotaba, como si estuviera encantado.

Tenía un aire pensativo, casi triste. Emeline sintió una punzada de ternura, y se descubrió deseando describir en una canción ese momento, un impulso que no había experimentado en mucho tiempo.

Él levantó la vista y la miró.

—Ya estoy lista —anunció ella.

Albar se puso de pie y se envainó la espada a la espalda.

—Acabemos con esto.

Lamento les esperaba en el establo, ensillada y preparada para partir. La yegua negra resopló al verlos llegar y pataleó en el suelo. Una chispa roja llameó en sus ojos dorados, molesta por haber tenido que esperar.

Emeline montó primero con la ayuda de un mozo del establo, y Albar la siguió. Cuando alargó los brazos para coger las riendas, la envolvió su aroma a agujas de pino. Le parecía terriblemente injusto que oliera tan bien, como el bosque en un dulce día de verano.

Se aferró con fuerza a las gruesas crines negras de Lamento y se obligó a recordar quién era él exactamente. El joven que estaba sentado tras ella había atormentado a Edgewood durante toda su vida. Había secuestrado a su abuelo y, a ella, le había mentido descaradamente.

«No lo olvides».

Cabalgaron en un silencio sepulcral y pesado como una piedra.

Cerca del mediodía, cuando ya habían atravesado un interminable bosque plateado, el suelo empezó a inclinarse hacia arriba.

Lamento aminoró la marcha mientras subía entre los árboles enfermos.

Allí, el aire era denso y apestaba a podrido; allá donde mirase, Emeline veía solo muerte, gris y cenicienta.

—¿Por qué es así? —preguntó. Era la primera vez que hablaba desde que habían salido de la ciudad.

Albar se movió.

—¿La Mácula?

Ella asintió. Desde Edgewood, el bosque se veía verde y vivo. Nadie imaginaría jamás la putrefacción que lo invadía por dentro.

—Es por la maldición. Envenena a todos los seres vivos del bosque. Lleva años propagándose desde el corazón del bosque y sigue avanzando hacia el exterior. Cuanta más vida le quita al bosque, más poderosa se hace.

Emeline frunció el ceño, recordando que los árboles habían llamado a la Mácula «territorio maldito». Sin embargo, en ninguna de las historias que había escuchado de pequeña se hablaba de esta maldición.

—¿Cuánto tiempo lleva así?

—Ha sido así toda mi vida.

«¿Y cuánto tiempo es eso?», estuvo tentada de preguntarle. Albar parecía más o menos de su edad. «Si es que los cambiaformas envejecen igual que los humanos».

Aunque no estaba segura de que fuese un cambiaformas. Emeline anotó mentalmente que la próxima vez que estuvieran a plena luz, revisaría su sombra.

—La maldición es la razón por la que el rey es… como es. Está vinculado al bosque, así que lo que envenena al bosque lo envenena también a él. La maldición le ha deformado la mente y lo ha convertido en la criatura horrorosa que conociste anoche.

El bosque se había tornado silencioso a su alrededor. Aparte de la voz grave de Albar, solo se oía el suave ritmo de los cascos de Lamento contra el suelo.

—Él es el único que puede ralentizar el curso de la maldición.

Por eso recoge diezmos de las tierras fronterizas en cada estación.

Cada diezmo es un sacrificio, y los sacrificios encierran poder.

Los diezmos le permiten mantener la maldición a raya, o, al menos, solía ser así.

Cada vez tienen menos efecto: la maldición se ha hecho demasiado poderosa.

Cuando llegaron a la cima de la escarpada ladera, el bosque que veían abajo era un mar gris, aunque en los alrededores de la Ciudad del Rey, una mota blanca en la distancia, seguía siendo verde.

Cuando Emeline miró hacia el norte, hacia Edgewood, no vio ni rastro de su hogar.

Albar bajó de Lamento y las piedras crujieron bajo sus pies.

Se volvió hacia Emeline y levantó los brazos para ayudarla a bajar.

Ella habría preferido hacerlo sola, pero la yegua era tan enorme que hasta los estribos parecían estar a un kilómetro del suelo, así que su cordura prevaleció —no quería caerse de morros en el barro desde tanta altura— sobre su deseo de no necesitar ayuda del recaudador de los diezmos del rey y, a regañadientes, se deslizó hasta el borde de la silla para que, tan a regañadientes como ella, él pudiera agarrarla de las caderas y ayudarla a bajar.

La soltó en cuanto Emeline tocó el suelo rocoso con los pies y ambos se apartaron el uno del otro de inmediato.

Albar miró hacia donde la montaña bajaba en picado, que ahora era un escarpado despeñadero rocoso.

—Garra debería estar dormido cuando lleguemos al nido de piedra, pero si por alguna razón se despierta… —Apretó los dientes, volviéndose hacia ella—. No debes escuchar ni una sola palabra que salga de su boca.

«¿Eh?». Emeline ladeó la cabeza.

—¿Por qué no? ¿Quién es?

Albar cogió la alforja más grande y voluminosa, la abrió y sacó una gruesa cuerda dorada, enrollada y muy larga.

—Él… ve cosas. El futuro, el presente, el pasado…

Pero no sabe discernir cuál es cual. Ya no.

—Se dirigió hacia un tilo de copa frondosa que había cerca del borde del despeñadero, desenrolló la cuerda y ató un extremo en el tronco del árbol—.

Los que se toman en serio sus profecías tienden a volverse un poco locos.

—¿Qué es?

Apoyó una bota en el tilo y tiró fuerte del nudo para comprobar que fuese lo bastante resistente. Satisfecho, se volvió hacia ella.

—Una especie de perro guardián. Tras la muerte del Mago Cantor, la bruja que lo mató quiso evitar que su música volviera a ser escuchada. Garra la tiene aquí guardada.

«Aquí» parecía ser el borde de un despeñadero.

¿Por qué querría nadie destruir las canciones de un trovador?

«¿Por qué querría nadie matar a un trovador?».

Estaba a punto de preguntar por esa bruja homicida cuando Albar fue hacia ella de forma abrupta y le ató el otro extremo de la cuerda a la cintura.

Ella se puso rígida al ver que él la atraía hacia sí, pero cuando se dio cuenta de lo que estaba haciendo levantó los codos para que pudiera ajustarle la cuerda y hacer con ella una especie de arnés.

—Y, sobre todo, que no se te ocurra hacer ningún trato con él.

—Aseguró la cuerda atando un nudo con manos hábiles.

Emeline se fijó en que tenía los dedos de la mano derecha manchados de un gris parecido al del acero.

Le recordó a los de Maisie cuando se pasaba la tarde dibujando las flores en el jardín del abuelo.

«Grafito —pensó—. ¿Será de dibujar?».

—Garra es muy aficionado a los trucos y los juegos, pero nunca juega limpio.

—Cuando terminó de hacer el nudo, tiró fuerte de la cuerda para comprobar que estuviese bien apretado.

Al ver que aguantaba, la soltó y se volvió hacia el borde del despeñadero—.

De hecho, si se despierta, mejor deja que hable yo.

Emeline se acercó a él y se asomó por el borde del despeñadero. Era una pared de piedra gris uniforme que bajaba unos quince metros, donde sobresalía un pequeño saliente de lutita. Por cómo la miraba Albar, aquella cornisa era su destino.

—¿Y tu cuerda? —preguntó ella.

—A mí no me hace falta.

Si no aterrizaba en el saliente, la caída hasta el fondo era de cien o doscientos metros. No es que a ella le importase lo que le pudiera pasar a Albar, pero, por desgracia, lo necesitaba para volver a palacio. Emeline no se veía capaz de montar en ascuaballo sola.

El chico empezó a bajar, colocando los pies en los puntos de apoyo. Fue entonces cuando Emeline se fijó en que llevaba una linterna apagada colgada del cinturón. Debía de haberla sacado de una de las alforjas.

Albar se detuvo un instante y la miró.

—No te caigas, ¿vale?

Ella dio unos golpecitos en el complejo nudo con el que le había atado la cuerda a la cintura.

—Tengo aquí mi fiel arnés.

La cabeza del recaudador desapareció de su vista cuando empezó a bajar de nuevo, pero Emeline seguía oyendo su voz.

—Por muy fiel que sea tu arnés, una caída no sería agradable.

Emeline se arrodilló y se preparó para seguirlo despeñadero abajo.

Se le puso el estómago del revés al ver la caída.

«Puedo hacerlo», se dijo. Pero la verdad es que solo había hecho algo parecido la friolera de una vez.

En clase de educación física. En el rocódromo del gimnasio, con las colchonetas de rigor.

Contó hasta tres y empezó a descender. Se agarró a la cuerda con fuerza, dejando que la sobrante cayera hacia abajo. Se inclinó hacia atrás y, muy despacio, comenzó a bajar por el despeñadero haciendo rápel, dejando que la cuerda se deslizara por sus manos. El sol le abrasaba la nuca.

Solo había alcanzado la mitad del camino cuando los brazos y las piernas empezaron a arderle por el esfuerzo.

Nunca utilizaba esos músculos, un hecho que comenzó a resultarle de lo más evidente.

Poco después, cuando ya le sudaban las manos y ya le habían empezado a temblar los brazos, la cuerda se le resbaló por las palmas de las manos y le abrasó la piel.

Y como, a la vez, seguía deslizándose hacia abajo, también perdió el pie, que hasta entonces había tenido apoyado con firmeza sobre la pared de roca.

Para no caer de golpe, alargó una mano para agarrarse del despeñadero rocoso.

—¡Emeline!

Había logrado aferrarse a un pequeño asidero.

Decidió abandonar la cuerda y metió la otra mano en la hendidura.

Estaba pegada a la pared, colgando peligrosamente de las alturas.

Mientras trataba de encontrar puntos de apoyo para los pies, sin conseguirlo, del despeñadero se desprendían pequeñas rocas que bajaban rodando.

«Mierda, mierda, mierda».

Se aferró desesperadamente a la fisura rocosa en la que se había sujetado, pero los brazos le temblaban y le ardían de cargar con todo el peso de su cuerpo.

—Aguanta. —La voz de Albar se oía más cerca—. Ya voy…

Se estaba empezando a resbalar. Emeline apretó los dientes, miró la cuerda que se balanceaba a su lado y se preguntó si tratar de cogerla sería una buena idea. Si no lo lograba, no volvería a presentársele la oportunidad de sujetarse.

«Por muy fiel que sea tu arnés, una caída no sería agradable».

Emeline cerró los ojos con fuerza, consciente de que sus fatigados músculos no podrían aguantarla mucho más. Y esta vez, cuando se le resbalaron las manos sudadas, la roca se separó por completo de las puntas de sus dedos.

Y cayó… justo encima de Albar.

El muchacho se quedó sin aire en los pulmones cuando el cuerpo de ella colisionó contra el suyo.

De algún modo, se las arregló para agarrarse de la cuerda con una mano y cogerla a ella de la cintura con la otra mientras se precipitaban al vacío.

Cuando, por el impulso de la caída de ella, se estamparon contra la pared de roca, fue Albar quien se llevó la peor parte del impacto, pues la tenía apretujada y protegida contra él.

Siguió agarrado a la cuerda mientras, poco a poco, se detenían.

Se quedaron colgando en el aire, balanceándose de un lado al otro. Emeline se dio cuenta del esfuerzo que a él le costaba sostenerlos a los dos, y supo que sus músculos no podrían aguantar mucho más tiempo. Y él no tenía ningún arnés que pudiera salvarle de la caída.

Humillada por su inutilidad, tanteó la pared de roca con un pie, buscando un punto en el que apoyarse para aligerar un poco el peso con el que él cargaba.

—Lo estás haciendo muy bien —la animó Albar con los dientes apretados y la cara enterrada en su pelo. Casi no le quedaban fuerzas.

—Mira que eres mentiroso.

La boca de él se curvó, pegada a su cuello, en una sombra de sonrisa. Por alguna razón, eso le dio fuerzas. Se cogió de la cuerda de nuevo y plantó los pies en la pared.

Tras recuperar su posición, Emeline exhaló un suspiro tembloroso.

—Vale. Ya estoy bien.

Albar le soltó la cintura y, agarrándose a la cuerda, logró encontrar puntos de apoyo en la roca para las manos y los pies.

Cuando volvió a sentirse seguro en sus agarres de la pared del despeñadero, cerró los ojos y apoyó la frente en la lutita, tomándose un segundo para recuperarse antes de continuar el descenso.

Emeline lo siguió, y cuando por fin hizo pie en el saliente rocoso, apoyó el cuerpo dolorido contra la roca caliente y exhaló un suspiro de alivio.

—Gracias —susurró.

Al ver que Albar no respondía, se volvió y lo vio de cara a una caverna oscura, tan ancha y tan alta como una casa pequeña.

«El nido de piedra», pensó ella. Y, justo cuando él se llevaba un dedo a los labios, una forma gigantesca empezó a emerger poco a poco de la oscuridad, resplandeciendo bajo los rayos del sol.

Emeline lo miró boquiabierta.

Lo primero en brotar desde las sombras fue un morro con grandes colmillos plateados y unos agujeros de la nariz que olisqueaban el aire.

Solo ese hocico era ya más o menos del tamaño de su coche.

Luego salió el resto de la cabeza, con unos ojos blancos y lechosos y unos mechones de pelo donde deberían estar las orejas.

¿Era… Garra?

Si lo era, estaba despierto y bien despierto.

Las patas gigantescas también estaban llenas de pelos y terminaban con unas afiladas zarpas que a Emeline le recordaron las de un león.

Sin embargo, tenía unas alas como de lechuza de las nieves, cuidadosamente plegadas a los lados, y el cuerpo cubierto de plumas y escamas del color de las monedas de plata.

Un perro guardián, le había dicho Albar.

Más bien un dragón guardián.