Once
A la mañana siguiente, alguien la despertó llamando a su puerta. Emeline se tapó la cabeza con las mantas y deseó que el ruido parase. Tras los horrores del día anterior, lo que le apetecía era dormir durante unos cien años. Quería soñar hasta que todo aquello no hubiera ocurrido nunca.
Pero quienquiera que fuese no solo no paró, sino que empezó a aporrear la puerta.
Se obligó a abrir los ojos pesados y soñolientos y apartó las mantas blancas. El sol dorado apenas empezaba a asomar sobre los árboles que se veían a través de la ventana. El amanecer. La hora a la que acostumbraba a meterse en la cama.
—Vete, por favor —protestó con voz ronca. Se dio la vuelta y se puso un cojín encima de la cabeza.
Pero los golpes continuaron.
Emeline gimió, se quitó las mantas de encima y obligó a su cuerpo cansado a salir de la cama. A medio camino hacia la puerta, pasó por delante de un espejo y se detuvo en seco.
Entornó los ojos y miró de hito en hito a la pesadilla que le devolvía la mirada desde el espejo. Se había quedado dormida con el vestido dorado pálido puesto, que se había convertido en una maraña de tela arrugada. La larga melena negra estaba tan enredada como el nido de un pájaro, y la cara…
«Qué horror».
Las sombras profundas y oscuras que tenía bajo los ojos no eran lo peor, ni mucho menos. Tenía polvo dorado en la mejilla izquierda; en la derecha, las marcas de la almohada.
Contempló brevemente la posibilidad de ponerse presentable, pero decidió no hacerlo. La gente que aporreaba la puerta de otra gente a estas horas merecía encontrarse con pequeños horrores como ese. Apretó los dientes y abrió.
Albar Fell estaba de pie detrás del umbral mirándola con mala cara y los brazos cruzados.
Al parecer, él tampoco era buen madrugador.
—¿Qué haces aquí? —Trató de sonar cáustica, pero su voz sonó ronca y blanda debido al sueño.
A él se le oscureció la mirada al reparar en el vestido arrugado, el pelo enmarañado y el desastre de sus mejillas: una dorada y la otra llena de marcas de la almohada. Seguro que también tenía la cara manchada de baba. Se limpió la boca a toda prisa.
—¿Dónde están tus asistentas? —Echo un vistazo a la alcoba y luego, para su sorpresa, entró sin que ella lo invitara—. Les dije que te despertaran antes del amanecer. Deberías estar vestida ya.
Emeline se apartó de su camino enseguida mientras trataba de obligarse a despertarse del todo. Negó con la cabeza y señaló a la puerta.
—Largo de mi habitación, capullo mentiroso.
Él hizo caso omiso y se acercó al armario de madera oscura de la esquina.
Tenía las puertas reforzadas con placas de cobre y unos elegantes grabados de flores de milenrama en la superficie.
Emeline se lo quedó mirando mientras él abría las puertas y empezaba a rebuscar en el interior con movimientos calmados y eficientes.
—¿Quieres salvar a tu abuelo o no? —Ella cruzó los brazos sobre el corpiño de su vestido arrugado, sin responder—.
Yo puedo echarte una mano. —Vio una prenda de ropa que debió de gustarle, porque la sacó—.
La mayoría de los trovadores del rey no duran más que unas pocas semanas. Algunos solo unos pocos días.
«¡¿Unos pocos días?!».
—Si quieres sobrevivir, necesitas algo de ayuda —añadió.
—¿Qué clase de ayuda? —preguntó Emeline.
—El rey tuvo un trovador preferido hace tiempo. Un humano con una voz mágica. Se le conocía como el Mago Cantor. Murió hace mucho tiempo. El rey lleva buscando a alguien que lo reemplace desde entonces.
—No entiendo qué tiene que ver esto conmigo.
Albar le tendió un par de mallas de lana gruesa con dos largos parches de cuero en la cara interna de las piernas.
—Ponte esto. —Al ver que Emeline seguía de brazos cruzados, la fulminó con la mirada y bajó la mano en la que tenía las mallas—. Cuanto antes te vistas, antes nos podremos ir. Si queremos estar de vuelta antes de que caiga la noche, tenemos que salir ya.
—¿Tenemos? —preguntó ella incrédula—. No pienso ir a ninguna parte contigo. —«Porque eres un capullo y el culpable de que tengan prisionero a mi yayo, para empezar».
—No seas estúpida. El rey es más cruel cada día que pasa. Si quieres albergar alguna esperanza de salir de aquí con vida, necesitamos ir a buscar las partituras del Mago Cantor hoy mismo. Tienes que aprendértelas antes de tu primera actuación.
Emeline negó con la cabeza.
—No sé leer partituras. Solo sé tocar y cantar de oído.
Él ni se inmutó.
—Alguien te las enseñará.
Ella frunció el ceño.
—¿Y si estás equivocado con todo esto?
Él guardó silencio unos segundos, pero no la miró a ella. Siguió mirando el armario mientras la luz del sol se colaba a través de las ventanas y le iluminaba cálidamente la piel.
—He visto morir a montones de trovadores por ofensas tan nimias como desafinar en una sola nota. O por olvidarse medio verso. O por vestirse de un color que al rey no le gustaba especialmente ese día en concreto.
«Esto… ¿qué?». Aquel era un dato de vital importancia que a Corvus se le había olvidado mencionar.
—El rey está loco y añora a su Mago Cantor, un hombre que lleva años muerto. Por eso solo acepta a hombres humanos como cantantes. Hasta que has llegado tú. Gracias a Corvus. —Albar se pasó una mano por la frente—. Si quieres sobrevivir, esta es tu mejor opción.
Emeline, consciente de que era la opción más inteligente, asintió.
—Está bien. Dime dónde están esas partituras y yo misma iré a buscarlas.
Albar sacó dos prendas de ropa más, una camisa color azafrán y un jersey marrón oscuro.
—En llegar hasta allí se tarda medio día a ascuaballo y tres días a caballo. No llegarás sola y nadie más está dispuesto a acompañarte, créeme. No al nido de piedra. Vístete.
Emeline se cruzó de brazos con más vehemencia.
—No pienso ir a ningún sitio con alguien que me ha mentido a la cara, como has hecho tú.
Sacó una última prenda de ropa del armario; eran un par de calcetines de lana grises, que tiró al montón.
—Si hubieras hecho caso de mis mentiras, no estarías metida en este lío.
Emeline lo fulminó con la mirada. El cuerpo entero le vibraba de ira.
—Estoy metida en este lío por tu culpa. Tú eres el recaudador de los diezmos. Podrías haber decidido que el que había entregado mi abuelo, fuera lo que fuese, era suficiente. O podrías haberte llevado otra cosa. ¡No tenías por qué llevártelo a él!
Era lo que el recaudador había hecho toda su vida: castigar a sus vecinos cuando consideraba insuficientes los diezmos. Robarles los caballos, o el ganado, o los abuelos. Infligir dolor porque podía hacerlo.
Pero su yayo había pagado diligentemente todos sus diezmos desde que Emeline tenía memoria. Y ahora que era viejo y se olvidaba de las cosas, ¿este capullo lo castigaba?
—Que sepas que te hago responsable a ti —gruñó ella—. De todo.
—Ya, claro. —Albar hizo una mueca, con la mirada perdida en el interior del armario—.
Porque tengo yo la culpa de que volvieras al bosque inmediatamente después de que yo te dijera que te marchases.
Tengo yo la culpa de que te plantaras ante un rey maldito a pedirle que te devolviera un diezmo.
Y también tengo yo la culpa, cómo no, de que ofrecieras tu vida a cambio de Ewan Lark.
Sí, salta a la vista. Toda la culpa es mía.
Emeline apretó los puños.
Él se dio la vuelta y cruzó la estancia en tres zancadas para plantarse ante ella. De su cuerpo irradiaba un calor como el del fuego de leña.
—¿Sabes qué más veo muy claro? —prosiguió, mirándola enojado—. A una chica que está con el agua al cuello y que es demasiado tonta para darse cuenta.
Dio un paso hacia ella, trayendo consigo el olor del bosque, además de aquel calor delicioso. A pesar de todo, Emeline sintió ganas de acercarse a él.
Pero hizo caso omiso de aquella sensación.
—Nadie más puede ayudarte a conseguir la música del Mago Cantor.
—Su voz entrañaba una advertencia—. Y si no la consigues, no podrás aprenderte sus canciones, y si no cantas esas canciones ante el rey, y lo complaces al hacerlo, tu calavera será una más en el muro de los trovadores que cayeron antes que tú.
Y así seguro que no conseguirás llevarte a tu abuelo a casa. ¿Es eso lo que quieres, Emeline Lark?
Ella abrió y cerró la boca. Se tragó la ira y apartó la vista hacia las ventanas.
Pensó que su nombre encajaba con él a la perfección. Los espinos albares eran desagradables, horribles árboles llenos de pinchos. Igual que él.
Y, sin embargo, parecía que estaba intentando ayudarla.
Cayó en la cuenta entonces de que también había tratado de echarle una mano la noche anterior, cuando la había engañado para que se marchara del bosque.
Pero no por ello tenía que caerle bien. No tenía que perdonarle por haberse llevado a su abuelo de casa y haberlo traído a ese espantoso lugar.
Pero sí que podía aceptar su oferta si así conseguía sacarle de allí.
Apretó los dientes y dijo:
—Dame la ropa.
Él esbozó una sonrisilla, como si hubiese ganado una gran batalla. A ella le hervía la sangre.
Se vestiría, por supuesto que sí. Iría con él en busca de esas partituras y seguiría su consejo. Se aprendería las canciones de aquel hombre muerto, las cantaría para complacer al rey… y luego, cuando su abuelo estuviese a salvo, escaparía.
«No es más que esto —se dijo—. Un paso más para volver a casa».
—Date la vuelta —le pidió tras coger el montón de ropa.
Él inclinó la cabeza en una especie de reverencia burlona, pero hizo lo que le pedía.
Cuando estuvo de cara a la pared, Emeline se volvió hacia la ventana y dejó la ropa sobre la cama.
Sin embargo, cuando empezó a tirar del vestido para quitárselo por la cabeza, se dio cuenta de que no podía: los lazos de la espalda estaban atados con demasiada fuerza.
Trató de desatarlos con desesperación, contorsionándose y doblando los brazos primero por debajo y luego por encima de los hombros, tratando de llegar. Desesperada por llegar.
Pero no llegaba.
—¿Pasa algo? —preguntó él con impaciencia.
Emeline sintió una oleada de vergüenza al comprender lo que necesitaba: ayuda. Apretó la seda del vestido con los puños y cerró los ojos.
Él debió de percibir que se estaba ahogando en su propia humillación, porque lo oyó volverse.
—Vaya —dijo al cabo de un instante—. Ya veo dónde está el problema. ¿Necesitas ayuda?
Emeline respiró hondo y se volvió. Vio su reflejo en el espejo y la mirada de él en la espalda del vestido.
—Si te ves capaz, por supuesto —replicó como si tal cosa.
Él enarcó una ceja, como si ella lo hubiera desafiado. Y, sin decir nada más, cruzó la estancia. Cuando llegó hasta ella, sintió que el calor de su cuerpo se le propagaba por la espalda. Estaban frente a la cama, cuyas cortinas abiertas revelaban las ventanas que daban al jardín.
Primero le apartó el pelo. Emeline dejó la mirada fija al frente, sintiendo cómo la mirada de él se deslizaba por su cuerpo hasta detenerse en su nuca.
Después empezó con los lazos. Ella notó el tacto caliente de sus dedos sobre su piel mientras los desataba, sin prisa, pero sin pausa.
Sabía muy bien lo que hacía. Se preguntó si estaría acostumbrado a ayudar a chicas a quitarse la ropa.
Pero enseguida enterró ese pensamiento bien hondo, donde pudiera marchitarse y desaparecer.
Cuando el corpiño ya estaba del todo aflojado, se detuvo y bajó las manos. Aunque no se apartó. Y, cuando habló, también su aliento caliente le acarició el cuello.
—¿Puedes seguir tú sola? —le preguntó. Ella asintió en silencio—. Pues te espero en el pasillo.
Cuando se marchó, el frío la asaltó al instante.