Un oscuro olvido Diez
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Diez

Corvus la llevó a unos oscuros aposentos iluminados por docenas de velas. Las llamas arrojaban luz sobre una cama de cuatro postes con unas cortinas blancas. Su aspecto mullido la llamaba, recordándole que no había dormido en cuarenta y ocho horas.

Al lado de un banquito empotrado en la ventana, lleno de cojines dorados y verdes, había un escritorio, y, en la pared frente a la cama, varios instrumentos musicales colgaban de soportes de cobre.

Había un surtido de guitarras y ukeleles que parecía no terminar nunca, como si hubieran diseñado la colección solo para ella.

Se obligó a apartarse y no dejarse llevar por su belleza.

«Al menos será una cárcel cómoda».

En el centro de la estancia la esperaban tres asistentas de diversas formas y tamaños: alta y fornida, esbelta y ágil, baja y rechoncha.

Los colores de su piel iban del marrón oscuro al blanco perla.

En cuanto Corvus se marchó, las tres mujeres la agarraron de las muñecas y la llevaron al cuarto de baño.

—No…, un momento… Se suponía que iba a ir a ver a mi abuelo…

Emeline trató de resistirse durante todo el trayecto hasta la bañera de cobre, donde la desnudaron y la obligaron a meterse en el agua caliente con aroma a rosas.

Cuando la arrojaron al interior de la bañera, el agua salió propulsada hacia arriba y rebosó por los bordes, salpicando los azulejos del suelo.

En la superficie flotaban suaves pétalos de color rosa que se arremolinaban alrededor de los hombros y las rodillas.

Le metieron la cabeza debajo del agua.

Emeline salió a la superficie, escupiendo y tratando de coger aire.

Cuando intentó escapar, contraatacaron haciendo lo mismo una y otra vez, hasta que se rindió y dejó que la bañaran. Le enjabonaron el pelo lleno de barro seco hasta que la espuma se le metió en los ojos. Le frotaron la piel hasta dejársela roja e irritada.

—¿Dónde está mi abuelo?

No le hicieron ningún caso.

Después de secarla con la toalla, Emeline les permitió a regañadientes que le pusieran un vestido dorado pálido que llegaba hasta el suelo y que tenía en el corpiño una delicada cenefa de flores de álamo.

Las hojas, bordadas con hilo de marfil, se deslizaban suavemente por el cuello barco, como si los suaves soplidos del viento las hubiesen colocado allí.

Estaban bordadas con una delicadeza tal que casi le daba la sensación de que se movían.

Después las mujeres le trenzaron el pelo negro y se lo recogieron en un moño en la nuca, trenzando en él ramitos de flores de encaje de reina.

Por último, le cogieron la mano en la que se había cortado y le pusieron un ungüento con cuidado, para luego vendársela con unas gasas de algodón blanco que sujetaron con un broche de oro.

—Listo —dijo la asistente rechoncha de piel canela. Su voz era como la lluvia en verano. Emeline creyó ver una sombra de sonrisa en sus labios cuando la volvió hacia el espejo dorado—. Mírate.

Y, en aquella superficie pulida y empañada, Emeline vio a una desconocida. No había ni rastro de la música pobre que necesitaba desesperadamente unos vaqueros nuevos, la que se ponía la rebeca demasiado grande de su abuelo para tenerlo cerca y casi nunca se acordaba de cepillarse el pelo.

La chica del espejo parecía salida de un cuento de hadas. Sus ojos eran como dos pozos negros en su pálido rostro, y tenía las mejillas espolvoreadas de colorete dorado para que hicieran juego con el vestido.

Estaba muy rara. Parecía otra.

Su imagen le recordó que, hacía mucho tiempo, ella también había creído en todas las historias que se contaban en Edgewood, igual que su yayo, y que Maisie, y que todos los demás.

«¿Cuándo dejé de creer en ellas?», se preguntó.

No se acordaba.

Mientras sus asistentas contemplaban exultantes su obra y asentían, complacidas, la mujer blanca y esbelta abrió la puerta que daba a las habitaciones adyacentes. Las otras dos le pusieron unas zapatillas de seda blanca y la llevaron a la puerta.

Al otro lado montaban guardia dos setonelas. Ambos se llevaron un dedo a los labios.

Al cabo de un instante, Emeline comprendió por qué.

Unos fuertes ronquidos resonaban en la habitación, que estaba calentita y llena de plantas verdes.

En una mesita había un montón de periódicos y una baraja de lo que parecían cartas viejas.

Cerca del fuego que crepitaba en la chimenea, acurrucado bajo una gruesa manta azul, un hombre con el pelo gris dormía en una mecedora.

Tenía la cabeza echada hacia atrás y la boca abierta.

«¡Yayo!».

Emeline entró en la habitación con cuidado de no hacer ruido. Olía a pícea. Se fijó en lo mucho que había adelgazado los últimos años. Tenía la piel cetrina como la cera de una vela, y el color de su pelo se había desvanecido.

Aun así, solo de verlo, sintió que el corazón se le iba a salir del pecho.

Solía hacer eso cuando ella era pequeña. Agotado después de haber pasado el día trabajando en los viñedos, caía redondo frente al televisor después de cenar y se quedaba dormido en su sillón, para luego despertarse desorientado y de mal humor a la mañana siguiente.

Se le veía tan en paz que no quiso asustarlo.

No después de la noche aterradora que había tenido.

Así que, en lugar de despertarlo, acercó la otra mecedora y se sentó con él a mirarlo dormir.

Tenía las manazas juntas, salpicadas de manchas de vejez y llenas de venas que fluían como ríos bajo su piel, testigos de toda una vida de trabajo duro.

Una vida que podía leerse en su cuerpo si sabías cómo. Y Emeline sabía. Amaba cada una de las arrugas del rostro de su abuelo, cada mancha de su piel. Amaba la fuerza de sus brazos cuando la abrazaban, apretujándola tanto que la dejaba sin respiración.

«Te echo de menos —pensó con los ojos llenos de lágrimas—. No sabes cuánto».

Pero no era a aquel hombre al que echaba de menos, sino al que había sido.

El que recordaba su nombre, al que se le iluminaban los ojos cuando la veía.

El que le preparaba té de menta cuando tenía un mal día y le cantaba nanas cuando tenía miedo de la oscuridad.

El que la llevaba a la cama cuando se quedaba dormida junto al fuego.

Pero aquel hombre ya no estaba.

Emeline se mordió el labio, tratando con todas sus fuerzas de no echarse a llorar, y se puso de pie. Tras apagar todas las lámparas, salvo una, volvió junto a su abuelo y se inclinó sobre su forma dormida. El pelo canoso todavía le brillaba, mojado después del baño, y la piel le olía a jabón.

—Ahora me toca a mí cuidar de ti —susurró. Lo había hecho fatal hasta entonces, pero estaba decidida a hacerlo mejor.

Se inclinó y le besó la cabeza con afecto.

Los ronquidos se interrumpieron. El anciano se despertó de golpe y se incorporó en la tumbona.

—¿Qué…? —Se apartó de ella, mirándola confundido—. ¿Quién eres? ¿Qué… qué haces aquí?

Emeline retrocedió enseguida, consciente de que había cometido un error. Lo había asustado, y ahora, sin la luz de las lámparas, el pobre no veía bien.

—Soy yo. —Intentó sonreír, con la esperanza de que él oyera la sonrisa en su voz—. Emeline.

Arrugó la frente, nervioso.

—¿Quién?

—Emeline. Tu…

—¡Eres uno de ellos! —Se aferró a la manta con las manos salpicadas de manchas, arrugándola con fuerza, temblando de forma casi imperceptible. Como si le tuviera miedo.

Una inquietud gélida empezó a extenderse por su piel.

—No, yayo. Soy…

Él miró a todas partes con los ojos muy abiertos, buscando entre las sombras.

—¿Rose? —Le temblaba la voz. Sin embargo, allí solo estaban ellos dos, así que solo le respondió el silencio—. ¡Rose!

Ella se estremeció al oír el nombre de su madre.

No la había conocido. Emeline apenas tenía una semana cuando Rose la había abandonado. Se había marchado en mitad de la noche, sin llevarse nada, ninguna maleta; sin dejar ninguna nota. Ewan Lark se había encontrado a la recién nacida sola en su casa, chillando en la cuna.

El hombre trató de levantarse de la mecedora, y ella no sabía si acercarse a ayudarlo, porque temía asustarlo más.

—Rose no está —le dijo con amabilidad—. Se fue, ¿te acuerdas? Rose nos dejó hace diecinueve años.

Emeline quiso tragarse sus propias palabras en cuanto terminó de pronunciarlas.

No había dicho lo más adecuado.

Iluminado por las llamas que danzaban en la chimenea, el rostro de su yayo cambió, tornándose blanco de miedo. Se levantó de la mecedora, se tropezó y estuvo a punto de caerse. La silla se balanceaba con furia por su ausencia.

—Estoy esperando a mi hija —dijo, retrocediendo hasta un rincón—. Rose va a venir a llevarme a casa. Solo quiero irme a casa. ¡Por favor! ¡Dejadme en paz!

La pena se le clavó como un cuchillo. Intentó decirle de nuevo que era su nieta, pero cuando vio su mirada de terror, se le quebró la voz y comenzó a temblarle la barbilla.

Emeline podía decírselo todas las veces que quisiera, que no serviría de nada.

—Por favor, ¡no te me acerques! —Alzó las manos temblorosas—. ¡Aléjate de mí!

Los guardias de la puerta avanzaron hacia él.

—No —les dijo Emeline, alzando las manos—. Por favor. Me iré. Es a mí a quien le tiene miedo.

Y, antes de que las lágrimas calientes empezasen a rodar por sus mejillas, dio media vuelta, abrió la puerta que separaba sus habitaciones, salió y la cerró con fuerza. Respiró una bocanada de aire y se dejó caer contra la madera.

«El hombre al que tanto querías ya no está, Emeline».

Apartó la voz de Joel de sus pensamientos.

«No es culpa suya —se dijo, agarrándose de los brazos y abrazándose con fuerza—. Está asustado».

Pero ella también lo estaba. No hacía tanto, era su yayo quien ahuyentaba sus miedos. Quien le decía que no estaba sola. En un tiempo en el que estaban solo ellos dos contra el resto del mundo.

Pero ahora…

Presionando la puerta con la espalda, Emeline se dejó caer hasta dar con el suelo de piedra. Se llevó las rodillas al pecho y enterró la cara en el suave vestido de seda.

Y entonces la anegó una abrumadora oleada de soledad.

«Yo también quiero irme a casa», pensó.

¿Tan malo era aquel anhelo, aquel deseo ferviente de que alguien la estrechara entre sus brazos y le dijera que todo iría bien? ¿Era una señal de debilidad querer que la cuidaran, solo por un día, o una hora, o cinco minutos, aunque fuera? Como su abuelo la cuidaba a ella. Antes.

La inundaron los recuerdos de su antiguo yayo.

El que no era solo un abuelo, el que también era un padre, un maestro y un amigo.

Fuerte y severo, cariñoso y tierno. Lo recordó limpiándole y vendándole una rascada en la rodilla.

Dejando que se quedara dormida en sus piernas mientras veían juntos una película y llevándola luego a la cama.

Enseñándole a podar y recoger uvas. Esforzándose al máximo por no llorar mientras ella se marchaba para perseguir el sueño de su vida.

Lo más extraño era que, todas las noches que ella se quedaba dormida en su regazo, él le susurraba: «Un día te olvidarás de mí, patito».

Qué equivocado estaba.