Nueve #3
Su abuelo se volvió al oír su voz. A juzgar por su mirada y su expresión sobresaltada, no la reconoció. El terror le tenía la mente demasiado nublada.
—A… ayúdame —rogó.
Emeline trató de zafarse del guardia, pero la fuerza de sus brazos la tenía atenazada, forzándola a quedarse quieta. Miró a los ojos a su abuelo y se obligó a hablar con seguridad y calma.
—Todo irá bien. Yo te llevaré a casa. Te lo prometo.
Le dieron un empujón. El hombre tropezó y se miró los pies, frágil y tembloroso. Emeline contempló cómo lo sacaban de la arboleda y se lo llevaban por el camino iluminado, hasta que desapareció en la noche.
El guardia la soltó en cuanto los perdieron de vista. Fue entonces cuando acusó el impacto de lo que acababa de ocurrir y le cedieron las piernas. Se desplomó en el frío suelo, plantando las manos en el barro.
«¿Y si fracaso?».
No podía fracasar; eso le había quedado claro. Emeline necesitaba dar con un modo de complacer al rey y demostrarle su valía, al menos durante el tiempo suficiente para salvar a su yayo.
Y luego necesitaba escapar de allí.
«Eres una música profesional —se dijo—. Puedes hacerlo».
—Emeline, si estás lista —dijo Corvus agachándose a su lado—, te llevaré a tus aposentos.
Miró su pálido rostro. En sus ojos marrones brillaba algo parecido al arrepentimiento.
—Tú… —Cerró los puños en el barro—. Este era tu plan desde el principio.
—Algo parecido, sí.
—Pero ¿por qué?
—Quieres salvarlo, ¿no? Esta es tu única opción.
Los interrumpió un movimiento repentino que percibieron con el rabillo del ojo. La muchedumbre de cortesanos empezó a murmurar.
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó una voz áspera y suave a la vez.
Emeline miró hacia la multitud y vio que estaba dispersándose para abrirle paso a alguien que le resultaba familiar. Pelo de color arce oscuro, ojos como rocas de río. Era el mismo joven que había conocido en el bosque aquella noche, el que cabalgaba en el ascuaballo. El que le había mentido.
Al ver a Emeline, se paró en seco. Se quedó rígido, tenso.
Ella se puso de pie. La tierra le cayó de entre los dedos.
—Emeline, este es Albar Fell —dijo Corvus, incorporándose junto a ella—. El recaudador de los diezmos del rey.
A la joven se le paró el corazón.
¿El recaudador de los diezmos?
Pero eso significaba…
Significaba que ese mismo joven era quien se había llevado a su abuelo. Era quien había dejado la prenda en la almohada de su dormitorio y quien, cuando Emeline se la había sacado del bolsillo para demostrar que había sido secuestrado, había fingido no reconocerla.
El que le había asegurado que su yayo no estaba en el bosque. El que le había dicho que lo estaba buscando en el lugar equivocado.
¿Cuántas veces le había mentido en una sola noche?
La sangre se convirtió en fuego en sus venas.
—No se lo dijiste —murmuró Corvus al ver la mirada asesina de Emeline.
Ella, temblando de ira, señaló con furia al recaudador de los diezmos, que la miraba con sus ojos grises.
—Esto es culpa tuya, cabrón.
Si él no se hubiera llevado a su yayo, ninguno de los dos estaría allí en ese momento, ni serían prisioneros del Rey del Bosque.
Nada de todo aquello habría ocurrido.
—¿Culpa mía? Si tú… —Albar se calló al reparar en sus ropas cubiertas de barro y el corte ensangrentado de su mano izquierda. Frunció el ceño y se volvió hacia Corvus, que estaba igual de enlodado que ella—. ¿Has sido tú quien la ha traído?
De repente, una chica se puso al lado de Albar.
Sería de su misma edad. Tenía el pelo castaño rojizo recogido en una trenza despeinada.
Era alta y delgada, y sus ojos dorados refulgían en la oscuridad.
A su espalda, llevaba dos largas espadas colgadas en cruz, y las mangas de su camisa de color óxido estaban arremangadas hasta los codos.
Parecía casi salvaje, más fiera que chica.
Emeline echó un vistazo a su sombra y, cómo no, la forma oscura que había tras ella tenía orejas de lobo y unos afilados colmillos.
Una cambiaformas.
—Emeline —dijo Corvus—, esta es Sable Thorne. Sable, te presento a Emeline Lark. La nueva cantante del rey.
—¿Qué? —dijeron Sable y Albar al unísono; la primera, sorprendida; el segundo, furioso.
Con la rapidez del viento, Sable agarró a Corvus por las solapas del abrigo, casi levantándolo del suelo.
—Pero ¿qué has hecho?
Él se mostró imperturbable, como si estuviera acostumbrado a que esa cambiaformas lo zarandeara. Emeline no habría sabido decir si eran buenos amigos o enemigos mortales.
—Me encantaría poneros al día, pero estoy seguro de que Emeline tendrá ganas de ir a ver a su abuelo.
—¡Corvus!
—Si nos disculpáis… —Se quitó las manos de Sable de encima, se volvió hacia Emeline, la agarró del codo con suavidad y se la llevó.
Ella se volvió un instante para fulminar con la mirada a la persona responsable del lío en el que estaba metida. «Te haré pagar por esto».
Él le aguantó la mirada y se pasó ambas manos con el pelo, inquieto, con un aspecto mucho menos seguro que antes. Como si la presencia de Emeline allí no fuese solo indeseable, sino algo mucho peor.