Un oscuro olvido Nueve #2
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Nueve #2

El Rey del Bosque seguía mirándola de hito en hito, con los ojos entornados.

—¿Y estas cosas valen lo mismo que tu abuelo?

«¿Qué?».

—Pues claro que no. No.

Nada valía tanto como su yayo. De eso se trataba. Esa era la razón por la que estaba allí, pidiendo que se lo devolvieran.

Pero ¿qué más podía ofrecer?

—Tengo una propuesta —intervino Corvus, que estaba detrás de ella.

El rey no apartó la vista de Emeline. Su incesante atención le ponía la carne de gallina.

—Adelante.

El cambiaformas dio un paso al frente y se puso al lado de la chica. Se apartó el pelo negro de los ojos y dijo:

—Sé de buena tinta que Emeline es una cantante con cierta reputación.

El rey se volvió hacia Corvus.

—¿Es eso cierto?

Ella estaba a punto de responder que sí, que se ganaba la vida cantando, pero enseguida se contuvo.

¿Y si el Rey del Bosque le quitaba la voz?

«¿Puede hacer eso?».

Vaciló. ¿Estaba dispuesta a entregar su voz, aquello que le servía para ganarse la vida, para vivir su pasión, para cumplir sus sueños, si a cambio recuperaba a su yayo y se lo llevaba a casa con ella?

Sin su voz, ¿qué se encontraría ella a su regreso? Su carrera como cantante no, por descontado. Sin su voz, su vida dejaría de tener sentido. Su mayor sueño, el sueño de su vida, se habría hecho pedazos para siempre.

No se lo había pensado bien. No se había parado a pensar qué podían quitarle a cambio de recuperar a su abuelo.

—Sí —respondió al fin, avergonzándose del temblor de su voz—. Sé cantar.

Corvus tenía la boca curvada en una sonrisa, como si estuviese jugando a un juego que no comprendía ni ella ni nadie más.

—Bien, pues entonces creo que he encontrado una solución.

Emeline notaba gotas de sudor frío rodándole por la espalda.

«No, por favor —pensó, mirando primero los labios sonrientes de Corvus y luego al rey sentado en el trono—. No me quitéis la voz».

—Necesitáis una nueva trovadora para la corte —continuó el cambiaformas—.

Teniendo en cuenta que el último… —Se interrumpió al ver que la mirada del rey se oscurecía y que sus manos de resina se cerraban con furia en dos puños—.

¿Y si… —se apresuró a añadir— a cambio de la libertad de su abuelo, Emeline Lark ocupa su puesto en vuestra corte, como vuestra nueva cantante?

—¿Qué? —Emeline se volvió bruscamente hacia él—. No. No puedo…

Tenía una vida a la que volver. Tenía conciertos cada semana. Una gira inminente como telonera de los Perennials. Y se estaba jugando un contrato discográfico con Daybreak Records.

Había luchado mucho para conseguirlo.

—No puedo quedarme aquí —dijo—. ¡No me voy a quedar aquí!

El Rey del Bosque hizo una mueca y se apoyó en el respaldo del trono.

—Si fuese un humano macho, por supuesto que lo tomaría en consideración, pero teniendo en cuenta que es una…

—Disculpad mi impertinencia, mi señor, pero tal vez sea ese el problema: aceptáis solo a los hombres, y esos hombres siempre acaban por desagradaros.

Emeline se quedó mirando a Corvus. ¿Qué significaba eso?

Notó entonces un cosquilleo en el aire que le erizó la piel.

El olor húmedo y pútrido de la magia se intensificó, y ella dio un paso atrás, nerviosa, deseosa de poner algo más de distancia entre el rey y ella, pero se chocó contra la armadura de un setonela que se había apostado tras ella sin que se diera cuenta.

Miró atrás. El guardia sonrió tras el borde del casco, mostrándole varias hileras de dientes afilados.

Emeline se estremeció y dio un paso al frente otra vez.

—¿Por qué no la ponéis a prueba? —insistió Corvus—. Si su voz no os complace, podéis deshaceros de ella igual que hicisteis con todos los demás. —Agitó los dedos como si estuviese apartando un mosquito—. No tenéis gran cosa que perder.

«¿Deshacerse de mí?». Fulminó a Corvus con la mirada. Sin embargo, la había advertido, ¿no era así? Cuando estaban en el pantano y ella le había dado las gracias por su ayuda.

El rey tamborileó despacio con los dedos. Las uñas resquebrajadas repicaban sobre el reposabrazos de su trono blanco. Miró primero a Corvus y luego a Emeline.

Ella lo miró a los ojos fríos y calculadores y logró decir:

—¿Y si me niego?

La respuesta a su pregunta fue un pesado silencio. Los cortesanos reunidos en las lindes del claro enmudecieron de golpe.

Y, de repente, el rey echó la cabeza hacia atrás y se echó a reír. El sonido resonó por el claro como un trueno y Emeline noto que la tierra temblaba bajo sus pies. El cambiaformas apartó la vista. Había compasión en su mirada.

El Rey del Bosque chasqueó los dedos mirando algo en la distancia. Emeline se volvió y vio que unos setonelas armados traían a alguien a rastras por entre la multitud de cortesanos.

—N-no… —balbuceó una voz que le resultaba demasiado familiar—. Pa… parad. ¿Ad… adónde m…me lleváis?

Los guardias arrojaron al prisionero en mitad del claro de la arboleda, y el anciano trastabilló bajo la luz de las estrellas. Llevaba el pelo gris despeinado y la camisa azul arrugada.

«Yayo».

—¿Dón… dónde está Rose? —Su abuelo casi gritaba; estaba fuera de sí—. ¿Dónde está mi Rose?

A Emeline se le atoró el corazón en la garganta. Siempre preguntaba por su madre cuando estaba asustado y confundido.

Y entonces se fijó en las gruesas enredaderas negras que le ataban las muñecas y sintió que iba a estallar de furia. Era un anciano inofensivo. No había necesidad de maniatarlo.

—¡Quitadle eso!

Al ver que nadie lo hacía, se dirigió hacia él para desatarle las manos, pero el guardia que había tras ella la agarró de las muñecas para impedírselo, clavándole los dedos calientes en la piel.

Emeline se retorció, tratando de liberarse.

Intentó darle un codazo a su captor en las costillas, pero el setonela le subió ambos brazos por la espalda, y un dolor agudo se propagó a la velocidad del rayo desde sus dedos hasta los omóplatos, subyugándola al instante.

Observó indefensa cómo su abuelo se empequeñecía ante los guardias que marchaban hacia él. Dos de ellos dieron un paso al frente y lo obligaron a arrodillarse en el barro con sus lanzas.

—¡No lo toquéis!

Siguió resistiéndose, pero solo consiguió que el guardia ejerciera más fuerza para retenerla.

—Emeline… —le dijo Corvus, y de su voz emanaba cierta inquietud—. No empeores las cosas.

—Ayúdalo —le pidió, sin aliento—. Por favor, ayúdalo.

—Ahora solo puedes ayudarlo tú.

Se le llenaron los ojos de lágrimas de furia y la imagen de su abuelo se emborronó.

—Elige, Emeline Lark —bramó el Rey del Bosque—. Puedes ser mi trovadora y salvarle la vida o negarte y verlo morir.

«¿Morir?». Emeline negó con la cabeza. Sus palabras siguientes sonaron pequeñas y aterrorizadas.

—No podéis…

—¿Que no puedo? ¿Acaso no soy el Rey del Bosque?

Su voz se tornó estridente como el silbido del viento.

Se puso de pie y el agua se arremolinó a su alrededor, copiosa y salvaje, y cayó como una cascada por los escalones del trono para propagarse sobre la hierba como una salvaje marea.

Emeline sintió que la asolaba una sensación descontrolada y desesperada al ver que bajaba y se dirigía a su abuelo, como un depredador cerniéndose sobre su presa.

El anciano alzó la cabeza, arrodillado a la sombra del rey, y lo miró con los ojos azules colmados de terror.

—Si te niegas a ser la nueva trovadora de mi corte, lo llevaré a la Mácula para que lo devoren las pieles de sombra y te obligaré a mirar cómo lo hacen.

Emeline se puso rígida. Jamás permitiría que un monstruo como el que había encontrado en el bosque entrara en la mente de su abuelo y lo matara poco a poco con sus propios miedos.

Pero ¿quedarse en la corte del Rey del Bosque? ¿Para siempre?

Tendría que renunciar a absolutamente todo: a la vida que estaba construyendo, a su carrera musical, que justo ahora había empezado a florecer… Había trabajado muy duro para llegar donde estaba, no podía rendirse.

«Quizá haya un modo de hacer ambas cosas», pensó.

Quizá pudiera salvar a su abuelo y cumplir su sueño.

Si aceptaba ser la cantante del rey, su yayo quedaría libre, y entonces, cuando él estuviera a salvo, lo único que necesitaba era encontrar el modo de escapar. Corvus la había metido en la ciudad; seguro que ella podía encontrar un modo de salir. Preferiblemente, antes de que empezara la gira.

Tal vez no tuviera que perderlo todo.

Tal vez pudiera salvar a su yayo y también a sí misma.

Serenó su voz temblorosa hasta lograr alisarla tanto como una piedra de río.

—Me quedaré y seré vuestra trovadora. Pero soltad a mi abuelo.

El guardia aflojó un poco las manos, pero no le soltó las muñecas.

El rey clavó en ella sus pupilas de luna creciente.

—Aquí las órdenes no las das tú —le espetó—.

Tu abuelo se quedará en mi reino hasta que demuestres que estás capacitada para el puesto.

Cuando esté satisfecho y considere que tu obediencia está a la altura, y que tu voz es aceptable, solo entonces, Ewan Lark podrá regresar a casa.

Tienes una semana para impresionarme, cantante.

Si fracasas, dejaré que las pieles de sombra os devoren a los dos.

«¿Una semana?».

Aquello no pintaba bien.

Los setonelas de armadura de bronce agarraron al anciano de las axilas y lo obligaron a ponerse de pie.

—¡Esperad! ¿Adónde lo lleváis? —gritó.