Un oscuro olvido Nueve
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Nueve

Una bandada de cuervos sobrevolaba sus cabezas mientras Corvus la guiaba por las calles oscuras y serpenteantes de la Ciudad del Rey.

A esas horas de la noche había poca gente, pero las pocas personas que paseaban por las calles miraban de soslayo a aquel cambiaformas cubierto de barro y a su acompañante humana.

«¿Estaré soñando?».

Quizá no hubiera logrado escapar de Cenagal.

Quizá todavía estuviera en el pantano, inconsciente por haber perdido demasiada sangre, y todo aquello no fuese más que una alucinación.

Pero le dolía la mano que se había cortado con el hacha de su abuelo, y sentía que el barro empezaba a endurecerse y a agrietarse sobre la piel.

No era posible alucinar de una forma tan vívida.

Cuando ya estaban cerca del palacio, el suelo del camino se convirtió en unos adoquines brillantes y blancos bordeados por sauces llorones tan altos como edificios de tres plantas.

La fortaleza estaba rodeada por una muralla blanca dos veces más alta que Emeline y plagada de liquen y musgo.

Tenía unas puertas de cobre cerradas con llave.

Los cuervos volaron hacia ellas; posaron sus cuerpos negros sobre las barras de cobre y contemplaron la llegada de la joven y el cambiaformas.

En el centro había un escudo de plata en el que un sauce coronado brotaba de una semilla.

Había cuatro guardias armados apostados en la entrada.

Los setonelas, le había dicho Corvus. Llevaban unos cascos de bronce amartillado en forma de vainas de algodoncillo, y las alabardas que sostenían con una mano se elevaban hacia el cielo, amenazantes, con unas puntas de acero que brillaban de forma extraña.

—Esta fronteriza solicita audiencia con el rey —explicó Corvus.

Los guardias intercambiaron miradas de cautela.

—¿Espera el rey su llegada?

Corvus hizo caso omiso de la pregunta.

—Os recomiendo que la dejéis pasar.

Dos de los guardias se cruzaron de brazos y entornaron la mirada, como si conocieran bien a Corvus y no confiasen en él en absoluto.

—¿Y eso por qué?

—Porque tiene algo que el rey necesita desesperadamente.

Aquello era nuevo para Emeline. Se volvió para observar al cambiaformas, que tenía una expresión imperturbable, opaca como el mármol. Era imposible saber qué estaba pensando.

¿Estaba mintiendo para colarla en el palacio?

Corvus alzó una mano para mirarse las uñas llenas de barro seco.

—Ya sabéis que últimamente está muy inestable. Yo no haría nada para enfadarlo, pero eso es solo mi opinión, claro, quizá vosotros…

Lo interrumpió el chirrido del cobre. La puerta empezó a abrirse hacia dentro poco a poco.

—Por aquí —dijo uno de los setonelas, echando a andar hacia el interior mientras otro los escoltaba.

Bajaron por unos pasillos de alabastro iluminados por velas.

Sus llamas ardían como luciérnagas y la cera goteaba por los costados.

Corvus caminaba en silencio al lado de Emeline, mordiéndose el labio y tamborileando sobre el muslo con los dedos.

Parecía ansioso. Cuando la miró, su expresión se tornó arrepentida.

Como si, de repente, ya no estuviera tan seguro de lo que estaba haciendo.

Y ella, que había oído que la puerta se cerraba con llave tras ellos, supo que era demasiado tarde para dar media vuelta. Aunque tampoco era eso lo que quería. Ya había llegado hasta allí, y no pensaba marcharse hasta que el rey le devolviera a su abuelo.

Metió la mano en el bolsillo de su rebeca y se aferró a la prenda del diezmo.

Hacía solo un día no creía que existiese un Rey del Bosque, ni que se hubiesen llevado a su abuelo como diezmo.

No creía en ascuaballos, ni en cambiaformas, ni en espíritus de tierra.

Su abuelo no era más que un anciano con demencia que a veces se escapaba de noche.

Pero ahora…

Ahora ya no estaba segura de lo que creía.

Emeline no recordaba en qué instante, exactamente, había cambiado su entorno.

Hacía un momento, estaba caminando por los pasillos de palacio y ahora, de pronto, se encontraba recorriendo un camino de tierra bajo el cielo nocturno.

Había tulíperos a ambos lados del sendero, con sus flores abiertas como ardientes coronas amarillas entre las hojas verdes.

Cuanto más caminaban, más altos se hacían los árboles, hasta que alcanzaron alturas imposibles, tan formidables que casi parecían rozar las estrellas.

El camino terminó en el claro de una arboleda de abedules plateados.

La luz de la luna se colaba como una cascada por entre las hojas e iluminaba un trono blanco hueso y a un hombre sentado en él.

Sobre la cabeza llevaba una corona de espinas y capullos de rosa.

Tenía la piel tostada por el sol y el cabello pálido como la luna, y, en lugar de ropajes, era agua lo que adornaba su cuerpo.

Fluía en arroyos y riachuelos desde su pelo, por encima de su cuello y de sus hombros, donde empezaba a caer con fuerza como una cascada por el resto de su cuerpo.

Emeline no atisbaba ni una pizca de piel por debajo del agua, que se acumulaba en un charco a sus pies y se hundía en la tierra marrón.

Y, allá donde la tocaba, crecían cardos grises y púrpuras.

«El Rey del Bosque».

Sus guardias se detuvieron a diez pasos del trono e hicieron una profunda reverencia. Corvus le dio un golpe a Emeline en la espalda, y ella hizo una mueca antes de darse cuenta de que también debía inclinarse.

Cuando los setonelas dieron un paso atrás, el Rey del Bosque se inclinó hacia delante y deslizó su mirada líquida sobre Emeline antes de dirigirse al cambiaformas a la velocidad del rayo.

—¿Qué me has traído? —Su voz sonaba antigua, como el polvo y la tierra.

—Ella… —Corvus la señaló con un gesto de su esbelta mano— es Emeline Lark.

La mirada penetrante del rey se le clavó como una flecha lanzada con el arco más tirante, directa al corazón. Emeline se sentía como una presa acorralada por aquellos ojos, vulnerable y expuesta ante esa criatura tan antigua.

—Acércate.

Obedeció, haciendo crujir las hojas amarillas del camino bajo sus pies. Un asfixiante olor a magia, como a huesos pútridos, permeaba el aire.

Cuando se detuvo a tres pasos del trono, se fijó en que los ojos del rey eran del color de la tinta líquida desde una comisura hasta la otra. En lugar de iris, una luna creciente blanca ardía en el centro de cada uno de ellos.

—¿A qué has venido, criatura de polvo?

Había algo frío y muerto en sus ojos. Se le secaba la garganta solo de mirarlos. Incapaz de invocar su propia voz, Emeline sacó el pequeño orbe de su bolsillo y se lo tendió.

Un murmullo se extendió por el claro, tras ella, subiendo y bajando como las olas del mar.

Se volvió y vio gente que emergía de las sombras de los árboles y se arracimaba para contemplar la escena.

Iban vestidos de cuero y gruesa lana, de delicado encaje y suave seda, y se movían con la gracia de la luna.

Sus ojos eran demasiado brillantes y sus sombras se retorcían tras ellos, sugiriendo formas que no eran humanas.

Porque no eran… del todo humanos.

Emeline recordó las historias de Tom y comprendió que se hallaba en la Corte de los Cambiaformas.

«Estoy aquí de verdad —pensó, resistiendo al impulso de pellizcarse—. Todas las historias eran ciertas».

Emeline se volvió hacia el rey. Él le tendió la mano con la palma hacia arriba.

Estaba curtida y llena de arrugas, como una hoja seca en otoño, y las uñas eran gruesas y estaban descascarilladas, como si fueran de resina.

El agua caía por sus muñecas como un arroyo, y goteaba sobre la tierra.

Concentrándose para evitar que le temblase la mano, ella depositó el orbe diminuto en la palma de su mano.

El rey lo levantó para que reflejase la luz de la luna. Irradiaba un resplandor blanco como la leche.

—¿Has venido hasta aquí… para devolverme mi prenda?

—No —logró decir—. He venido hasta aquí porque quiero encontrar a mi abuelo.

Entornó los espeluznantes ojos y cerró el puño con firmeza y rapidez, escondiendo en él el orbe.

—¿Y con qué piensas negociar?

«¿Negociar?».

Emeline trató de recordar las historias que la habían acompañado durante su infancia, pero en ninguna de ellas alguien buscaba al Rey del Bosque para pedirle que le devolviera el diezmo.

No tenía ni idea de qué ofrecerle. Los diezmos eran, por definición, un sacrificio.

Se suponía que te costaban algo. Tu vaca lechera preferida.

Tu mejor traje de tres piezas. La última notita que tu madre te había escrito antes de morir.

«¿Cuáles son mis posesiones más preciadas?».

—Mi guitarra —comprendió en voz alta. Era una Taylor, de las mejores del mercado, y se la había regalado un fan anónimo.

Se la habían entregado en su camerino antes del primer festival en el que había cantado, con flores silvestres trenzadas entre las cuerdas.

Emeline había dado por hecho que era un regalo de su yayo, pero él no se podía permitir un instrumento como ese y, cuando lo llamó para darle las gracias, no sabía de qué le hablaba.

Emeline amaba a su misteriosa Taylor como a una mascota y, lo que era más importante, la necesitaba para hacer su trabajo. Pero podía comprarse otra. La compraría a crédito y la iría pagando poco a poco.

—Puedo daros mi guitarra.

Varias personas de la multitud se rieron, nerviosas. El sonido resonaba como unas campanas discordantes.

La joven sintió que le ardían las mejillas.

—O… ¿mi coche? —añadió. Su abuelo y ella habían ahorrado para comprarlo antes de que se marchara de Edgewood.

Aquel coche le había enseñado el valor del trabajo duro y el sacrificio y, de algún modo, representaba también el amor de su abuelo, pues se acordaba de él cada vez que se sentaba en el asiento del conductor.

Como sus rebecas, que ella siempre tomaba prestadas y nunca le devolvía.

Y aquello no era todo: lo necesitaba para ir a sus conciertos fuera de la ciudad. Para ir y volver de los festivales.