Un oscuro olvido Ocho
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Ocho

—Yo puedo llevarte ante el Rey del Bosque, si eso es lo que deseas.

Emeline ansiaba aceptar su ofrecimiento.

Eso era justo lo que deseaba. Sin embargo, se le había puesto el vello de punta.

Recordó la ascuaballo negra y a su jinete, el desconocido sin nombre que la había engañado.

Que le había mentido. ¿Haría lo mismo este cambiaformas?

Quizá la engañase para llevarla al bosque, prometiéndole que encontraría a su abuelo y luego la llevase a otro sitio. A su muerte, tal vez.

—Sé lo que eres. —Emeline contempló su sombra en el suelo, que no dejaba de cambiar, y cogió uno de los martillos de su yayo, aferrándose con fuerza al mango de madera lisa—. ¿Por qué debería fiarme de ti?

Corvus la miró fijamente, se cruzó de brazos y sonrió.

—Porque si no lo haces, nunca llegarás a la Ciudad del Rey con vida.

Era lo mismo que le había dicho el jinete mentiroso: «Hay horrores mucho peores que cualquier pesadilla. Es cuestión de tiempo que otro de ellos te encuentre».

Emeline podía ir sola, seguir las indicaciones de los árboles y cruzar los dedos para no cruzarse con ninguna otra piel de sombra. O para que no la aplastara una estampida de ascuaballos. O… para evitar algo peor. Fuera lo que fuese ese algo peor.

O podía ir con aquel cambiaformas, que tal vez la traicionase… o tal vez no.

Si Corvus era digno de confianza, ir con él era la mejor opción, era evidente. Si Corvus era un cambiaformas, sabría a ciencia cierta dónde se encontraba el palacio del Rey del Bosque. Era su mejor opción si quería encontrar a su yayo.

«¿Y si no es digno de confianza?».

Emeline no podía bajar la guardia. Si se olía la más mínima traición, siempre podía despistarlo. Escapar de él. Buscar el río y luego seguir su cauce.

Emeline dejó el martillo sobre la mesa de trabajo.

—Iré contigo con una condición. —Señaló el hacha con la cabeza—. Que me dejes llevar eso a mí.

—Pues cógela. —Con un ágil movimiento, le dio la vuelta al hacha, cogiéndola por la cabeza afilada, y se la tendió—. Y ahora vámonos.

Emeline deslizó el pulgar con cuidado por el borde afilado del hacha, fino como una hoja.

A juzgar por lo que cortaba, alguien tenía que haberla afilado hacía poco.

¿Habría sido Tom? Era de esa clase de hombres que cuidan con mimo sus herramientas.

Le había cortado la leña a su yayo durante varios años, además de encargarse de otras tareas de los viñedos.

Cuantas menos cosas podía hacer su abuelo, más hacía él.

Emeline le dio las gracias en silencio, por si acaso la había afilado él.

Porque cuanto más se adentraba en el bosque tras Corvus, más desconfiaba, y más le reconfortaba ese borde tan cortante.

La noche había envuelto el bosque en un manto de oscuridad.

Emeline había dejado la linterna estropeada en casa, lo que la obligaba a seguir a aquel cambiaformas casi a ciegas.

Y, lo que era aún peor, a juzgar por las estrellas que parpadeaban en el cielo, que desaparecían cuando los árboles eran más espesos y volvían a aparecer cuando el bosque clareaba un poco, no se dirigían hacia el sur.

El compañero cuervo de Corvus volaba ante ellos, graznando de vez en cuando, como una especie de oteador. Corvus se detenía cada vez que oía la llamada del pájaro, y entonces avanzaba o cambiaba de dirección según las instrucciones que le hubiese dado, fueran cuales fuesen.

Era espeluznante y animal, esa forma de comunicarse sin palabras con el pájaro.

Cuando ya se habían desviado inconfundiblemente del camino y Emeline empezaba a estar convencida de que el cambiaformas la llevaba directa a una trampa, se detuvo.

—¿Por qué vamos hacia el oeste?

—Porque es el camino más rápido —contestó él sin volverse.

Ella asió con fuerza el mango del hacha.

—Pero las puertas están hacia el sur.

—¿Prefieres ir por las puertas? Pues como quieras. —Casi podía oír la indiferencia en su voz—. Es un trayecto de tres días desde la linde del bosque, y lo más probable es que te coman antes de que llegues.

Emeline frunció el ceño. ¿Le estaba mintiendo, o a los árboles no se les había ocurrido mencionar esa parte?

—Si, por el contrario, prefieres conservar la vida, hay un punto de entrada justo ahí delante. Ya habríamos llegado si no fueras tan lenta.

«¿Un punto de entrada?».

De repente, Corvus alargó un brazo y Emeline se dio de bruces contra él.

Estaban en el borde de una plataforma de madera que sobresalía sobre un pantano estancado, en cuya superficie asomaban tocones oscuros y retorcidos. La luz pálida de las estrellas, libre del obstáculo de las copas de los árboles, caía directamente sobre el agua fangosa y se reflejaba en ella.

—No digas nada —le ordenó Corvus—. Déjame hablar a mí.

Sus pasos reverberaban sobre el saliente de madera, cuyos bordes lamía el barro con suavidad. De repente, el agua cambió, y Emeline tuvo el inquietante pálpito de que ya no estaban solos.

—¡Intruso! —siseó una voz acuosa y acelerada.

—Calma, Cenagal. —El aire húmedo y enrarecido amortiguaba la voz de Corvus—. Soy yo.

El silencio se extendía a su alrededor.

—¿Corvus? —La cosa llamada Cenagal pronunció su nombre babeando, casi con afecto.

Y, entonces, Cenagal emergió de la ciénaga. Era como si se estuviese formando del lecho mismo del pantano: una forma tosca imitaba el cuerpo de una persona, pero era tres veces más grande, con unos bultos a modo de hombros, piedras por ojos y una boca enorme y abierta.

Emeline miró de hito en hito la figura fangosa que se elevaba desde el lodazal y, de repente, comprendió de qué se trataba.

«¿Un espíritu de tierra?». Lo único que recordaba de esas criaturas húmedas y malhumoradas era que, si te adentrabas en su territorio sin una ofrenda que darles, no saldrías nunca de él.

—¿Qué delicioso bocado me has traído?

Cenagal chasqueó los labios fangosos y se deslizó hacia el borde del saliente.

«¿Delicioso bocado? Estarás de broma».

Para eso la quería Corvus: necesitaba una ofrenda para cruzar por la entrada de Cenagal. El cambiaformas pensaba entregársela a aquel espíritu de tierra para que la devorase.

Emeline retrocedió enseguida, cogió el hacha con las dos manos y la alzó.

—Voy a masticar sus huesos… —La voz de Cenagal se propagó velozmente sobre el pantano. El barro empezó a trepar por la plataforma de madera. Iba a por Emeline. Comenzó a subírsele a las botas y a los tobillos—. Y a chupetearle el tuétano…

Antes de que a ella le diera tiempo a dar media vuelta y huir, unas manos de barro la agarraron de los tobillos y empezaron a arrastrarla hacia el pantano.

Emeline extendió los brazos a los lados de golpe para no perder el equilibrio, y a punto estuvo de soltar el hacha sin querer.

Entonces notó un fuerte tirón y cayó de culo en el barro que cubría la plataforma.

—Y luego me beberé su sangre…

Cenagal la arrastró hacia el borde. La iba a succionar a sus profundidades.

En el último momento, Corvus se puso frente a Emeline, plantando los pies entre el pantano y ella.

—Me temo que esta noche no. La voy a llevar ante el rey.

El lodo dejó de tirar de la joven.

Como ya no tenía nada contra lo que resistirse, Emeline se derrumbó en el suelo lleno de barro. Estaba frío y denso, y olía a hojas rancias. Se incorporó con esfuerzo y, ya sentada, empezó a apartarse los mechones de pelo fangoso de la cara. «¡Qué asco!».

Cenagal volvió su atención hacia el cambiaformas.

—¿Pretendes que te deje pasar sin pagar?

—Yo pagaré el precio por los dos —contestó Corvus con un suspiro.

Antes de que a Cenagal le diera tiempo a protestar, se sacó una navaja del cinturón y se hizo un corte en la palma de la mano. Se agachó, tendió la delgada mano sobre el pantano y la cerró en un puño apretado. La sangre empezó a caer al agua, como si estuviese desenrollando un carrete de hilo rojo.

La figura humanoide de Cenagal se desmoronó al instante, y el barro retrocedió hacia la ciénaga.

Un segundo después, la criatura asomó la cabeza justo debajo del puño de Corvus.

Cenagal saltó hacia arriba, se aferró a la pálida muñeca de Corvus con las garras de barro y se la llevó a la boca.

Emeline se puso de pie a toda prisa y contempló repugnada cómo chupaba, chupaba y chupaba. Se estaba dando un festín con Corvus.

Se le encogió el estómago al ver que el muchacho iba encorvando cada vez más los delgados hombros, que se le empezaban a cerrar los ojos, con los párpados cada vez más pesados, mientras Cenagal le chupaba la vida. Un cuervo graznó angustiado.

Corvus empezó a inclinarse lentamente hacia delante. Parecía estar perdiendo la conciencia; tenía pinta de estar a punto de caer de cabeza en el pantano.

«Lo va a matar…».

—¡Para! —Emeline cogió a Corvus del hombro huesudo y tiró de él hacia atrás, tratando de salvarlo del espíritu de tierra. Cenagal, sorprendido, soltó la muñeca del cambiaformas.

—Yo te daré lo que falte.

Corvus murmuró unas palabras de protesta, pero apenas estaba consciente.

Emeline se limpió la palma llena de barro en la rebeca, alzó el hacha, presionó su borde afilado contra su piel y entonces empujó con fuerza para cortarse.

Tras la punzada de dolor, la sangre empezó a acumularse en la palma de su mano. Roja y resplandeciente.

Se acercó al borde de la plataforma y tendió el brazo para que el espíritu de tierra lo tomara.

Las garras frías y mojadas de Cenagal se asieron a él.

Emeline observó cómo se metía su mano entera en las fauces oscuras y empezaba a succionar con avaricia.

La sangre comenzó a manar con una fuerza desconcertante, y tuvo que morderse el labio para no gritar.

No tardó mucho en sentirse desfallecida.

Mareada. El bosque daba vueltas a su alrededor y notó que empezaba a tambalearse.

Cenagal tenía que haber comido suficiente.

Si no paraba pronto, se iba a desmayar. Trató de apartar la mano, pero le quedaban pocas fuerzas, y solo consiguió que el monstruo la agarrase con más fuerza.

—¡Caaac!

El cuervo amigo de Corvus emergió volando de entre los árboles, se lanzó en picado contra el espíritu de tierra, con la luz de las estrellas reflejándose en sus plumas negras como la tinta, y se abalanzó sobre su rostro fangoso para arañarlo con las garras.

—¡Caaac! ¡Caaac!

Cenagal escupió la mano de Emeline.

—¡Bah! —protestó, tratando de apartar a manotazos al pájaro, que volaba en círculos para esquivar sus golpes—. Vale, ¡pues ya está! —gruñó—. El precio está pagado.

Se sumergió de nuevo en el pantano y retrajo sus membranas fangosas. El agua marrón y tibia empezó a retroceder y quedaron a la vista dos escalones de madera que llevaban a una plancha podrida, un camino de madera que se curvaba sobre el agua y desaparecía entre los árboles que había al fondo.

Emeline aún estaba un poco mareada, pero se agachó para ayudar a Corvus a levantarse.

Se puso el brazo del cambiaformas sobre los hombros y se incorporó, tirando de él.

Era más delgado y ligero de lo que había pensado en un principio; su cuerpo huesudo le recordaba al de un pájaro.

Como ella, estaba ensangrentado y fangoso.

Pero ya se preocuparía de eso más tarde.

Lo ayudó a bajar los escalones y a cruzar por la pasarela de madera podrida, acompañados por el chapoteo de sus botas empapadas.

No tardaron en llegar a los árboles, de cuyas ramas colgaban lianas de un gris ceniciento.

Mientras Emeline se agachaba para esquivarlas y las apartaba con la mano, se fijó en la mano de Corvus.

El barro y la sangre ya habían empezado a secarse gracias al aire frío de la noche.

—¿Por qué me ayudas? —le preguntó.

Corvus se puso rígido.

—¿Estás segura de que es eso lo que estoy haciendo? —A pesar de su evidente fatiga, se apartó de Emeline. De repente, el muchacho le pareció una criatura formidable. Como un personaje salido de las historias de Tom—. Quizá al final de la noche no pienses lo mismo.

Emeline aminoró la marcha. «¿Qué se supone que significa eso?».

Decidió que no importaba. Lo único que le importaba era encontrar a su yayo.

Poco después, llegaron a un lugar donde las enredaderas y las lianas eran especialmente frondosas, y colgaban como una cortina que les cortaba el camino. Corvus la apartó y le hizo un gesto con la cabeza.

—Después de ti.

Cuando Emeline cruzó, ya no pisó sobre una plancha de madera, sino sobre unos adoquines. Se detuvo, desorientada. La oscuridad del bosque empezó a dar paso a la luz tenue y perlada de las farolas y el olor agrio de Cenagal se convirtió en el aroma perfumado de las rosas tardías en flor.

Habían salido de un pantano… y habían entrado en una ciudad.

Ante ella se alargaba una calle tranquila y adoquinada flanqueada por casitas adosadas blancas, muchas de ellas cubiertas de hiedra verde.

La ciudad se extendía y se extendía, sus calles subían, bajaban y serpenteaban hacia la cima de una frondosa colina verde llena de árboles.

Emeline atisbó los tejados de un rojo oxidado y los puentes de piedra que cruzaban sobre los canales, vio un campanario de ladrillos blancos y un ancho lago azul.

Y en la cima de la colina, coronando la ciudad, se erigía una fortaleza que brillaba como el marfil a la luz de las estrellas.

Era tal y como Tom lo había descrito.

—El palacio del Rey del Bosque —murmuró.