Un oscuro olvido Siete
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Siete

Emeline tenía ganas de gritar.

Pero, en lugar de eso, cogió una piedra y la lanzó al hueco del seto. Luego lanzó una segunda. Y una tercera. Al ver que tirar piedras no la hacía sentir mejor, dio media vuelta, se dirigió a uno de los lados de la casa de su abuelo y, aún indignada, entró en el garaje.

«Qué tipo tan horrible y desgraciado…». Pero no la detendría.

No lo permitiría. Emeline regresaría al bosque, encontraría las puertas del rey y traería a su abuelo a casa.

«Esta misma noche». Porque, después de haberse enfrentado a una piel de sombra y de haber montado un ascuaballo, no podía no creer que su yayo estaba en manos del Rey del Bosque. Y pensaba ir a buscarlo.

Había montones de cajas apiladas junto a las paredes.

Todas ellas contenían las pertenencias de su yayo.

Emeline las había empaquetado y etiquetado a toda prisa cuando había puesto la casa en venta.

Pasó por su lado, directa a la mesa de trabajo de su abuelo, mientras trataba de recordar dónde guardaba su linterna amarilla.

Mientras caminaba, notó que el móvil le vibraba varias veces en el bolsillo de atrás. Se detuvo para mirar quién era.

Tenía la pantalla llena de notificaciones, casi todas de mensajes de Joel. Sin embargo, la más reciente era una de Elegy, la aplicación que su compositora y ella utilizaban para compartir archivos. La notificación decía: «Chloe Demarche ha subido un archivo a la carpeta compartida».

Chloe era su compositora. Emeline no había escrito —ni cantado— una canción propia en casi dos años. En los últimos tiempos, solo cantaba las de Chloe.

Tragó saliva, notando el sabor amargo que le provocaba aquella realidad, y luego apartó la notificación y echó un vistazo rápido a los mensajes de Joel.

El primero decía: «¿Ha conseguido Edwin contactar contigo?».

Edwin era el batería de los Perennials y el mejor amigo de Joel.

El segundo decía: «Los Perennials han añadido otra fecha a tu gira».

Su gira. La gira que podía abocarla al éxito o al fracaso. Al primer concierto asistirían cazatalentos de Daybreak Records.

«Si los impresionas te ofrecerán un contrato», le había dicho su representante.

Solo de pensarlo, Emeline sentía que la esperanza crepitaba y ardía en su interior.

Un contrato con Daybreak, una de las discográficas más importantes del país, la lanzaría a la siguiente etapa de su carrera musical.

La gira empezaba en solo una semana. Y por eso necesitaba volver a Montreal lo antes posible.

«¿Has recibido el correo de mi padre?».

El padre de Joel era el representante de Emeline.

«Quiere que eches un vistazo al calendario nuevo para asegurarte de que la fecha nueva te va bien».

Y el último mensaje decía, simplemente: «¿Todo bien?».

Decidió que le respondería más tarde. Antes tenía que encontrar la linterna. Pero, justo cuando se estaba metiendo el móvil en el bolsillo, este volvió a vibrar. Emeline lo sacó de nuevo.

Una llamada de Joel White.

Con un fuerte suspiro, aceptó la llamada y se llevó el teléfono a la oreja.

—Hola —saludó con un gruñido mientras abría un cajón tras otro.

—Vaya, yo también me alegro de oírte.

Hizo una mueca, dejó de buscar y se frotó la frente con la mano que tenía libre.

—Perdona, es que… ha sido un día duro.

—¿Va todo bien?

Negó con la cabeza. De repente, deseó que no se hallaran a siete horas de distancia y que Joel estuviera allí, a su lado, para poder fingir que todo iba bien. Aunque solo fuese un instante. Se apoyó en el banco, presionando la cadera contra él, y se abrazó la cintura con la otra mano.

—Ojalá todo esto hubiera terminado ya.

Debería estar en la Merchant Alehouse, cantando. Al final de la noche, se habría metido en la cama de Joel y habría estado a salvo entre sus brazos.

«Lo mismo sentías por el último chico», le recordó una voz en su mente. Craig. El violinista de ojos castaños de la banda de música tradicional irlandesa. Al principio a Emeline le habían interesado sus habilidades con el violín; luego le interesaron más sus hoyuelos.

Y también había sentido lo mismo por los que vinieron antes. Otros chicos que nunca le habían durado mucho.

—¿Qué te parece si termino lo que estoy haciendo aquí y mañana cojo un tren para Edgewood? —le propuso Joel.

—No —respondió Emeline en un tono demasiado tajante, al recordar de repente para qué había ido al garaje.

Necesitaba una linterna. Se planteó usar la de su móvil, pero se quedaría sin batería.

Y, si se perdía en el bosque, necesitaría el móvil para llamar y pedir ayuda—.

Estoy bien. Además, ¿no tienes concierto este fin de semana?

Joel era el guitarra solista de una banda de música indie de éxito, los St. Urbain’s Horsemen. Ese año habían ganado el premio Polaris con su último álbum.

—Volveremos a tiempo para el concierto.

¿Seguro? Acarició la prenda que llevaba en el bolsillo, que demostraba el pago del diezmo. No tenía ni idea de cuánto tardaría en dar con la ciudad del rey y encontrar a su abuelo.

Abrió otro cajón, apartó unas cajas de clavos y tornillos y cintas de goma manchadas de aceite y lo cerró. Abrió el siguiente.

«¡Ajá!».

Ahí estaba la linterna. Entre un ovillo de cuerda viejo y una cinta métrica.

La sacó y cerró el cajón.

Pero también tendría que lidiar con las pieles de sombra. Esa noche ya se había encontrado con una; ¿y si se cruzaba con otra? Necesitaba un arma. Pero ¿qué tipo de arma?

Su yayo usaba un hacha para cortar leña. Si se acordase de dónde estaba…

Oyó que Joel se crujía los nudillos y se estiraba al otro lado de la línea.

—Además, me merezco unos días de vacaciones —añadió.

Emeline se detuvo. Parecía decidido a ir a Edgewood; se le notaba en la voz.

El pánico se le clavó como una aguja. Cuando Joel tomaba una decisión, no había forma de hacerle cambiar de idea.

Siempre hacía lo que quería. Siempre. De hecho, si estaban juntos era gracias a su perseverancia.

Al principio, a ella no le había interesado el hijo de su representante, pero Joel se había negado a rendirse y al final Emeline había cedido y había decidido darle una oportunidad.

—No, no vengas —le dijo mientras se dirigía a la pared en la que su abuelo tenía colgadas las herramientas en hileras ordenadas—. Ya sé que crees que los pueblos pequeños son muy pintorescos, pero, hazme caso, no son tu estilo.

Cuando estaba cerca de la lámpara que iluminaba la mesa de trabajo, recordó de repente dónde solía guardar el hacha y se detuvo. Estaba debajo de los martillos. Buscó en la pared, pero el sitio donde solía colgarla se hallaba vacío. El hacha no estaba.

Emeline se mordió el labio. «¿Dónde la habrá dejado?».

—Vale —contestó Joel con un resoplido—. Pero si cambias de opinión, me llamas, aunque sean las tres de la madrugada, ¿vale? Llámame si me necesitas.

—Te llamaré si te necesito —repitió ella.

—Te quiero, Em.

Aquellas palabras la paralizaron.

Emeline solo se lo decía a las poquísimas personas que se las merecían: a su abuelo, a Tom, a Maisie… A las personas que la habían criado, las que la querían incondicionalmente. Decírselas a Joel habría convertido su rollo sin compromiso en algo muy distinto. Algo que ella no quería.

Había estado callada demasiado rato. Tenía que decir algo. Pero lo único que acertó a pronunciar fue:

—Vale. Gracias.

Joel suspiró.

—Intenta dormir un poco.

En cuanto él colgó, Emeline apartó la conversación de sus pensamientos y apretó con fuerza la linterna de su abuelo. Tenía que encontrar esa hacha y volver al bosque.

«Al sur —le habían indicado los árboles—. Sigue el río».

No se paró a pensar que seguir las indicaciones de los árboles no era algo racional, algo que hiciera la gente, porque, si se lo pensaba mucho, tal vez no se atreviera a volver a buscarlo, y sabía, en lo más profundo de su ser, que su yayo no estaba a este lado de la linde del bosque.

Lo sabían su sangre, sus huesos y su carne.

Así que, si tenía que seguir las indicaciones de unos malditos árboles, eso es lo que haría.

—¿Dónde narices está el hacha?

—¿Esta hacha? —dijo una voz pícara a su espalda.

Emeline se dio la vuelta.

En la puerta del garaje había alguien. Y, a su lado, se veía la silueta del hacha de leña de su abuelo. Emeline levantó la linterna y apretó el botón de encendido. Se oyó un clic, pero no ocurrió nada.

Volvió a apretar el botón.

Nada.

Por supuesto.

—¿Para qué piensas usarla exactamente? —La figura alzó el hacha y empezó a darle vueltas en la mano, examinando el borde afilado.

—¿Quién eres? —preguntó Emeline.

La figura se apartó del umbral de la puerta y entró en el garaje.

Ella retrocedió a toda prisa y se golpeó contra la esquina de la mesa de trabajo, que se tambaleó.

Los clavos que había sueltos por su superficie cayeron al suelo con un repiqueteo.

Emeline echó un vistazo a la pared de herramientas.

Si aquella persona se acercaba más, cogería uno de los martillos.

Pero no se acercó más. En lugar de eso, levantó una mano y tiró de una cuerda. La bombilla que colgaba del techo parpadeó hasta quedar encendida, revelando a un joven bajo su resplandor.

Posado en su hombro había un cuervo de plumaje negro y brillante.

Era alto y delgado, con aire elegante y esbelto. El pelo color obsidiana le caía sobre los ojos, que eran del marrón más vivo que había visto, e iba vestido con ropas de un negro tan intenso como las plumas del cuervo.

Su sombra lo delataba. Tras él, la silueta oscura que se retorcía revelaba una forma inhumana: un cuerpo con alas y garras.

«A un cambiaformas siempre se le distingue por su sombra».

Las comisuras de su boca danzaban con aire travieso.

—Me llamo Corvus. He oído por ahí que estás buscando una forma de llegar a la Ciudad del Rey.