Seis
Él la perseguía con su bestia del infierno, que galopaba tras ella causando un estruendo atronador, y le gritaba que se detuviese. Las ramas se partían y los helechos crujían bajo los cascos del poderoso animal.
Emeline corrió hacia el sur, por donde el sendero plateado más se estrechaba entre los árboles podridos, lo que dificultaba el avance de sus perseguidores.
Aquel paraje muerto parecía no tener fin.
Corrió y corrió, pasando junto a los álamos blancos y cenicientos y los cedros podridos.
Pronto, demasiado pronto, el camino la llevó a un claro lleno de matorrales.
Se tropezó y perdió unos segundos preciosos recuperando el equilibrio. Luego siguió corriendo.
Pero la yegua y su jinete la alcanzaron.
Pasaron volando por su lado a través del claro. Los jadeos resonaban en sus oídos; los cascos del animal retumbaban en sus huesos. Las piernas le ardían.
Pero no se detuvo.
Con un acelerón repentino, la yegua la adelantó. El pelaje negro resplandeció cuando se puso frente a Emeline, que habría jurado ver unas llamas retorcidas en los flancos del animal, que se volvió para encararse con ella, impidiéndole el paso. La joven se detuvo a pocos centímetros de su pecho.
La yegua se encabritó y, al alzarse sobre sus patas traseras, movió las delanteras por los aires, sobre la cabeza de Emeline, con los cascos brillantes como ascuas y los ojos iluminados de un rojo infernal.
Ella retrocedió tropezándose, con el corazón retumbando como un tambor.
Se le enganchó el pie en una raíz que sobresalía y, tras perder el equilibrio, cayó al suelo, golpeándose con fuerza.
El estallido de dolor se le propagó por los codos, que se habían llevado la peor parte, y siseó quejumbrosa con los dientes apretados.
—¡Ay!
—¿De veras eres tan estúpida? —El muchacho bajó de la yegua de un salto y se dirigió a ella—. No puedes correr más rápido que nosotros. Ni tampoco puedes estar en estos bosques cuando caiga la noche.
Emeline quiso alejarse de él y trató de retroceder arrastrándose por el suelo, pero no pudo: se le habían enganchado las botas en las mismas raíces con las que había tropezado.
Cuando trató de liberarse, le resultó imposible.
«Maldita sea».
Logró sacar el pie de la bota para poder escapar, pero se quedó paralizada cuando una sombra fría se deslizó sobre su cuerpo.
Emeline levantó la vista.
Él se agachó.
Estaba tumbada a sus pies en un lecho de hojas de ceniza, apoyada sobre los codos. Él la miró desde arriba, con el rostro pintado de furia contenida.
—Sube a la yegua, Emeline, o me veré obligado a subirte yo mismo.
Por encima, las ramas blancas crujían y las hojas grises caían al lecho del bosque, como si fueran copos de nieve cayendo del cielo.
—Me dan miedo los caballos —confesó—. No me pienso subir.
Era cierto, le daban miedo, sobre todo si el caballo en cuestión tenía llamas infernales en los ojos.
Él se pasó una mano por el pelo oscuro y suspiró irritado.
—Lamento está bien entrenada y se sabe comportar.
Emeline miró tras él. La yegua de ojos dorados los estaba observando. Lamento. La imagen de unas llamas danzantes afloró en su mente. ¿Se había imaginado ese fuego que había visto cuando el animal la había alcanzado?
Miró a la bestia, que debía de ser del tamaño de un pequeño elefante, y dijo:
—No sé montar a caballo.
—No será un problema. —Se incorporó y se volvió hacia las raíces retorcidas y blanquecinas donde tenía enganchada la bota para sacarla con un suave tirón—. Montarás conmigo.
Emeline se sentó.
—Sí, ya me lo has dicho antes. Y no me ha tranquilizado mucho.
Él le tendió la bota salpicada de manchas de barro. Ella se la quedó mirando y se devanó los sesos tratando de dar con algo —cualquier cosa— que le convenciera para que la llevase ante el Rey del Bosque.
Intentó recordar las historias que le había contado Tom sobre la ciudad amurallada del rey, situada en las profundidades del bosque, y sus puertas ocultas a los ojos humanos. Tom había encontrado un modo de entrar, o, al menos, eso creía él. ¿Se lo había contado alguna vez?
Ojalá hubiese podido recordar más de todo lo que le había contado.
—Preferiría caminar —repuso tras coger la bota y ponérsela de nuevo. Se puso de pie y se sacudió las hojas muertas de los vaqueros—. Si me llevas a las puertas de la ciudad, ya encontraré yo el camino desde allí.
Él apretó los puños.
—¿Es que no has oído ni una de las palabras que he dicho?
Ella se encogió de hombros.
Él parecía molesto de verdad, como si estuviese contemplando la posibilidad no solo de abandonarla ante las estampidas de yeguas de fuego, sino de empujarla directamente a los cascos de las bestias.
—Está bien. Si te subes a Lamento, te llevaré hasta las puertas de la ciudad. ¿De acuerdo? Pero no podemos quedarnos más rato aquí. —Señaló la oscuridad del cielo—. Ya se ha ido el sol. Tenemos que irnos ahora mismo.
No esperó a oír su respuesta: se limitó a agarrarla de las caderas y levantarla del suelo sin aviso previo.
Sin que ello pareciera suponerle ningún esfuerzo.
En un santiamén estuvo a lomos del caballo.
Emeline, perpleja por aquel despliegue de fuerza, no se resistió.
De repente, se descubrió sobre Lamento, con las piernas colgando del lado izquierdo del animal.
«Qué injusto», pensó, pero se quedó paralizada en cuanto la bestia empezó a moverse. Temerosa de caerse, Emeline se aferró al borde de cuero de la montura con una mano y a las espesas crines de la yegua con la otra, en ambos casos agarrándose muy fuerte.
El mundo entero parecía muy distinto desde aquella altura.
Mucho más terrorífico.
Se quedó mirando el suelo, que estaba muy muy lejos. Demasiado lejos. Si se caía, se rompería algo; estaba segura.
Lamento giró la cabeza y observó a su nueva jinete con un ojo dorado. De repente, Emeline no podía pensar más que en el tamaño de los cascos y el sonido de sus propios huesos al quebrarse cuando la arrojase de su lomo y galopara por encima de su cuerpo tirado en el lecho del bosque.
Saltaba a la vista cómo iba a terminar el día.
—¿Estás bien?
—Eh… —musitó.
El joven todavía la tenía agarrada de las caderas, para que no se tambaleara.
—Te recomiendo que pongas una pierna a cada lado… ¿O es que prefieres cabalgar así?
Ahora que estaba a lomos de aquel corcel demoníaco, su deseo de desafiar al chico se había esfumado, así que asintió.
Mientras deseaba con fervor que todo aquello terminase, mientras anhelaba encontrarse ante las puertas de la ciudad del rey y librarse para siempre de esa yegua y su jinete, Emeline se giró poco a poco, levantó la pierna derecha y la pasó al otro lado.
En ningún momento soltó las crines de Lamento, gruesas y duras, a las que se aferraba con los puños cerrados.
El muchacho puso el pie en el estribo y subió, moviendo ligeramente la silla.
Emeline apretó aún más los puños. Cuando se sentó detrás de ella, presionándole los muslos con los suyos, el pánico que sentía empezó a transformarse en otra cosa.
La temperatura de su cuerpo se elevó, consciente de lo pegada que estaba a él, de lo sólido y firme que era.
Él alargó una mano para coger las riendas de Lamento y deslizó la otra por su cintura, para luego empujarla suavemente hacia su cuerpo.
Y un calor sorprendente se le propagó por el vientre.
—¿Preparada?
«No», pensó, aliviada de que no pudiera ver lo colorada que se había puesto.
Se recordó que solo la estaba acompañando a las puertas de la ciudad del rey.
Podía montar con él si eso significaba encontrar al Rey del Bosque y llevar a su yayo a casa.
Después no tendría que volver a ver a ese joven nunca más.
—Vale. Sí. Preparada.
Con un simple toquecito del talón, la yegua se internó en el camino. Emeline se agarró aún más fuerte a las crines. Cuando el animal empezó a trotar por entre los árboles plateados, sintió que se le tensaba hasta el más pequeño músculo del cuerpo.
Lamento no tardó en pasar del trote al medio galope.
Del medio galope, al galope completo. El bosque que los flanqueaba se convirtió en un borrón a medida que ganaban velocidad, pasando como una exhalación por entre los matorrales y las arboledas.
Los cascos de la yegua repicaban rítmicamente contra el suelo, como truenos.
Y, a pesar del viento que los azotaba a su paso, no hacía frío.
El pelaje negro de Lamento irradiaba calor.
Emeline bajó la vista y descubrió que en las crines de la yegua danzaban unas llamas rojas y que las lenguas de fuego habían engullido sus dedos y le lamían la piel.
Apartó las manos al instante y las miró horrorizada. Pero no estaban quemadas.
¿Era Lamento un ascuaballo?
Era imposible. Se decía que aquellos caballos salvajes y fantasmales estaban forjados en fuego y eran imposibles de atrapar. Imposibles de domar. No conocía ninguna historia en la que nadie hubiera cabalgado sobre alguno.
Pero Emeline también había pensado que era imposible que existieran las pieles de sombra.
El olor penetrante del humo permeaba el aire. Habían salido ya de la Mácula, pues nada muerto les rodeaba ya. El bosque volvía a ser verde y frondoso, volvía a estar vivo. Sin embargo, en la distancia, Emeline vio un destello rojo.
«¡Fuego!».
Avanzaba hacia ellos por la derecha, propagándose con gran rapidez. Cuando Emeline estaba a punto de gritar por si el joven sentado tras ella no lo había visto, oyó el sonido de los cascos. De cientos de ellos. Cientos de cascos que golpeaban contra el suelo al mismo ritmo que los de Lamento.
«Un momento…».
Emeline entornó los ojos para ver en la distancia.
Lo que se dirigía inexorablemente hacia ellos no era ningún incendio.
Era una manada gigantesca de ascuaballos.
Sus cuerpos negros llameaban, rojos como carbón prendido, y en sus crines ardían llamas resplandecientes.
Formaban una verdadera estampida, e iban directos hacia Lamento sin dar muestra alguna de detenerse o aminorar su marcha.
La yegua aceleró, pero Emeline se daba cuenta de que no iba lo bastante rápido. Los iban a aplastar; era cuestión de segundos. Como si lo presintiera, el jinete se inclinó hacia delante y la cogió más fuerte de la cintura.
Emeline volvió a agarrarse de las crines, que estaban calientes, pero no quemaban. Sus manos estaban ilesas. Se aferró con desesperación y cerró los ojos; el corazón le palpitaba con tanta fuerza que notaba los latidos en la garganta.
Los cascos atronadores resonaban en sus oídos. El calor que desprendían sus cuerpos, que cada vez estaba más cerca, parecía abrasarle la piel.
Embestirían a Lamento de un momento a otro. Los aplastarían.
—Emeline —le susurró al oído una voz áspera y suave a la vez—, no tengas miedo.
¿Que no tuviera miedo? Ese era un momento muy adecuado para tener miedo. Abrió los ojos con la intención de decírselo, pero las palabras murieron en sus labios.
Estaban rodeados. Los ascuaballos galopaban junto a Lamento.
No habían tenido nunca la intención de arrollarla, sino de unirse a ella.
El ritmo grácil de sus cuerpos musculosos, los truenos de sus cascos al galopar…
Emeline estaba fascinada. Se movían como si fueran uno solo y le recordaron a la cresta de una ola. Una ola de fuego.
Más allá de su ardiente esplendor, todo era negro.
La noche ya había caído sobre el bosque.
Envuelta en el ritmo constante del galope de Lamento, Emeline escuchó palabras tranquilizadoras que el miedo no le había dejado oír antes. «Estoy aquí —decían los cascos de Lamento—. Soy firme y digna de confianza. No te dejaré caer».
La joven se calmó y se apoyó en el desconocido que cabalgaba a su espalda. Su visión se llenó de llamas mientras dejaba que la dicha de la carrera la invadiera y le hiciera sonreír.
—¿Aún te dan miedo los caballos?
Cuando no era tan arisco, su voz era profunda y sonora. Una voz de barítono de lo más agradable.
Emeline miró atrás y vio, a la luz de los caballos, que su boca se había curvado en una sonrisa.
Levantó la vista y sus ojos se encontraron.
En los de ese muchacho ya no había rastro de ira, como si la embriagadora carrera a caballo hubiese atravesado su dura coraza y se hubiese visto obligado a bajar la guardia.
«¿De qué me suenas tanto?», pensó ella mientras lo observaba.
Poco, muy poco después, la manada empezó a aminorar la marcha y fue quedando atrás, relinchando. Uno a uno, los ascuaballos giraron hacia el oeste, pero Lamento no fue con ellos. Siguió por el mismo camino, hacia el norte.
Los truenos se apagaron. La oscuridad regresó. Poco después, Lamento empezó a detenerse.
Hasta que se detuvo del todo.
Pero no ante ningunas puertas.
Emeline frunció el ceño cuando la yegua cruzó la línea de árboles y salió del bosque sacudiendo sus crines negras. Resollaba y expulsaba nubes de aliento como vapor, y sus cuartos traseros echaban humo como piedras calientes, pero las llamas de sus ojos habían desaparecido.
Ante ellos estaba la casa de su abuelo. Las luces del dormitorio estaban encendidas, porque Emeline se había ido con mucha prisa.
—Pero…
El desconocido desmontó y la dejó sola en la silla. A Emeline le daba vueltas la cabeza; estaba tratando de comprender lo ocurrido. Y entonces el joven la cogió de la cintura con sus fuertes manos y la bajó.
—Pero me has dicho que…
Y, cuando sus pies dieron contra el suelo, lo comprendió. Y la sorprendente dicha de hacía unos instantes se rompió en mil pedazos de cristal.
Se volvió hacia él y lo descubrió ya montándose de nuevo en la yegua.
—¡Me has mentido!
—Tómatelo como un favor —contestó, ya a lomos de la yegua. La luna y las estrellas resplandecían en el cielo, sobre él, confiriéndole un aspecto más majestuoso del que merecía—. Estabas buscando en el lugar equivocado.
—¡Y sigues mintiéndome!
El bosque era el único lugar donde podía estar su yayo. Ahora estaba segura. Después de haber sido atacada por una piel de sombra, después de haber cabalgado junto a una manada de ascuaballos… Emeline ya no tenía ninguna duda.
Y necesitaba encontrarlo.
La furia y la angustia luchaban en su interior. Agarró las bridas de Lamento para evitar que el joven y la yegua se marchasen. Las cogió con fuerzas.
—Dime cómo te llamas —le exigió con amargura—. Para que pueda encontrarte y hacerte pagar por esto.
Él se inclinó sobre la silla y la miró. Con el rostro a centímetros del suyo, le dijo:
—Vete a casa, Emeline.
Chasqueó la lengua dos veces. Como respuesta, Lamento se encabritó, recordándole a Emeline que no se trataba de un caballo cualquiera. Soltó las bridas enseguida y dio un paso atrás.
El muchacho hizo girar a Lamento y desapareció por el hueco del seto, donde años antes estaba plantado el árbol de Emeline.
Desde la oscuridad, le llegaron flotando sus últimas palabras.
—Vive tu vida. Olvida los bosques.
De repente, la noche se quedó quieta y en completo silencio.
Como si él nunca hubiera estado allí.