Cinco
Emeline estaba arrodillada en el barro, paralizada por la conmoción.
Su salvador estaba a un par de metros de distancia.
Parecía más o menos de su misma edad, y tenía el pelo de color arce oscuro y la piel del suave marrón del atardecer.
Sus pies estaban firmemente plantados en la tierra, enraizado como un árbol, y vestía un abrigo gris con un delicado patrón bordado de hojas de sasafrás.
Emeline recordó al desconocido misterioso del bar la noche anterior. No le había visto la cara, pero por su altura y su silueta, por su forma de moverse… Las semejanzas con este otro desconocido eran inquietantes.
Pero no era posible, ¿verdad? No era posible que el ladrón de la noche anterior estuviese allí de repente, a cientos de kilómetros de distancia, en el bosque que bordeaba Edgewood.
—¿Nos conocemos? —le preguntó.
Él mantuvo las distancias, sin dejar de fulminarla con la mirada. Se comportaba como si la presencia de Emeline fuese una molestia indeseable, como si salvarla de un monstruo hubiese sido una desagradable interrupción en su día.
—Desde luego que no —replicó con voz cortante—. Me acordaría de haber conocido a alguien lo bastante estúpido como para pasear solo por este bosque después de la puesta de sol.
«Qué borde». Emeline se puso de pie.
—¿Es que tú no estás paseando solo por este bosque después de la puesta de sol? —contestó.
Levantó la vista y se encontró con la severa mirada del muchacho. Tenía los ojos de dos grises diferentes, como dos rocas de río. Uno seco y el otro húmedo, ambos bordeados de negro. Emeline no pudo evitar que le parecieran impresionantes.
Él también la observaba a ella con cierta desconfianza. Pero, al final, la curiosidad pudo más que sus reservas.
—¿Qué haces aquí? —le preguntó.
—Estoy buscando a alguien. —Emeline miró sus nudillos, alrededor de la empuñadura de la brillante espada, cuya hoja apuntaba al suelo. Con el ceño fruncido, preguntó—: ¿Llegas tarde a una feria medieval?
Percibió un cambio en su actitud. Abrió la boca para contestarle, pero se lo pensó mejor en el último momento y volvió a envainar la espada en la funda que llevaba a la espalda.
—Te sugiero que continúes con tu búsqueda en otra parte —dijo, esquivando su pregunta—. La noche se nos echa encima; dentro de poco, los ascuaballos no tardarán en galopar, y quién sabe cuántas pieles de sombra más andarán merodeando por la Mácula.
Emeline se quedó muy quieta. ¿Ascuaballos? Según los cuentos de Edgewood, en los bosques, entre el crepúsculo y la medianoche, galopaban manadas de caballos de fuego, y que Dios te ayudara si te interponías en su camino.
—¿Quién eres? —le preguntó.
Él apretó los dientes y apartó la vista, rígido.
—Nadie que tenga importancia.
—Yo me llamo Emeline. Emeline Lark.
Él asintió con ligereza y frialdad. No le importaba en absoluto.
—Será mejor que te lleve a casa, ¿de acuerdo? —Miró atrás y silbó con fuerza.
—No, espera —protestó ella, dando un paso atrás—. Necesito dar con mi abuelo…
Emeline se volvió y se encontró con el caballo más negro y más grande que había visto en su vida respirándole en la cara. Se quedó mirando sus enormes ojos dorados. En sus iris había motas de color rojo, como el chisporroteo del fuego, y el aliento le olía a humo.
«Santo Dios».
Retrocedió enseguida y se chocó con el joven. Su aroma la envolvió de inmediato: agujas de pino aplastadas y cuero enaceitado.
—Esta es Lamento.
—Ajá —susurró ella sin dejar de observar a la enorme bestia, que golpeaba el suelo con las patas delanteras, como diciendo: «¡Me estoy impacientando! Vámonos!». Echó la cabeza hacia atrás y un resplandor rojo refulgió en sus ojos dorados—. Muy… muy bonita.
—¿Has montado a caballo alguna vez?
No, y tampoco tenía intención de hacerlo entonces. De ninguna manera iba a subirse en aquella cosa.
—No hay nada de qué preocuparse; además, montarás conmigo.
Ah, no. Ni hablar.
Se apartó del caballo demoníaco.
Aquel chico acababa de matar a una piel de sombra. Si las pieles de sombra existían de verdad, también existía el Rey del Bosque. Y la prenda que llevaba en el bolsillo demostraba que, efectivamente, su abuelo había sido secuestrado. Que para nada se había perdido.
Que Tom y Maisie tenían razón.
Mientras la verdad se iba asentando en su interior, y a pesar de que sentía auténtico terror, una determinación renovada empezó a florecer en ella.
Necesitaba un nuevo plan.
Justo cuando su salvador alargaba una mano hacia las riendas de su yegua y frotaba el morro negro como el carbón de la criatura, Emeline le preguntó:
—¿Puedes llevarme ante el Rey del Bosque?
A él se le ensombreció el rostro.
—No seas boba. —Señaló el norte con la cabeza, en la dirección en la que se encontraba Edgewood—. Lo que necesitas es salir de estos bosques antes de que te olfatee algo peor que una piel de sombra. Vamos. —Le tendió la mano—. Te ayudaré a montar.
Emeline se preguntó qué podía ser peor que una piel de sombra, pero enseguida decidió que no quería saberlo.
—Créeme, no tengo ninguna intención de quedarme más tiempo del necesario, pero creo que el Rey del Bosque tiene a mi abuelo. —Se sacó la diminuta prenda por el pago del diezmo del bolsillo y levantó la mano para enseñársela. El orbe, frío como la escarcha, refulgió entre sus dedos.
Él bajó las manos y levantó las cejas, arrugando la frente.
—¿Una canica? ¿Esas son tus pruebas?
Emeline bajó el orbe diminuto. No era una canica. Era una prenda. Todavía estaba fría, a pesar de que la había llevado todo ese tiempo en el bolsillo, cerca de su cuerpo. Los colores que despuntaban bajo su superficie no hacían más que mutar y cambiar bajo aquella luz tenebrosa.
—Significa que el Rey del Bosque tiene a mi abuelo. —Le resultó extraño oír esas palabras saliendo de su boca, después de haberlas negado con tanta vehemencia.
Él la observó sin disimulo, como si estuviera tratando de decidir qué hacer con ella.
—Odio decepcionarte, pero tu abuelo no está aquí.
Pero ¿cómo lo iba a saber él?
No podía.
—Y si estuviera en la corte del rey, no hay nada que puedas hacer al respecto —prosiguió con voz tensa mientras oteaba el bosque, que estaba cada vez más oscuro—. No podemos quedarnos aquí.
Se puso al lado de la yegua y esperó a que Emeline se acercara, como si estuviera seguro de que ella se montaría obedientemente en el lomo de la enorme criatura. Quería que se marchara a casa, que se olvidase de su abuelo y siguiese con su vida como si nada hubiera ocurrido.
Sintió un chispazo de rabia. No pensaba regresar a Edgewood sin su yayo.
—Si no vas a llevarme, al menos dime cuál es el camino.
—Sube a la yegua, Emeline.
Así que sí que le había prestado atención cuando le había dicho su nombre. Deseó entonces que él también le hubiera dicho el suyo, para poder llamarlo con el mismo tono condescendiente que acababa de utilizar con ella.
—No me pienso subir a tu yegua. Me voy a buscar a mi abuelo. Y, si no vas a ayudarme, haz el favor de quitarte del medio.
No lo hizo. Es más, dio un paso hacia ella, y como era tan alto, le bloqueó la poca luz del sol que quedaba, y que se estaba desvaneciendo rápidamente.
—¿Tienes idea de lo que le pasa a la gente como tú? ¿A la gente que es tan insensata como tú y se adentra en este bosque?
A Emeline le hervía la sangre, pero se mantuvo firme, a pesar de que él se cernía sobre ella como una nube de tormenta.
—Aquí hay horrores mucho peores que los que pueden aparecer en cualquier pesadilla. Es cuestión de tiempo que otro monstruo te encuentre. No puedo dejarte aquí.
Emeline se quedó en silencio. Lo único que sabía sobre aquellos bosques era que cuanto más rato pasaba en ellos, más creía las historias que había oído durante toda su vida.
—Pues no me dejes —le pidió en voz baja—. Llévame hasta el rey.
Él torció la boca como si hubiese comido algo podrido.
—Eso no lo pienso hacer.
—Pues muy bien.
Emeline oteó el bosque ceniciento en busca de un camino por el que un caballo gigantesco no la pudiera seguir. Recordó las voces de los árboles y cómo la habían avisado de que se avecinaba la piel de sombra.
Él ya estaba lo bastante cerca para agarrarla y, a juzgar por su expresión, ese parecía ser su plan.
—Decidme adónde ir —pidió a los árboles.
«Al sur —murmuraron—. Sigue el río».
—¿Con quién hablas?
Y cuando hizo ademán de cogerla, Emeline lo esquivó y echó a correr.