Cuatro
El viento dejó de soplar en cuanto Emeline cruzó la linde del bosque.
Las hojas se acallaron.
La envolvió el aroma denso de los pinos.
—¡Caaac!
Emeline dio un brinco al oír el ruido y levantó la vista.
Un enorme cuervo, posado en la rama de un arce.
Sus plumas negras casi azules reflejaban la luz del sol poniente, y, cuando ladeó la cabeza para mirarla, le refulgieron los ojos negros.
Era el doble de grande que un cuervo común.
Tom habría dicho que era un cambiaformas.
Los cambiaformas eran otro de los mitos de Edgewood, criaturas que se movían entre formas distintas.
Allí, la gente creía que un cuervo, un zorro o un ciervo podía no ser más que un animal, pero que también podía ser otra cosa.
Algo distinto. Espías a los que había enviado el Rey del Bosque en persona.
«A un cambiaformas siempre se le distingue por su sombra».
—¡Caaac! —graznó el pájaro, y luego emprendió el vuelo sacudiendo en el aire sus alas.
Se le erizó la piel, como si el graznido del cuervo hubiese funcionado del mismo modo que una alarma y ahora todos los ojos del bosque se hubiesen vuelto para mirarla.
Emeline se abrigó con la rebeca y siguió adelante, pisando las ramitas crujientes y las hojas caídas. Hizo bocina con las manos y llamó a su yayo y, mientras caminaba, la espesura la cercaba como un puño cerrado.
Los árboles tapaban el cielo y el bosque era cada vez más frondoso y oscuro. Con cada gemido y cada crujido que oía, Emeline se volvía de golpe solo para descubrirse sola, y ver que el camino que había dejado atrás era tan denso y enredado como el que se extendía ante ella.
«¿Encontraré el camino de vuelta?», pensó.
—No pienses en eso. Piensa en tu yayo.
Lo llamó a gritos una y otra vez, pero no hubo respuesta y, peor aún: tampoco había ni rastro de él.
Y eso no era todo: la luz del día empezaba a extinguirse. Emeline debía volver; no quería estar allí cuando la oscuridad fuese plena.
«Mañana iré a comisaría», se dijo. Si le decía a la policía que creía que su abuelo estaba perdido en el bosque, tendrían que organizar una partida de búsqueda, ¿no?
Sin embargo, cuando Emeline se dio la vuelta para volver, se encontró con un bosque… cambiado.
Los árboles que la rodeaban estaban enfermos. Los brotes de los zumaques eran grises y no rojos, las hojas de los nogales estaban blanquecinas y marchitas y los troncos de los álamos, podridos. Hasta el aire estaba descompuesto. Era húmedo, mohoso y sofocante.
Emeline se dio la vuelta otra vez, pero el bosque verde y frondoso del que venía había desaparecido. En su lugar había algo enfermo, en descomposición.
—¿Qué sitio es este?
«La Mácula —respiraron los árboles—. Territorio maldito».
—¿Maldito?
Pero los árboles no dijeron nada más. Y Emeline, al darse cuenta de que estaba hablando con objetos inanimados, siguió adelante a toda prisa.
«Hacia el norte —pensó. Se le había puesto la carne de gallina—.
Edgewood está al norte del bosque». Lo único que tenía que hacer era volver caminando en la dirección de la que había venido y llegaría.
Bajo sus pies, las hojas arrugadas se disolvían como cenizas.
Sobre la espesura —que antes gemía y crujía— había caído un silencio espeluznante.
«Algo se acerca».
La piel le vibró, alerta, al oírlo: unos movimientos en la distancia, los rascones contra los árboles al pasar, el aire que entraba y salía de sus pulmones a medida que se acercaba.
«Vete —la apremiaron los árboles—. ¡Corre, Emeline!».
Pero ¿y si era su yayo?
Y entonces, a través de la luz gris y nebulosa, lo vio. Como una sombra, solo que todavía más oscuro. Negro como un sótano sin luz ni ventanas.
Mientras la forma alargada se acercaba, deslizándose sobre la tierra, distinguió los brazos correosos, doblados en formas extrañas, y unas fauces blancas y brillantes llenas de sangre seca.
A Emeline se le heló la sangre, igual que el invierno helaba el jardín de su abuelo, matando todo lo que había vivo.
Sabía lo que era.
Una piel de sombra.
Negó con la cabeza y retrocedió. «No es posible…
». Las pieles de sombra eran criaturas tan astutas como despiadadas.
El Rey del Bosque las mandaba para aterrorizar a Edgewood.
La criatura que había devorado el caballo de Corny el invierno anterior era una piel de sombra, y también había sido una piel de sombra la que había chupado la sangre de las vacas de Abel hasta dejarlas secas dos años antes.
El día que Maisie había encontrado una merodeando en el interior de su cobertizo la había encerrado dentro, con la intención de prenderle fuego, pero el monstruo había reventado la puerta y había ido a por ella.
Si su yayo no hubiera estado allí ese día, y si no la hubiera cogido y la hubiera metido en casa y atrancado la puerta, aquella cosa le habría desgarrado la garganta.
Pero todo eso no eran más que cuentos.
«¿Y si no son solo cuentos?», pensó Emeline mientras aquello seguía cerniéndose sobre ella.
La criatura se adentró en el claro; apenas estaba a unos pasos de distancia. La miraba a los ojos. O eso habría hecho de haber tenido ojos, porque no tenía más que dos rendijas como nariz y una grieta como boca. Y esa grieta se ensanchó, revelando varias hileras de dientes afilados.
Se acercó más.
«¡Emeline, corre!».
Pero ya era tarde para correr.
Vio una rama blanca y rota en el suelo y la cogió. Cerró los dedos alrededor de la madera dura y, blandiéndola sobre su cabeza, furiosa, atacó con todas sus fuerzas.
Un golpe sordo resonó entre los árboles cuando golpeó la palma de la piel de sombra con la rama.
La criatura cerró las garras, le arrancó la rama de las manos y la partió en dos.
Emeline retrocedió tambaleándose.
El monstruo se erigió sobre ella con la boca abierta de par en par, mostrándole las encías llenas de sangre seca y los hilos de saliva gruesa que colgaban de los dientes afilados como agujas. La boca despedía un aliento caliente que apestaba a podrido.
Emeline se puso rígida: se le agarrotaron los músculos; se le bloquearon los huesos. Le ordenó a su cuerpo que se moviera, pero este no la obedeció. Era como si alguien hubiese tomado el control de sus funciones motoras.
Mientras tanto, por sus brazos y sus piernas se propagaba un frío antinatural.
Y fue entonces cuando recordó que matar no era lo peor que podía hacer una piel de sombra.
El monstruo de sonrisa espeluznante se adentró en su mente y la obligó a recordar la última vez que había vuelto a casa.
Su yayo y ella estaban sentados a la mesa de la cocina, y ella le explicaba adónde iba a ir: a la Residencia Páramo, donde le proporcionarían los cuidados que necesitaba. Su abuelo movía la pierna arriba y abajo, nervioso, mientras la escuchaba.
«Está asustado», comprendió ella en ese momento. Lo cogió de ambas manos, con la intención de reconfortarlo, pero él se apartó al instante. Como si Emeline fuese una desconocida. ¿Por qué lo tocaba? Escondió las manos bajo la mesa, fuera de su alcance.
«Procura no ser demasiado cariñosa —le había advertido el médico—. Lo confundiría».
Pero Emeline no sabía no ser cariñosa con su yayo. ¿Cómo se suponía que debía fingir que él no era quien había sido siempre? Su abuelo, su tutor, su amigo.
«¿Quién eres?», le había preguntado él ese día. Unas palabras que habían sido como una bofetada brutal e inesperada. La habían dejado completamente descolocada.
Sin saber muy bien qué hacer, Emeline había parpadeado, con la mirada fija en el hombre que la había criado. Él se esforzaba por reconocerla, trataba de alcanzar los recuerdos que se le escapaban, igual que alguien mete la mano en el río para beber y se encuentra el lecho seco y la mano vacía.
«Ya no es el hombre que era antes —le había dicho Joel—. No aparques tus sueños por alguien que no se acuerda de quién eres».
Pero era su yayo. La persona que la había criado. La persona que se había ocupado de ella desde que había nacido. Cuando su madre se había marchado, él se había convertido en todo su mundo. La había apoyado en todos sus sueños, había sido su fan número uno.
Y ¿cómo le había pagado ella? En cuanto él había necesitado su ayuda, ella se lo había entregado a unos desconocidos y había puesto su casa y sus viñedos a la venta.
La embargó una oleada de desprecio por sí misma.
«Jamás volverás a verlo —le dijo una voz pútrida que goteaba en su mente—. Jamás volverás a oír su voz. Cuando lo encuentren, lo volverán a encerrar en esa habitación blanca donde solo le espera la muerte. Y se quedará allí, solo y asustado».
Entonces vio a su yayo en una habitación que no era la suya, esperando a alguien que nunca vendría.
Lo vio con gran nitidez, como si lo tuviera delante.
Lo vio de pie al lado de las ventanas. Lo vio paseando por los pasillos, esperando a su nieta.
Ansiando su llegada. Marchitándose cada día un poco más.
Trató de liberarse de aquellos pensamientos, pero su resistencia no hizo sino desencadenar visiones aún más tristes y oscuras, como si hubiera algo dentro de su mente que la obligase a caminar por los senderos más desgarradores.
Por eso eran famosas las pieles de sombra: por encontrar tu peor miedo y valerse de él para paralizarte.
Mientras el monstruo hurgaba en sus pensamientos y recuerdos con sus garras, tratando de hallar aquello que más profundamente había enterrado, Emeline contempló su enorme boca abierta. Sabía muy bien que, una vez que terminase de devastar su mente, le hundiría esos dientes brillantes en el cuello.
Abrió la boca para chillar.
Pero no le dio tiempo. La punta afilada de una espada cercenó el rostro del monstruo.
La piel de sombra la soltó.
A Emeline le temblaron las piernas del impacto, y cayó al suelo de rodillas.
La hoja volvió a desaparecer tras el cráneo de la criatura, y de la herida, en lugar de sangre, manó oscuridad.
El lamento agudo del monstruo le atravesó los oídos.
Alzó sus garras y se las llevó al rostro, como si quisiera contener la oscuridad que tenía dentro, y luego se desplomó sobre el lecho del bosque convertida en polvo.
Emeline contempló boquiabierta que de su cuerpo muerto brotaban amapolas, cuyos pétalos rojos resplandecían como gotitas de sangre.
Desde arriba, una voz áspera y suave a la vez gruñó:
—¡Insensata!