Tres
Emeline iba de un lado a otro de la casa. Quería llamar a Maisie, a Tom. Quería una explicación.
«¿Qué es esto? ¿Una broma de mal gusto?».
Pero sus vecinos no eran gente de gastar bromas tan pesadas. Eran personas amables y sinceras. No se rebajarían a una jugarreta tan cruel.
Entonces ¿qué significaba que encima de la cama de su yayo hubiera esa esfera que indicaba que se había pagado un diezmo?
«¿Y si tienen razón?».
¿Qué ocurriría si se permitiera creer en todo aquello? En que los bosques eran peligrosos. En que en su interior habitaba un rey malvado. En que ella podía abandonar Edgewood, pero Edgewood nunca la abandonaría a ella.
En cierto modo, sería un alivio. Significaría que no estaba volviéndose loca.
Significaría que sabría exactamente dónde encontrar a su yayo.
Emeline abrió la puerta trasera de la casa de par en par, y el olor dulce y agrio de las uvas la recibió con los brazos abiertos. Estaban a finales de septiembre y las vides se veían colmadas de pesados frutos. Maduros, listos para ser recolectados.
Y, a lo lejos, la esperaba el bosque.
El sol todavía no se había puesto, pero el aire resplandecía, dorado, ante la inminente llegada del atardecer, y se quedaba atrapado entre las hojas de los altos árboles. Eran dos veces más altos que la casa, a la que vigilaban como centinelas.
Emeline fijó la mirada en la única abertura que se veía en kilómetros, un espacio entre los setos, abierto como las fauces de un lobo, que marcaba la entrada a ese lugar oscuro, a ese otro lugar.
Antaño había un árbol en esa abertura. Su yayo lo había plantado el día que Emeline había nacido, y el árbol la había cuidado desde entonces. O eso solía imaginar ella.
El viento le azotaba las mejillas y le alborotaba el pelo, trayendo consigo el olor del bosque: madera podrida y huesos viejos.
Emeline se estremeció y se cerró la rebeca con más fuerza.
¿Y si era cierto, y el bosque era un ente oscuro y letal capaz de robarle lo que más quería?
Decidió creérselo, aunque fuera solo por una noche. ¿Qué tenía que perder? Su yayo no estaba en casa, y eso significaba que solo le quedaba un sitio donde buscarlo.
Emeline permitió que sus pies la condujeran a la hilera de árboles que marcaba el inicio del bosque, al que miraba con el ceño fruncido.
—Lo encontraré —gruñó en voz baja—. Lo encontraré y lo traeré a casa. —Apretó los puños—. Y luego me marcharé. Puede que hayas conseguido traerme de vuelta, pero no puedes dejarme aquí atrapada. Cuando él esté a salvo, no volveré a casa nunca más.
Sus pasos hacían crujir la hierba verde botella bajo sus pies. Se acercó al agujero del seto, el lugar donde había estado su árbol. La hierba era gruesa y larga, como si allí nunca hubiese crecido nada.
Trató de recordar cómo era y a qué olía.
Pero no pudo.
Se levantó el viento, tirándole del pelo y azotándole las mejillas. Las hojas se movieron, como una advertencia.
«Cuidado con el Rey del Bosque, Emeline».
—A la mierda con el Rey del Bosque —maldijo con amargura.
Y se internó en la maraña verde.