Dos
Emeline odiaba dejar a la gente colgada.
Sí, debía admitir que había sido un poco ingenua.
Y, por descontado, también que había tenido que hacer muchas concesiones.
Pero su ingenuidad, sus concesiones y su voluntad de acero la habían llevado hasta donde estaba.
En poco más de una semana sería la telonera de sus ídolos, una banda de folk llamada los Perennials, en una gira de catorce ciudades que recorrería tres países.
Y si lograba impresionar a los representantes de Daybreak Records —que irían a verla al concierto de inauguración—, pronto tendría un contrato con una de las casas discográficas más importantes del país.
«Si alguien puede hacerlo, esa eres tú, patito».
Era lo que su abuelo le había dicho unos minutos antes de que se subiera al coche y se marchara, mientras él y los vecinos le decían adiós con la mano desde el césped del patio delantero.
Cuando todavía era su yayo, y no una cáscara vacía del hombre que había sido.
Cuando todavía se acordaba de la niña que había criado.
Se aferró al volante con más fuerza.
«Tengo que encontrarlo».
Alguien tocó a la ventanilla del lado del conductor, interrumpiendo sus pensamientos. Sobresaltada, levantó la vista para mirar a través del cristal.
Al otro lado había un hombre de mediana edad con una cazadora vaquera gastada saludándola con la mano.
Era varios años más joven que su abuelo, pero lo bastante mayor para ser su padre.
Tenía el pelo castaño oscuro más corto y gris de lo que recordaba, pero todo lo demás era exactamente igual que en sus recuerdos.
—¡Tom! —Emeline abrió la puerta del coche y se lanzó a sus brazos.
—Pensaba que eras tu madre…
—Siento decepcionarte. —Inhaló el aroma de su tabaco de pipa mientras lo apretujaba con fuerza.
—Tú no me decepcionarías nunca, pequeña.
Era Tom el Pobre Loco, también conocido como Tomás Pérez.
Había sido fotógrafo para la revista National Geographic y ahora era el amable vecino retirado de su yayo.
Lo de «Pobre» era porque había estado locamente enamorado de la madre de Emeline, Rose Lark, que le había roto el corazón cuando se había quedado embarazada de otro hombre.
Y lo de «Loco» por las historias que le contaba a Emeline cuando era una niña pequeña y aburrida e iba a su casa para que alguien la entretuviera.
Historias sobre sus increíbles aventuras en la corte del Rey del Bosque.
Emeline seguía sin saber con certeza si se las había inventado para divertirla o si de verdad creía que eran ciertas.
—¿Cómo te va con eso la música?
Soltó a Tom y lo descubrió observándola con atención.
—Bien. —Pensó en su inminente gira. Pensó en la posibilidad de firmar con Daybreak Records—. Muy bien.
—No me sorprende. —Una sonrisa le iluminó el rostro, como a un padre orgulloso—. Mais siempre dice que la voz de nuestra Emmie es mágica. ¿Y con ese novio tuyo cómo va?
—¿Joel?
Se encogió de hombros.
—Como se llame el que tengas ahora.
«¡Ay!». Aunque no podía decir que no fuese cierto. Emeline cambiaba de novio con la misma frecuencia con la que cambiaba las cuerdas de su guitarra. Joel siempre la chinchaba con eso, diciéndole que tenía un corazón frío y cruel.
Antes de que empezasen a enrollarse.
—Joel… no es mi novio. —Técnicamente—. Solo es el hijo de mi representante.
En realidad, Joel era a la vez más y menos que un novio.
Era el salvavidas al que recurría cuando sus miedos trataban de hundirla, arrastrándola como las corrientes; los miedos de perder la carrera que tanto se había esforzado en forjar, los miedos de que había algo oscuro que la acechaba para arrancarle el sueño de su vida de los dedos, por mucha fuerza con la que se aferrara a él.
Sus alucinaciones sobre los bosques remitían cuando estaba con Joel. A veces, no estaba segura de si le gustaba él o la normalidad que representaba.
Tom la observó unos instantes con aquellos ojos castaños y serenos, y luego echó vistazo a su camioneta vieja y oxidada, que había dejado al ralentí detrás del coche azul de Emeline.
—No puedo quedarme mucho rato. Eshe tiene visita en el médico y la tengo que llevar.
—Eshe era la madre de Grace Abel, una chica con la que Emeline se había criado.
Grace se había largado de Edgewood en la primera oportunidad que se le había presentado, igual que Emeline, solo que, para ella, esa oportunidad había sido una beca en Oxford, donde estaba estudiando—.
Supongo que te has enterado de lo que ha pasado con Ewan.
—Sí.
—Has venido a buscarlo.
Emeline apartó la vista.
—Sí.
Tom suspiró, cansado.
—Escúchame, Emmie. Maisie y yo, Corny, Anya, Eshe y Abel nos pasamos toda la noche buscándolo junto a la policía.
Fuimos por carreteras y caminos, recorrimos los campos a pie.
No está aquí. —Miró hacia los bosques que acechaban tras la casa con una expresión casi nostálgica—.
Sé que no es lo que quieres oír, pero no lo vas a encontrar.
Tenía razón, no era lo que quería oír.
—Si Ewan hubiese intentado escaparse de la residencia, las puertas cerradas con llave se lo habrían impedido.
Y si, de algún modo, se las hubiera arreglado para salir, se le vería en las imágenes de las cámaras de seguridad.
Pero no hay nada. No hay ni rastro de él.
—Tom le puso una mano en el hombro y le dio un apretón para reconfortarla.
Su rostro le decía lo que él no le había dicho: que su abuelo estaba en manos del Rey del Bosque.
Emeline sintió que la frustración le retorcía las entrañas.
El Rey del Bosque y sus monstruos de la espesura —cosas como las pieles de sombra, los ascuaballos o los cambiaformas— eran cuentos de hadas que había dejado atrás cuando se había marchado de Edgewood, hacía ya dos veranos.
Pero tenía razón: la enfermera se lo había contado todo. Que todo el mundo estaba perplejo. Que era imposible que su abuelo se hubiera escapado.
Pero también era imposible que lo hubiera secuestrado un rey perteneciente al mundo de los cuentos de hadas.
—¿No tenías que llevar a Eshe al médico? —le recordó ella, cambiando de tema abruptamente. De repente, quería que se fuera para poder empezar a buscar.
Tom asintió. Mientras volvía hacia su camioneta, le preguntó:
—¿Cuánto tiempo te vas a quedar? —«Cuanto sea necesario para encontrarlo»—.
Cuando vuelva del médico con Eshe, vendré a charlar un rato contigo.
—Emeline recordó los viejos tiempos, cuando Tom venía a casa por las noches y su yayo le daba permiso para quedarse despierta hasta tarde, comer cereales y participar de su conversación—.
Quédate aquí y espérame, ¿de acuerdo? —le pidió—. No te precipites.
—Vale —contestó ella al tiempo que él se metía en la camioneta. Lo observó alejarse por el largo sendero de tierra que cruzaba los viñedos de su abuelo y luego girar hacia la carretera principal.
El bosque empezó a susurrar en cuanto desapareció.
«Emeline…».
Miró detrás de la casa. Hacia el bosque oscuro y amenazador.
«No seas loca —se dijo—. Solo es un bosque».
Se volvió hacia los terrenos de su abuelo y se paró en seco. Entre ella y la puerta principal estaba el cartel de se vende , fulminándola con la mirada.
«Traidora —parecía decirle—. ¿Cómo pudiste?».
Había recibido una media docena de ofertas de compra, sobre todo de inversores extranjeros. De gente que no tenía intención de comprar la casa para vivir en ella, que solo buscaba un sitio en el que invertir su dinero.
Emeline las había rechazado todas. Pero no podía seguir haciéndolo. Su yayo casi no tenía ahorros, y los pocos que tenía se estaban yendo en pagar su estancia en la Residencia Páramo. El único modo de poder seguir teniéndolo allí era vender la casa y los viñedos.
Cualquier día tendría que aceptar alguna oferta.
Aunó coraje, pasó junto al cartel y se plantó ante la puerta principal. Luego introdujo el código en la cajita de seguridad donde el agente inmobiliario guardaba las llaves, abrió la puerta y entró.
Olía a él.
A casa.
«No —se corrigió—. No es mi casa. Ya no».
Antaño, a la derecha siempre había un montón de zapatos llenos de barro, pero ahora solo había un felpudo de goma vacío. Se quitó las botas. Caminó del vestíbulo al salón con las baldosas frías helándole los pies y, allí, el reloj de pie rompió el silencio con su tictac.
No había fuego en la chimenea. Ningún delicioso aroma que emanara de la cocina. Aquella casa —la que albergaba sus recuerdos más queridos— se le antojaba fría, completamente desprovista de vida. Como si su alma se hubiese esfumado y no quedase de ella más que una cáscara.
Emeline llamó a su yayo, deseando fervientemente que le respondiera. Había una llave de repuesto en el garaje, debajo de una maceta. Si había conseguido recorrer a pie los quince kilómetros que separaban la Residencia Páramo de su casa, quizá la hubiese usado para entrar.
Emeline miró en todas las habitaciones, una tras otra, hasta llegar a la última: el dormitorio de su abuelo. Sobre la cómoda, había viejos marcos de fotos en una fila irregular. Le pareció extraño. Estaba bastante segura de que los había metido todos en cajas.
Las fotografías que había en ellos eran todas de ella: a los dos años, con las mejillas regordetas y sonrosadas; a los diez, larguirucha y desgarbada; a los dieciséis, alta y esbelta, tocando la guitarra en un escenario. La hicieron añorar el pasado, cuando todo era más fácil.
«Esos días no volverán —se dijo—. Nunca volverán».
Emeline se abrazó a sí misma. Había ido hasta allí para encontrar a su abuelo, no para rememorar tiempos pasados. No podía andar muy lejos. Los ancianos con las caderas desgastadas no desaparecían así como así.
«Lo siento mucho, pequeña. Pero a tu abuelo lo han diezmado».
Las palabras de Maisie atravesaron la barrera de sus defensas antes de que pudiera rechazar aquella absurda explicación.
Y, de repente, el dormitorio cambió.
De repente, Emeline dejó de verlo con los ojos de una chica de ciudad. Lo vio con los ojos de la niña que había crecido en Edgewood.
Fijó la mirada sobre la puerta, donde había unas ramas nudosas colgadas sobre el dintel, atadas con un cordel. A juzgar por su aroma fresco y dulce, las habían cortado hacía poco.
En Edgewood, la gente colgaba ramitas de espino de los dinteles de las puertas para ahuyentar a las criaturas del bosque.
Criaturas como, por ejemplo, las pieles de sombra.
Emeline frunció el ceño. ¿Quién las habría puesto allí? ¿Tom?
Cuando empezó a cruzar la estancia para quitarlas, reparó en un cuenco de cobre vacío que había sobre la mesita de noche de su abuelo.
«Eso lo guardé, estoy segura».
Retrocedió y lo cogió. La curva fría y pesada del cuenco —que era dos veces más grande que sus manos juntas— hacía aflorar recuerdos en los que su yayo lo dejaba en la puerta en cada cambio de estación, con el diezmo trimestral para el Rey del Bosque.
Emeline deslizó los dedos por el cobre y notó las toscas marcas del martillo de Tom, el Pobre Loco.
Tom había forjado en frío todos los cuencos para el diezmo de Edgewood.
Acarició la inscripción grabada en el borde, unas palabras que había reseguido un millar de veces más con unos dedos mucho más pequeños, hacía mucho tiempo.
«Los mayores sacrificios son los diezmos más valiosos».
Se refería a los diezmos para el Rey del Bosque.
Según el folclore popular de Edgewood, el Rey del Bosque era una criatura antigua que residía en lo más profundo de los bosques, y que requería sacrificios trimestrales de aquellos que habitaban en la frontera de su espeluznante espesura, diezmos que mantenían a las gentes de Edgewood a salvo de él y de sus monstruos sedientos de sangre.
Cuatro veces al año, el Rey del Bosque mandaba a su recaudador para que recogiera las ofrendas de los habitantes de Edgewood, o, al menos, sobre eso versaban las historias.
Emeline nunca había visto a esa persona.
Cuando pasaba algo malo —cuando las vacas dejaban de dar leche, los cultivos se dañaban o algún ser querido se ponía enfermo—, los vecinos de Edgewood no lo achacaban a las desgracias o injusticias de la vida.
Lo consideraban un diezmo impagado. Creían que el Rey del Bosque les estaba quitando lo que se le debía de forma retroactiva.
Dos inviernos antes de que Emeline se marchara de Edgewood, habían matado a uno de los caballos de Cornelius Henrik.
Ya había caído el atardecer cuando Corny había visto a una piel de sombra, una criatura perteneciente al reino de las pesadillas, que había salido del bosque y había clavado los dientes brillantes en el cuello del animal.
Para cuando Corny llegó, el monstruo ya había arrastrado su cena más allá de los árboles desnudos, dejando la nieve manchada de rojo.
A la mañana siguiente, encontró un orbe parecido a una perla en el establo del caballo: una prueba de que el diezmo había sido pagado.
Al menos, así es como a Corny le gustaba contar la historia.
Pero no era lo que había ocurrido en realidad.
No había monstruos que emergieran del bosque y se comieran los caballos, sino lobos hambrientos. Emeline había crecido escuchando sus aullidos por la noche, a la hora de dormir.
Las pieles de sombra no existían. Y el bosque no se llevaba cosas. Lo que ocurría tenía un nombre: accidentes. A veces se perdía alguna vaca, o se pudrían campos enteros de maíz, pero no eran más que infortunios. No había fuerzas malévolas detrás.
Emeline trataba de no molestarse con sus viejos vecinos por creer en cuentos de hadas. Creer en los monstruos les daba algo a lo que culpar de las desgracias sin sentido.
Y, por eso mismo, trató de no enfadarse con ellos por haber dejado objetos supersticiosos en el dormitorio de su yayo.
Las ramas de espino, el cuenco para el diezmo…
Eran formas de lidiar con lo ocurrido. Formas de enfrentarse a la pena.
Porque Ewan Lark, su vecino y amigo, estaba perdiendo la razón poco a poco.
Y que él perdiera la razón significaba que ellos lo perdían a él.
Emeline se obligó a volver al presente. Al dormitorio, a la tarea que tenía entre manos: encontrar a su abuelo.
Estaba a punto de volver al pasillo cuando vio resplandecer un objeto en la almohada.
Volvió junto a la cama y miró con los ojos entornados el diminuto orbe que descansaba en el centro del cojín.
Lo cogió.
Era más pequeño que una canica, pero más grande que una perla, y al tocarlo desprendía una extraña frialdad. Bajo su superficie fluían colores como de ópalo, azules y verdes claros y blancos cremosos.
Emeline se lo quedó mirando varios segundos. Sentía que le faltaba el aire. Porque sabía lo que era aquello, a pesar de que su mente le gritase que no. Que no podía ser.
Era una prenda. La prueba de que un diezmo había sido pagado.