Un oscuro olvido Uno
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Un oscuro olvido

Un oscuro olvido

Por Kristen Ciccarelli

© inepub.com

Uno

Los bosques fueron a por Emeline como hacían siempre: deslizándose con sigilo entre las sombras y colándose por las rendijas.

«Emeline —susurraban—, cántanos una canción verdadera».

Emeline apretó los dientes y no hizo caso.

Allí, sentada bajo los focos en un taburete de madera, continuó cantándole al micrófono y rasgueando las cuerdas de su ukelele, y se dijo que, si aquella noche toda la cerveza que hubiera en el bar acababa convertida en agua de río, no le importaba.

Que, si aquellas matas verdes y esponjosas que asomaban entre los tablones de madera del suelo eran, en efecto, musgo que venía de los bosques, no le importaba.

No podía perder la concentración.

No podía estropear aquella oportunidad.

Emeline no podía darle al público ni la más mínima pista de que, cuando cantaba, pasaban cosas muy extrañas. Ni hablar. Ella era Emeline Lark, una cantante de folk con tintes pop. Una estrella en alza con melodías pegadizas y voz dulce y aireada.

Allí no había nada raro.

Las luces de La Rêverie se atenuaron, acompañadas del crepitar y chisporrotear del fuego de la chimenea que había en la pared de piedra del pub.

Sobre las mesas, por toda la sala, resplandecían las lámparas de aceite.

Todo tenía un aire íntimo. Acogedor, cálido y oscuro, salvo por las luces blancas que brillaban sobre Emeline.

Dejó que aquellos focos la cegaran, que le ocultaran a sus espectadores, mientras se apresuraba a acabar su actuación.

«Emeline…».

El olor de la tierra húmeda y blanda permeaba el aire. Emeline arrugó la nariz e intentó concentrarse en el público sin rostro que la contemplaba tras los focos.

«Lo tengo controlado», se dijo.

Y, en general, era cierto. Sin embargo, en los últimos tiempos, aquellas alucinaciones boscosas se estaban volviendo cada vez más insistentes.

¿Y si la cosa empeoraba mientras estaba de gira?

¿Y si uno de esos días dejaba de ser capaz de controlarlo?

Tamborileando con la pierna, se pintó una sonrisa en la cara y siguió tocando.

Pero, mientras cantaba la última canción, el penetrante olor a tierra fresca hizo que mirara al suelo. Bajo sus botas había crecido un parche de musgo verde esmeralda.

Parpadeó. Albergaba la esperanza de que no solo el musgo fuese un producto de su imaginación, sino que también lo fuesen los insectos negros y brillantes que estaban brotando de su interior. Que correteaban por encima de sus botas. Que le trepaban por los vaqueros.

Escarabajos.

Contempló horrorizada sus cuerpecitos negros, que reflejaban destellos iridiscentes azules y verdes mientras se arrastraban por sus piernas.

«Solo una canción verdadera», le pidieron los bosques con voz ronca.

Emeline miró al público más allá de las luces. Nadie parecía haberse percatado de la presencia del enjambre de escarabajos.

Nunca lo hacían.

«Porque ves cosas que no están ahí».

Igual que todo el que hubiera vivido en Edgewood durante demasiado tiempo.

Emeline se saltó la última estrofa de la canción y fue directa al estribillo final para terminar la actuación cuanto antes.

El bosque hizo una pausa. Esperó.

Pero ella no pensaba cantar ninguna otra canción, porque, en cuanto su música paraba, el bosque también paraba de propagarse. Era algo que había aprendido al marcharse de Edgewood dos años atrás: los bosques, ya fueran reales o un producto de su imaginación, solo iban a buscarla cuando cantaba.

El problema era que Emeline estaba siempre cantando.

La música era su vida.

El público aplaudió. Ella le dio las gracias, dejó el ukelele en su soporte, al lado de la guitarra, y se secó las palmas sudadas en los vaqueros.

Cuando la música house empezó a sonar, relevando a Emeline de su tarea de entretener al público, el musgo y los bichos retrocedieron, llevándose con ellos el aroma del bosque.

Emeline exhaló un suspiro de alivio. Lo había logrado. Había conseguido cantar todas sus canciones sin causar ningún incidente. Aquella noche, nadie había reparado en aquella presencia musgosa. Nadie, excepto ella.

Aquello la llevó a preguntarse, y no por primera vez, si su mente seguiría el mismo rumbo que la de su abuelo. Y el dolor afloró en su pecho al recordar la última vez que lo había visto. En aquella habitación estéril, tan perdido…, como si aquel no fuese el lugar que le correspondía.

Se obligó a respirar.

«Hiciste lo correcto. Es lo que él quería que hicieras».

Era lo que se decía siempre y, sin embargo, nunca aliviaba su dolor.

Como tenía la garganta seca de cantar, Emeline hizo ademán de coger la botella de agua rosa fucsia que había dejado bajo el taburete, la que Joel le había regalado por su cumpleaños y que ella había llenado de agua antes de empezar la última parte del concierto.

Pero sus dedos no encontraron más que aire.

Se agachó y miró al suelo, pero la botella había desaparecido. En su lugar había una flor: una anémona blanca, tan bonita como una estrella.

Emeline la miró extrañada.

—Pero ¿qué…?

Arrancó la anémona de debajo del taburete y la observó con atención. La luz se reflejaba en los pétalos blancos y translúcidos, dispuestos alrededor del centro negro.

—Si esto es una broma, creo que podrías hacerlo mejor —le murmuró al bosque.

Emeline paseó la mirada por el pub y, finalmente, se detuvo en un objeto de color fucsia.

Su botella de agua.

Alzó la vista desde la botella al joven que la tenía en la mano.

Era poco más que una silueta, de pie justo donde no alcanzaban ya las tenues luces del bar.

Y la estaba observando. Las sombras ocultaban su rostro y su ropa, pero no lograban disimular su altura. Ni tampoco la intensidad de su mirada.

Una sensación de alerta crepitó sobre su piel, como si hubiera recibido una descarga eléctrica.

El joven levantó la botella de agua como si la estuviera saludando, y luego se la llevó a la boca y le dio un buen trago.

Ella se quedó atónita.

¿Cómo se la había quitado sin que se diese cuenta?

Bajó la vista a la anémona que tenía en la mano. Debía de haberla dejado él cuando le había robado la botella, para que la encontrase.

Sintió un chispazo de ira. No era la primera vez que Emeline tenía que lidiar con hombres así. Con fans que no respetaban los límites.

¿Creía que podía acosarla sin que hubiera consecuencias?

Ya se encargaría ella de aclarárselo.

Se levantó del taburete y salió del resplandor de los focos. Sin perder de vista a su objetivo, zigzagueó por entre las mesas, recorriendo la distancia que la separaba de la barra.

La distancia que la separaba de él.

Él dejó la botella sobre la barra. A pesar de que estaba oculto por las sombras, Emeline percibió su desasosiego. Le complacía que ella hubiese aceptado el desafío, pero le inquietaba que se estuviera acercando. «Así me gusta —pensó, apretando los puños—. Te has metido con la chica equivocada».

Emeline estaba acostumbrada a que la subestimaran. Era una muchacha de diecinueve años metida en la despiadada industria musical, un hecho que parecía darle alas a la gente para infravalorarla.

«Recuerda, patito —oyó la voz de su yayo en su mente—. Cuando la gente te subestima, es fácil que eso se vuelva en su contra».

El desconocido no hizo ademán de marcharse; se limitó a contemplarla desde la oscuridad. Como desafiándola a descubrir su identidad.

Mientras se acercaba, le dio la sensación de que había en él algo de otro mundo. Un aura que no encajaba en el ambiente chic de La Rêverie. Emeline miró al suelo buscando su sombra, para ver qué forma tenía. Una costumbre ridícula que le debía a Tom el Pobre Loco.

«A un cambiaformas siempre se le distingue por su sombra».

Emeline apartó el pensamiento.

En cualquier caso, estaba demasiado oscuro para ver la sombra de aquel desconocido.

Solo le faltaban unos pasos para llegar hasta él cuando le vibró el móvil. Aminoró la marcha para sacarlo de su bolsillo trasero. Pensando que sería Joel, el hijo de su representante, bajó la vista para silenciar la llamada.

Pero no era Joel.

El nombre que iluminaba la pantalla era el de la vecina de su abuelo, Maisie Decker. Emeline le había dado poderes notariales para que las cosas fuesen más fáciles para todos.

«¿Y si le ha pasado algo a mi yayo?».

Sin dejar de fulminar con la mirada al desconocido que se escondía entre las sombras, respondió.

—¿Mais?

—Hola, pequeña. —La voz cálida de Maisie solía hacerla pensar en rollos de canela, dulces, pegajosos y esponjosos. Sin embargo, esa vez sonaba distinta: estaba colmada de preocupación.

«Ha ocurrido algo».

Emeline se tapó la otra oreja para aislarse de los ruidos del local. Alguien la golpeó en el hombro al pasar por su lado y, de repente, el pub pareció parpadear a su alrededor y el aire se llenó del olor de los pinos.

Levantó la vista hacia las sombras donde había visto por última vez al desconocido, pero ya no estaba. Emeline se dio la vuelta, buscándolo por el local, pero no había ni rastro de él. Había desaparecido y se había llevado la botella de agua. Como si hubiese saltado de ese mundo a otro distinto.

«A no ser que me lo haya imaginado a él también…».

—Ewan me pidió que no te molestara a no ser que fuese una emergencia, pero han pasado ya casi veinticuatro horas y…

A Emeline le latía el pulso en los oídos.

—¿Han pasado veinticuatro horas de qué?

—Ewan se ha ido, cariño.

«Se ha ido».

La recorrió un escalofrío helado como el invierno.

—¿Cómo que…?

—Ha desaparecido —le aclaró Maisie—. No lo encontramos desde ayer. —La sala empezó a dar vueltas alrededor de Emeline—. La enfermera llamó pasada la medianoche. Dijo que no estaba en su cama. Debió de salir y se perdió. O eso es lo que piensan ellos.

Con «ellos» se refería a la Residencia Páramo, el geriátrico donde vivía su abuelo.

Adonde lo había llevado Emeline el abril pasado, cuando se había caído y se había roto la cadera y ya no podía seguir viviendo solo en su vieja casa.

Emeline había cancelado sus conciertos, había conducido durante siete horas hasta Edgewood, había recogido sus cosas y lo había internado en la residencia más cercana.

«Veinticuatro horas».

Alguien debería haber dado ya con él.

«¿Por qué no lo han encontrado?».

Quizá había sido un error internarlo en la residencia más cercana a Edgewood. Quizá habría podido encontrar un sitio mejor, llevárselo con ella a la ciudad, o…

—Solo que las puertas estaban cerradas con llave —continuó Maisie, bajando la voz hasta convertirla en un susurro—. Hay cámaras en todos los pasillos. No puede haberse marchado por su propio pie. No es posible.

El pub se oscureció. El intenso olor a bosque se hizo más denso.

«Te lo estás imaginando —se dijo Emeline—. No hay ningún olor».

—Lo siento mucho, pequeña —añadió Maisie—. Pero a tu abuelo lo han diezmado.

«Diezmado».

La palabra resonó en el interior de Emeline y la arrastró a una infancia que había estado marcada por las supersticiones. Los diezmos del Rey del Bosque eran uno de los muchos rituales con los que había crecido en Edgewood.

Eran otra de las razones por las que se había marchado de allí en cuanto había podido.

Y, sin embargo, a juzgar por lo ocurrido esa noche, tal vez no hubiera escapado lo bastante rápido. Era evidente que, fuera cual fuese la locura que había infectado a su abuelo y a sus vecinos, había empezado a infectarla a ella también.

Negó con la cabeza.

Nada se había llevado a su yayo. En todo caso, se lo había llevado la demencia, que era lo que se había adueñado de su mente. Se había perdido; eso era todo. Solo había que encontrarlo.

«Es un hombre de setenta y cinco años. No puede haber llegado muy lejos».

Emeline regresó a abril, a la última vez que había visto a Ewan Lark.

Recordó la expresión de desconcierto en el rostro de su abuelo cuando ella lo había llevado al comedor de la Residencia Páramo y lo había dejado allí.

Recordó el disonante flop, flop de sus sandalias contra las baldosas azules que la había acompañado mientras se marchaba por los pasillos pintados de blanco.

Recordó el dolor atroz que había sentido al cruzar aquellas puertas, abandonando a la persona que más había amado en este mundo tras habérselo entregado a unos desconocidos.

Emeline cerró los ojos con fuerza.

¿Qué otra cosa podría haber hecho? Su mismo yayo le había dicho que se fuese.

Pero a ella no se le había pasado por alto la melancolía que había empañado su voz. Lo que él quería era estar en su casa, rodeado de sus viñedos. Los viñedos que había plantado con sus propias manos.

Lo que él quería era quedarse en Edgewood.

—¿Emmie? ¿Estás ahí?

Apretó el móvil con los dedos sin despegárselo de la oreja.

«Tengo conciertos apalabrados. Una gira que preparar. No puedo irme así, sin más».

Pero la imagen de su abuelo, perdido y asustado, pesaba más que todo lo demás.

—Voy para casa —contestó.