Capítulo 8 #2
Ninguno se toma el tiempo de pensarlo; como si hubieran estado esperando mi permiso, hunden los colmillos a cada lado de mi cuello.
Un escalofrío recorre mi cuerpo, suelto un quejido lastimero, miro al techo y aprieto los ojos, permitiendo que unas pocas lágrimas salgan; la creación del lazo me hace correrme y me muerdo el labio inferior.
Los alfas continúan embistiendo hasta correrse; me siento mareado, los siento lamerme ambas marcas y sonrío satisfecho antes de que todo a mi alrededor se oscurezca.
(...)
—¿Cómo te sientes? —pregunta el doctor.
—Estoy bien, ¿qué me pasó? Yo estaba con mis novios y... —recuerdo todo e intento salir de la camilla—. Mykel y Sebas, ellos me necesitan.
—Cálmate, el que necesita cuidados eres tú —me dice el doctor, hace que vuelva a recostarme en la camilla y me toca la frente—. Tus novios están afuera, entrarán en cuanto salga —me avisa.
—¿Qué me pasó? —insisto.
—Sobredosis de feromonas —dice—. Estuviste expuesto a una enorme cantidad de feromonas por muchos días sin descanso; al obtener dos marcas al mismo tiempo, tu cuerpo colapsó, pero por lo visto ya estás bien. Solo intenta descansar y no te expongas a demasiadas feromonas por algunos días —informa.
—Muchas gracias, doctor —hago una pequeña reverencia hacia él.
Al salir, lo escucho decirle a Mykel y Sebas que pueden pasar después de informarles que deben tener cuidado con la cantidad de feromonas a la que me exponen; escucho a los alfas avanzar hacia acá, pero no entran, se detienen en la puerta.
Gracias al lazo que compartimos puedo sentir sus nervios, el terror de Mykel y la angustia de Sebas.
Esta es la magia de la marca: puedo sentir sus emociones, así como ellos pueden sentir la mía.
Podemos comunicarnos por telepatía y siempre he querido comprobar que es real, así que, lejos de hablarles para que sepan que pueden entrar, que no tienen que sentirse mal por lo que sucedió, me muerdo el labio inferior y enfoco la mirada en la puerta.
«¿Van a continuar dudando ahí afuera o van a venir a ver a su omega, par de cobardes?», les hablo mediante el vínculo del lazo.
La puerta se abre de inmediato; Mykel y Sebastián entran en la habitación, cierran la puerta y se detienen frente a la camilla. Sus ojos buscan los míos; Mykel aprieta las manos, mientras Sebas es el primero en acercarse a mí.
—Jaymie —susurra con la voz llena de angustia—. Mi precioso Jaymie —repite con la voz rota.
Me envuelve en sus brazos y acomodo la cabeza en su pecho; hundo la nariz en el hueco de su cuello en busca de algún rastro de feromonas.
Tal como les dijo el doctor, ninguno expulsa demasiadas, solo la cantidad necesaria para que sepa que están aquí conmigo, junto a mí.
Mykel nos alcanza, se acomoda en la camilla, nos envuelve con fuerza y deposita un beso en la parte de atrás de mi cabeza.
—¿Cómo te sientes? —pregunta Mykel, mientras me acaricia el cabello.
—No te preocupes, estoy bien, lo prometo —aseguro.
Sebas acuna mi rostro en sus palmas, me da un beso en la frente y suelta un suspiro; mantiene su frente pegada a la mía, me acaricia las mejillas con las yemas de los dedos pulgares y me da un beso rápido.
—Me asustaste, Jay —susurra—. No tienes idea de cuánto nos asustaste —confiesa.
Minutos después me quedo con Sebas en la habitación; el alfa me cuenta cuán angustiado y nervioso ha estado Mykel.
Él es quien me dice que duré dos días inconsciente, que ellos estuvieron conmigo cada uno de esos días y no se apartaron de mí, y que estaban enojados consigo mismos por haber despertado justo cuando el médico les pidió salir de la habitación para revisar mi estado de salud.
Sebastián se burla y hace chistes acerca de las veces que Mykel entró en pánico por no tener respuestas positivas sobre mi progreso, pero toda esa diversión se esfuma del rostro de Sebastián tan pronto como le pregunto si él no estaba preocupado.
Por supuesto, solo mencionó las escenas que hizo Mykel, pero nunca las suyas.
—Mejor cambiemos de tema, hace calor, ¿cierto? —intenta Sebas.
Mykel y Sebas se quedan todo el tiempo conmigo; me cuidan, me ayudan a comer, a ducharme, platican conmigo y cada que tienen oportunidad me dan besos.
—¿Así que ya sabes usar la telepatía, eh, mocoso? —provoca Mykel.
—Sí —acepto con un asentimiento de cabeza.
Al día siguiente, el doctor encargado viene a revisarme, confirma que todo está bien y me firma el alta; les recuerda a los alfas que paguen la factura antes de salir y que me compren los medicamentos que debo tomar durante los próximos dos meses por la situación con las feromonas.
Se va de la habitación dejándonos solos.
Sebas me ayuda a recoger las cosas mientras Mykel empieza a quejarse porque el doctor le recordó pagar.
—Como si necesitara que alguien me recuerde que tengo que costear los gastos de mi omega —se queja Mykel.
Sebastián sacude la cabeza, sonríe con burla y me peina el cabello con los dedos.
—Vamos a casa, bonito, tienes que descansar —anima Sebas.
Nos preparamos para salir; a pesar de que me siento bien, ellos insisten en mantenerse aferrados a mis manos mientras intentamos salir de la habitación.
Al cruzar el marco de la puerta, Mykel se detiene; miro hacia donde lo hace él y aprieto sus manos al encontrar a mi padre frente a nosotros.
El hombre fija la mirada en nuestras manos, traga grueso y avanza hacia nosotros; Mykel libera mi mano y se coloca frente a mí, evitando que mi padre me alcance.
—Si quieres decir algo, dilo desde ahí, no tienes que acercarte a él —le advierte.
Mi padre me mira por encima del hombro de Mykel.
—Solo quiero hablar contigo, por favor —suplica mi padre.
—Sobre mi cadáver —insiste Mykel.
El alfa da un paso al frente amenazante; alcanzo su pecho y sacudo la cabeza.
—Solo déjanos un minuto, pueden quedarse cerca —propongo.
—Pero, Jaymie —intenta Sebas.
—Estaré bien, lo prometo, ustedes me están cuidando —insisto.
Mykel empuja el interior de la mejilla con la lengua, asiente, libera mi mano y, junto a Sebas, se adapta a un lado para darnos espacio; sin embargo, desde ahí puede escuchar todo lo que hable con mi padre y estoy bien con eso, no tengo nada que ocultarles.
—Necesito ir a casa a descansar, por favor; si tienes algo que decir, creo que deberías hacerlo —exclamo.
Mi padre se aclara la garganta, mira a su alrededor, desliza las manos en el interior de los bolsillos del pantalón y asiente.
—Felicidades por haber aprobado la pasantía, tu mamá y yo estamos orgullosos de ti —confiesa—.
Nosotros ahora entendemos lo que intentaste decirnos tantas veces, no vamos a forzarte a nada; danos una segunda oportunidad, puedes trabajar, hacer lo que quieras, tomar tus propias decisiones, pero vuelve a casa con nosotros.
Dame otra oportunidad, por favor —suplica.
—Ahora mismo soy incapaz de recordar por cuántos años me esforcé por escuchar esas palabras de ti —trago grueso—. Solo que dijeras que te sentías orgulloso de mí, eso era todo lo que necesitaba, que me apoyaras, que intentaras entenderme aunque sea un poco, pero ahora mismo no las necesito —suelto.
—Jaymie —mi padre se desespera, alcanza mi mano y me mira con ojos suplicantes, haciendo que Mykel apriete los dientes y se ponga alerta.
Rodeo las manos de mi padre con las mías y le sonrío.
—Ahora me siento bien, papá —confieso—. Donde estoy ahora se siente como un verdadero hogar, me siento feliz como nunca me sentí en los años que viví con ustedes.
Ustedes dos son mi familia y eso nadie lo va a cambiar, siempre será así, pero Mykel y Sebas son todo para mí; ellos son mi casa, mi familia, la que yo escogí.
Ahora estoy donde quiero estar, donde yo escogí estar, estoy feliz, esto es lo que quiero; por favor, no intentes arrebatarme lo que tengo, ya has hecho demasiado, por favor, déjame ir, déjame ser feliz.
Sin esperar respuesta, libero sus manos y lo miro a los ojos una última vez; mi padre asiente, le devuelvo el asentimiento y avanzo hacia Mykel y Sebas.
Cada uno me ofrece una de sus manos, las agarro sin dudar, les ofrezco una pequeña sonrisa confirmando que todo está bien, entrelazo nuestros dedos y turno la mirada entre ellos.
—Estoy listo para ir a casa.