Capítulo Final
El omega de los Rose
Sebastián
La reunión termina, los demás integrantes salen de la sala y Jaymie recoge las cosas antes de hacer una reverencia hacia nosotros.
La gente de la empresa ha notado que tenemos algo, sobre todo después de la marca, pero en esta ocasión estamos en el extranjero; terminamos de firmar un contrato que Mykel gestionó con uno de sus amigos de la adolescencia, por lo que Jaymie mantiene la fachada de secretario y sale de la sala de reuniones dejándonos solos.
Este es su último año como nuestro secretario.
Continuará ayudándonos con las reuniones y el papeleo, pero estamos de acuerdo en que deje de trabajar para nosotros; es el omega de los Rose, no tiene necesidad de trabajar en primer lugar, pero como Jaymie es terco, solo aceptó dejar el puesto con la condición de continuar siendo él quien maneje los documentos y nos organice todo antes de cada sesión.
—Fue un placer verte de nuevo —Henry, el amigo de Mykel, le sonríe y le da la mano.
—El placer es todo mío —devuelve Mykel.
Los alfas se despiden con un apretón de manos; Henry se despide de mí de la misma forma y pongo la mirada en el omega que lo acompaña.
Le ofrece la mano a Mykel y, en cuanto él la toma, empuja el dorso de la mano dejándole saber que quiere que lo salude con un beso allí.
Alzo una ceja; Mykel sonríe y aparta la mano.
—Lo siento, no tengo permitido darles besos a otros omegas —explica Mykel.
—Solo es educación, cortesía, no te van a matar por eso —insiste el omega.
—En realidad, solo soy cortés y educado con mi omega; con cualquier otro mantengo una distancia bien marcada y prefiero que así sea, no necesito malos entendidos ni hacer que mi omega se sienta incómodo. De nuevo, lo siento —insiste Mykel.
El omega asiente, pero tuerce los ojos, inconforme por la explicación de Mykel; tan pronto como su mano abandona la de Mykel, pone la mirada en mí.
Al igual que con él, extiende la mano en mi dirección y espera a que la tome; contrario a mi alfa, prefiero evitarme el problema, así que me llevo las manos a la espalda y hago una leve reverencia hacia el omega.
—Misma situación que Mykel, pero yo no pienso disculparme por eso —aclaro, y finalizo con un ligero asentimiento.
Juntos salimos de la sala de reuniones; esperando afuera de la oficina, Jaymie entrecierra los ojos mirando a Mykel. El alfa se encoge de hombros e intenta alcanzarlo; Jaymie suelta un bufido, sacude la cabeza, nos da la espalda y empieza a caminar más rápido queriendo alejarse de él.
—Él ya ha sacado las garras, ¿no? —Mykel suelta una risita.
En cuanto conocimos a Jaymie era un omega tranquilo, reservado, demasiado amable y muy tierno; ahora sigue siendo todo eso, solo que después de un año y varios meses de relación ha dejado salir a la luz sus celos, la posesividad y la fiereza que lleva por dentro, y los dos estamos igual de encantados con ello.
—Definitivamente sí —concuerdo.
En cuanto llegamos al hotel donde nos estamos hospedando, desde mi lugar en el sillón, acomodado con un vaso medio lleno de whisky en la mano, observo cómo Mykel se mueve por la habitación intentando que Jaymie le preste atención y lo escuche, pero el omega se niega; los tres tenemos claro en qué terminará esta discusión entre ellos, así que me adelanto a desabrocharme el pantalón.
—Jaymie, por favor, de verdad lo siento, te juro que no dije nada malo —explica Mykel.
—No tenías que darle la mano, a lo mejor sí se la querías besar, quién sabe —reprocha Jaymie—. Deberías aprender de Sebas, él ni siquiera le dio la mano; tienes boca, salúdalo con la boca —exige—. Con palabras, no vayas a confundirte y termines besando a alguien.
Mykel suelta un suspiro; cada movimiento que da Jaymie dentro de la habitación es seguido de cerca por él.
El alfa traga grueso y lo alcanza, finalmente lo agarra de la mano y tira del omega pegándolo a su cuerpo; sus miradas se encuentran y no puedo evitar sonreír, esto fue más rápido de lo que esperaba.
—Perdóname, precioso, te juro que nunca más tocaré a un omega; no importa la circunstancia, incluso si su vida depende de ello, no pondré mis manos en otro omega. Únicamente en ti, bebé, ¿está bien? —promete Mykel.
—No lo sé —Jaymie se hace el difícil.
Tuerce los labios y mira a otro lado evitando los ojos de Mykel; el alfa lo agarra del mentón y hace que el omega lo mire a los ojos.
—Por favor, mi amor, este alfa idiota está tan arrepentido; no me gusta que me ignores, estoy suplicándote, Jaymie —ruega Mykel.
Jaymie reprime una sonrisa, aprieta los labios y asiente; Mykel le devuelve el asentimiento, acuna el rostro de Jaymie en las palmas de sus manos, acerca sus narices y las frota con ternura.
La forma en que se miran me hace morderme el labio inferior.
Jaymie toma los labios de Mykel y se empiezan a besar con una ternura y delicadeza como si quisieran grabarse el sabor de la boca del otro en cada fibra de su ser.
(...)
Agarro a Jaymie de la cintura y el omega levanta el culo; me sujeto el tronco del miembro completamente erecto, me bombeo de adelante hacia atrás sintiendo las pequeñas protuberancias creadas por las perlas y paseo la punta hinchada por la entrada de Jaymie, simulando entrar, pero sin hacerlo.
Jaymie suelta un quejido; Mykel le recoge el cabello dejándolo en una pequeña coleta rojiza y aprieta los mechones mientras el omega continúa chupándosela.
—Por favor, Sebastián —Jaymie se frota contra mi erección, queriendo que me hunda en su interior.
Mykel tira del agarre en su cabello y vuelve a deslizarle la polla en el interior de la boca.
—No se habla con la boca llena, cariño —reprende Mykel.
Rodeo el cuello de Jaymie con la mano izquierda y me hundo en él con una sola estocada dura y profunda; el cuerpo de Jaymie se estremece, su interior se contrae a mi alrededor y me aprieta con fuerza.
Sus paredes parecen querer adherirse a mi miembro; las paredes internas de Jaymie se sienten tan bien, y las perlas causan una fricción deliciosa al entrar y salir de su cuerpo.
—Umm, Sebas... —gime Jaymie.
El omega empieza a empujar el trasero hacia mí a la vez que empujo las caderas y lo penetro; mis ojos encuentran los de Mykel, con una seña entiendo lo que quiere y lo alcanzo hasta besarlo.
Jaymie empuja el culo hacia atrás conectando cada movimiento con los embates de mi pelvis.
Los tres jadeamos a la vez, embisto el interior de Jaymie una y otra vez sin piedad; su interior se siente húmedo, el lubricante no deja de salir a borbotones y las paredes del omega me succionan la polla como si quisieran tragársela entera, y se lo concedo.
Mordisqueo los labios de Mykel, libero el cuello de Jaymie y agarro el del alfa; embisto con fuerza con la mirada fija en los ojos de Mykel.
Jaymie se mueve con cada embate en su interior, sus piernas tiemblan y gime con la polla de Mykel dentro de su boca; el miembro de Jaymie se sacude y palpita mientras el omega se viene.
A pesar de los espasmos que sacuden su cuerpo, Jaymie se mantiene prendido del miembro de Mykel, succionando y lamiendo cada pulgada.
—Joder, sí —gime Mykel.
Aprieta el agarre en el cabello de Jaymie y le propino un azote duro y sonoro en el culo; el omega gime y aprieta las piernas.
Mykel alza la pelvis y comienza a follarle la boca a Jaymie sin dejar de mirarme; por un segundo mira al techo completamente perdido en el placer, y los movimientos de su cadera pierden coordinación.
El chapoteo de la polla entrando y saliendo a toda prisa de la boca de Jaymie me hace embestir siguiendo el ritmo de Mykel.
Me agarro de la cintura de Jaymie; no soy capaz de aguantar mucho más y, por la mirada y el cuerpo tenso de Mykel, me atrevo a decir que, al igual que yo, está jodidísimo, está más allá del borde. Aprieto los dientes y suelto un gemido.
—Maldición, Jaymie, quiero follarte toda la puta vida que me queda —exclamo.
—Sí, joder, hay que follarlo toda su vida —concuerda Mykel.
—Cásate —tartamudeo.
—Cásate con nosotros, Jaymie —concluye Mykel.
Ambos nos miramos y maldecimos al alcanzar el orgasmo; me quedo quieto llenando a Jaymie por detrás mientras Mykel termina de correrse en su boca, agarra a Jaymie de la mandíbula con posesividad y empieza a besarlo, saboreando su propia eyaculación en los labios del omega.
Al acomodarse, Jaymie entrecierra los ojos, se limpia la comisura de los labios y turna la mirada entre nosotros.
—Ustedes dos dicen cosas locas cuando se están viniendo —sacude la cabeza—. No pueden bromear con algo así solo porque la están pasando bien.
Comparto una mirada con Mykel y él asiente, dándome vía libre para que diga lo que los dos venimos hablando hace un tiempo.
—Nadie está bromeando, venimos hablando sobre el tema del matrimonio desde hace meses; no teníamos planeado pedirlo en pleno sexo, pero se salió de control y no pude evitarlo.
Sé que no es la forma más dulce de pedir matrimonio, pero nosotros nunca hemos sido dulces.
Te amamos, Jaymie, nos entendemos bien en todos los sentidos y...
—Incluso quiero hacerte un jodido hijo, Jay —interviene Mykel—. Yo, que no soporto el ruido y a la gente impertinente en miniatura, estoy deseando tener uno de esos contigo; algún día, no importa si en un futuro lejano, pero el punto aquí es que queremos que esto sea para siempre, nosotros tres.
—Sé que quizás no quieres esto ahora —me aclaro la garganta.
—Puedes pensarlo un poco —propone Mykel.
—Sí, podemos darte media hora para decidir —bromeo.
—Ya cállense, ustedes dos están nerviosos y me ponen de los nervios a mí también —traga grueso y se muerde el labio—. Me preguntaba cuándo finalmente me lo preguntarían, par de idiotas.
—¿Entonces eso es un sí? —indaga Mykel.
—Por supuesto que lo es —confirma Jaymie—. Esperen —abre los brazos evitando que lo abracemos a la vez, y frunce las cejas confundido—. ¿Podemos casarnos los tres? ¿Aceptan eso?
—Por supuesto, si dije que eres el omega de los Rose, tú te conviertes en el omega de los Rose cueste lo que cueste —sentencia Mykel.
Rodeo el cuello de Jaymie desde atrás; Mykel se acomoda frente a él, lo agarra de la cintura y tira de él, acorralando al omega entre nuestros cuerpos.
—Es lo que eres, lo que siempre serás —susurro, y bajo la boca por su cuello—. El omega de los Rose, siempre lo has sido, Jay.
Mykel y yo hundimos los colmillos en el cuello de Jaymie, cada uno en su lado, reabriendo la marca del omega, dándole color y más vida a la vez que Jaymie inclina la cabeza en mi hombro y nos envuelve con sus feromonas.
El omega de los Rose... eso se escucha jodidamente bien.