UN OMEGA PARA DOS ALFAS (ROSE nº 1) Capítulo 7
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Capítulo 7

El futuro de un omega

Unos meses después

Mykel

Con las manos en los bolsillos, mantengo la mirada fija en Jaymie.

Sonríe feliz al ponerle fin a su discurso dirigido a sus compañeros y jefe; su pasantía terminó la semana pasada y, al igual que los demás pasantes, está aquí para saber cómo le fue.

Aunque es más que obvio que si llegaron hasta aquí es porque lo están haciendo bien.

La empresa siempre prepara una fiesta para los que llegan hasta el final y para aquellos que aceptan la oferta de trabajo que les damos si la merecen.

—Nuestro chico en verdad lo logró —comenta Sebas.

—¿Acaso tenías dudas? Es ambicioso, sabe lo que quiere y es bastante terco —sonrío al recordarlo.

Recordé todas las veces que le repetimos que no era necesario que hiciera la pasantía, que no hace falta que trabaje, que lo podemos mantener, darle todo y hacerlo feliz; sin embargo, él siempre ha insistido en querer conseguir todo por sí mismo sin nuestra intervención, y tengo que admitir que nos costó mucho a ambos no ayudarlo, quedarnos quietos cuando su superior, el mismo que nosotros le asignamos, lo regañaba o le alzaba la voz.

En más de una ocasión bajamos al piso donde trabaja solo para ver cómo lo llevaba, las noches en que los dos teníamos que recordarle que es suficiente, que él tiene las virtudes y todo lo que se necesita para hacer bien las cosas; dos meses después empezó a manejar todo bien, su superior lo llevaba a todas las reuniones y nunca quedó mal ni hizo que su jefe se avergonzara por algo.

Las últimas semanas nos hizo a un lado casi por completo para enfocarse en su pasantía, y hoy en día está disfrutando de los frutos que él mismo sembró.

Su padre continúa enojado con nosotros; sin embargo, nunca insinuó el querer retirar su inversión de nuestra empresa.

Se encargó de decir que nuestra relación con su hijo no llegaría demasiado lejos y pues aquí estamos, con su padre observándolo a la distancia sintiéndose orgulloso de los logros de su hijo, pero incapaz de aceptar que se equivocó y que un omega tuvo la razón antes que él.

—Entonces, Jaymie, luego de ver tu increíble desempeño, nos encantaría que formes parte de nuestra empresa. ¿Te gustaría mantener tu puesto como mi asistente? —propone el supervisor de Jaymie.

El omega se sorprende y la felicidad en su rostro hace que mi corazón lata con fuerza; Sebas y yo compartimos una mirada, ambos sonreímos y asentimos, confirmando que aceptaremos cualquier decisión que Jaymie tome con respecto al trabajo.

—Señor, ha sido un verdadero placer trabajar con usted todo este tiempo.

Usted es de los jefes que, a pesar de verse rudos y gruñones, todo lo que quieren es que aprendamos correctamente y que hagamos bien nuestro trabajo.

Trabajar con usted me hizo sentir en familia muchas veces, al igual que cuando estaba con los demás compañeros; sin embargo, ya tengo un par de jefes esperando por mí desde hace tiempo y yo solo trabajaré para ellos —confiesa Jaymie.

Pone la mirada en nosotros, su jefe asiente, le da un abrazo a Jaymie y aprieto los dientes; el hombre fija la vista en nosotros y sacude la cabeza. Claro, pobre tonto, pensó que se quedaría con nuestro Jaymie, cómo no.

Uno de los compañeros de Jaymie empieza a hablar, todos ponen la atención en él, mientras nosotros no apartamos la mirada de Jaymie.

El omega camina hacia nosotros, con una emoción y orgullo plasmados en su rostro.

Su padre da unos pasos al frente y sonríe, esperando a que su hijo vaya con él; sin embargo, Jaymie ni siquiera lo mira, finge no darse cuenta de la presencia de su padre y termina de llegar frente a nosotros.

Sebas es quien lo recibe con los brazos abiertos y le da un abrazo fuerte.

—Lo lograste, cachorro, eres el mejor de todos —elogia Sebas.

Al finalizar el abrazo con Sebas, Jaymie me envuelve en sus brazos; rodeo su espalda con un brazo y con la mano del otro le acaricio el cabello.

—Yo no te diré mentiras como Sebas, ¿lo sabes, verdad? —el omega asiente—. Lo hiciste bien, cariño. Estamos orgullosos de ti, trabajaste duro y te mereces todo esto —confieso.

—Gracias a los dos por darme esta oportunidad, por permitirme trabajar y ser libre, tomar mis propias decisiones. Los amo a los dos —susurra la confesión del final.

Sebastián enfoca la mirada en mí y asiente; le devuelvo el asentimiento y, después de darle un leve beso en los labios a Jaymie, lo coloco en medio de los dos y prestamos atención al resto de los pasantes.

El resto de la tarde nos mantenemos compartiendo con los demás, tomando uno que otro trago.

El padre de Jaymie desapareció hace unos minutos y, aunque también tengo ganas de arrastrar a Jaymie fuera de aquí, este es su día, su festejo, no pienso interrumpirlo por estar caliente y andar con ganas; si a eso vamos, siempre estoy caliente y siempre tengo ganas.

(...)

—¿En serio una pizza es lo que quieres? —pregunto incrédulo.

Tan pronto como la celebración terminó, lo sacamos de la empresa y le informamos que podía pedir lo que sea como regalo; no quisimos comprar nada porque siempre se ofende diciendo que son cosas costosas, que derrochamos el dinero y esto y aquello.

Prefiero no escucharlo quejarse por el resto de la noche.

—Sí, de vegetales, por favor —confirma.

—Encima la pide de vegetales, por la luna —se queja Sebastián—. Amor, ya dile algo —me mira con ojos suplicantes.

—Cuando dijimos que podías pedir lo que sea, nos referíamos a un yate, un apartamento en el complejo más costoso de la ciudad... Podemos darte tantas cosas y tú quieres una pizza, bebé. Necesitamos que gastes nuestro dinero de alguna forma —suelto.

—Entonces, ¿ustedes dos me van a comprar la pizza o me voy a morir de hambre? —se cruza de brazos y pone cara de pocos amigos, haciéndose el indignado.

—Él definitivamente quiere la jodida pizza —miro a Sebas.

Le ordenamos una pizza grande de vegetales solo para él, porque Sebastián y yo no comemos vegetales, mucho menos en la pizza; la de nosotros es de queso y carne, nada de pimiento y cebolla. Una vez Jaymie se sirve el primer trozo y se lo lleva a la boca, me inclino hacia él y le sonrío.

—Ahora quiero que te desnudes —suelto.

Jaymie frunce las cejas, pero Sebastián, quien ya vivió esto, solo sacude la cabeza y se ríe.

—¿Eh? Pero si estamos en la calle, en una pizzería con niños y familias, ¿de qué me estás hablando? —pregunta el omega.

—Estoy alimentándote, ahora quiero verte sin ropa —insisto—. Dicen por ahí que primero se le llena el estómago y después toca llenar el...

—Mykel, hay niños, compórtate —reprende Sebastián.

—No puedo creer que realmente dijera eso —Jaymie sacude la cabeza, pero la mirada coqueta que me da y la forma en que muerde el trozo de pizza mientras hace un gran esfuerzo por ocultar su sonrisa me confirman que lo disfrutó.

Llegamos a casa pasadas las diez de la noche.

Jaymie nos pide subir a la habitación, pero él se queda en el primer piso, no tengo idea de haciendo qué; dijo que tenía algo que decirnos y esta es la segunda vez que temo que alguien quiera romper conmigo.

Tengo más de cuarenta años y estoy pasando por esto, primero con Sebastián, ahora con Jaymie.

—¿Qué crees que quiera decirnos? —me atrevo a preguntar.

Sebastián observa su celular, se encoge de hombros y sacude la cabeza.

—No pienses demasiado, estoy seguro de que no será nada malo —asegura.

La puerta de la habitación se abre, Jaymie entra vistiendo una bata blanca, cierra la puerta y le coloca el seguro; se muerde el labio inferior y turna la mirada entre nosotros.

—Quiero probar algo —comenta.

Sebas deja el celular de lado y los dos le damos toda nuestra atención.

—Lo que quieras —acepta Sebas—, ¿qué tienes en mente, bonito?

—Ustedes dijeron que puedo pedir lo que yo quiera como regalo, ¿cierto?

—Correcto —respondo.

Jaymie pone la mirada en el piso, se muerde el labio inferior y vuelve a levantar la vista.

—Quiero cogérmelos a los dos, uno a uno mientras el otro nos mira. Quiero probar a quién puedo hacer que se venga primero estando yo arriba —confiesa.

Sebastián se atraganta con la saliva; Jaymie no suele ser así de descarado, de directo, pero no es algo que nos disguste, todo lo contrario.

Sebastián se repone rápido y asiente confirmando que está de acuerdo; no hace falta que diga nada, si se trata de ellos dos, siempre estoy dispuesto y disponible para cualquier cosa.

Luego de llegar a un acuerdo, Jaymie se despoja de la bata, la deja caer por sus hombros con suavidad; una cola larga sale de su trasero y baja por sus piernas. Estoy consciente de que es un lobo, pero también sé que esa no es su cola real: tiene un maldito plug metido en el culo ahora mismo.

—Sebastián primero —dice el omega.

Sin perder tiempo se sienta en las piernas de Sebas y empiezan a besarse; ver cómo Sebastián le recorre las curvas y todo el cuerpo con los dedos hace que el miembro me dé un tirón bajo el pantalón.

Me desabrocho la prenda y me libero la erección, me la acomodo y la empuño sin apartar la mirada de ellos.

—No puedes correrte —comunica Jaymie—. Eso te daría mayor resistencia, no puedes llevar ventaja sobre Sebas.

Alzo una ceja y me masajeo el miembro; Jaymie se muerde el labio inferior mientras Sebas juega con el plug dentro del omega, entrando y sacando el juguete de su interior, pegado a su pecho, chupándole los pezones a Jaymie.

Sebastián retira el plug por completo, me lo lanza y lo atrapo; guío el juguete a mi nariz, olfateo el aroma del lubricante natural de Jaymie y aprieto los puños, empujando el interior de la mejilla con la lengua.

Sebastián expulsa feromonas e inhalo con fuerza; Jaymie no tarda en hacer lo mismo, me siento embriagado de sus feromonas y se siente jodidamente bien.