UN OMEGA PARA DOS ALFAS (ROSE nº 1) Capítulo 6
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Capítulo 6

El omega de los Rose

Jaymie

Espero a que Sebas confirme si hará lo que le pedí.

El alfa teclea algo en su celular; conociendo cómo es su relación con Mykel, debe estar informándole de lo que vamos a hacer.

Al final, la comunicación entre ellos es muy buena y eso lo admiro mucho.

Una sonrisa ladina curva los labios de Sebastián; un brillo de malicia cruza sus ojos, lanza el celular a la cama y se desabrocha el cinturón del pantalón.

—Supongo que eso es un sí —susurro.

—Supones bien, precioso —confirma.

Sebas se coloca detrás de mí, agarra las cadenas que mantienen unidas las esposas en mis muñecas y las alza en el espaldar de madera de la cama, dejándome los brazos en el aire; frota la nariz en mi hombro, la desliza por mi cuello y expulso feromonas para él.

Empujo el culo hacia atrás, siento su dureza y empiezo a frotarme contra la erección.

El alfa gruñe de placer en mi oreja, me muerde el lóbulo y sube las manos por mis piernas; me aprieta la piel de los muslos y me rodea el cuello con el cinturón. Envuelve la correa en su mano izquierda y tira de ella. Gimo sobre su boca y continúo frotándome contra su cuerpo.

—Quítame la ropa —suplico.

—¿Sí?, ¿debería? —juguetea el alfa.

—Por favor, voy a terminar corriéndome en los pantalones —lloriqueo.

—La leche no se desperdicia, cariño —me susurra en la oreja.

Alcanza el frente de mi pantalón; con manos hábiles, me despoja de las prendas.

La camisa tiene muchos botones, por lo que se desespera y termina rompiendo la tela; en menos de nada, tengo el pantalón rodando en el suelo, trozos de tela en mis brazos y los dedos de su mano libre apretujándome los pezones.

El alfa desliza su miembro entre mis muslos y empieza a moverse; cada tanto hace ademán de meterse entre mis nalgas, pero no lo hace, provocando que llore de necesidad.

Todo mi centro está empapado y la habitación queda impregnada con una mezcla deliciosa de nuestras feromonas, aunque tengo que admitir que le falta el toque del aroma de Mykel, y eso es más que notable para nosotros.

Exasperado por el jugueteo de Sebastián, levanto una pierna y la acomodo en el borde del colchón; empujo las caderas hacia atrás, haciendo que el miembro del alfa logre deslizarse finalmente en mi interior.

Sebastián tira del agarre en mi cuello y gimo con fuerza; el gesto solo me excita más.

El alfa pasa la lengua por mi mejilla, aprieta el agarre en el cinturón y atrapa mi boca, iniciando un beso feroz que deja en evidencia su deseo.

Al romper el beso, lo miro a los ojos; los suyos están encendidos de placer, al igual que los míos.

—¿Tanto lo querías? Mira cómo lo tomaste tú mismo —gime sobre mis labios—. Todavía no está todo dentro, termina de meterlo —ofrece.

Asiento y me muerdo el labio inferior mientras continúo empujando hacia atrás; cada pulgada que se desliza dentro de mí me hace gemir y todo mi cuerpo se estremece en respuesta.

Sebastián me agarra de la cintura, impaciente; tira de mí y me hunde la polla entera.

Me trago el gemido que intenta abandonar mi garganta y una sonora nalgada me debilita las rodillas.

—Maldita sea, estás hecho para que te cojan por el culo y te lo disfrutas tanto —elogia en un susurro—. Tu agujero se abre tan bien —me encanta cuando me habla así de sucio—. Me estás tragando entero, bebé.

—Tu perra... —susurro.

—¿Umm?

—Parezco tu perra, estoy encadenado —gimo—. Con una correa alrededor del cuello y mi dueño cogiéndome duro.

—Serías una bonita perra —confirma.

Tira del agarre en mi cuello, me muerde el labio inferior hasta que me sangra y empieza a besarme; intento seguirle el ritmo, pero el alfa me embiste con fuerza y profundo.

Tiro de las esposas, desesperado; gimo en medio del beso y aprieto las piernas.

Mis rodillas flaquean y mi interior se tensa alrededor del miembro del alfa.

Sebas gime al igual que yo; con la mano derecha me agarra del cabello y me empuja el rostro contra la madera.

Todo mi cuerpo se sacude; el alfa continúa embistiendo cada vez más duro, la vista se me nubla, la frente se me llena de sudor y me empiezo a venir.

Los embates no disminuyen; Sebastián libera feromonas, haciéndome enloquecer. Se oyen los golpes en la puerta y los gritos de mis padres exigiendo que abra; agacho la cabeza y gimo. El alfa tira del cinturón en mi cuello, haciendo que alce la cabeza y gima con más fuerza.

—Gime duro, deja que tu papá escuche el buen omega que eres, lo bien que te crió, lo mucho que te gusta que te coja así de duro —demanda.

Desde mi lugar, olfateo las feromonas de Mykel; papá lo maldice por liberarlas en lugar de hacer algo para que Sebastián se detenga.

El golpe de feromonas me hace enloquecer; mi centro palpita alrededor de Sebas, grito con fuerza y me vuelvo a correr.

El alfa maldice en voz alta, gime elogiando lo bien que se siente estar dentro de mí y su miembro palpita, llenándome por completo.

—Eres la gloria, cachorro —susurra en mi oreja.

El alfa reparte besos por mi hombro, me frota los colmillos en la piel y desliza la nariz por mi cuello; atrapo su boca y lo beso con necesidad.

Ambos completamente recuperados, Sebas tira de mis cadenas y me despoja de ellas; encuentro un nuevo cambio de ropa y tomo un par de prendas.

Con la mirada fija en la mía, extiende la mano hacia mí; me muerdo el labio inferior y acepto la mano que me ofrece, entrelazo nuestros dedos y lo miro a los ojos.

—¿Estás listo? —pregunta el alfa.

—Sí —asiento repetidas veces.

Al salir de la habitación, la primera cara que veo es la de mi madre, llena de reproche y decepción.

Sebas aprieta el agarre en mi mano y mantengo la frente en alto; no me voy a sentir avergonzado por esto.

Esto es lo que quiero; es mejor a que me vendan a alguien a quien nunca voy a llegar a querer o desear.

—¡Maldito mocoso! —brama papá.

Intenta acercarse, pero Mykel sacude la cabeza y alza la mano a la altura del pecho de mi padre, haciendo que el hombre se detenga.

—Querías que asegurara mi futuro, entonces lo estoy asegurando: en lugar de un alfa con mucho dinero, tengo dos. Es el doble de todo: del dinero, del cuidado, del sexo —suelto.

—¡Cállate! —gruñe mi padre.

Asiento y tiro de la mano de Sebas, alcanzo la de Mykel y tiro de ambas manos, empezando a bajar las escaleras.

—Espero que nunca te arrepientas y no tengas que rogar por volver a casa —dice mi padre.

—Eso definitivamente no sucederá —confirma Mykel.

(...)

Los siguientes días me quedo en el apartamento que los hermanos Rose pusieron a mi nombre y compraron para mí; está cerca del trabajo y la verdad me ayuda mucho, aunque casi todos los días me quedo a dormir en su casa o ellos en mi apartamento. Estamos más unidos que nunca.

—Quiero renunciar —suelto.

Mykel deja la computadora de lado y enfoca la mirada en mí.

—¿Qué? ¿Pero qué pasa con la pasantía? —cuestiona.

Sebas se mantiene en silencio, pero atento a lo que decimos.

—Es que ustedes dos no me dejan trabajar; mi puesto está vacío la mayor parte del tiempo por estar aquí con ustedes.

Quiero hacer un buen trabajo, quiero aprobar la pasantía por mi dedicación, por hacer bien mi labor, no porque estoy montando sus pollas todos los días; quiero conseguir las cosas por mí mismo —confieso.

—Si es así, no tienes que renunciar; la empresa es grande, te trasladamos a trabajar con alguien más —propone Sebas.

—Sebastián —lo reprende Mykel.

El mencionado se encoge de hombros y enfoca la mirada en su celular.

—Me gusta la idea —confieso—. Háganlo, por favor.

Mykel maldice entre dientes y vuelve a poner toda su atención en la computadora, dejando en claro que no está de acuerdo con la decisión ni con la propuesta de Sebas.

—Que lo haga Sebastián —gruñe Mykel—. Él fue el de la idea.

Sebas se encoge de hombros y suelta un bufido.

—Vamos, precioso, no le hagas caso, se le pasará en unas semanas —dice Sebas.

Y no, no se le pasó; ni a él ni al propio Sebas, que fue el de la propuesta.

Es cierto que me trasladaron a trabajar con alguien más de la empresa y ahora sí tengo una carga de trabajo, un jefe que me exige ser eficiente y que me regaña cuando hago las cosas mal; aunque hay ocasiones en las que lloro a moco tendido al llegar a casa y Mykel y Sebas son quienes terminan acurrucándome y dándome ánimos, es justamente lo que quería.

Quiero aprender a hacer las cosas, ganarme mis logros, no debérselos a otras personas aunque esos sean mi alfas.

Durante las reuniones evito mirar a mi padre; él ni siquiera se esfuerza por hablar conmigo y no quiero que lo haga. Si lo hiciera y se disculpara conmigo, a lo mejor todo sería mejor, pero no se ha dado cuenta de las cosas que hizo mal y ese es el error principal.

Mientras almuerzo con uno de mis compañeros, en mi campo de visión aparecen Mykel y Sebastián.

Ahora trabajamos en pisos diferentes, por lo que casi no nos vemos y realmente es lo mejor; Mykel es el primero en verme, sus ojos se detienen en el alfa sentado frente a mí, codea a Sebastián y el otro alfa alza una ceja al verme.

Sacudo la cabeza y suplico internamente para que no digan ni hagan nada.

Ambos alfas asienten, entran en la cafetería de la empresa y toman asiento en una mesa demasiado cerca de la mía.

Sebas gira el teléfono hacia mí, dejando que vea la aplicación por la que controla el juguete que llevo dentro; no sé en qué momento acepté hacer algo así, sabiendo lo locos que están estos dos.

—No, por favor, no lo hagas —susurro tan bajito que ni lo nota el alfa frente a mí, pero los Rose sonríen y alzan una ceja.

Aprieto los dientes y tomo un sorbo de jugo; el juguete dentro de mí empieza a vibrar, me muerdo el labio inferior y aparto la mirada de ellos sin querer darles el gusto de verme tan excitado. Sebastián aumenta la velocidad del vibrador; golpeo el puño contra la mesa y maldigo internamente.

—¿Estás bien? —pregunta el alfa frente a mí.

—Sí, es solo que... —trago con fuerza y le sonrío—. No me siento bien del estómago —miento.

El hombre asiente, frunce el entrecejo, mira a todos lados, se encoge de hombros y se acomoda en su silla. Agarro el teléfono y le suplico a Sebas que se detenga; ambos alfas se miran, sacuden la cabeza y, en respuesta, aumentan la vibración del juguete.

—Oh, mierda, basta —gimo.

Asesino a los Rose con la mirada, aprieto los dientes y miro al alfa frente a mí.

—Me... tengo... que ir —informo.

Las piernas me tiemblan al levantarme de la mesa; la vibración del juguete se detiene. Sebastián sonríe ampliamente al igual que su hermanastro, apaga la pantalla del celular y desliza el aparato en su bolsillo, orgulloso y satisfecho por lo que acaba de hacer.

(...)

—¿Ves lo que sucede cuando te portas mal, cachorro? —inquiere Mykel.

Asiento sin poder responder con palabras; ambos alfas empujan sus pollas en el interior de mi boca. Intento chupar y lamer ambas erecciones; siento como si la boca se me fuese a rasgar por las comisuras, pero continúo succionando y haciendo girar la lengua alrededor de los dos miembros.

—Móntame —ordena Sebas.

Se acuesta en la cama, me acomodo encima suyo de espaldas, alcanzo su miembro y lo coloco en mi centro; gimo y empiezo a descender.

Mi cuerpo lo recibe gustoso; sus manos rodean mi cintura y me obliga a bajar y subir al ritmo que quiere que mantenga.

Mykel se acerca a mí por el frente y me besa mientras se sacude la polla; se coloca un preservativo y alza las piernas de Sebas.

—Agárrale las rodillas —exige el pelinegro.

Obedezco sin dudar y mantengo las rodillas de Sebas elevadas; Mykel me toma de la mandíbula, me da un beso rápido, se agarra la erección y penetra a Sebas con los ojos puestos en mí.

El cuerpo de Sebastián se estremece debajo de mí; bajo la mirada hacia donde Mykel empuja y se desliza en el interior de Sebastián.

Empiezo a saltar en la polla de Sebas mientras Mykel lo penetra bajo mi atenta mirada.

—¿Te gusta lo que ves? —indaga Mykel.

—Me gusta la facilidad con la que entras en él —confieso.

Mykel agarra a Sebas de las rodillas, sus manos pasan a las mías y sus caderas cobran vida; empieza a moverse duro y rápido dentro del otro alfa.

Sebas empuja mi cintura y cabalgo su miembro con la velocidad y dureza que me exige.

Gimo de placer; ver cómo Mykel se folla a Sebas mientras salto en la polla de este último se siente demasiado bien.

Me inclino hacia él y Mykel atrapa mi boca; mientras nos besamos, mi cuerpo empapa el miembro de Sebas de lubricante, y el alfa gruñe de placer.

—Mira lo bien que lo haces sentir, me está apretando la polla —gime Mykel.

Salto sobre la erección de Sebas duro y rápido; mis movimientos pierden coordinación. Los chasquidos producidos por los fuertes embates de Mykel en el interior de Sebas resuenan en toda la habitación. El alfa debajo de mí gruñe de placer mientras su hermanastro lo jode y yo lo monto a la vez.

—Carajo, me van a volver loco los dos —gime Sebas.

Me nalguea y gimo con fuerza; los dientes de Mykel atrapan mi boca y los movimientos de mi cuerpo aumentan.

Pongo los ojos en el alfa frente a mí; Mykel no aparta la mirada de la mía, aprieto los ojos y suelto un jadeo mientras me vengo.

Ninguno de los dos se detiene; Sebastián toma el control del movimiento de mi cuerpo y Mykel empuja cada vez más rápido en el interior de Sebas.

—Escúpelo, precioso —pide Mykel.

Me muerdo el labio inferior, obedezco y escupo en el miembro de Mykel; la saliva se pierde en el interior de Sebas.

El alfa me obliga a besarlo, los escucho gemir y quejarse; mientras Mykel se viene en el preservativo, Sebas me llena por completo.

El pelinegro se retira el preservativo y pasea el miembro aún erecto y untado de su semen por mis labios; abro la boca y se la chupo, saboreando su corrida.

Mykel se aparta, el otro alfa me agarra de la cintura y me saca de la cama; sin salir de mi interior, nos detiene frente a Mykel y me abre las piernas, exponiéndome para su hermanastro.

El alfa se lame los labios y se acerca; sin dejar de mirarme, se alinea en mi entrada, empuja dentro de mí y me arqueo en brazos de Sebas.

Su miembro se abre paso dentro de mí, acompañando el de Sebas.

Parpadeo intentando enfocarme; Mykel agarra a Sebas de la nuca y empiezan a besarse a la vez que dan inicio al movimiento de sus pelvis.

Me retuerzo en medio de los dos; mi miembro erecto se frota contra la piel del estómago de Mykel, creando una fricción deliciosa que me vuelve loco.

Siento que me pueden desgarrar en cualquier momento, pero se siente jodidamente bien; quiero que me rompan a la mitad.