Capítulo 5 #3
El hombre mira a su alrededor, turna la mirada entre Mykel y yo; al final, aprieta los dientes dejando en evidencia su molestia y se pasa las palmas por la cara.
—Salió el sábado, desapareció y no tengo ni idea de con quién se revolcó.
Ya no es un omega con mucho que ofrecer; el alfa maldito que le arrancó la virtud ni siquiera ha tenido la cara para venir a hablar conmigo.
Quién sabe con qué clase de animal se metió; me tiene completamente decepcionado —dice.
—Bueno, siendo así, ya estamos aquí dando la cara —suelta Mykel.
—Y que quede claro que somos de mejor clase que tú —intervengo—. Yo nunca vendería a mi hijo como lo quieres hacer tú.
El hombre frunce el ceño y le echa un vistazo a su esposa, la omega agacha la cabeza avergonzada; el alfa turna la mirada entre nosotros y traga grueso.
—¿Qué quieren decir con eso? —se hace el tonto.
Mykel se cruza de piernas, mostrándose más relajado de lo que realmente está, y tengo que darle las gracias por eso más tarde; no suele ser tan paciente. Le da un sorbo a la bebida y sonríe con suficiencia hacia el otro alfa.
—Lo que escuchaste. No es un alfa, somos dos; nosotros reclamamos a tu hijo como nuestro, vinimos a buscarlo y nos lo vamos a llevar —sentencia Mykel.
—Ustedes dos no van a meter a mi hijo en su cochinada de relación: dos hermanastros, encima alfas que se cogen entre ellos y ahora quieren a mi hijo; ni lo sueñes —brama el hombre.
Suelto un suspiro, sacudo la cabeza, le devuelvo el vaso a la mujer y miro a Mykel.
—Te espero afuera —le dejo saber.
Su sonrisa me deja claro que sabe que no pienso quedarme de brazos cruzados.
Lo dejo solo en la sala discutiendo con el hombre, hago una pequeña reverencia hacia la mujer y salgo de la casa.
Rodeo la mansión, saco el celular del bolsillo del pantalón y le envío algunos mensajes a Jaymie mientras me muevo por los alrededores, buscando la habitación del omega.
No recibo respuesta; tampoco tengo demasiado tiempo antes de que Mykel pierda la paciencia con el padre de Jaymie.
Al no recibir ninguna contestación del omega, suelto un suspiro y agradezco que sea una casa de dos niveles; guardo el aparato en el bolsillo y me trepo por las paredes.
Ni siquiera hice esto cuando era adolescente; ahora aquí estoy, con más de treinta años, trepando una pared por un omega, pero no es cualquier omega: es nuestro omega, el omega de Mykel y mío.
Echo un vistazo a la primera habitación; las ventanas están cerradas, por lo que me esfuerzo al mirar desde el pequeño balcón individual.
Maldigo entre dientes al sentir que la decoración no va con los gustos de Jaymie y salto de este balcón al otro.
Toco la ventana despacio; al no obtener respuesta, insisto.
Finalmente, la cabellera roja aparece y sus ojos se iluminan en cuanto me ve.
Avanza hacia mí, pero se detiene en medio de la habitación como si no pudiese continuar.
Vuelvo a tocar el cristal de la ventana llamando su atención; el omega fija la mirada en mí y, con las mejillas y las orejas enrojecidas, levanta las manos dejándome ver las esposas en sus muñecas; luego, levanta la pierna derecha, donde tiene una cadena gruesa que lo inmoviliza.
Aprieto los dientes, agarro la ventana de ambos extremos y tiro de ellos con fuerza; el marco cruje y cede.
Entro en la habitación, acuno su rostro en mis palmas para confirmar que no tenga golpes ni moretones nuevos y tiro de él envolviéndolo en mi brazos.
—Debiste dejar que viniéramos contigo desde el principio; no es necesario que pases por todo esto, bonito —susurro.
Le doy un beso en la frente, el omega busca mi boca y le devuelvo el beso; le acaricio el cabello y libero feromonas para mantenerlo tranquilo a la vez que lo siento hundir la nariz en el hueco de mi cuello.
Su cuerpo se sacude; agarro el celular y le envío un mensaje a Mykel, confirmando que he encontrado a Jaymie y ya lo tengo conmigo.
—Vamos a quitarte esas cadenas —animo.
Dejo el celular encima de la cama y agarro la cadena, dispuesto a romperla de un tirón; Jaymie me agarra de la muñeca y se muerde el labio inferior.
—Espera, todavía no la rompas —suplica.
Frunzo el entrecejo sin entender.
—¿Por qué no? ¿No quieres venir con nosotros? —me preocupo.
—Sí quiero —aparta la mirada—. Ya que papá me encerró aquí para que no vaya a revolcarme con un alfa fuera de la casa, ¿por qué no me follas aquí, justo donde él puede olernos? —propone.
—¿Quieres hacerlo aquí, contigo atado de manos y pies? Puedo hacer lo que quiera con ese delicioso culo tuyo, eres consciente de eso, ¿verdad? —proco.
—Sí —asiente repetidas veces.
Aprieto los labios, agarro el celular y le envío un mensaje a Mykel. Voy a la puerta y, ya que está asegurada desde afuera, le coloco el seguro también desde dentro, sobre todo a ese antilobos; sirve para proteger a los omegas de sus propios parientes o de desconocidos durante el celo.
«Permiso para follarme a nuestro omega justo aquí y ahora».
«Permiso concedido, haz un buen trabajo por los dos, yo te cubro las espaldas», responde Mykel.