Capítulo 5 #2
El alfa alcanza mi mano y la aprieta con suavidad; una tercera mano aparece, agarra a Carlos de la muñeca y aparta su mano de la mía.
Mykel le retuerce el brazo; lo miro a la cara, con los dientes apretados y fulminándome con la mirada.
Sebas no se queda atrás, está igual de enojado que Mykel, quien levanta a Carlos de la silla.
Sebas se acomoda en ella y recibe el pedido que he hecho, mientras Mykel mira a Carlos a los ojos.
—Él ya está tomado; consíguete a otro, este es nuestro —brama Mykel.
Carlos frunce el ceño sin entender, turna la mirada entre los alfas y la detiene en mí.
—Pero él y yo... —tartamudea Carlos.
—No hay un ustedes, carajo; no existe —grita Mykel.
Le retuerce el brazo a Carlos hasta que el chico asiente y acepta irse; tan pronto como Mykel lo libera, Carlos sale de la cafetería sin siquiera mirarme antes. Mykel tira de una silla y se sienta en la mesa con los ojos fijos en mí.
—¿Estás viendo lo que hace? Está teniendo una maldita cita con otro alfa. ¿Por qué mejor no me matas en lugar de pisotear mi orgullo así? —reclama Mykel.
—Estás exagerando las cosas, no hice nada —intento.
—Oh, sí, yo también lo estoy viendo muy claro —concuerda Sebas.
—¿Lo vas a secundar en esto? Tú eres el más razonable de los dos —le digo.
Sebastián se encoge de hombros y le da un sorbo a mi bebida.
—También soy igual de celoso y posesivo que él, así que ¿quién mierda es ese tipo y qué crees que haces teniendo una cita con él? —exclama.
Sacudo la cabeza y alcanzo el trozo de pastel. Mykel toca mi rostro, acariciando la mejilla justo donde me golpeó mi padre.
—¿Quién fue? —inquiere Mykel.
—Tú ya sabes eso —interviene Sebas.
—Quiero escucharlo de él —comenta Mykel—. ¿Quién te golpeó? —insiste.
—¿Ustedes dos cómo llegaron aquí? ¿Me están siguiendo? —intento cambiar de tema.
Aparto el rostro de su mano e intento mirar a otro lado; Mykel me agarra de la otra mejilla y hace que lo mire a la cara.
—No intentes cambiar el tema, cariño.
—Vinimos hasta aquí sin que nos dijeras lo que estaba sucediendo; obvio que te estamos siguiendo, no somos adivinos —agrega Sebas.
Asiento y suelto un suspiro.
—Espero que tengas claro que no pienso aceptar que continúe golpeándote; ven a vivir con nosotros y, si no quieres esa clase de compromiso, entonces quédate en uno de nuestros apartamentos —propone Mykel.
—Yo quiero conseguir mis propias cosas por mí mismo —les dejo saber.
—Y sé que lo harás, pero nosotros trabajamos para ti ahora; nuestro dinero es tuyo.
¿Qué clase de alfas somos si no podemos tenerte como a un rey?
—Mykel sacude la cabeza—. No te prohibimos trabajar si es lo que quieres, pero no nos cohíbas de darte todo lo que queremos; es lo que deseamos hacer, eres nuestro omega, queremos cuidarte.
Pongo la mirada en Sebastián queriendo saber qué opina sobre el tema; sus ojos encuentran los míos y me pongo rojo al verlo guiñarme un ojo.
—Yo digo que hay que castigarlo por salir a una cita con otro alfa a menos de veinte horas de haber pasado el celo con nosotros —propone—. Eso debería ser un delito; él debería estar preso.
Ahora entiendo por qué su relación ha durado tanto: son iguales.
—No quiero que, si llegamos a terminar o a tener algún malentendido, ustedes me echen en cara lo que han hecho por mí o lo que me han dado —confieso.
Los alfas comparten una mirada y sacuden la cabeza.
—No todos somos como tu padre; no te vemos como una inversión a largo ni corto plazo, te queremos, Jaymie —responde Sebas.
—Además, ¿por qué coño estás pensando en que vamos a terminar algún día?
¿Crees que llevamos décadas juntos porque soy un tipo fácil de dejar o de rendirse?
No, mocoso, eso no va a pasar. Ahora cómete ese pastel, te irás a casa, agarras cualquier cosa que sea importante para ti y te vienes con nosotros, ¿de acuerdo? —indaga Mykel.
—De acuerdo —acepto.
Mientras me llevo un trozo de pastel a la boca, Mykel y Sebastián me inundan con sus feromonas, devolviendo a mi cuerpo el olor del que mi padre tanto se quejó.
Sebastián
—Como que se está tardando mucho, ¿no?
Trajimos a Jaymie a casa de sus padres a recoger sus cosas y a hablar con ellos hace alrededor de dos horas; no debería tardarse tanto y ya empiezo a preocuparme. Si su propio padre fue capaz de darle una bofetada, ¿de qué más no sería capaz con tal de que el chico haga lo que él quiere?
—Te dije que debíamos acompañarlo —menciona Mykel.
—Él dijo que estaría bien, lo hicimos a su manera; ahora que no salió bien, lo hacemos a la nuestra, eso es todo —confirmo—. Hacemos lo que él quiera primero.
—Entonces, entremos —propone Mykel.
Bajamos del coche, entramos en el jardín de la casa y Mykel toca el timbre; nuestro socio no tarda en abrir la puerta.
La sonrisa que nos ofrece nos deja saber que no tiene ni idea de la verdadera razón por la que estamos aquí, lo que quiere decir que Jaymie ni siquiera tuvo oportunidad de hablar con ellos sobre nosotros.
—¿Qué los trae por aquí? —indaga el alfa.
Tomamos asiento en la sala. Mykel, al igual que yo, recorre el interior del lugar en busca de algún indicio de dónde está Jaymie; dirijo la mirada a las escaleras que llevan al segundo piso. La madre de Jaymie nos ofrece un vaso de whisky a cada uno y lo aceptamos sin dudar.
—Estamos buscando a Jaymie; no fue al trabajo ayer y tampoco hoy, no sabemos dónde está —comenta Mykel.
El padre de Jaymie aprieta los dientes y asiente, mira de reojo hacia el segundo nivel, pone la mirada en Mykel y suelta un suspiro.
—Bueno, lo siento por eso. Jaymie se ha estado comportando mal; es difícil criar hijos en estos tiempos, pero ya lo tengo de castigo y no dejaré que salga hasta que piense bien las cosas y entienda que solo quiero lo mejor para él —dice el hombre.
—¿Qué fue lo que hizo? ¿Fue tan grave? —inquiere Mykel.