UN OMEGA PARA DOS ALFAS (ROSE nº 1) Capítulo 5
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Capítulo 5

Un celo entre tres

Jaymie

Despierto completamente empapado en sudor; debajo de mí, hay un pequeño charco creado por mi propio lubricante.

Me acomodo en la cama y miro a los alfas acostados a mi lado; expulso feromonas para hacerles saber que estoy despierto y que los necesito a ambos.

Mykel es el primero en ponerse boca arriba, con su miembro tan duro como el roble.

A diferencia de Sebas, él es más musculoso, con un pecho imponente y una pequeña curva al inicio del glande; Sebas tiene el miembro completamente derecho, pero, en cuanto a grosor y largo, ambos alfas están bastante bien dotados.

Sin mencionar que, debido a mi propio ciclo de calor, sus miembros casi duplican su tamaño para complacerme. Me acomodo encima de Mykel, agarro su miembro erecto y lo estimulo; luego, levanto la pelvis y alineo la erección bajo mi centro.

—Así que ya despertaste, ¿eh? —Mykel me agarra de la cintura y busca mis ojos.

Me muerdo el labio inferior, asiento y empiezo a bajar, acogiendo su grosor en mi interior.

Me gusta cómo se siente la curva de su miembro dentro de mí, cómo mi cuerpo se estira para dejarlo entrar; Mykel alza la pelvis, deslizándose más profundo.

Una vez que lo tengo tan adentro como puedo, me acomodo y suelto un gemido.

—Estás empapado, cachorro —admira—. Te entra todo —me empuja hacia abajo, como si quisiera meter una extensión que no tiene—. Muévete —demanda.

Inicio con movimientos suaves y pausados. Sebas abre los ojos, su mirada encuentra la mía y lo veo bombearse la polla sin apartar los ojos de mí.

—Te dije que despertarías pronto —comenta.

Los alfas se besan frente a mí y yo aumento el ritmo de los sentones; Mykel gime y le susurra algo a Sebas, quien asiente, sale de la cama y se coloca detrás de mí.

Aparta el cabello que me cubre la nuca, me besa el cuello con ternura y reparte besos por mi hombro; sus dedos bajan por mi espalda y hunde las yemas en la piel de mi cintura.

Me ayuda a bajar y subir con más rapidez; frunzo el entrecejo y varios gemidos escapan de mi garganta mientras permito que sea Sebas quien guíe mis movimientos.

—Su lubricante se está deslizando por toda mi polla; lubricas mucho y se siente delicioso —admira Mykel.

—Se siente muy bien, ¿cierto? —agrega Sebas.

Empuja mis caderas con fuerza y Mykel levanta la pelvis para corresponder a los sentones; aprieto los ojos y gimo con fuerza.

Tomo el control de los movimientos, cabalgando a Mykel duro y rápido, desesperado.

Mykel gruñe y se queja entre dientes; tanto él como Sebas elogian mi cuerpo y la humedad de mi lubricante natural.

Mykel embiste en mi interior con una fuerza descomunal.

—Mykel... —lloriqueo.

Mis sentones pierden fuerza; Sebas me obliga a continuar bajando y subiendo hasta que alcanzo el orgasmo y empiezo a correrme.

Mykel me agarra de la cara, tira de mí y atrapa mi boca en un beso salvaje; Sebas acaricia la hendidura de mi espalda baja y continúa hasta mi centro.

Tantea el pliegue, empapándose los dedos; Mykel se queda quieto, Sebas me levanta de la cintura y retira el miembro del otro alfa de mi interior.

Los dedos de Sebas se deslizan dentro de mi cuerpo y empiezan a estirarme, pero los retira pronto.

Mykel finalmente libera mi boca y me permito echar un vistazo a Sebas; agarra su miembro junto al del otro alfa, frota las puntas de las erecciones en mi entrada y alinea ambos miembros en mi centro.

Empujan las pollas dentro de mí; abro los ojos de par en par al sentir que ambos logran abrirse espacio dentro de mi cuerpo.

—Sebas... Por favor, siento que me van a romper, me van a rasgar —lloriqueo.

Los alfas expulsan feromonas y mi cuerpo reacciona dejando salir más lubricante; ellos continúan entrando en mí a la vez.

Me muerdo el labio inferior y aprieto los ojos, sintiéndome lleno en menos de nada; ellos elogian lo bien que se sienten ambos miembros dentro de mí y la fricción que crean al frotarse ambas pollas.

Sebas alcanza mi pecho y tortura mis pezones, haciéndome gemir a la vez que empiezan a moverse en mi interior.

—Joder, sentirlos a los dos a la vez... siento que me podrían romper en cualquier momento, pero se siente tan bien —gimoteo.

Sebas me aprieta las areolas erectas mientras los dos se mueven a la vez; me siento extraño, con el estómago lleno, pero no me disgusta.

Es una sensación completamente diferente a cuando estoy con uno por separado y, a pesar de que no pueden moverse con la misma fuerza y rapidez, cada pequeño movimiento se siente mil veces más que una penetración normal.

Me convierto en un manojo de gemidos; sus empujes se han vuelto más duros y repetitivos, y han logrado mantener un ritmo constante.

Los dos me besan el cuello a la vez; todo mi cuerpo tiembla, tiro mi trasero hacia atrás buscando que sus miembros entren más profundo en mi interior.

Los alfas maldicen; termino apretando los muslos, hundiendo las uñas en el torso de Mykel y corriéndome en su estómago.

—Maldición, los está succionando —se queja Sebas.

—Se lo está tragando todo; su interior se está tragando nuestras pollas —gruñe Mykel.

Los alfas jadean contra mi cuello y ambos se corren en mi interior.

(...)

Llego a casa a primera hora de la mañana.

Los hermanos Rose insistieron en hablar con mis padres para arreglar la situación, pero tengo más que claro que ninguno de ellos aceptará algo así, por lo que rechacé la idea de que vinieran; no quiero peleas con mis padres, todo lo que quiero es terminar mi pasantía y finalmente ser libre del yugo de mi familia.

Quiero irme a vivir con los Rose por mi propio deseo, porque es lo que quiero, no como un escape de la situación familiar que estoy viviendo.

Cuando desperté esta mañana estaba completamente desorientado y continúo así.

No sé cuánto tiempo pasé en casa de los Rose; desperté envuelto en un nido que ellos hicieron con su ropa para mí y en ningún momento me dejaron solo; entendieron cuando no pude más y no me obligaron a nada.

Tengo que admitir que siempre le he tenido miedo a compartir un celo con la persona equivocada, pero esta primera vez con ellos superó todo lo que esperaba.

Al entrar en casa se me seca la boca; mis padres están sentados en el sillón de la sala como si hubieran estado esperándome todas estas horas.

Al verme, mi padre se levanta de su asiento y me escanea de pies a cabeza sin musitar palabra, no hace preguntas; las feromonas impregnadas en mi cuerpo son respuesta suficiente para que todo el mundo, incluso los desconocidos, sepan que vengo de estar con alguien.

—Tres días —menciona papá—. Escapaste de casa un sábado por la noche y apareces un martes por la mañana, Jaymie. ¿Qué mierda crees que haces?

—Lo siento —susurro.

—Yo lo siento mucho más. Un omega tiene dos cosas valiosas para un alfa: el primer celo y el poder procrear hijos —dice—.

Perdiste lo primero y no tengo idea de con quién; tu madre y yo te educamos bien, no tienes por qué comportarte como un cualquiera.

Hueles peor que los omegas que ofrecen sexo en la esquina, maldita sea.

Siento la humedad acumularse en mis ojos, no tengo nada que refutar ante eso; no sé cómo huelen esos omegas.

—Si eres tan reservado, ¿cómo es que sabes a qué huelen esa clase de omegas? —suelto antes de poder procesar las palabras en mi mente—. Que yo sepa, mi madre no huele así, ¿o sí?

No me sorprende que la respuesta de mi padre sea una bofetada; mucho menos que mi madre, en lugar de hacer algo al respecto, solo se cubra la boca y abra los ojos con sorpresa, quedándose quieta en su lugar.

Gira el rostro a otro lado y me ignora por completo mientras su esposo es quien me recuerda que le debo hasta la vida y todo lo que tengo.

—Sube y toma una ducha, tómate un supresor; no quiero que ese aroma continúe saliendo de tu cuerpo, y baja tan pronto como termines. Haré que te cases antes de que te arruines el futuro —advierte.

No digo nada, solo asiento y subo las escaleras.

Tomo un largo baño, pero el aroma de Mykel y Sebas continúa impregnado en cada célula de mi ser, y mentiría si dijera que eso me disgusta.

No pienso tomar supresores cuando ellos dejaron en claro que no quieren que lo haga y yo no los necesito; me cubro con perfume, eliminando levemente el aroma de los alfas de mi cuerpo.

Vuelvo a bajar las escaleras; mi papá aprueba mi vestimenta con un asentimiento de cabeza, me envía un mensaje por la aplicación y mira al frente, evitando mirarme.

—Ahí te vas a encontrar con alguien. Espero que sepas que no todos te van a aceptar después de haber compartido el celo con otro alfa, así que aprovecha esta oportunidad y acepta casarte con él —demanda.

Entiendo que no dirá nada más, por lo que salgo de la casa.

Ignoro lo cansado que me siento de todo: de mi vida, de mis padres, de mi padre que exige y espera demasiado, y de mi madre que no hace ni espera nada.

Mañana tengo que ir a trabajar; se supone que debería estar descansando, no yendo a citas que yo no planeé en primer lugar.

Llego a la cafetería a la que me lleva la ubicación, me siento en una mesa y ordeno un batido y un trozo de pastel.

Miro la hora en el reloj y espero; antes de que me traigan la orden, el hijo del sacerdote amigo de mi padre aparece en mi campo de visión.

Extiende la mano hacia mí, se la doy y él me besa el dorso para luego tomar asiento frente a mí.

De todos, tenía que ser él.

—Estoy aquí para cumplir mi promesa —aprieto los dientes—. Tal como te prometí esa vez, trabajé duro y tengo una buena cantidad de dinero ahora; no te hará falta nada, tendrás un buen futuro a mi lado, tú y los hijos que vamos a tener.

—Cuando hicimos esa promesa yo era un niño, no tenía idea de lo que decía; no pienso lo mismo del matrimonio actualmente —confieso.