Capítulo 4
Un omega en celo
Sebastián
Los fines de semana solían ser nuestro escape del trabajo, los días que más anhelamos para estar juntos todo el día, para salir y pasar más tiempo en pareja, para cocinar juntos o para que yo arregle el jardín mientras Mykel me observa.
Normalmente, cualquier actividad que hacemos durante el fin de semana, sea en casa o afuera, termina con una ronda de sexo, y depende del lugar qué tan duradera e intensa sea, hasta que empezamos a salir con Jaymie.
Estamos bien juntos, nos complementamos bien, pero no pasa desapercibido para los dos que nos hace falta nuestro omega.
Aunque quisiéramos tenerlo con nosotros a toda hora del día, todavía no acepta venir a vivir con nosotros.
Mykel y yo hemos estado hablando sobre él y lo que dijo su padre ese día en la oficina; a pesar de que Jaymie asegura que su padre nunca ha intentado venderlo, tememos que algo así pueda suceder o que su padre lo obligue a tener citas y un alfa de esos quiera aprovecharse.
Aunque otros no pueden sentir su aroma, eso no evita que puedan drogarlo y lastimarlo.
—Estás pensando en él, ¿no es así? —interrumpe Mykel.
Los dos estamos recostados en el sillón de la sala con apenas el pantalón del pijama puesto; le doy un sorbo al trago y enfoco la mirada en la chimenea.
—Me preocupa su padre, no me gusta cómo piensa —dejo saber.
—Ya somos dos. Si tan solo Jaymie me dejara hablar con él... —sacude la cabeza.
Continuamos platicando por unos minutos más, mientras el calor del licor se esparce por nuestros cuerpos en contraste con el clima frío y lluvioso que hay afuera.
Le envío algunos mensajes a Jaymie, pero no responde ni los recibe; no le digo nada a Mykel para que no se preocupe, hasta que lo veo agarrar el celular y hacer lo mismo que he hecho yo: intentar comunicarse con él.
El sonido del timbre nos pone alerta a los dos, compartimos una mirada y Mykel aprieta los dientes.
—¿Pediste algo a domicilio? —cuestiona.
—No.
—Maldita sea, como le haya sucedido algo a Jaymie... —se apresura a levantarse del sillón.
Echa un vistazo al frente por el huequito de la puerta y suelta un suspiro lleno de alivio.
Abre la puerta dejándome ver a nuestro omega; el chico está empapado, tiene las mejillas, la nariz y las orejas enrojecidas, y sus manos tiemblan al igual que su cuerpo.
Sin decir nada, turna la mirada entre nosotros; Mykel lo agarra del brazo y tira de él metiéndolo en el interior de la casa, acuna su rostro en las palmas y le echa un vistazo corroborando que no tenga golpes.
—Sebas, lleva a Jaymie arriba, dale un baño y ponle ropa seca. Los alcanzo en unos minutos —ordena mientras toma el celular y se lo lleva a la oreja.
Obedezco a sus exigencias, cubro el cuerpo de Jaymie con la manta que antes estaba en el sillón, lo guío hacia las escaleras y lo ayudo a subir.
Meto al omega en nuestro cuarto; su cuerpo se sacude al percibir todas las feromonas mezcladas en el interior.
Intento guiarlo al baño, pero él se detiene y se gira; su mirada se enfoca en la mía y, antes de que pueda preguntar algo, se inclina y une su boca a la mía.
—Jaymie, ¿tienes fiebre? —alcanzo su cuello con una mano y me toco la frente con el dorso de la otra.
—No, no es fiebre; es calor, calor del celo —informa.
—De acuerdo, vamos a la bañera —le doy un beso rápido en la boca y lo llevo al baño.
Lo ayudo a bañarse de pies a cabeza; su cuerpo ha empezado a expulsar feromonas y en este punto del celo es imposible que se detenga.
Mykel entra en la habitación cuando tengo al omega sentado en el colchón, vestido únicamente con una de sus camisas, mientras termino de secarle el cabello; el otro alfa entra en la habitación y cierra la puerta con el seguro.
Tan pronto como cierra la puerta, el omega empieza a liberar feromonas para seducirlo y llamar su atención.
No le echo la culpa: es su naturaleza, es su celo.
Mykel olfatea el aire a su alrededor y enfoca la mirada en mí; le asiento aclarando sus dudas y el alfa se muerde el labio inferior, avanza hasta Jaymie, lo toca en la rodilla y se agacha a su altura.
—Jaymie, precioso, estás a punto de perder la consciencia; puedo llevarte a casa de tus padres o podemos atenderte durante el celo. Lo que tú quieras, lo respetaremos —le deja saber.
Jaymie duda, juega con los dedos de sus manos y sacude la cabeza.
—Yo no quiero tener el celo ahora mismo; sé que hablamos sobre los supresores, pero yo quiero sentir con claridad cuando Sebas esté dentro de mí, cuando tú también lo hagas.
Lubrico mucho durante el celo, no se sentirá igual.
Solo por esta vez, solo hoy, por favor permítanme tomar un supresor; en este estado solo funcionará unas horas, solo hasta que lo hagamos la primera vez.
Cuando se pase el efecto, pueden usarme como les dé la gana y...
dejar que yo los use para mi propio disfrute —pide.
Mykel busca mi mirada y me encojo de hombros; no tengo problema con follarlo con o sin el celo, aunque lo segundo se siente como la gloria. Estoy seguro de que con el celo también será genial, sobre todo porque estamos los tres juntos.
—De acuerdo, dale el supresor —acepta Mykel.
(...)
—Quiero ver cómo lo follas, hazlo —demanda Mykel desde el sillón.
Hace tintinear los cubos de hielo contra el vaso, le da un sorbo a su trago y se cruza de piernas.
Me despojo de la poca ropa que llevo encima e intento centrarme en Jaymie; él me eligió a mí para ser su primera vez y quiero que la pase bien, que lo disfrute tanto como se pueda, y me encargaré de eso.
Atrapo su boca y acaricio su cuello. Mi lengua se enreda alrededor de la suya, le desabrocho la camisa botón por botón, mordisqueo su labio inferior y bajo los besos a su cuello.
Jaymie se retuerce debajo de mí; acaricio sus curvas hasta bajar a sus muslos, me acomodo entre sus piernas, bajo los besos por su torso, me prendo de los pezones erectos y sensibles uno por uno y vuelvo a subir a su boca.
Mis labios rodean su erección, succiono la punta, saboreo el presemen en el glande y continúo lamiendo toda la extensión.
Sin dejar de chuparlo, enfoco la mirada en Mykel; el pelinegro nos observa con cautela, con la erección más que notable en el pantalón.
Mykel se acomoda y se desabrocha el pantalón, y empieza a masturbarse mientras nos mira.
Jaymie también lo observa unos segundos hasta que le chupo el glande y devuelve toda la atención a mí.
En pocos minutos sus caderas cobran vida, sus dedos se deslizan entre las hebras de mi cabello y me jala del pelo a la vez que embiste en mi boca con desesperación, dispuesto a correrse, y lo hace.
Me llena la boca por completo y gime en voz baja, mordiéndose el antebrazo para no gritar muy fuerte.
Aparto el antebrazo de su boca, uno sus manos y las subo a la altura de su cabeza; con mi mano libre tiro de su cintura y me acomodo entre sus piernas.
Mykel viene hacia nosotros y se detiene frente a mí sin dejar de masturbarse; Jaymie le aparta la mano y se la empieza a chupar, mientras el alfa empieza a besarme, tragándose parte del semen de Jaymie que continuaba en el interior de mi boca.
Mientras beso a Mykel y Jaymie se la chupa, me alineo en la entrada del omega, aprieto los dientes y rompo el beso.
Mykel sustituye mi mano manteniendo a Jaymie quieto; lo agarro de ambas piernas y las elevo.
Bajo la mirada al agujero en el que intento hundirme, tan enrojecido, y ni siquiera lo he follado todavía.
—Deja de pensarlo tanto, él lo está pidiendo, dáselo —insiste Mykel.
Desliza el dedo medio de su mano libre en el centro de las nalgas de Jaymie; el interior ajeno se traga el dedo con una facilidad que me arranca un jadeo.
El alfa retira el dedo, mis ojos se encuentran con los del omega, aprieto los dientes y empujo; la corona de mi polla se desliza lentamente, y la carne de Jaymie se abre con la misma suavidad con que me deslizo dentro de él.
La imagen es simplemente alucinante, continúo hundiéndole toda la extensión; Jaymie arquea la espalda, libera el miembro de Mykel y suelta un gemido ahogado.
Tuerce los ojos, se muerde el labio inferior y termino de entrar en él por completo.
Esta vez soy yo quien inclina la cabeza hacia atrás disfrutando la estrechez de sus paredes; lo mantengo agarrado de las piernas y empiezo a moverme de adelante hacia atrás hasta que su cuerpo se relaja por completo; entonces embisto duro y hasta el fondo.
Jaymie vuelve a llevarse la polla de Mykel a la boca y el otro alfa mantiene la mirada en mis caderas, siguiendo cada movimiento como si los estuviese viviendo en carne propia.
—Oh, joder, Jaymie... —jadeo, y detengo la mirada en Mykel—. El se siente tan bien, amor.
—Lo sé, bebé; ahora haz que nuestro omega se corra otra vez —exige.
Compartimos un beso, Mykel retrocede y saca el miembro de la boca de Jaymie, golpea el rostro del omega con la punta de la polla y le sonríe, le da un beso en los labios y vuelve a hundirse en su boca.
—Tiene cara de ángel, pero la chupa como el mismísimo demonio; es todo un maldito profesional usando la boca —elogia Mykel.
—Su boca es realmente pequeña y tan húmeda —concuerdo—. Carajo, amo tu culo, Jaymie.
Mis empujes pierden coordinación, empujo rápido y duro en el interior de Jaymie; sus paredes se aprietan alrededor de mi miembro como si no quisieran dejarme salir.
Me hundo en su interior una, y otra, y otra vez.
Jaymie se estremece, su espalda se arquea, intenta liberarse del agarre de Mykel en sus manos, pestañea repetidas veces y se corre con un gemido que muere en la polla de Mykel.