Capítulo 3
Entre dos alfas
Jaymie
Me detengo frente a la puerta de la oficina de Mykel.
Todos en la empresa se han asegurado de mantenerse alejados de él hoy, pero yo soy su secretario; aparte, estoy saliendo con él desde ayer.
Todos dicen que se pone como el demonio cuando no encuentra algún documento y tiene una reunión en una hora.
Esos documentos son mi responsabilidad, no tengo ni idea de dónde están; olvidé todo por lo que pasó ayer.
¿Será que me va a gritar?
Doy un brinco en mi lugar; lo escucho gritar y lanzar cosas al suelo dentro de su oficina.
Aprieto los dientes y me persigno, toco la puerta y lo escucho gruñir un «adelante».
Me apresuro a hacer una reverencia tan pronto como entro en la oficina; fijo la mirada en el suelo dudando si debo mirarlo a los ojos.
—¿Por qué mierda haces una reverencia y no me miras a la cara? Ven aquí —brama.
Asiento y me coloco frente a él. Mykel me agarra del mentón y hace que lo mire a los ojos, recorre mi rostro como si estuviese buscando algo, suelta un suspiro y aprieta los dientes; me agarra por la cintura y tira de mí pegando su cuerpo al mío, inclina la cabeza y hunde la nariz en el hueco de mi cuello.
—Libera feromonas para mí —exige Mykel.
Me siento confundido; miro a Sebastián sentado en el sillón cruzado de piernas, me devuelve la mirada y se encoge de hombros a la vez que hace girar el dedo alrededor de su oreja llamando loco a Mykel.
—La palabra mágica, Mykel —recuerda Sebas.
—Libera feromonas para mí, omega, por favor —insiste Mykel.
Desde su lugar, Sebastián asiente. Me siento relajado, muevo la cabeza en asentamiento y obedezco; libero feromonas para ambos y los escucho susurrar un gracias, pero Mykel me olfatea con una necesidad que me deja perdido, inhala con tanta fuerza como si quisiera robarse todo el oxígeno a su alrededor.
Después de un rato, Sebas se levanta y me abraza desde atrás, cada uno olfateando un lado de mi cuello.
—Necesito los documentos para la reunión con el señor Jiménez —me deja saber Mykel.
Ambos se apartan un poco, Sebas me mantiene agarrado de la cintura mientras que Mykel acuna mi rostro en sus palmas y me da un beso rápido en la boca.
—Hola...
—Hola —le devuelvo el saludo.
—Perdón si te asusté, perdí la cabeza un poco, pero eso no significa que voy a gritarte o golpearte, ¿de acuerdo? —espera mi respuesta.
Asiento y me muerdo el labio inferior.
—Lo siento mucho, ayer olvidé los papeles por todo lo que pasó —explico—. No volverá a suceder —prometo.
—Yo sé que no —Mykel me acaricia las mejillas con ternura—. Ahora respira, reimprime los documentos y vuelve aquí —ordena.
Sebas libera el agarre en mi cintura, asiento ante las órdenes de Mykel y me giro dispuesto a salir de la oficina; Sebas se coloca frente a mí, con ambas manos en los bolsillos.
—Tienes una relación conmigo también, dame un beso, ¿no?
Dios me abandonó hoy.
Asiento y, después de disculparme en un susurro, le doy un beso en la boca.
—No te asustes, él no muerde, solo finge ser un perro a veces —dice refiriéndose a Mykel.
Asiento y salgo de la oficina, suelto un suspiro y reimprimo los documentos que necesita Mykel.
Le echo un vistazo al reloj y regreso a la oficina; le entrego los papeles, el alfa hojea los documentos y se peina el cabello hacia atrás mientras confirma que todo esté bien; finalmente asiente y coloca los documentos en la mesa del escritorio.
Suelto un suspiro de alivio y asiento de regreso.
—¿Veinte minutos está bien? —pregunta Mykel con los ojos puestos en Sebas.
—Súper bien —confirma el otro alfa.
Mykel asiente y se echa hacia atrás.
—Acuéstate en el escritorio, el culo para mí, la boca para Sebas —ordena mirándome.
Parpadeo perdido.
—¿Ah? ¿Qué pasa con la reunión? El señor Jiménez ya está aquí —recuerdo.
—Reunión a las diez, no antes; teníamos veinte minutos, ahora tenemos tres minutos menos. ¿Tienes otra duda, precioso?
El corazón se me quiere salir del pecho, las piernas se sienten como gelatina, trago grueso y sacudo la cabeza.
Como puedo me coloco detrás del escritorio, acomodo el torso en la mesa enfocando la mirada en Sebas y elevo el culo hacia Mykel.
El alfa me desabrocha el cinturón y tira de mi pantalón junto a mi ropa interior hasta mis rodillas.
Escucho a Mykel arrastrar la silla giratoria y sentarse; pasea los dedos por el centro de mis nalgas, Sebas me agarra de la barbilla haciendo que lo mire, se desabrocha el pantalón y en menos de nada tengo su miembro erecto frente a mi cara, duro e imponente, firme desde la base hasta la punta.
—Abre la boca y tómalo —pide Sebas.
Un montón de saliva se acumula en mi boca, la trago y cierro los ojos, abro la boca y empiezo a lamer todo el glande; detrás de mí, Mykel juega con mi entrada, moviendo los dedos alrededor del pliegue hasta que lo siento empezar a lamerme, Sebas desliza la polla en el interior de mi boca.
Por órdenes suyas empiezo a chupar, muevo la cabeza de adelante hacia atrás, lamo los alrededores y succiono de vez en cuando.
—Tienes que sentir esta boca, Mykel; su boca se siente jodidamente bien y caliente —gime Sebas.
—Lo haré, lo probaré en su momento —deja saber.
Mykel vuelve a erguirse, lo escucho desabrocharse el cinturón y siento su miembro golpear las mejillas de mi culo una por una, desliza el glande de arriba hacia abajo y lo alinea en mi centro. Libero el miembro de Sebas con un sonoro plop que me llena de vergüenza.
—¿Lo vas a meter ahora? Yo aún no... —intento explicar.
—No te voy a penetrar ahora mismo, relájate —exclama.
Asiento, vuelvo a enfocarme en el panorama frente a mí; le echo un vistazo a Sebas, sus ojos clavados en los míos.
Saco la lengua sin dejar de mirarlo y le doy un lengüetazo en la punta del miembro; el alfa aprieta los dientes y continúo lamiendo por todo el glande, bajo al grosor, deslizando la lengua por toda la extensión, vuelvo a subir a la punta, me la meto en la boca y empiezo a chupar.
Mykel desliza el miembro duro entre mis muslos y me hace apretar las piernas, sacude la cintura embistiendo el centro de mis muslos a la vez que Sebastián empieza a follarme la boca; intentan llevar el mismo ritmo, siento cómo se inclinan hacia el otro y los escucho besarse y susurrarse cosas sobre mí.
Mykel hace que libere el miembro de Sebas y me besa, me pasa la lengua por los labios, me muerde el labio inferior y desliza la lengua en el interior de mi boca; sin dejar de moverse entre mis muslos, atrapa mi lengua y la chupa.
Al liberar mi boca con una pequeña mordida en el labio inferior, Mykel se lleva la erección de Sebas a la boca y le da un chupón, lo escupe en la punta y continúo chupando.
Mykel me hace girar, me da un beso rápido en la boca y termina de quitarme el pantalón, me sube al escritorio esta vez boca arriba.
Me acomodo de modo que mi cabeza caiga fuera del borde de la mesa, abro las piernas permitiendo que el pelinegro vuelva a colocarse entre ellas.
Sebas me toca la mandíbula y abro la boca; desliza el miembro en el interior de mi boca a pesar de que estoy con la cabeza al revés.
Mykel empuña mi erección junto a la suya, suelto un suspiro y aprieto los ojos sin descuidar a Sebas; el otro alfa empieza a masturbarnos a la vez.
Las sacudidas al inicio son lentas y cuidadosas, en menos de nada empiezo a escupir semen, su palma me aprieta el miembro con una brutalidad que me hace gemir aun con el miembro de Sebas en la garganta.
Me convierto en un manojo de gemidos y temblores, no tardo nada en empezar a lloriquear y correrme; Mykel utiliza mi corrida para empaparnos las erecciones juntas y continuar masturbándonos.
Sebas desabrocha los primeros botones de mi camisa y me acaricia los pezones con las yemas de los dedos, me pone los botones erectos al instante; suelta una risita y me tortura las areolas apretándolas entre dos dedos una por una.
—Ummh —gimo con el miembro de Sebas en la boca.
Un alfa me folla la boca mientras el otro me bombea la polla a la vez que se bombea la suya.
Sebas se inclina en busca de besar a Mykel haciendo que todo su grosor se deslice en mi garganta; mis ojos se llenan de lágrimas, pero él no deja de moverse, su polla palpita dentro de mi boca y el alfa retrocede.
Empieza a correrse encima de mi boca, lo escucho maldecir y saco la lengua dejando que el semen me caiga en ella.
Sebas se agacha a la altura de mi boca al recomponerse, me empieza a besar saboreando su propio semen en mis labios; luego besa a Mykel y, mientras lo hace, me aprieta los pezones con más fuerza.
—Sebas... —lloriqueo.
Mi miembro junto al de Mykel palpitan a la vez; me corro una segunda vez y el alfa me alcanza unos segundos después. La vista se me pone borrosa, parpadeo; siento los labios suaves de Mykel encima de los míos y los dientes de Sebas mordisqueándome el pezón.
—¿Quién te besó? —inquiere Sebas.
—Se sintió como tú, pero fue Mykel —aseguro.
Ambos comparten una mirada; Mykel me da una nalgada y se aparta.
—Buen chico —elogia—. Tengo una reunión a la que asistir, ve a trabajar —ordena.
—Sí —me apresuro a bajarme de la mesa.
—Qué mandón —se burla Sebas—. Nos vemos más tarde —se despide dándome un beso y uno a Mykel.
Una vez estamos solos, trago grueso y hago una reverencia hacia Mykel dispuesto a irme a mi escritorio. El alfa se cruza de brazos, alza una ceja y suelta una risita.
—¿A dónde se supone que vas? Debo ir con mi secretario a la reunión, ¿sabes?
Abro la boca dándome cuenta del ridículo que acabo de hacer, asiento y me muerdo el labio inferior; el alfa se coloca frente a mí, me toca la mejilla y me da un beso en la frente.
—¿Tienes un perfume? Me encantaría que vayas por ahí con ese aroma a mi corrida, que huelas a mí y a Sebas, pero nos pediste tiempo para lo de tu padre y él estará en la reunión; necesitas quitar ese olor de tu cuerpo, precioso —me deja saber.
Me acomodo la camisa y la olfateo, confirmo sus palabras y asiento.
—Sí, tengo un perfume en mi bolso —confirmo.
—Bien, busca ese perfume y nos vemos en la sala de juntas en cinco minutos, ¿de acuerdo?
—De acuerdo.
(...)
La reunión termina, al parecer todo salió bien, todos los presentes tienen buena cara, aunque mi padre no me ha quitado los ojos de encima en todo el rato.
Recojo los documentos mientras los demás se despiden; Mykel me echa un vistazo y, con un leve movimiento de cabeza, me deja saber que debo seguirlo, y así lo hago; avanzo detrás de él hacia la salida.
—Jaymie, ven aquí un momento —llama papá.
Mykel detiene los pasos, se gira y me observa atento; asiento y voy con mi padre.
Junto a él hay uno de sus socios ante quien me presenta mencionando todas mis cualidades y haciendo gran hincapié en que aún soy virgen y nunca me ha tocado un alfa.
Su socio no tarda en mostrarse interesado y empiezan a hablar sobre mi futuro, sobre los planes que tiene mi padre para mí sin siquiera preguntarme si estoy de acuerdo.
Me siento incómodo en mi lugar, agacho la cabeza queriendo ignorar la mirada asesina que tiene Mykel sobre mí en estos momentos; las zancadas de Mykel en nuestra dirección hacen que mi corazón golpee repetidas veces mi pecho.
—¿Tienes cerdos en casa? —inquiere Mykel.
Mi padre frunce el ceño al igual que su socio.
—¿Disculpa?
—Bueno, es que te escucho hablando y creo que te refieres a un animal. Quizás vendes cerdos y no sabía; hablas como quien compra un cerdito e invierte mucho dinero en él solo pensando en todo el dinero que va a ganar cuando lo revenda —suelta.
—Oh, no, hablo de Jaymie; quiero asegurarme de que tenga un esposo decente y un buen futuro —responde mi padre.
—Espérame en la oficina, Jaymie —ordena Mykel.
Turno la mirada entre mi padre y Mykel; el primero se cruza de brazos y dudo sobre qué debo hacer.
—Estás en horario laboral; o regresas a la oficina o tu pasantía termina aquí y ahora —advierte Mykel.
—Nos vemos luego —hago una reverencia hacia los tres alfas y me apresuro a llegar a la oficina de Mykel.
Pego la espalda a la puerta. Sebas alza la cabeza y enfoca la mirada en mí; sin preguntar qué sucede, abre los brazos y no lo pienso: lo abrazo y dejo que me abrace de regreso.
El alfa me susurra cosas intentando hacer que mantenga la calma; la puerta vuelve a abrirse y se cierra de golpe.
Mykel me rodea la cintura desde atrás; ambos alfas me aprisionan entre sus cuerpos, liberan feromonas impregnándome de ellas.
—No vas a casarte, no permitiré que te vendan a nadie —asegura Mykel.
—Promételo —suplico.
El alfa frota la nariz en mi nuca, viaja a mi cuello justo a la glándula donde nace el aroma que dejo salir para ellos.
—Lo prometo —sentencia.
Adoro a mis padres, pero no a sus creencias.
Ellos siguen pensando que las cosas funcionan como antes, que los padres son los encargados de buscarnos un buen marido; nunca me permitieron acercarme a ningún alfa solo para asegurarse de que nadie me toque indebidamente, siempre fue claro sobre lo que sucedería conmigo si permitía que alguien me toque antes de casarme, pero sus ideas, sus creencias retrógradas, nunca las he compartido.
No solo el hecho de que debo conseguir a alguien con dinero que pueda asegurarme el futuro para no malpasar, sino también el hecho de casarme con alguien que no despierte nada más que asco en mí; en este caso no me molesta la diferencia de edad, Mykel es mayor que yo por más de veinte años y no tengo problema con eso, porque me gusta, porque me atrae tanto sexual como sentimentalmente y, encima, es mi destinado, no un viejo asqueroso lleno de dinero dispuesto a darle una gran suma a mis padres para comprarse un esposo.
La sola idea de tener sus manos sobre mí me da asco.
Aprieto el abrazo que le doy a Sebastián y escondo el rostro en su pecho; no me importa llegar a casa oliendo a ellos, no me importa si me echan de casa, no me importa nada más: no pienso casarme con nadie que yo no elija, soy el omega de dos alfas, no de uno.