UN OMEGA PARA DOS ALFAS (ROSE nº 1) Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

—Gáneselo primero. Con permiso, tengo trabajo, señor Rose, buenos días —hace una reverencia y sigue su camino rumbo a la oficina de Mykel.

Toco la mejilla donde me besó; no puedo evitar sonreír y sacudir la cabeza. Omega tramposo, no eres tan ingenuo como creí, por supuesto que no.

Mykel

Miro mi celular fascinado. Veo a mi Sebas coquetear con nuestro omega, dándolo todo para intentar ligar con él, siempre siendo tan respetuoso, tan caballero, tan diferente a mí en algunos aspectos.

Como si leyera mis pensamientos, Sebas enfoca la mirada en la cámara y me guiña un ojo a la vez que suelta un «tu turno» sin musitar palabra.

Abro la aplicación de mensajes en la computadora y llamo a Sebas por videollamada.

Responde al instante y se queda callado; no hablamos nada sobre grabarnos mientras coqueteamos con Jaymie, pero no pude evitar mirarlo mientras él lo hacía, así que le estoy dando lo mismo, así nadie tiene ventaja sobre el otro.

Sí, así de personal me tomo estas cosas.

Jaymie toca la puerta; entra después de recibir una confirmación de mi parte. Se detiene frente a mí, demasiado lejos del escritorio, hace una pequeña reverencia y evita mirarme a la cara.

—Buenos días, señor Rose. Mi nombre es Jaymie, estoy aquí haciendo mis pasantías por órdenes de mi padre; estoy para servirle en lo que necesite —informa.

—Necesitas mirar a tu jefe a la cara mientras hablas; que no lo hagas es una terrible falta de respeto —comunico.

El omega se apresura a alzar la cabeza, enfoca la mirada en mí y asiente.

—Lo siento mucho, señor.

—¿Qué tanto estás dispuesto a hacer? —inquiero.

—¿Cómo?

—Estás aquí para servirme en lo que necesite, esas fueron tus palabras. ¿Qué tanto estás dispuesto a hacer por mí para mantenerme satisfecho? —insisto.

El omega se pone rojo como un tomate, se muerde el labio inferior y aprieta los documentos en sus manos. Libero feromonas para tranquilizarlo, me levanto y lo alcanzo; tomo su mentón con dos dedos y hago que me mire a la cara. Sus ojos brillan de anticipación.

—Mírame a la cara cuando te hablo, Jaymie. Sé un chico bueno y respóndeme —insisto.

—Lo que usted quiera, señor.

—Mykel, llámame Mykel por ahora —propongo.

—Mykel —repite el omega.

Asiento sin apartar la mirada de él, tomo los documentos y la tableta de sus manos, me inclino hacia el escritorio y dejo los papeles junto al aparato en la mesa.

Coloco ambas manos en la mesa y alzo una ceja recorriendo las facciones delicadas y hermosas de Jaymie.

El omega se levanta en las puntas de los pies y se agarra de la mesa.

—Eres precioso, Jaymie —elogio, y no miento por convivir; jodidamente lo es.

—Me lo dicen seguido, dígame algo que no sepa ya —sonríe—. Sea más original, señor Rose.

Sonrío ante eso e intento acercarme. La ola de feromonas que me recibe me hace tragar grueso; sabía que no me estaba equivocando con él. Puede que venga de una familia conservadora y monógama, pero eso no quiere decir que él sea igual que ellos.

—Sabes lo que somos para ti; lo has sabido siempre —comento.

—Puede ser —se encoge de hombros—. La pregunta aquí es: ¿qué intentan hacer coqueteando por separado?

—Alcanza la corbata y tira de mí pegando mi rostro al suyo, justo como lo hizo con Sebas—.

Quiero decir, sería más divertido si lo hacen juntos, ¿no?

Ustedes son hermanos, unión familiar y todo eso —se burla.

Recorro su cuerpo con la mirada. Jaymie sigue mi vista y alza una ceja; lo agarro de la cintura y tiro de él pegando su cuerpo al mío, lo lleno de feromonas haciendo que las mías se impregnen en su cuerpo. El omega sonríe con satisfacción y ronronea gustoso ante el acto.

—No deberías jugar con fuego si no estás dispuesto a quemarte, bonito. Yo no soy como Sebas, a mí no me vas a dejar con las ganas —advierto.

El omega alza una ceja y tira más de la corbata queriendo provocarme; abre la boca dispuesto a refutar y atrapo sus labios, mordisqueo el inferior y le chupo el superior.

Empiezo a besarlo con ganas, separo sus piernas con la rodilla y me acomodo entre ellas, profundizo el beso, deslizo la lengua en el interior de su boca y la suya no tarda en darle la bienvenida a la mía.

Sin dejar de besarlo lo levanto y lo acomodo en la mesa, hundo los dedos en la piel de su cadera.

El omega me muerde el labio inferior, me cubre con sus feromonas e inclina la cabeza hacia atrás ofreciéndome su cuello para deleitarme con el nacimiento de su aroma en el hueco del cuello, y lo hago.

Hundo la nariz directamente en la ubicación de la glándula, paso la lengua por la piel desnuda y subo a su oreja, mordisqueo el lóbulo y vuelvo a atrapar su boca.

—A mí no me dejas con ganas, precioso; con esas te dejo yo —susurro encima de sus labios.

Me aparto de él y alcanzo los documentos.

El omega pestañea y logra centrarse; me acomodo en la silla giratoria detrás del escritorio, me cruzo de piernas queriendo esconder la erección monstruosa y dolorosa bajo el pantalón.

Hojeo los documentos haciendo uso de todo mi autocontrol para ignorar cómo se toca los labios con los dedos y sonríe antes de bajarse del escritorio y quedarse de pie frente a mí.

Alzo la mirada encontrando la suya ya puesta en mí, con una sonrisa descarada en los labios.

Sin apartar la mirada de mí, se pasa el dedo pulgar por los labios y se lo lleva a la boca, lo chupa y lo libera con un sonoro chasquido que me hace apretar los dientes.

Está jugando con mi cordura y autocontrol; no tengo mucho de ninguna.

—Si no necesita nada más, me retiro por ahora, señor —hace una reverencia y asiento.

El chico empieza a apartarse, retrocede sin dejar de mirarme, sonrío con malicia y se gira dispuesto a irse. Dejo que avance hasta estar frente a la puerta.

—Piensa bien si esto es lo que quieres. Sé que has escuchado rumores sobre nosotros y estoy seguro de que los rumores no están ni cerca de la realidad; somos peores que eso —confieso—.

No somos extraños, nos conocemos desde que eras un nene que ni se presentaba como omega, así que no hay que darle tantos rodeos: te queremos para nosotros, para los dos. Piénsalo y dame una respuesta pronto.

El chico me da una mirada rápida, me observa con curiosidad y se muerde el labio inferior.

—¿Qué tan peores son ustedes dos? —averigua.

—Compruébalo —provoco.

—Lo pensaré —acepta.

Me mira con una seguridad que me desarma; con la misma seguridad vuelve a erguirse, levanta el pecho con orgullo y sale de la oficina dejándome completamente excitado y lleno de curiosidad.

Lejos de lo que esperaba de él, resultó ser un descarado muy atrevido y eso me encanta; nunca me han gustado las personas puritanas, me gusta la gente decidida que sabe lo que quiere y cómo conseguirlo.

—Él va a aceptar —hablo a la computadora.

—Sí, yo también lo sentí —concuerda Sebas—. ¿A quién crees que le dará el sí primero?

—Eres demasiado caballeroso, cariño —suelto una risita y enfoco la mirada en los papeles—. Yo lo conseguiré.