UN OMEGA PARA DOS ALFAS (ROSE nº 1)
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Capítulo 1
Las reglas del juego
Sebastián
—¿A qué huele? —Mykel mantiene la mirada fija en el omega que se mueve por nuestra casa como si fuera suya.
—¿A qué te refieres? —me hago el tonto.
Mykel no solo es un alfa como yo, es mi hermanastro y mi pareja.
Venimos de una situación algo compleja; prometimos no separarnos nunca, aunque eso signifique rechazar a nuestros destinados.
Los dos estamos dispuestos a desechar cualquier omega o situación que nos haga siquiera pensar en separarnos; no podemos ni queremos.
Mi relación con Mykel, que al principio no solo era prohibida sino también sexual, se ha convertido en todo mi mundo, en mi hogar al igual que él.
Un alfa que tiene un alfa suena raro, sí.
La gente está acostumbrada a lo común, omega con alfa, pero yo considero lo normal aburrido; por algo me enamoré de mi hermanastro.
Mi madre se casó con su padre cuando yo apenas tenía quince años y, aunque intenté evitarlo, nadie puede evitar a Mykel Rose, ni siquiera otro alfa.
Llevamos años de relación. Él tiene cuarenta años y yo treinta y dos; nos complementamos bien juntos.
Nunca hemos tenido problemas ni malentendidos, pero esta vez él se dio cuenta de que algo no anda bien.
Todo por Jaymie Banks, el hijo menor del socio de Mykel.
Tiene diecinueve años recién cumplidos; es hermoso, no lo voy a negar, pero alguien tan educado, tranquilo y reservado como él, viniendo de una familia tan conservadora como los Banks, es imposible que acepte tener algo con los dos, y lo que es conmigo es con Mykel y viceversa.
—Entonces, Mykel, si estás de acuerdo, mi hijo estará en tu oficina a primera hora del lunes, listo para trabajar —menciona el socio de Mykel.
Mi alfa asiente y le extiende la mano al hombre; comparten un asentimiento de cabeza y nos ponemos de pie.
El hombre frente a nosotros llama a su hijo con un pequeño gesto; el omega asiente y se detiene al lado de su padre.
Mostrándose nervioso, entrelaza los dedos y agacha la cabeza con sumisión ante nosotros; al levantarla, enfoca la mirada en mí y no puede evitar ponerse rojo hasta las orejas, cosa que no pasa desapercibida para Mykel.
—Será un placer tenerlo en mi oficina el lunes —acepta Mykel.
Luego de despedirnos, los invitados se van dejándonos solos. Mykel se apresura a girarse hacia mí, alza una ceja y desliza la mano en el interior del bolsillo de su pantalón.
—Quiero saber si pudiste olerlo —insiste.
—Mykel...
—Mykel no; no soy Mykel, no para ti. Llámame bien —exige.
—Amor.
—Correcto —concuerda.
—Sí, he sentido su olor, pero no importa, lo prometo —confieso.
Mykel corta la distancia entre nosotros, rodea mi cintura con un brazo y pega su cuerpo al mío; baja la mirada a mis labios y vuelve a subir a mis ojos.
—Puedo sentir el deseo en ti. ¿Estás enamorándote de otro frente a mis narices, precioso? —provoca.
—No puedo evitarlo, aunque quiera; es mi destinado, lo sabes —menciono.
Es casi imposible encontrar a su pareja destinada, pero es cien por ciento seguro que Jaymie es mi destinado.
Los alfas solo pueden sentir las feromonas de su omega destinado, de ningún otro.
Lejos de mostrarse molesto, Mykel sonríe coqueto, alcanza el cinturón de mi pantalón, tira de la prenda disminuyendo la distancia entre nuestros cuerpos a cero, recorre mi cuerpo con una mirada lasciva, se humedece los labios y me da un beso rápido en la boca, el cual intento corresponder.
—No es tu destinado —susurra—. Es el nuestro —asegura.
Frunzo el entrecejo sin entender de qué está hablando. Sé que siempre compartimos todo, que nos entendemos muy bien, que siempre tenemos una buena comunicación y la confianza es diez de diez, pero no sabía que me apoyaría en algo como esto, no hasta el punto de llamar su destinado al mío.
—¿Entonces, tú...?
—Una mezcla entre mango y canela —susurra.
—Tú en verdad... ¿tú también lograste sentir sus feromonas—sonrío—. No lo puedo creer.
Se supone que cada alfa tiene un omega destinado, solo el alfa destinado de ese omega puede sentir y oler sus feromonas, pero el hecho de que Mykel también sea su alfa destinado, la sola idea de que sea así, me pone más caliente de lo que debería.
Eso significa que no tengo que alejarme de ninguno de los dos, que no tengo que elegir; como su alfa destinado me siento atraído hacia nuestro omega y sé que mi alfa también siente lo mismo.
Solo necesitamos tener su consentimiento, que acepte este tipo de relación, que nos acepte a los dos.
—Lo sentí —confirma—. Y me la puso tan dura. Joder, cariño, no veo la hora de meterlo a la cama con nosotros.
—¿Crees que lo acepte? No creo que sea tan fácil, su familia es muy conservadora —le recuerdo.
—Vi la forma en que te mira. Debería llenarme de celos, como lo haría que te mire cualquier otro lobo, pero cuando se trata de él, quiero verte follarlo mientras te follo a ti —susurra—.
Estoy seguro de que lo aceptará. Me he topado con él en más de una ocasión, nunca a solas, pero ha sido suficiente para saber que no es indiferente a mí, que siente mi presencia tanto como siente la tuya —confiesa.
—Vamos a hacer un juego —propongo. Envuelvo los dedos en la corbata de su traje, sonrío coqueto y le estampo un beso en la boca.
—¿Qué tienes en mente? —sonríe.
—Vamos a intentar conquistarlo; el que haga que acepte más rápido se lo folla primero —aclaro.
—¿Reglas?
Juego con la corbata, mantengo la mirada fija en la suya, en esa mirada de adoration con la que siempre me mira.
—Tenemos permitido besarlo, morder sin marcar; puedes follarlo con los dedos, no penetración, no marca, y la primera vez tiene que ser entre los tres. ¿Un trato? —curioseo.
—Tenemos un trato —acepta.
Ambos sonreímos, asentimos hacia el otro, atrapo su boca, aprieto el agarre en la corbata, pego mi erección a la suya, froto mi entrepierna contra la suya, muerdo su labio inferior y ambos jadeamos de placer.
El alfa desajusta el cinturón de mi pantalón, desabrocha la prenda y escabulle la mano derecha bajo el bóxer.
Suelto un gemido gutural; su palma ancha y dura rodea mi erección.
Acerca su boca a mi oreja y pasa la lengua por el lóbulo, y luego muerde suave.
—Vamos a tomar una ducha.
(...)
Salgo de la oficina de Mykel acomodándome el traje.
Se supone que él tiene una reunión en dos horas y, como siempre que está estresado necesito hacer que se relaje, ¿qué mejor forma que con una mamada, cierto?
Sonrío recordando el plan que tenemos que iniciar hoy.
No tengo idea de cómo pude proponer algo así cuando sé que Mykel tiene más acceso a Jaymie; él está encargado de la pasantía de nuestro omega, tiene ventaja, pero no pienso quedarme atrás.
Avanzo por el pasillo queriendo llegar a mi oficina.
Jaymie avanza en mi dirección, caminando descuidado.
Deslizo las manos en los bolsillos y alzo una ceja; por muy cerca que está de mí, el omega mantiene la mirada fija en su tableta y el montón de papeles que carga en los brazos.
Me coloco en su camino; al chocar con mi cuerpo deja caer todo al suelo.
Se apresura a agacharse y empieza a recoger los papeles.
—Tienes que tener más cuidado, puedes causarte daño, bonito —comento.
—Lo siento mucho, no miraba el camino, fue mi error —se disculpa.
Lo ayudo a recoger los papeles. El chico se pone de pie, alza la cabeza y abre los ojos sorprendido de verme frente a él; se supone que como su alfa destinado debe sentir mis feromonas, es imposible que no sepa con antelación cuándo estoy cerca de él, mucho menos cuándo ha chocado cuerpo a cuerpo conmigo.
—Señor Rose, es usted, lo siento tanto —agacha la cabeza—. Perdóneme, por favor.
—No tienes que disculparte, cariño, los accidentes pasan y a ti te los perdono todos —alcanzo su mano y doy un beso delicado en el dorso—. Permíteme presentarme correctamente: Sebastián Rose, a tus órdenes y a tus pies para lo que necesites; no importa la hora o el lugar, si me quieres me tendrás.
Lo miro a los ojos. Sus orejas y mejillas no tardan en teñirse de un carmesí que anhelo ver predominar en la punta de su polla y alrededor de su agujero.
—Yo soy... soy... —tartamudea.
—Sé quién eres —me apresuro a decir—. Te he tenido en la mente todo el fin de semana; imposible no saber quién eres, Jaymie Banks.
El omega asiente y libera feromonas intensas como quien busca coquetear o seducir.
—¿Me tiene en su mente?, ¿por qué?
Tramposito, claro que lo sabes y te gusta saberlo. Joder, Mykel va a disfrutar esto.
—¿Por qué? —Avanzo hacia él. El omega retrocede sin apartar la mirada de la mía; le encanta esto y puedo sentirlo, no es tan inocente como se ve—.
Dímelo tú, ¿por qué no puedo sacarte de mi cabeza, pequeño escurridizo?
, ¿cuándo fue que te metiste ahí? —Lo acorralo entre mi cuerpo y la pared de cristal del pasillo.
—No lo sé, yo no he hecho nada —susurra nervioso.
Su cuerpo vuelve a liberar feromonas y aprieto los dientes inhalando el aroma a mango.
—Sigues expulsando feromonas como si no fueras consciente de que estamos solos en un pasillo tan grande, donde perfectamente puedo darte la vuelta y reclamar lo que sabes muy bien que es mío —suelto.
El omega me agarra del chaleco del traje, tira de mí pegándome a su cuerpo. Abro los ojos de par en par; me toma por sorpresa cómo sonríe con desafío, recorre mi cuerpo con la mirada y alza una ceja.
—¿Qué es lo que te detiene entonces? —inquiere—. A lo mejor es justamente lo que quiero —confirma.
—¿Sí? —Rodeo su cintura con un brazo, aprieto la piel de su cadera sin dejar de mirarlo a los ojos—. Muéstramelo.
Miro embobado cómo se inclina, cómo acerca su rostro al mío; cierro los ojos esperando a que me bese. El supuesto beso termina en mi mejilla; frunzo el ceño y lo veo apartarse. Se escabulle por debajo de mis brazos saliendo de mi encierro sin dificultad.