EPÍLOGO #2
Vera llevó el té al mostrador y abrió el cajón.
—Quería enseñarte una cosa —dijo.
Alma se acercó, pensando que quizá Vera había encontrado una nueva entrada que había olvidado mencionar.
Pero ella sacó el cuaderno, lo dejó sobre la madera y lo abrió por la página donde habían escrito sobre la flor.
La anotación seguía allí, con la letra de Alma inclinándose ligeramente hacia la derecha y la de Vera ocupando el espacio que quedaba debajo.
Entre las dos frases habían dibujado, casi sin darse cuenta, una pequeña calabaza torcida.
Alma sonrió al verla.
—Nuestra obra maestra.
—No te emociones. El dibujo todavía necesita trabajo.
Vera pasó la página con cuidado. La flor no estaba allí.
Habían decidido guardarla en un recipiente pequeño, junto a la ventana del fondo, donde recibía la luz sin quedar expuesta al sol directo.
Durante los primeros días, Alma había esperado encontrarla marchita cada vez que entraba en la librería.
Las flores cortadas no estaban hechas para durar indefinidamente, y por más que aquella hubiera aparecido de una forma extraña, no había razón para pensar que sus necesidades fueran diferentes.
Habían cambiado el agua, observado los pétalos y consultado algunas páginas de jardinería, pero ninguna de las explicaciones encontradas había resultado concluyente.
La flor, sin embargo, seguía fresca.
Había conservado el naranja vivo de los primeros días y el tallo continuaba firme.
Los pétalos no se habían cerrado ni habían empezado a desprenderse, y el agua del recipiente permanecía clara mucho más tiempo del que Alma esperaba.
No se habían dedicado a vigilarla como si fuera un experimento científico.
Tenían trabajo, recados y vidas que atender, y en algunos momentos pasaban varias horas sin acordarse de ella.
Pero cada vez que alguna miraba hacia la ventana, la flor seguía allí, pequeña y abierta, como si el paso de los días no hubiera conseguido convencerla de que debía cambiar.
—¿La has mirado hoy? —preguntó Vera.
—Todavía no.
—Ven.
La siguió hasta la ventana del fondo. El recipiente estaba en el mismo lugar donde lo habían dejado, entre una maceta de hojas verdes y una pila de libros que Vera quería devolver a la estantería.
La flor parecía exactamente igual que la última vez que Alma la había visto, aunque había algo nuevo en el centro, una pequeña protuberancia verde que no recordaba haber observado antes.
Al principio pensó que se trataba de una sombra.
La luz de la mañana entraba a través de las nubes y dibujaba reflejos en el cristal, y quizá el color verde procedía de alguna hoja situada detrás.
Se inclinó un poco para mirar desde otro ángulo.
El punto seguía allí, pequeño y definido, entre los pétalos naranjas.
—Vera —dijo, sin apartar los ojos—. ¿Eso estaba antes?
Vera se acercó. No intentó tocar el recipiente ni buscó una explicación inmediata. Se colocó junto a Alma y observó la flor desde donde estaba, inclinando ligeramente la cabeza para distinguir mejor el centro.
—No lo sé —respondió—. ¿Qué estás viendo exactamente?
—Parece un brote. Como si fuera a salir otra flor, o una hoja. No estoy segura.
Vera se aproximó un poco más.
—¿Puedes describírmelo?
Alma le explicó la forma, el color y la posición del pequeño punto verde. Vera escuchó y después acercó la mano al borde de la mesa, sin llegar a tocar la flor.
—¿Está creciendo en el centro de los pétalos?
—Sí. Justo donde debería estar el centro de la flor.
—Eso parece poco práctico.
Alma la miró y soltó una risa breve, más nerviosa de lo que esperaba.
—Es una observación botánica extraordinaria.
—Estoy haciendo lo que puedo con la información disponible.
Se quedaron en silencio, observando el pequeño brote.
No era más grande que la cabeza de un alfiler, pero estaba allí, claramente visible.
Alma sintió el impulso de buscar una explicación en el móvil, de ampliar una fotografía y comparar la forma con cientos de imágenes hasta encontrar algo que le permitiera cerrar el asunto.
Podía hacerlo. Podía fotografiar la flor, consultar a alguien que supiera de plantas o llevarla a una tienda de jardinería.
La curiosidad seguía formando parte de ella, y no tenía intención de renunciar a ella solo porque la incertidumbre empezara a parecerle bonita.
Pero antes de sacar el teléfono miró a Vera.
La luz gris iluminaba el perfil de su rostro, y Alma reconoció en su expresión una mezcla de asombro y cautela.
Vera no estaba esperando que ella resolviera el misterio ni parecía necesitar que alguien le asegurara que todo era normal.
Estaba allí, compartiendo la sorpresa, con la misma disposición con la que escuchaba una historia cuyo final todavía no conocía.
—Podemos preguntarle a alguien que entienda de flores —dijo Alma—. Aunque me temo que Maruxa se va a poner insoportable si resulta que no sabe qué es.
—Maruxa siempre está insoportable cuando cree que alguien necesita sus conocimientos.
—Podríamos llevarle la flor.
—No pienso dejar que se la lleve para examinarla.
—¿Crees que podría robárnosla?
—Creo que podría decidir que una flor tan extraña sería una excelente decoración para su puesto y que, después de vendérnosla en forma de ramo, nos cobraría por el envoltorio.
Alma volvió a reírse. Después se inclinó hacia la flor y respiró despacio.
El aroma de manzana y canela seguía siendo tenue, pero parecía más claro que en las primeras ocasiones.
No era exactamente el olor de una tarta recién horneada.
Tenía algo más fresco, una nota vegetal que le recordaba a la corteza de un árbol mojada por la lluvia.
Aun así, la mezcla cálida de especias era inconfundible.
—Sigue oliendo igual —murmuró.
Vera se acercó lo suficiente para percibirlo.
—Quizá un poco más.
—¿Tú también lo notas?
—Sí.
Alma apoyó las manos en el borde de la mesa y miró la flor durante un rato más.
No podía asegurar que hubiera cambiado desde la última vez que la habían observado, pero el brote verde parecía demasiado definido para ser una simple ilusión.
Se preguntó si las flores podían producir nuevos brotes después de ser cortadas, si existía alguna variedad que se comportara de aquella manera o si el tallo habría conservado una parte de la planta que ellas no habían reconocido.
No sabía suficiente botánica para descartar ninguna de esas posibilidades.
Lo extraño era que no sentía la misma urgencia por averiguarlo que habría sentido unas semanas atrás.
La pregunta le interesaba, por supuesto, pero no necesitaba convertirla en una respuesta antes de seguir con el día.
Podían investigar, observar y preguntar.
Podían equivocarse. Podían no llegar a saber nunca de dónde había salido la flor.
Nada de aquello impedía que fuera bonita ni que les hubiera regalado una historia que ninguna de las dos habría podido inventar por su cuenta.
—¿Crees que es magia? —preguntó al fin.
Vera permaneció callada unos segundos. Después volvió la cara hacia ella, con una sonrisa pequeña y un brillo divertido en los ojos.
—No lo sé.
Alma esperó, convencida de que añadiría alguna broma sobre brujas, calabazas o los habitantes de San Amaro das Follas. Pero Vera volvió a mirar la flor y continuó con una sencillez que le llegó mucho más hondo que cualquier explicación.
—Pero me gusta que esté aquí.
Alma sintió que algo se le aflojaba en el pecho.
No era una respuesta definitiva, ni pretendía serlo.
Vera no estaba afirmando que la flor fuera un milagro, ni que el mundo hubiera decidido concederles una señal sobre el futuro.
Estaba diciendo que podía disfrutar de algo sin conocer su origen, que podía aceptar la belleza de una cosa sin pedirle que justificara su presencia.
Alma comprendió que quizá aquello era lo que más había cambiado en ella desde que había regresado al pueblo.
Seguía teniendo miedo. Le preocupaba que la campaña se complicara, que la relación con Vera encontrara dificultades que todavía no sabían cómo afrontar y que sus viejos hábitos reaparecieran en el momento menos oportuno.
No se había convertido de pronto en una persona que sabía quedarse para siempre.
Aún tendría que aprender a hablar cuando quisiera huir, a pedir espacio sin convertirlo en distancia y a reconocer cuándo una decisión nacía de sus deseos y cuándo de la necesidad de protegerse.
Pero ahora sabía que podía tener miedo y quedarse un rato más.
Podía hacer una fotografía y después guardar la cámara.
Podía marcharse por trabajo y regresar sin tratar la distancia como una ruptura anticipada.
Podía querer a Vera sin convertirla en el motivo de todas sus decisiones, porque su vida seguía siendo suya y la de Vera seguía perteneciéndole a ella.
Podían acompañarse sin prometer que nunca se harían daño, con la confianza de que intentarían hablar cuando algo doliera y escuchar cuando la otra necesitara ser comprendida.
La flor no tenía que demostrar nada de eso.
No era un remedio, ni una señal que debieran obedecer, ni una respuesta a las preguntas que aún quedaban abiertas.
Era una pequeña presencia naranja en un recipiente de cristal, con un brote imposible de explicar y un aroma que les recordaba a las tardes de otoño.
Su misterio no resolvía los problemas de la librería, no cambiaba la forma en que Vera veía el mundo ni garantizaba que la campaña de Alma saliera bien. No hacía falta que lo hiciera.
A veces, pensó Alma, bastaba con que algo siguiera creciendo.
—Podríamos escribirlo en el cuaderno —dijo.
Vera asintió.
—Pero no vamos a poner que es magia.
—¿Por qué no?
—Porque todavía no lo sabemos.
—Podemos escribir que no lo sabemos.
—Eso sí.