EPÍLOGO
LAS COSAS QUE DECIDEN QUEDARSE
A finales de noviembre, San Amaro das Follas adquiría el aspecto de un pueblo que había decidido guardar silencio para escuchar cómo llovía.
Las hojas que todavía resistían en los árboles eran pocas y oscuras, y las que habían caído cubrían los bordes de las aceras con una alfombra húmeda que cambiaba de lugar cada vez que soplaba el viento.
En las ventanas empezaban a aparecer luces pequeñas, guirnaldas discretas y estrellas de papel.
La gente hablaba ya de las comidas de diciembre, de los regalos que convenía comprar con tiempo y de las primeras heladas que, según Maruxa, llegarían en cuanto alguien se atreviera a guardar el abrigo grueso.
El pueblo seguía siendo el mismo, con sus calles de piedra, sus tejados mojados y su costumbre de enterarse de todo antes de que la noticia hubiera terminado de ocurrir.
Sin embargo, Alma había dejado de mirarlo como un lugar al que había regresado para descansar entre dos etapas de su vida.
Ahora tenía razones para conocerlo de otra manera.
La campaña fotográfica había quedado finalmente organizada en dos periodos de trabajo presencial, separados por varias semanas de edición y coordinación desde Galicia.
El acuerdo no era perfecto ni estaba libre de complicaciones: había viajes que todavía tenía que planificar, fechas que podían cambiar y un presupuesto que exigía más horas de las que le habría gustado admitir.
Pero el proyecto avanzaba, y Alma estaba contenta de haberlo aceptado.
Había fotografiado a las primeras personas del equipo, descubierto una forma nueva de trabajar con luz artificial y pasado dos noches fuera de casa sin convertir la distancia en una catástrofe ni en una excusa para encerrarse en sí misma.
Había llamado a Vera desde el hotel, le había contado una anécdota sobre un director de arte que pretendía que una pared blanca tuviera siete tonalidades distintas de blanco y había escuchado, entre risas, la crónica de una discusión entre Vera y una distribuidora que insistía en que un pedido retrasado no era responsabilidad de nadie en particular.
Al regresar, Alma no había anunciado su llegada como si volviera de una expedición peligrosa.
Había escrito que estaba de camino, había comprado pan y había ido a la librería.
Vera la recibió con un beso en la mejilla y una pregunta sobre si había comido algo decente durante el viaje.
La sencillez de aquel recibimiento la conmovió más de lo que habría querido reconocer.
No porque esperara una escena extraordinaria, sino porque estaba empezando a comprender que la intimidad se parecía menos a una puerta que se abría de golpe y más a una casa en la que alguien sabía que ibas a llegar y dejaba una luz encendida.
Seguían sin saber exactamente qué eran capaces de prometerse.
Habían acordado no convertir la relación en un proyecto con plazos, objetivos y revisiones de resultados, y Alma estaba descubriendo que podía respetar ese acuerdo sin sentir que vivía al borde de una despedida.
Había días en los que se veían poco porque Vera tenía trabajo y Alma debía entregar fotografías; otros en los que compartían una comida, daban un paseo o se quedaban juntas en el sofá hasta que alguna recordaba que al día siguiente tenía que madrugar.
No todas las conversaciones eran profundas ni cada encuentro terminaba con una revelación.
A veces se besaban al despedirse, otras veces discutían sobre una película y en ocasiones se quedaban dormidas antes de terminar el capítulo de una serie.
Aquello también le parecía una forma de suerte.
La mañana del sábado, Alma llegó a A Última Folla con una bolsa de papel que contenía dos cruasanes y un pequeño recipiente de café.
Había salido de casa sin paraguas porque el cielo parecía estar considerando la posibilidad de concederles una tregua, una decisión que lamentó en cuanto dobló la esquina y sintió las primeras gotas en la frente.
Cuando entró en la librería, llevaba el pelo húmedo y una expresión de dignidad herida que hizo sonreír a Vera antes de que pudiera decir una palabra.
—No voy a preguntar —dijo Vera desde detrás del mostrador—. La respuesta probablemente implicaría una aplicación meteorológica, una decisión cuestionable y un exceso de confianza.
—El cielo parecía razonable cuando salí.
—El cielo de Galicia es muchas cosas, pero razonable no es una de ellas.
—Te he traído un cruasán. Espero que eso mejore tu opinión sobre mí.
—Mi opinión sobre ti es excelente. Mi opinión sobre tus decisiones logísticas necesita más datos.
Alma dejó la bolsa sobre el mostrador y se inclinó para besarla.
Vera le ofreció la mejilla al principio, como si quisiera prolongar la broma, pero giró el rostro en el último instante y encontró su boca.
Alma sonrió durante el beso, lo que provocó que sus narices chocaran suavemente.
No era la primera vez que les ocurría, y probablemente tampoco sería la última.
—Eso ha sido un intento de distraerme —dijo Vera cuando se separaron.
—¿Ha funcionado?
—Por desgracia.
—Entonces mi estrategia ha sido impecable.
Vera le indicó dónde podía dejar el abrigo y le pidió que pusiera el café en la mesa del fondo.
La librería estaba tranquila, con apenas dos clientes que recorrían las estanterías y una mujer sentada junto a la ventana, leyendo un libro que había comprado la semana anterior.
En el mostrador había una pila de novedades por colocar y una lista de pedidos que Vera había marcado con pequeñas anotaciones.
La velada literaria de principios de mes había conseguido atraer a varias personas nuevas, algunas de las cuales empezaban a regresar, pero las cuentas seguían exigiendo atención.
Vera había ajustado el horario de apertura para dedicar una mañana a la semana a la administración y estaba estudiando la posibilidad de organizar otra actividad en diciembre.
No había encontrado una solución definitiva, aunque ya no intentaba resolverlo todo en una sola noche.
Alma admiraba esa manera de seguir adelante sin fingir que cada dificultad era una prueba de carácter.
Vera podía sentirse cansada, podía enfadarse con una factura o decidir que necesitaba cerrar antes una tarde para descansar.
Su independencia no consistía en no necesitar nunca a nadie, sino en conservar el derecho a decidir qué necesitaba y cómo quería conseguirlo.
Alma había aprendido a preguntarle antes de intervenir, y Vera había empezado a pedirle ayuda cuando la quería sin sentir que por ello estuviera cediendo terreno.
A veces bastaba con que Alma le leyera una descripción larga de un producto, colocara una caja en la estantería más alta o revisara una fotografía para un cartel.
Otras veces, la respuesta de Vera era un no tranquilo, y Alma había descubierto que aceptar ese no no la alejaba de ella.
La mañana avanzó entre tareas pequeñas. Alma revisó unas imágenes en el portátil mientras Vera organizaba los libros que acababan de llegar.
A media mañana, una clienta preguntó por una novela que no recordaba cómo se titulaba, pero de la que podía describir la portada y una escena del principio.
Vera escuchó sus indicaciones, le hizo tres preguntas y terminó encontrando el libro.
La clienta se marchó satisfecha, prometiendo volver con una amiga.
Alma observó la escena desde la mesa del fondo y sintió un orgullo silencioso, no porque Vera hubiera demostrado nada, sino porque conocía el cuidado que ponía en aquel trabajo y sabía cuánto le importaba que la librería siguiera siendo un lugar donde la gente pudiera encontrar algo que no sabía que estaba buscando.
Cuando el último cliente salió, Vera cerró la puerta unos minutos para preparar té.
Alma la acompañó hasta la cocina y puso el agua a calentar mientras ella buscaba las tazas.
Habían adquirido pequeñas costumbres que no habían tenido que negociar: Alma sabía dónde se guardaban las cucharillas, Vera conocía la manera en que ella prefería el té y ambas habían aprendido a dejar un espacio libre en la mesa para que el trabajo no invadiera por completo la comida.
No eran grandes gestos románticos, pero a Alma le gustaban precisamente porque no exigían que nadie los contemplara desde fuera.
—¿Has escrito algo en el cuaderno esta semana? —preguntó Vera mientras dejaba dos tazas sobre la mesa.
Alma miró hacia el mostrador.
—Pensé en escribir que una persona muy inteligente me dejó salir sin paraguas, pero no quería que la historia se convirtiera en una discusión sobre la responsabilidad civil.
—Me parece una decisión editorial sensata.
El cuaderno de tapas cobrizas seguía guardado en el cajón del mostrador.
Desde que habían descubierto la flor, habían añadido varias entradas: la primera llamada de la agencia, una comida en la que Alma había quemado ligeramente las verduras, el día en que Vera consiguió reorganizar una sección entera de la librería sin tener que pedir ayuda a nadie y la tarde en que ambas fueron a caminar junto al río y regresaron empapadas porque habían decidido que las nubes no podían estar tan cargadas.
Algunas anotaciones eran largas y otras apenas ocupaban una línea.
No escribían todos los días. A veces pasaban una semana sin abrir el cuaderno, y otras veces añadían dos recuerdos seguidos porque una conversación les había hecho reír tanto que ninguna quería confiar en su memoria para conservarla.
Alma se había acostumbrado a pensar en él como en una pequeña habitación compartida.
No era un registro de todo lo que hacían juntas ni un intento de demostrar que la relación avanzaba según algún calendario invisible.
Era un lugar donde podían dejar las cosas que les importaban sin exigirles que fueran extraordinarias.