Un octubre para encontrarte CAPÍTULO 14 #5
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CAPÍTULO 14 #5

Entre una cosa y otra, hablaron de la campaña, de los libros que querían leer antes de Navidad y de una película que Vera había visto tantas veces que podía recordar buena parte de los diálogos.

Alma descubrió que Vera disfrutaba de las historias en las que el final no explicaba todos los detalles, siempre que los personajes hubieran llegado a un lugar emocional que tuviera sentido.

No le gustaban los misterios que escondían información por el simple placer de confundir al lector; prefería los que dejaban espacio para que cada persona imaginara algo distinto.

—Entonces quizá te guste nuestra flor —dijo Alma cuando terminaron de envolver un libro.

—Nuestra flor todavía no ha demostrado tener una estructura narrativa satisfactoria.

—Dale tiempo. Apenas está empezando el primer acto.

—Si en el segundo aparece un jardinero misterioso, me marcho.

Alma pensó que podría fotografiar aquella escena: Vera detrás del mostrador, la caja de papel de regalo abierta, la lluvia dibujando líneas en los cristales y el pequeño recipiente de cristal junto a la lámpara.

Habría sido una buena imagen, sin duda. Pero en lugar de sacar la cámara, se limitó a guardar el recuerdo con una atención tranquila.

Podía volver a fotografiar la librería otro día, cuando Vera quisiera preparar imágenes nuevas para la promoción.

No necesitaba convertir cada momento en material de trabajo para justificar que había estado allí.

A última hora, cuando la luz empezó a apagarse detrás de los edificios, Vera cerró el libro de cuentas y se estiró en la silla.

Alma estaba terminando de responder un correo, y el recipiente de cristal descansaba en el borde del mostrador.

La flor parecía intacta. Ninguno de los pétalos había cambiado de posición, y el agua seguía limpia.

—¿Te apetece cenar conmigo esta noche? —preguntó Vera.

Alma levantó la vista.

—¿Es una invitación oficial o necesitas que pruebe otra receta?

—Es una invitación a cenar. La receta es un asunto secundario.

—Entonces sí.

—Bien. Había pensado hacer una crema de calabaza, pero si tienes alguna objeción podemos negociar.

—No tengo ninguna objeción. Puedo llevar pan.

—Ya tenemos pan.

—Puedo llevar otro pan.

Vera se echó a reír y Alma sintió una oleada de ternura tan inesperada que tuvo que apartar la mirada para que no se le notara demasiado.

No porque quisiera ocultar lo que sentía, sino porque aún estaba aprendiendo a permitir que las cosas buenas la alcanzaran sin intentar contenerlas con una broma.

Le gustaba que Vera la invitara a cenar sin convertirlo en una prueba de compromiso.

Le gustaba que pudieran hablar de trabajo, de dinero y de incertidumbre, y después discutir sobre una receta como si ambas conversaciones pertenecieran a la misma vida.

Antes de marcharse, Vera fue a buscar el cuaderno de tapas cobrizas. Lo sacó del cajón y lo dejó sobre el mostrador, abierto por la primera entrada.

—Creo que deberíamos escribir algo sobre la flor —dijo—. Aunque no sepamos qué poner.

Alma se acercó. Vera le pasó el bolígrafo y esperó mientras ella pensaba.

Durante un instante, Alma estuvo tentada de escribir una explicación imaginaria, algo sobre una bruja del pueblo que había decidido bendecir el cuaderno o sobre un jardín escondido que florecía cuando dos personas se encontraban en el momento adecuado.

Pero no quería convertir la incertidumbre en una historia cerrada solo porque le resultaba incómodo dejarla sin final.

Escribió despacio:

Hoy ha aparecido una flor naranja en el cuaderno. Ninguna recuerda haberla puesto allí. Huele a manzana y canela. No sabemos qué es, pero hemos decidido no tener prisa por averiguarlo.

Vera escuchó cómo leía la frase en voz alta y después añadió debajo:

De momento, la hemos puesto en agua. La investigación continuará cuando Maruxa tenga tiempo para interrogatorios.

Alma soltó una carcajada.

—Eso es difamación.

—Es documentación.

—¿Y si Maruxa no sabe qué flor es?

—Entonces le compraremos castañas para compensarla.

Vera cerró el cuaderno y lo sostuvo entre las manos durante unos segundos.

Después lo guardó en el cajón, junto a la caja de papel y las etiquetas.

Alma observó el gesto con una sensación cálida, casi doméstica, que no tenía nada que ver con las promesas que había temido durante años.

El cuaderno no era un contrato ni una declaración sobre el futuro.

Era un lugar donde podían guardar algunas cosas que querían recordar, sin obligación de convertir cada día en una página importante.

Cuando salieron de la librería, la lluvia había cesado. El aire olía a tierra mojada y a hojas que empezaban a deshacerse bajo los zapatos. Vera cerró la puerta, comprobó que llevaba las llaves y se volvió hacia Alma.

—¿Vienes a cenar o vas a quedarte aquí esperando que la flor te envíe una invitación?

—Depende. ¿Crees que sabe escribir?

—Si ha conseguido aparecer dentro de un cuaderno cerrado, no descartaría que tenga una caligrafía excelente.

Caminaron juntas hacia casa de Vera, despacio, sin necesidad de llenar todos los silencios.

Alma le ofreció el brazo cuando llegaron a una zona donde las piedras estaban especialmente resbaladizas, y Vera lo aceptó.

El contacto era sencillo, conocido ya en algunos aspectos, pero seguía teniendo la intimidad de algo elegido.

No era una señal de que Vera no pudiera caminar por sí misma ni una obligación para Alma de protegerla de cada irregularidad del camino.

Era una manera de acompañarse durante un tramo concreto, porque a ambas les apetecía hacerlo.

Alma pensó en la flor, en el cuaderno y en la forma en que Vera había hablado de las cosas que no necesitaban una explicación inmediata.

No sabía de dónde había salido aquel pequeño objeto naranja.

Tal vez alguien lo había dejado allí sin que ninguna lo recordara; tal vez pertenecía a una planta que todavía no habían conseguido identificar.

Podían preguntar a Maruxa, consultar una guía botánica o esperar a ver qué ocurría con ella en los próximos días. Todas eran opciones razonables.

Pero, por primera vez en mucho tiempo, Alma no sintió la necesidad de elegir una respuesta antes de seguir caminando.

Había cosas que podía investigar sin convertirlas en un problema, oportunidades que podía aceptar sin abandonar su vida y personas a las que podía acercarse sin prometerles algo que todavía no sabía cómo cumplir.

Podía querer a Vera y seguir siendo fotógrafa, viajar por trabajo y regresar, equivocarse y pedir perdón, quedarse una tarde entera sin hacer una sola fotografía.

Podía aprender, poco a poco, que estar presente no significaba conocer de antemano el final de una historia.

Al llegar al portal, Vera se detuvo y se volvió hacia ella.

—Por cierto —dijo—, si mañana la flor ha desaparecido, no vamos a fingir que no ha pasado nada.

Alma sonrió.

—De acuerdo. Investigaremos el caso hasta sus últimas consecuencias.

—Y si sigue ahí, tampoco vamos a convertirla en el centro de nuestras vidas.

—Eso parece menos emocionante.

—Tenemos una librería que mantener, una campaña que negociar y una cena que preparar. Creo que podremos sobrevivir sin organizar un culto a la flor.

—Habla por ti. Yo ya estaba pensando en diseñar una camiseta.

Vera se acercó y la besó. Fue un beso breve, sin farolillos ni disfraces ni un grupo de personas esperando al otro lado de una puerta.

Un beso de sábado, con el aire húmedo del otoño alrededor y la promesa sencilla de una cena compartida.

Alma apoyó una mano en su cintura y, cuando se separaron, no intentó convertir el momento en una frase ingeniosa.

Se quedó mirándola, dejando que la alegría tuviera el espacio que necesitaba.

—Hasta luego, Alma —dijo Vera.

—Hasta luego, Vera.

Alma la vio entrar y esperó a que la puerta se cerrara antes de echar a andar hacia su propio apartamento.

No sacó la cámara para fotografiar el portal ni las hojas acumuladas en el escalón.

Llevaba una imagen consigo, aunque no tuviera archivo ni fecha: Vera sonriendo después del beso, la luz gris del sábado sobre su pelo y aquella forma tranquila de despedirse que ya no parecía el principio de una ausencia.

Detrás de ellas, en el cajón de la librería, el cuaderno de tapas cobrizas descansaba cerrado. A pocos metros, en el mostrador, la pequeña flor naranja permanecía en un recipiente de cristal, con el tallo sumergido en agua limpia y los pétalos abiertos hacia la luz que se iba apagando.

No había nada más que decir sobre ella por el momento.

Y quizá, pensó Alma mientras la lluvia empezaba de nuevo, algunas historias necesitaban precisamente eso: un poco de tiempo, un lugar donde quedarse y la libertad de no saber todavía qué iba a ocurrir después.